Universidad Veracruzana

Blog de Lectores y Lecturas

Literatura, lectura, lectores, escritores famosos



El espejo y la máscara

Por Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de

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Graffiti

Por Julio Cortázar

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

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Más información, menos conocimiento

Por Mario Vargas Llosa

PIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

Los alumnos han perdido el hábito de leer para contentarse con un mariposeo cognitivo

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Leer para pensar

Por Jaime Nubiola

Son muchas las personas que jamás leen un libro. Suelen explicar que no tienen tiempo para leer, que ya les gustaría a ellos poder sentarse una tarde junto a una chimenea para leer un buen libro. Sin embargo, la atención a la familia, las relaciones sociales, las llamadas telefónicas, las prisas de la vida moderna, la televisión, todas esas circunstancias les quitan la paz necesaria para poder leer con tranquilidad. No les falta razón en lo que dicen, aunque hay algunas otras personas que leen precisamente para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado: «Leemos para vivir», afirmaba Belén Gopegui. Todos hemos visto en el metro, con envidia quizás, a esas personas para las que el mejor momento de su jornada es el tiempo de lectura cuando van o vienen del trabajo: en sus rostros se advierte que viven en un mundo mejor que quienes se conforman con dormitar o con echar una ojeada distraída al periódico o a la revista.

El novelista americano Jonathan Franzen denunciaba en Tal vez soñar: Razones para escribir novelas en la era de la imagen que «hace un siglo, un hombre culto leía unos cincuenta títulos de ficción al año; hoy en día, como mucho, quizás cinco». Temo que la estimación de Franzen peque de optimista para nuestro país. El arranque del verano es un buen momento para plantearse esta cuestión, echar mano de una vez por todas al montón de libros que hemos ido acumulando en la estantería para cuando tuviéramos tiempo y meterlos con decisión en la maleta de vacaciones.

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México era un país de cambios que ahora se han detenido

Verónica Calderón

Una conversación con la escritora Margo Glantz (Ciudad de México, 1930) abre un amplísimo abanico de temas. Igual se habla de antisemitismo que de política mexicana o de su admiración por Armani. La ganadora del premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2010, que entrega la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), es narradora, ensayista, académica, viajera, fashionista, bloguera y hasta tuitera (cuida de actualizar todos los días su cuenta, @moscas43).

Con estilo impecable, Glantz posa para el fotógrafo por los pasillos del Palacio de Linares y no pierde un detalle. Es una y muchas a la vez. Y cada una igual de interesante que la anterior.

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Libros en pintura

Enrique Villa-Matas

En el principio fue el dibujo y luego las letras, después todo se invirtió. Ahora esta fórmula de los libros clásicos ilustrados vuelve como una de las estrategias para fomentar la lectura y reducir la crisis del sector. A los dibujos de Doré o Beardsley se suman los de artistas actuales que iluminan el ingenio de Hawthorne, Wilde, Brecht, Kipling o Schnitzler.

Existe la creencia de que en las novelas que van ilustradas los grabados, los dibujos, se basaron siempre en los textos escritos. Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo una época en la que los narradores que escribían novelas por entregas para los periódicos se ponían al servicio de famosos y prestigiosos dibujantes; primero, entregaban éstos sus ilustraciones, y después venían los narradores y se acoplaban a los dibujos de las estrellas de los grabados. Es el caso célebre del periódico londinense Evening Chronicle, que en 1836 le encargó al joven Dickens de 24 años que escribiese una serie de textos de carácter costumbrista para las ilustraciones del famoso dibujante Robert Seymour, gran estrella del momento. O sea que Seymour hacía las ilustraciones y a éstas las acompañaba posteriormente un texto adicional. La trama de las historias, por tanto, se subordinaba al dibujo. En el caso que nos ocupa, pronto surgieron las desavenencias entre la estrella Seymour y el genio -entonces desconocido- de Dickens. La obra concebida por el dibujante proponía, a través de sus grabados, un relato acerca de un club de cazadores llamado Nimrod, una sociedad de perdigueros cómicamente inexpertos…

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La maletita Pier Cardán

Por Juana Inés Dehesa

«¿Y aquí, a Germancito, dónde lo llevamos?», fue la pregunta que hizo Mariana, mientras levantaba a pulso lo que hasta el sábado pasado fue el departamento de interés social que habitaron las cenizas de mi papá: una urna negra, a un tiempo siniestra y horrenda, flanqueada en cada vértice por columnas doradas; un ejemplo perfecto de lo que el célebre difunto llamaba «charroco tardío».

