Núm. 3 Tercera Época
 
   
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Adrián Mendieta
METÁFORAS DE LA LUZ
 
 
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Convocatoria

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
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  Aram Huerta  

Su sucesor como cronista ilustrado de Amazonia es el aventurero alemán Alejandro de Humboldt, que recorrió esta zona en 1799-1803, describiéndola en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo. Humboldt aporta una visión absolutamente nueva, revolucionaria, a la imagen de Amazonia. Su primera innovación es la investigación de la naturaleza amazónica con criterios rigurosamente científi cos, al contrario del benévolo diletantismo de Gumilla. Practica y aplica a la región ciencias de la naturaleza como geología, mineralogía, botánica y zoología tropicales, vulcanología, meteorología, etcétera.

A pesar de ser investigador académico, conocía como ningún “civilizado” la realidad amazónica cotidiana, su naturaleza y sus habitantes, empíricamente y por trato personal. No viajaba como los demás viajeros en fragatas de lujo, con un ejército de correveidiles, secretarios y ayudantes, sino sólo acompañado de su colega francés Bompland y algunos indios –negándose a ser llevado por portadores indígenas por considerarlo un atentado contra la dignidad humana. Recorrió casi 5 000 kilómetros en tres años en canoa o a pie, destrozando una docena de pares de botas, sin agua potable, expuesto a la intemperie y a los mosquitos, pasando momentos peligrosos en la selva. No era viajero, sino vagabundo científi co: hoy se llamaría deportista arriesgado.

Neohumanista que conservaba la unidad entre ciencias y humanidades, se dedicaba también a la sociedad y cultura de Amazonia: había leído casi todos los documentos relativos a la Antigüedad precolombina, al Descubrimiento y la Conquista. Conocía todas las leyendas y mitos de la región, entre ellos los de Eldorado y de las amazonas, aludiendo, al comentar la carta de Raleigh a la reina Isabel, sobre la existencia de las amazonas en la región, tanto al estatuto virgen de la reina que nunca estuvo casada, como a su belicosidad probada en muchas guerras europeas, agregando que por tanto debían gustarle mucho a la reina las mujeres tan bélicas como ella en el Nuevo Mundo. Conocía la confusión entre manatíes y sirenas o amazonas, y para saber de una vez por todas la verdad hizo matar a un manatí, lo disecó y hasta comió su carne sin poder probar un parentesco ni anatómico ni culinario entre este mamífero y el ser humano.

La leyenda de Eldorado la explicaba racionalmente por el baño ritual del cacique empolvado de oro en un lago, agregando que siempre la fantasía popular ubicaba en zonas desérticas e impenetrables tesoros enterrados. Registra, por decirlo así, no sólo las cosas materiales, sino también las inmateriales, crónicas, mitos y leyendas que siguen fl otando invisiblemente en el aire de Amazonia y en la memoria de la gente.

Entre estas inmaterialidades orales se encuentra también la leyenda de Amalivaca, el Noé indígena, pero no en la versión cristianizada contada por Gumilla, sino como producto auténtico indígena contado por un indio. Para él estaba claro que por las cataratas había muchas inundaciones, especifi cando: “estas observaciones tan simples no se han escapado a los incultos naturales de la Guayana. Por todas partes, los indios nos hicieron notar los rasgos del antiguo nivel de las aguas”. Al ver a una altura de ochenta pies fi guras del sol, de la luna, de cocodrilos y boas, inalcanzables sin andamiajes, dice: “Si se pregunta a los indígenas cómo pudieron ser grabados estos caracteres en tal sitio, responden que fueron hechos en los tiempos de las grandes aguas, y que sus padres navegaban entonces a esas alturas”. El científi co Humboldt estaba interesado en las inundaciones, el humanista, en la sabiduría de los indígenas, pues siempre preguntaba por sus experiencias y opiniones que le eran importantísimas, tal vez el primero en hacerlo después del Inca Garcilaso de la Vega.

Pero sobre todo descubre la poesía de la selva amazónica. Como romántico, contemporáneo de los poetas Brentano y Arnim que colecccionaban la poesía popular en Des Knaben Wunderhorn, estaba interesado en el folclor y el arte populares, en este caso indígenas, insertando estos hipertextos en sus obras.

Como poeta subjetiviza su narración, utilizando como Gumilla la primera persona del singular pero, a diferencia de éste, no sólo como testigo de lo narrado, sino expresando sus propios sentimientos personales frente a la naturaleza que describe con felices metáforas. Además lo visualiza todo no viendo como los conquistadores sólo la naturaleza, sino que la transforma como Gumilla en paisaje, en visión pintoresca del artista –había estudiado pintura en Berlín–: los óleos de Rugendas y otros pintores alemanes de paisajes tropicales americanos se deben a su recomendación. Expresa su visión sensual, poética, pintoresca de las cataratas del Orinoco:

La impresión que en nosotros deja el espectáculo de la naturaleza es provocada en menor medida por la fi sonomía particular del paisaje que por la luz bajo la cual se destacan los montes y los campos ya iluminados por el azul del cielo, ya obscurecidos por una nube fl otante. La pintura de las escenas naturales nos impresiona.

 

 
 
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