Fadia Moreno.
En la intimidad de su hogar, con el marco de una decoración hogareña que de entrada no deja percibir la magnitud del trabajo y la trayectoria de una científica mexicana que se ha distinguido por su preocupación respecto de la degradación y la contaminación ambiental de Veracruz y todo el país, Lilia América Albert Palacios habla de una larga lucha de denuncia, estudio e investigación sobre los riesgos ambientales y para la salud humana que representan los plaguicidas.
Recuerda que con ayuda del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav-IPN), fue la encargada de instalar en Xalapa el primer laboratorio de análisis de plaguicidas y herbicidas en el país y hasta 1995, ella fue la primera científica mexicana en realizar estudios sobre los eventuales efectos de los residuos de plaguicidas: “me di cuenta de ello en Canadá durante la firma del convenio de Estocolmo, cuando diversas naciones se reunieron para exigir que se dejará de usar el DDT y sus plaguicidas persistentes, pero México no tenía estudios sobre el tema, sólo yo los tenía porque los había realizado por mi cuenta”.
Gracias a la elaboración de su artículo, “Persistent Pesticides in México” se logró que Estados Unidos y Canadá indujeran al país a dejar de utilizar el DDT, lo que ocasionó que sus indagaciones no fueran de agrado oficial, “por hacer análisis de lugares y especies y denunciar donde se encontraron residuos del DDT, cuando el gobierno oficialmente lo negaba”.
En su documento, se dio cuenta que a pesar de que la agroindustria nacional utiliza una gran cantidad de plaguicidas, no existen ningún estudio concreto sobre ese tema y su potencial nocivo, debido a que tanto empresarios y autoridades actúan en complicidad. “Llegaron a un acuerdo de ocultamiento por medio del cual escamoteaban datos y estadísticas, argumentando que ni siquiera existieran”.
Siempre cuesta arriba, luchando en contra de la negligencia oficial y empresarial, en 2014 publicó los resultados de una investigación bibliográfica sobre los plaguicidas en los estados costeros del Golfo de México denominada “Golfo de México, contaminación e impacto ambiental”, por medio del cual la toxicóloga reveló que en esa zona sólo existen 53 estudios de los cuales 33 se refieren a residuos organoclorados que ya no se usan desde 1995.
—¿Y el gobierno no intentó detener su trabajo de investigación?.
—Sí, me detuvo en el 88, cuando Miguel de la Madrid cerró el Instituto Nacional de Investigación sobre Recursos Bióticos (Inireb), por trabajar en temas bastante conflictivos como el plomo y el efecto en las personas. Cuando se creó el Instituto Nacional de Ecología (Inecol), nos despiden y nos hacen de lado. Si uno lo ve con objetividad, para ellos era un instituto latoso.
A pesar de las limitaciones económicas por el bloqueo gubernamental, su vida la ha dedicado a la investigación en toxicología ambiental; comenzó en 1979 con el análisis de plaguicidas en tejidos, secreciones humanos y leche materna e investigación ambiental general con estudios sobre animales, aves rapaces y peces.
Durante la entrevista, con la emoción característica de los recuerdos más agradables, presentó sus tres libros: Plaguicidas, salud y ambientes, Diccionario de la Contaminación y un texto sobre contaminación para los estudiantes de preparatoria.
Graduada como QFB en la UNAM, con maestría y doctorado en el centro de investigación del Cinvestav-IPN y estudios de especialización de análisis de residuos en Canadá y Alemania, Albert es fundadora de la Sociedad Mexicana de Toxicología, dos veces vicepresidente de e Alatox, consultora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y reconocida como toxicóloga en América Latina, en días pasados fue galardonada con el premio Juchimán de Plata por sus más de 40 años recorridos.
La Jornada