Como suele suceder cada vez que habla Mariana, suscitó el desconcierto. En eso nadie había pensado. Con una precisión y una atención al detalle que ni el asesinato de Osama, entre Adriana, Rosa Elvira y mis hermanos logramos organizar finalmente el viaje a Tlacotalpan. Iríamos sus cuatro hijos, su hermana, el licenciado Max Peniche, que es un hermano que le nació en Yucatán, Adriana, y su cercanísimo y fidelísimo «personal de apoyo»: Pancho, Rosa Elvira, Janet, Chivis y Fita. Sería el 14 de mayo, vestiríamos de blanco y trataríamos por todos los medios de evitar el llanto y la tristeza.

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Palabras de Raúl Arias Lovillo

Por Raúl Arias Lovillo

Estimada Sra. Adriana Landeros, estimada Juana Inés Dehesa, estimados familiares y amigos de Germán Dehesa, Queridos amigos todos,

Cómo expresar el agradecimiento profundo de la comunidad de la Universidad Veracruzana, y el mío propio, ante el generoso y significativo gesto de la familia de Germán Dehesa de donar a la máxima casa de estudios de Veracruz su biblioteca: los libros más apreciados, los títulos, los autores, los textos que por entrañables, por cercanos, por  queridos, Germán reunió a lo largo de su vida, y en los que por años abrevó. Libros que lo formaron como hombre de letras y que fueron objeto de estudio, reflexión, trabajo y gozo.

Cómo decir, cómo nombrar este gratitud que sentimos los universitarios de Veracruz ante esta distinción que nos fue conferida. Cómo hacerlo si carecemos de su verbo prodigioso, de su cálida voz, de su amable palabra, de su habla jovial, de la plasticidad de su expresión, de su extraordinaria cultura, de su chispa y de su gracia.

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Palabras de Juana Inés Dehesa

Por Juana Inés Dehesa

Buenas tardes.

Los bienes, si no son compartidos, no son bienes. Al amparo de esta frase de Fernando de Rojas ejecuté mil veces lo que mi papá llamaba “robo hormiga”, el expolio por goteo, volumen a volumen, de su enorme biblioteca. En sus propias palabras, tenía el numerito muy puesto: sacaba a veces una novela, o el primer tomo de Anderson Imbert, o la edición de lujo de Los mil y un años de la lengua española, de Alatorre, e intentaba llevármelo sin que se diera mucha cuenta. Era en vano. Con todo y que era tuerto y miope, mi papá alcanzaba a ver bastante. He de decir en su descargo que lo aceptaba de bastante buena gana: sólo entrecerraba los ojos, movía la cabeza y emitía una de sus esdrújulas favoritas: méndiga. Lo decía con tal mezcla de azoro y ternura que nunca presagiaba nada demasiado terrible.

No se enojaba —o no mucho— porque para mi papá el compartir los libros, sus libros, era una manera más de manifestar su cariño.

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Palabras de Felipe Garrido

Hoy toca

Por Felipe Garrido

Doña Adriana Landeros, querida Juana Inés; muy apreciado señor rector, doctor Raúl Arias Lovillo; amigos de nuestra Universidad Veracruzana; señoras y señores:

Sor Juana, Juana Inés, cimiento de nuestras letras, uno de los poetas de cabecera de Germán Dehesa, llamó a un retrato “engaño colorido”, fruto de “falsos silogismos de colores”; un malogrado intento de vencer al tiempo y al olvido; una flor delicada al viento, un resguardo inútil contra el destino, un afán caduco y, escribió la monja, repitiendo casi al pie de la letra un verso de Góngora, “bien mirado,/ es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”.

A partir de la experiencia y la razón –Sor Juana fue una mujer indeciblemente racional-, es posible que esto sea cierto; que nosotros y nuestras obras finalmente seamos polvo, sombra, nada. Pero por suerte, como dice Ernesto Sábato, “por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades”.

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