Loto

Tu llegada

El cinco de enero de 2018, fuimos a recogerte a la casa de una amiga. Serías el regalo perfecto de los reyes magos. Te pusimos en una caja y te dejamos en casa del tío Rafa hasta la madrugada. Pequeño, no más de dos kilos, peludo y de apariencia bonachona. Lo que después de algunos meses sería un blanco nieve con tonalidades grises aquí y allá, al principio eran varias tonalidades de café; parecido al marrón, a veces al sepia o al chocolate. Desde pequeño fuiste hermoso.

 

Talante

Despedazabas calcetines, chanclas, zapatos, peluches…Recuerdo mucho que destrozaste el cable de la batería de la computadora nueva de Adriana. No lo podíamos creer. No la usó ni una sola vez y ya habías hecho pedazos el cable. Te quería devorar. Pero te amaba tanto, que solo pudo gritarte un par de veces y sacarte de la casa. 

Siempre presto a jugar. Te comunicabas perfectamente. Te parabas en dos patas y te mantenías varios segundos así para pedir salir o para comer algo que no eran croquetas. Tenías tanta energía que unas semanas te resultamos insuficientes: comenzaste a rascarte inexplicablemente tu pata izquierda. Necesitabas jugar más, correr más. En ese momento, escuchamos tu reclamo.

 

Tu belleza y gracia

Adriana dice que eres el perro más bello que haya tenido. Sabes que para mi no fue fácil amarte. Estaba acostumbrado a perros grandes (antes que tú, tuve un samoyedo, dos rottweiler, y la guapa -que no puede decirse que sea pequeña). Creí que los perros pequeños no eran inteligentes. Primero te creí un juguete. Te daba de comer, te sacaba a pasear, pero no terminabas por convencerme. 

Dos detalles especialmente curiosos de ti: hacías caca por episodios. Comenzabas en un punto y caminando en la misma posición llegabas a avanzar hasta casi tres metros. Yo tenía que hacer el mismo recorrido con mi bolsa para recoger tus cacas. Siempre agradecí que tuvieran consistencia sólida. La otra situación no la puedo describir, pero nos tuvo preocupados por días hasta que en tu caca vimos aquello que temimos te haría daño. 

Creo que fue cuando entré al doctorado cuando me ganaste completamente. Como trabajaba en casa, tuve el tiempo de observarte. Cómo molestabas a la guapa, cómo buscabas qué romper, cómo me pedías salir al patio mirándome junto a la puerta. Cómo me pedías jugar con una pelota o botella en la boca. Ahí me di cuenta cuánto te quería ya. 

 

Ebati y Adriana

No soy capaz de hablar del dolor de mi hijo al no verte en casa. Te agradezco mucho que lo hayas acompañado estos dos años, que hayas jugado con él en el patio, que lo hayas hecho reír. Que, sin permiso, hayas dormido en su cama, comido su comida. Que lo hayas hecho enojar cuando él te llevaba. También te agradezco lo que provocabas en Adriana. Supongo que ante un cachorro peludo es difícil poner coraza. La vi jugar como niña contigo. Esas escenas, en nuestro patio, quedan en un cajoncito dentro de mi corazón. 

Tu partida

Cuando México perdió 7-0 contra Chile, le preguntaron a Juan Carlos Osorio las razones de la derrota. Él asumió la culpa y dijo algo que se me gravó: lo creí imposible. Yo también pensé que era imposible que te pasara algo en mi tranquila colonia. Viví allí dos décadas. Tuve tres perros allí. Los sacaba sin correo todo el tiempo y nunca les pasó nada. Porqué habría que pesarte algo a ti¡¡ Sigo sin comprenderlo. 

Una camioneta roja de batea pasaba cerca de nosotros. No muy rápido. Mi madre le habló a los perros. La guapa caminó tranquila a nuestro lado. Supuse que harías lo mismo. La camioneta avanzaba, lenta. No pasaste hasta que la camioneta estaba demasiado cerca. Como si tuvieras una cita con el destino. Mi madre le gritó al chofer de la camioneta: ¡párate estúpido! Me quedé paralizado. Creí que tu agilidad bastaría para librar la llanta. Pero te dirigiste, rápido cual eras, al movimiento de la llanta. Supe inmediatamente que era grave. Tu chillido fue diferente. Corriste a unos cuantos metros de mi. Alcance a dar un golpe en la ventana del conductor. Pero él no me importaba. Corrí a verte. Me miraste asustado. Te levanté. Te tomé en mis brazos. Perdí algunos minutos intentando saber qué hacer. Pero pronto sentí la presencia de la muerte. Les digo que eso se siente. Cuando la muerte está cerca. Unos vecinos nos llevaron a la veterinaria más cercana. En el camino me di cuenta que te estabas yendo. No dejabas de mirarme. Cuando dejé de resistirme, respiré profundamente y te miré. Comencé a acariciarte. Tu cuerpo se iba poniendo rígido. Supe lo que tenía que hacer. Sin pensar, te dije: si quieres, ve con Dios. No te preocupes. Todo está bien. No dejé de mirarte y de acariciarte. En cuanto llegamos, creo, ya habías partido. El doctor te quitó de mis brazos y me impidió entrar a la sala de operaciones. Regresó algunos minutos más tarde para confirmar lo que ya sabía. Era inútil intentar reanimarte pues tu hemorragia era muy grande y no aguantarías una anestesia. Me entregaron tu cuerpo en una bolsa. Descubrí tu cara. Quería acariciarla.

 

El duelo

Lo que sigue han sido días duros para los tres y para nuestros familiares también. Te enterramos en casa de una gran amiga, donde, por cierto, enterré al Tyson, el último Rottweiler que he tenido, al que quise muchísimo. Ahora estás tu. Hice el hoyo, puse tu cuerpo y eché, junto con Adriana y Ebati, la tierra que te cubrió por completo. Echarle tierra a la única parte de tu rostro descubierta ha sido de lo más difícil en mi vida. No quiero dejarte ir aún. Supongo que por ello escribo estas líneas. Te veo en todas partes. Te extraño muchísimo. 

Para ayudarme a transitar por esto, decidí leer un libro de Marcela Serrano que se titula El manto. Lo escribió porque le duele mucho haber perdido a su hermana. Sus líneas me han ayudado. Han hecho el papel del rezo. De la letanía. Leer su libro ha sido como si repitiera rosarios católicos. Sabes que no soy católico, pero soy creyente. El libro de la Serrano fue como asistir a misa. 

Por ahora, no tengo más que decir mi Loto querido. Adios mi perrito lindo. Que un Dios ingenuo y bondadoso y juguetón, te reciba en tus brazos y juegue contigo.