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2013, nuestro país paralizado y los jóvenes mexicanos se suicidan

Solamente los accidentes de tránsito y el cáncer superan a los suicidios, como tercera causa de muerte de los jóvenes en México, esto según lo revela la investigadora Emilia Lucio, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México. La información dada a conocer por la investigadora se apoya en datos de INEGI, que indican que en los últimos 20 años, el número de suicidios entre jóvenes entre 15 y 29 años se duplicó, al pasar de 2.3 a 4.5 por cada 100 mil habitantes. Esto significa que se suicidan aproximadamente 5000 jóvenes cada año en nuestro país, casi 14 cada día, uno cada dos horas.

La parálisis económica en que se encuentran vastos sectores de la población, el desempleo, la falta de espacios educativos de calidad, las expectativas mínimas o nulas de encontrar empleo digno, aún con preparación, y un ambiente de violencia física, psicológica, intra y extrafamiliar, comunitaria, que permea en muchas regiones del país, configuran un horizonte que clausura las esperanzas de miles de jóvenes, muchos de los cuales han sido calificados como «ninis» pues ni trabajan, ni estudian, pero no por una elección personal, sino por los obstáculos que enfrentan para hacerlo.

Con estas aciagas noticias inicia 2013, y quienes estamos relacionados con la educación no podemos más que redoblar nuestro esfuerzo, para lograr abrir espacios de oportunidad e interacción en las escuelas, facultades, institutos y sus bibliotecas, para que la juventud de este país encuentre herramientas e instrumentos en la cultura, el conocimiento y la información, que les permitan organizarse y defender sus derechos, que una sociedad regida por el interés de lucro económico ataca y pretende eliminar tan violentamente, para que no termine por excluirlos definitivamente al orillarlos al suicidio.

Cabe preguntarse además ¿cuál será el destino psicológico de los «niños de Calderón»? Hay que recordar que éstos nacieron con la cobertura de salud del Seguro Popular, pero han vivido sus primeros años de vida en un clima de violencia armada, cuyo saldo real en victimas todavía será objeto de debate, seguramente, por muchos años, considerando que se sobrepasó incluso la capacidad de las instituciones para el manejo de los cadáveres.