Semblanza de José Martí

José Martí es, sin duda, uno de los fundadores de la poesía moderna occidental. Como Charles Baudelaire, hizo de la imaginación la reina de las facultades; como Paul Verlaine, intentó capturar la huella del movimiento: la impresión que el acontecer deja a su paso, instaurándose momentáneamente en los sentidos; como Laconte de Lisle, cinceló las palabras con precisión de escultor, y como Arthur Rimbaud, afirmó la otredad del sujeto poético. “Yo” también es “otro” en las iluminaciones martianas de Ismaelillo (Nueva York, 1882) y de Versos sencillos (Nueva York, 1891). Pero a diferencia del “enfant terrible” de la literatura francesa, la voz poética de Martí aflora sin la certezas del imperio. “De tierra, a cada sol mis restos propios/Recojo, presto los apilo a rastras,” se lee en uno de los poemas de los Versos libres, obra póstuma en la que un sujeto roto ensaya en versos encabritados una nueva sensibilidad poética, la de un tiempo precario y una vida en el exilio. La poesía de Martí traza siempre un recorrido, proceso doloroso a partir del cual alguien muere para renacer en otro. La sencillez de sus Versos sencillos implica su condición enigmática; parecen décimas truncas y no octosílabos (Fina García Marruz). Los poemas de Martí no se apegan ni a la referencialidad ni al sentimentalismo de la poesía cívica decimonónica. En Martí, el sujeto poético observa y se observa desde un umbral en que se atisba el universo: “Yo sé bien que cuando el mundo/Cede, lívido, al descanso,/Sobre el silencio profundo/Murmura el arroyo manso” (Versos sencillos).

En términos filosóficos, la condición enigmática del lenguaje poético en Martí puede definirse como la manifestación del desasosiego moderno: la perplejidad del poeta frente a las incógnitas del universo que atestiguan su caída, sin misericordia de los dioses. Tal es la condición que Octavio Paz le asigna a la modernidad literaria, terreno fértil del romanticismo alemán, y del modernismo latinoamericano. En términos sociológicos, esta calidad críptica de la poesía finisecular se ha interpretado en relación a la creciente autonomía de la literatura y de la profesionalización del escritor finisecular (Rama). Dicho proceso dio como resultado una creciente tendencia hacia la auto-referencialidad y hacia el apolitismo. Sin embargo, la tendencia autonómica fue relativa en América Latina a causa de una modernización desigual (Ramos). Martí es ejemplar en este sentido. Su proyecto literario fue resultado de una condición histórica específica: la lucha revolucionaria en contra del colonialismo en Cuba y la experiencia de la modernización en el exilio.

Si bien el fin de siglo puso de manifiesto “el corazón de las tinieblas” (Conrad) de la cultura europea, también atestiguó la voracidad norteamericana con su retórica panamericanista. El impulso crítico en contra de verdades dogmáticas se erigió entonces en los campos del arte y la cultura, produciendo reflexiones profundas sobre la relación entre política y literatura. Tal es el caso de Martí, quien definió su época como la de  “ruines tiempos,” y diagnosticó la condición precaria de la escritura literaria: “No hay obra permanente, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y remolde son por esencia mudables e inquietas” “(Prologo Juan Antonio Pérez Bonalde’s poema del  Niágara”).

Cuba y la poesía configuran un solo proyecto en la obra poética martiana, iluminaciones momentáneas que resplandecen en el horizonte atribulado por la guerra y el exilio con la promesa del porvenir. En esta conjunción radica la paradójica  modernidad de Martí que encuentra expresión en la imagen del hijo. “¡Hijo soy de mi hijo!/¡Él me rehace!” (Ismaelillo). La poesía de Martí, como la filosofía de Nietzsche, hace de la infancia la imagen del acto creativo. En Martí esta creación no sólo se proyecta a futuro; también rememora la etapa primigenia de la inocencia, antes de que la civilización hubiese enmascarado la sinceridad del ser. “Mis ojos sólo, los mis caros ojos,/Que me revelan mi disfraz, son míos” (Versos libres).

La futuridad en la poesía martiana no responde por ello a la tradición parricida de la modernidad, esa tradición de la ruptura, como la llamó Octavio Paz al referirse al nihilismo de los modernos, sino al vitalismo del revolucionario, del poeta en actos: “Oigo un suspiro, a través/De las tierras y la mar,/Y no es un suspiro,—es/Que mi hijo va a despertar” (Versos sencillos).

Martí es sin duda el fundador del ensayismo moderno latinoamericano. A lo largo del siglo veinte, este género aproximó el problema de la identidad latinoamericana en relación a la reflexión crítica del colonialismo. La perspicacia de la visión histórica de Martí en Nuestra América (1891) radica en su capacidad para subrayar la importancia de la situación local frente al contexto global; para detectar el colonialismo interno, para afirmar el carácter político de las ideas, y para convocar una imagen de la identidad, alejada de las esencias inmutables. Si el latinoamericanismo de Martí sigue vigente, es porque para Martí la identidad fue una estrategia política, una toma de conciencia en una situación de emergencia: “la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos”.

En sus escenas norteamericanas, Martí, como Alexis de Tocqueville, dejó un retrato clásico de los Estados Unidos como efigie de nuevo imperio. Sin embargo, a diferencia del francés cuya mirada se mantuvo siempre externa y a salvo de la vulgaridad democrática de los norteamericanos, Martí, a contracorriente de su propio pensamiento, se hundió en las muchedumbres, y se dejó arrastrar, frágil, por su marea; se dejó impactar por el acero de la tecnología, y confesó su soledad y desconcierto, dejando en innumerables crónicas, un registro sin igual del sensorium de la modernidad al cambio de siglo.

Martí murió en el campo de batalla, luchando por la independencia cubana en 1895. A pesar de su prematura muerte, el revolucionario dejaba atrás una monumental obra, a través de la cual interiorizó la dinámica global de su tiempo, dejó testimonio de un emergente orden neocolonial, y tomó consciencia poética de la importancia de su condición menor como crítico de la modernidad. Ése fue su legado descolonizador para la literatura y más allá de ella, como señala uno de sus poemas de Flores del destierro:

Bien: yo respeto

A mi modo brutal, un modo manso

Para los infelices e implacable

Con los que el hambre y el dolor desdeñan,

Y el sublime trabajo; yo respeto

La arruga, el callo, la joroba, la hosca

Y flaca palidez de los que sufren.

Respeto a la infeliz mujer de Italia,

Pura como su cielo, que en la esquina

De la casa sin sol donde devoro

Mis ansias de belleza, vende humilde

Piñas dulces y pálidas manzanas.

Respeto al buen francés, bravo, robusto,

Rojo como su vino, que con luces

De bandera en los ojos, pasa en busca

De pan y gloria al Istmo donde muere.

Adela Pineda Franco

 

Obras citadas

García Marruz, Fina. “Los versos de Martí.” Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (1968): 35-38.

Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. EDAF, 2010.

Paz, Octavio. Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia. Seix Barral, 1974.

Rama, Ángel. Rubén Darío y el Modernismo (circunstancia socioeconómica de un arte americano).

Caracas: Biblioteca de la U Central de Venezuela, 1970.

Ramos, Julio. Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX.

Fondo de Cultura Económica, 1989.

Tocqueville, Alexis de. La democracia en América. Alianza Editorial, 2002.