HEMATOPOYESIS
Poética de la sangre
«Es vocación de la obscuridad el parir la luz.»
Entrar a la noche, adentrarse en lo obscuro, es, para un alma bien temperada, cúmulo de goces, experiencias, descubrimientos, pero es motivo de temores e inquietudes para almas medrosas. Cuando caes a la noche mirando hacia el cielo, es la negrura cercana, la inmediata, la que se crece y te cubre, te envuelve. Tus manos, dedos-anhelos, se lanzan hacia la luz de las estrellas para sostenerse de ellas. Descrees que la obscuridad sea nada, nadie.
Adentrarse en la obscuridad es pasar de la coherencia de nuestro universo a territorios de una otra coherencia. Quizá el paso obligado sea el tránsito por un instante-espacio de incoherencia, y tal vez sea eso lo que percibimos como desasosiego. Debemos entonces arrojar como lastre las difusas luces de la moral, para no contaminar la luz del entendimiento.
La seductora emoción de devorar y ser devorado interfiere con cualquier esquema conocido.
Intuyes el encanto del tabú. La seductora emoción de devorar y ser devorado interfiere con cualquier esquema conocido. Fuera del tiempo y de lo real, se ponen los pelos de punta, emergen cuernos, se afilan orejas, crece la nariz, la lengua escapa del cerco de sus dientes, y estos se afilan. Se aguzan la mente, los sentidos, los deseos.
Estos encuentros y desencuentros de luz, de ojos, de sombras, de contrastes quedan imantados por todo lo que tu mente carga en la memoria sobre lo que han dicho, sobre ojos, y luz, y sombras, y contrastes, los creadores de todos los tiempos.
Ante esta “poética de la sangre” de Peredo percibes de cuántas maneras está condicionada tu memoria por las historias de Brahm Stoker, Poe, Goethe, Gogol, Henry James, Bataille y ves… una mirada. Saltan a tu mente deshilvanadas imágenes que brotan de las palabras de Baudelaire, Tolstoi, Rimbaud, Diaz Mirón, Sabines y ves… una mirada. Y ves una mirada que cual bisturí va escrutando, lomas, valles, hondonadas. Y observas ahí a la mitad del universo, y distingues una mitad de ti mismo, y sabes lo que sientes al observar, y sabes lo que padeces al ser acechado, y sabes lo que siente una mirada compartida. ¡Otra vez la primera mirada, lo nunca antes visto, lo desconocido! Una visión luminosa que responde mirando. Dos luceros en la infinita negrura… Un rostro casi solo nariz, casi solo orejas atraídas por el rubor de la frente, los lóbulos, las mejillas, las venas, la sangre. Y… la luz.
Luz que emerge de sus ojos, luz que brota desde su cuerpo, luz del ojo que diseñó este ejercicio fotográfico, luz del ojo convidado. Sangre llamando a la sangre. Luego solo lo negro y lo blanco. El encuentro te remite a la caverna, a la fosa, a la cripta, a la obscura habitación. Fuera del tiempo, fuera del mundo. El acentuado contraste de los contrarios te predispone a la catarsis y de ahí al desasosiego. Te queda, ahora sí, a ti, el quehacer, asumible o no, de dilucidar si corresponde a las leyes humanas, o a las naturales, el origen de tu zozobra.
Para desafiar nuestra imaginación están estas imágenes aquí. Si el autor ha recurrido a la fotografía para decirnos algo, será quizá porque esa figuración no cabe en un discurso lineal. Será quizá porque el encanto de un tabú estriba en no ser develado. Nos acerca “Hematopoyesis, poética de la sangre”, vía colindancias de luz y obscuridad, a fronteras entre razón y locura, entre mito y rito, entre amor y sacrilegio, y nos invita a ponernos en el papel del otro que somos: El inhumano inmortal que acecha por la rendija de la sinrazón.
Héctor Brauer.
Mahuixtlán, mayo-2023.



