Periodismo ambiental y las contradicciones sobre el medioambiente.

*Marcos Javier González 

Lo que parece ser un precipitado fotomontaje, utilizado en varias páginas de internet (atribuido a Adam Ward, 2009), resulta ser una curiosa pieza artística, cargada de valor crítico e ironía. Se trata de la fotografía de una mosca que posa sobre el envés de una hoja oblonga y rugosa, como si se tratase de un entarimado ecológico. De fondo, un fértil pasto de intenso verde que en derredor al díptero ilustra a la naturaleza como testigo perenne. Casi al centro de la fotografía, en posición inclinada asomándose desde una esquina, se observa inquietante y con una firmeza amenazadora un micrófono con su pedestal presto a registrar la intervención del insecto. Se espera que en perspectiva externa nosotros, los invitados al pronunciamiento medioambiental de la mosca, pretendiéramos atender a su reclamo. No dudo que la mosca pronunciase un poderoso y catártico discurso.

Esta metáfora visual representa una de las paradojas más importantes sobre el periodismo ambiental: ¿bajo qué criterios se decide hablar en nombre de la naturaleza cuando se trata de interpretar los índices sobre el grado de su afectación? Cuando se juzga el nivel de intervención del periodista referente al estilo con que aborda los temas medioambientales, tal vez se está dejando de lado que lo que necesita nuestro planeta son acciones contundentes como la denuncia y la aplicación políticas públicas, pues, si el planeta realmente se expresara, éste insistiría en esgrimir con los impactos que cada año sacuden a la sociedad para obligarla establecer una urgente y definitiva tregua sobre el sostenimiento de la vida.

#PeriodismoAmbientalHazteViral

Gran parte de los hábitos culturales y de consumo informativo afectan a la ya de por sí débil presencia de las notas sobre medioambiente en las distintas plataformas de información, a menos que sea altamente vendible y mediática. Por ejemplo, si la casa de verano de un admirado cantante fuera devorada por las fauces oceánicas al sur de Long Beach, California, o si un importante emporio hotelero en el caribe mexicano fuese azotado por la furia de un huracán, seguramente el reportaje circularía por las redes sociales de manera inmediata y alcanzaría la notoriedad necesaria para percatarnos someramente de que existe un tema medioambiental más allá de la curiosidad o del morbo.  Antes de plantear una discusión de forma-fondo, el periodismo en general debería ser revisado y actualizado a la luz de las nuevas exigencias sociales y tecnológicas y establecerse una crítica sobre la prioridad de los temas y los contenidos, buscando integrar en ellos un discurso creativo que tome a consideración los rasgos ecológicos, bioéticos y medioambientales de la comunicación social.

Mucho meme, pero la naturaleza no ríe

El retiro de los Estados Unidos como nación firmante en el Acuerdo de París sobre el cambio climático trajo consigo una acuciosa lluvia de críticas acerca de la aún frágil y ambigua naturaleza del discurso político cuando se ve atravesado por caprichos o provocaciones. Para Donald Trump resulta poco conveniente firmar un acuerdo con el que se pueda ver condicionado su modelo económico, siendo que, de las principales industrias en los Estados Unidos, la armamentística, es preponderante en su plan de acción militar y de política exterior, lo cual sigue siendo diametralmente opuesto a todo intento de frenar el impacto de la acción humana sobre la naturaleza. Mientras las guerras continúan ante los ojos de la comunidad internacional, las toneladas de memes ridiculizan y atacan la imagen de Donald Trump viajando a la velocidad de la luz por todos los rincones de la carretera informática. Las carcajadas y las burlas saturan el espectro radioeléctrico y digital. Y pese a todo esto, la naturaleza no ríe.

Entre ídolos, genios y mártires

Una carismática y rebelde jovencita salta al escenario cultural y su imagen atrapa miradas, promueve acciones, moviliza y detona importantes decisiones políticas en el tema del medio ambiente tan rápido y tan efectivo que su sola presencia produce un efecto dominó y termina inspirando al más fiero y cínico contaminante. “¿Cómo se atreven?”, dijo sentenciosamente en su discurso la sueca Greta Thunberg ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en el marco de la Cumbre Sobre el Cambio Climático 2019 (COP25). En su pronunciamiento y el video altamente viralizado en redes sociales por la incendiaria expresión de su rostro ante la cercanía de Donald Trump, la joven activista puso en entredicho la dudosa capacidad de los gobiernos en atender los problemas del medioambiente y en comprometerse a crear políticas públicas que frenen todo intento de someter a la naturaleza a los caprichos de sus agendas.

A pocos kilómetros, en el corazón de la rebeldía internacional, suele verse la imagen del magnate Elon Musk junto con otras “almas caritativas” que desarrollan al por mayor prototipos, productos y servicios amigables con el medioambiente. Los autos Tesla invaden el mercado, ahora somos la sociedad híbrida, la ciudadanía acepta el slogan sin importar precio ni costos geopolíticos; entonces el circulo vicioso se repite. Todo sea por el planeta, el litio, el consumo y la permanencia en el negocio. 

¿Periodismo, activismo o ecología del buen vecino?

Y sin pensarlo, nos vemos envueltos en esta moda de lo verde y de pronto nuestra actitud frente a la contaminación se transpira rebelde e inquisidora cuando alguien cerca de nosotros es captado usando bolsas de plástico para transportar los víveres de la semana. De ahí que el morral de la abuela o la bolsa ecológica de supermercado adquieran ahora un nuevo simbolismo que el producido hacía varios años cuando el cuidado al medioambiente era algo así como un insulto o un acto de exhibicionismo. Y cuando llegó la ley popote recordamos que como sociedad somos todavía más difíciles de convencer cuando se trata de acciones reguladas por el estado. “¡Y cómo demonios me voy a tomar el licuado!”, solía escucharse en algunos comercios.

La veracruzana Alejandra Contreras Casso López, activista y promotora de talleres de responsabilidad medioambiental, pudo fotografiarse junto a la joven sueca. Contrastes: rudeza y alegría. El caso de Alejandra nos transmite la idea de que la lucha en favor del planeta inicia con pequeñas acciones desde las bases de la sociedad, trabajar con entrega y proyectando todas las capacidades actitudinales de quien promueve un proyecto de participación social y que no solo consiste en indignarse y exigir, sino en crear redes sociales de empoderamiento medioambiental en beneficio de las futuras generaciones. Alzar la voz es simbólico, educar es revolucionario.

Tinta roja sobre nota verde

Cuesta trabajo no recordar los funestos contrastes con el caso mexicano, en el que activistas medioambientales y periodistas no corrieron con la misma suerte ni atravesaron por las mismas condiciones de lucha de quienes hoy reciben el respaldo mediático y logístico como Greta. Y es que nuestro país se ha considerado como uno de los más peligrosos para ejercer el periodismo y el activismo, por lo que cualquier acción que atente contra intereses económicos y políticos plagados de corrupción implica una sentencia de muerte o la constante de peligro para quienes ejercen un compromiso con la sociedad y con el planeta.

Durante cierre de la presente edición no pensábamos que tendríamos la desafortunada noticia del asesinato de los activistas medioambientales Raúl Hernández Romero y Homero Gómez González, pérdidas irreparables que nos obliga a denunciar aún más el estado de desprotección en el que se encuentran todos aquellos que buscan frenar la barbarie medioambiental.

Las universidades tienen la urgente labor de ponerse manos a la obra y replantear los métodos y los medios colaboración para formar parte de un solo cuerpo comunicativo eficaz de acción social frente a los grandes retos que nuestro planeta y sociedad demandan.

 

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