Matemáticas y literatura unidas por Sofía Kovalévska 

Corre, lee y dile 

 Por Germán Martínez Aceves 

 

Fue la primera mujer en impartir cátedra en una universidad en Europa; tuvo la cualidad y el talento para trabajar las matemáticas y a la vez, hacer literatura; su vida la dejó acuñada en los números y en las letras; ella fue Sofía Kovalévska, científica rusa de perecedera vida que abrió camino en un campo que parecía exclusivo para los hombres. 

La colección Biblioteca del Universitario en su número 78 nos presenta Memorias de juventud, de Sofía Kovalévska, una historia fascinante de la matemática nacida en Moscú el 13 de enero de 1850 y que falleciera a los 41 años en Estocolmo, Suecia, el 10 de febrero de 1891. 

Pensar en que las mujeres tuvieran las facilidades de estudiar en una escuela de cualquier nivel era como tratar de avanzar en un trineo jalado solo por un perro husky en medio de una tormenta invernal en Siberia. Es decir, escasas oportunidades para adelantar en el camino. 

¿Cómo logró Sofía tener las oportunidades de abrirse espacio en una sociedad vertical y autoritaria como la impuesta por el Imperio ruso? Ella nació en el seno de una familia perteneciente a la nobleza rusa. Su padre fue Vasili Korvin-Krukovsky, general al servicio del zar Nicolás I; su madre, Elizaveta Shubert, pertenecía a la alta burguesía y era hija del astrónomo Fiodor Fiodorovirch Schubert, de origen alemán. Ello le facilitó tener una muy buena y cuidada educación. 

Su pensamiento revolucionó hacia el conocimiento y a la libertad. No al conformismo de asumir el rol clásico de crecer, casarse, procrear y ser ama de casa.  

A través de los libros que tenía su padre aprendió el gusto por la física y las matemáticas. En una ocasión, cuenta Ligia Quintana Torres en el prólogo del libro, el padre de Sofía remodeló su habitación y falta de más papel tamiz, echó mano de hojas con apuntes de un curso de cálculo diferencial e integral. Eso llamó la atención de la niña y quedaría atrapada en la magia matemática que describiría después como “una misteriosa ciencia que abre a sus iniciados un nuevo mundo de maravillas inaccesibles a los mortales comunes”. 

Sofía se casó a los 18 años con Vladimir Kovaleski, ambos compartían su gusto por las ciencias. Su unión fue más por conveniencia, pues de esa manera pudieron ir a Estocolmo para ingresar a una universidad, sin embargo, Suecia tampoco permitía matricular a las mujeres en una escuela superior.  

Viajó también a Berlín y la suerte fue la misma. Ahí buscó al famoso matemático Theodor Wilhelm Weierstrass a quien le pidió clases particulares. Ese encuentro fue afortunado, sumaron sus talentos y Sofía logró desarrollar su vocación matemática. Sus esfuerzos y talento la llevaron a ser la primera mujer en obtener el grado de doctora cum laude en la Universidad de Gotinga. 

Desarrolló tres tratados para lograrlo: “Sobre la teoría de ecuaciones en derivadas parciales”, “Suplementos y observaciones a las investigaciones de Pierre-Simon Laplace sobre la forma de los anillos de Saturno” y “Sobre la reducción de una determinada clase de integrales abelianas de tercer orden a integrales elípticas”. 

Ello la llevó a plantear el Teorema de Cauchy-Kovalévskaya que permite resolver con facilidad ecuaciones diferenciales parciales, lo que se convirtió en una de sus grandes aportaciones a las matemáticas. 

Sofía fue brillante para explicar con facilidad la complejidad de las matemáticas y lo fue también para escribir sus memorias: números y letras fueron su vida. En sus memorias podemos disfrutar de una narrativa fluida y sencilla en la que descubrimos cómo se forja una mujer en las ciencias. A lo largo de diez capítulos nos cuenta un periodo de su vida que va de los cinco a los doce años de edad, en los que convive y escucha historias de su Njanja, de las trabajadoras de su casa como Fekluscha, de la determinante influencia de su hermana Anjuta, quien también escribía, de su noble tío Pedro Vasilievich lector de libros, de su tío Fiódor Schubert con quien tiene un intercambio de conocimientos (“Tenemos aquí a una niña bien instruida”, diría Fiódor), de su encuentro con Dostoievski quien iba a su casa a pesar de la desconfianza que le provocaba a su padre: “Dostoievski no es un hombre que pertenezca a nuestro mundo ¿Qué sabemos de él? Sólo que es periodista y que en otro tiempo fue jugador. ¡Bonita referencia, hay que admitirlo! ¡Por lo tanto, sé extremadamente prudente!”. 

Sofía Kovalévska fue una niña solitaria, en esa soledad aprendió a descifrar la abstracción matemática y escribir con fluidez y gran sentido narrativo. Sus traslados a Suecia Alemania y Francia abriéndose paso entre la férrea muralla académica exclusiva para hombres, finalmente obtuvieron un reconocimiento con el Premio Bordin de la Academia de Ciencias Francesas y logró, por fin, ser aceptada como la primera profesora de matemáticas en la Universidad de Estocolmo y ¡de toda Europa! Una influenza mal atendida terminó con su vida ejemplar.  

El título que nos ofrece ahora la Biblioteca del Universitario es imperdible, nos hace valorar la importancia de los aportes de las mujeres en la ciencia y nos acerca a esta gran mujer que un día escribió: “Es imposible ser matemático sin tener alma de poeta. El poeta debe ser capaz de ver lo que los demás no ven, debe ver más profundamente que otras personas. Y el matemático debe hacer lo mismo”. 

Memorias de juventud, de Sofía Kovalévska, con prólogo de Ligia Quintana Torres, es de la colección Biblioteca del Universitario de la Editorial de la Universidad Veracruzana, 165 páginas, 2022. Se puede adquirir, en Xalapa, en la librería Hyperión, con envíos para todo el país.