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De Coleccion
En los próximos meses circularán tres nuevos títulos de la Biblioteca del Universitario, la
colección dirigida por Sergio Pitol y destinada a los estudiantes de nuevo ingreso a la Universidad
Veracruzana: Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley, Baile y cochino de José
Tomás de Cuéllar, y México bárbaro de John Kenneth Turner. De esta manera, la colección llegará a
los 38 títulos y seguirá ofreciendo clásicos de todos los tiempos y todas las lenguas.
De Baile y cochino ofrecemos un breve “adelanto”; de Frankenstein, un fragmento del prólogo
de Rodolfo Mendoza Rosendo, y de México bárbaro, un fragmento del prólogo de Alberto
Olvera.
Colección Biblioteca
del Universitario
Baile y cochino
José Tomás de Cuéllar
Capítulo I. Preparativos del baile y del cochino
Se trata de celebrar el cumpleaños de Matilde, la niña de la casa, y su
papá, que la quiere mucho, y además acaba de hacer un negocio gordo, va a echar la casa por el balcón.
Matilde ante todas las cosas quiere bailar a pesar de las objeciones de
su mamá, una buena señora, muy sencillota y muy ranchera. Es preciso
darle gusto a Matilde y esta idea triunfa de todos los escrúpulos.
—¡Baile! —decía la mamá—, ¿cómo vamos a hacer baile cuando casi no
tenemos relaciones en México? ¿Quiénes vendrán a bailar?
—En cuanto a eso, mamá, no te apures, yo convidaré a las Machucas.
—¿Quiénes son las Machucas?
—Las muchachas de allá enfrente. Ya nos saludamos y estoy segura de
que si las convido en forma, vendrán.
—Yo por mi parte —agregó el papá— haré por ahí mi colecta de amigos.
—¿Y de amigas también? —preguntó la señora a su marido.
—Mira, en cuanto a amigas, yo no tengo aquí todavía conocimientos;
pero creo que no faltarán.
—Bueno, pues si ustedes se encargan de la concurrencia, qué vamos a
hacer; haremos baile.
Nótese que la señora de la casa había dicho haremos baile, a propósito de
lo cual se hace necesaria aquí una digresión.
Son dos cosas enteramente distintas dar un baile y hacer baile, como son distintas también dar una comida o hacer comida.
En este caso los amigos son los que se consideran
obsequiados y favorecidos y después de concurrir al baile,
en virtud del convite, están obligados a hacer una visita
al anftrión para demostrarle su reconocimiento, y luego
para hacer entender que corresponden a la intención
social del convite de estrechar y frecuentar las amistades.
En este sentido también se toma dar una comida, dar
un té, dar un concierto, etcétera.
Ahora bien, hacer baile es reunir música, refresco, luces
y gentes para bailar, comer y refrescarse y santas pascuas.
La señora mamá de Matilde, como se verá, no da baile, ni
mucho menos; ¡qué había de dar! Ni ella estuvo nunca a si
es lo mismo dar que hacer, ni si el baile es para obsequiar
a otros o para obsequiarse a sí mismo; de manera que
aquello de la concurrencia, que cuando se da un baile es
precisamente la parte principal, para doña Bartola, que así
se llamaba la mamá de Matilde, era lo de menos.
Ya contaban con que vendrían las Machucas, que eran
tres pollas, que por su talla, por lo delgadas de carnes
y lo bisbirindas y alegres, debían ser tres bailarinas
de primera fuerza. Contaban además con que un
amigo de la casa encargado de conseguir parejas iba a
invitar a una señora que tenía dos hijas. No se sabía
qué clase de señora era aquella; pero en cuanto a las
hijas, que era, como quien dice, la infantería de línea,
el amigo aquel aseguraba que sabían echar un vals a
dos tiempos que daba miedo. Estas chicas, también
por su complexión, no había miedo de una apoplejía
ni de que se desmoronaran en el camino; guardaban,
pues, condiciones de bayaderas y por lo tanto había que
esperar que fuesen incansables.
—¿Quién es esa señora de las dos hijas? —preguntaba
el amigo colector de bailarinas.
—Es una señora gorda.
—Ya, pero…
—En cuanto a eso no tiene más peros que el que se
empeñan las gentes en decir que es un poco alegre.
—¡Alegre! —exclamó doña Bartola—. ¡Entonces
mejor, puesto que se trata de baile! ¡Qué vamos a hacer
con gentes estiradas y tristes! Esa señora alegre me
conviene. Saldaña, tráigala usted, y le recomiendo que
las demás parejas sean también alegres. Saldaña y el
papá se hicieron un guiño.
—Pero oiga usted, Saldaña, qué, no será cosa que…
—dijo el papá llevándose a Saldaña a su gabinete.
—No, señor, toda la alegría de esa señora es que la
tiene ahora don Gabriel, pero eso es todo.
—Ah, con que la tiene…
—Vaya, desde el año pasado; y como ella no coquetea
con ciertos pollos, se vengan las malas lenguas corriendo la voz de que es alegre; ya conoce usted lo
que son las gentes.
—Bueno, pues ya tenemos a las Machucas, que creo
son dos, a la señora de las dos niñas… ¿Pero la dejará
venir don Gabriel?
—Vea usted, viniendo don Gabriel viene ella; pero
para eso no hay que decir nada a la señora de don
Gabriel.
—Es cierto.
—De manera que no hay que pensar en don Pancho,
ni en Riquelme, porque son amigos de la casa.
—Bien, hombre, Saldaña, bien, usted se encarga de
todo eso, pero nos falta gente.
—¿Conoce usted a Camacho?
—¡Cómo no!
—Tiene el maldito ahora una muchacha guapísima
y ¡qué bailar de criatura! Y qué cintura aquella, y qué
pies, y qué…
—Convide usted a Camacho.
—Ahí tiene usted. Esa es una brillante adquisición,
porque es una joven que puede lucir en cualquier
parte.
—¡Bravísimo! Bien me decía mi mujer: mira a Saldaña,
que conoce a todo México y él nos llena la sala.
—En cuanto a eso, no tenga usted cuidado. Sólo que
no se le olvide a usted tomar en alquiler siquiera otras
dos docenas de sillas.
—¿Las alquilarán?
—Sí, yo me encargo de eso.
—Gracias, Saldaña, mil gracias; es usted el hombre de
las circunstancias.
—Y a todo, ¿qué se les da de beber?
—En cuanto a beber —repitió Saldaña—, según la
bolsa.
—Champagne y licores. Eso depende de lo que se dé
de comer. Vea usted: se pueden poner carnes frías,
jaletinas, pasteles…
—Eso es, me parece muy bien: pasteles, carnes frías
y… ¿qué decía usted?
—Jaletinas.
—¿Y esas cómo?
—Se mandan hacer.
—¿Dónde?
—Yo me encargo de eso.
—¡Bueno, hombre, bueno! Porque yo la verdad soy
muy torpe para esas cosas.
—No has contado con la huéspeda —gritó doña
Bartola—. No tenemos un trasto y se van a necesitar
muchos vasos y muchos platos y muchos…
—Se alquila —dijo Saldaña—, todo eso se alquila.
—¿Y cubiertos?
—Se alquilan.
—¿Y manteles?
—Todo lo habrá, señora. Pierda usted cuidado.
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