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El choque de las civilizaciones es una gran mentira: Orhan Pamuk

Ferit Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, sostiene que los libros y las mujeres tienen el poder de cambiar radicalmente la vida de un hombre.

Pamuk sabe lo que dice. Nacido en Estambul, Turquía, el 7 de junio de 1952, estudió periodismo y arquitectura pero jamás ejerció ambas profesiones. Lo suyo es la literatura y con ella bajo el brazo ha eludido el llamado choque de civilizaciones.

En las sociedades cerradas o casi cerradas, insiste Pamuk, los libros tienen la virtud de ofrecer un cambio. Allá en Medio Oriente, donde los hombres y las mujeres se ven imposibilitados de desarrollar su amor, los libros adquieren cualidades utópicas.

En su novela El museo de la inocencia, Pamuk narra la historia de Kemal, heredero de una rica fortuna, vive una relación amorosa infortunada con Füsun, una pariente lejana. A la par, Pamuk aporta una visión de la clase alta de Estambul y sus contradicciones.

El personaje de Pamuk está tan envuelto en su delirio amoroso que ni siquiera se da cuenta de lo que pasa por la mente de su amada. “Es algo muy común en un mundo donde no hay comunicación”, señala el escritor turco. El amante, como el novelista, se preocupa por cada uno de los gestos y movimientos de su objeto amoroso o literario.

-¿Existe la melancolía oriental o es un estereotipo?

Pamuk responde que eso depende de las circunstancias. Siendo Turquía un imperio que fracasó, el otomano, se da en la gente un cierto sentimiento de melancolía. “Todo mundo va a la Luna y nosotros sólo tenemos esto”, recuerda Pamuk que se decía cuando él era niño. Pero las cosas cambian. Estambul vive ahora una cierta prosperidad “europea” y los amigos escritores de Pamuk, parte de una generación más joven, le dicen que la ciudad que él narra no es la de ellos. Los personajes de El museo de la inocencia viven un amor triste, nada prometedor. La pobreza del Estambul de los años setenta representa el estado de ánimo precario de los personajes.

-En este nuevo contexto turco que usted menciona, ¿hasta qué punto su país puede ser un puente entre Oriente y Occidente y tener un efecto democratizador en la región?

-Turquía puede representar ese papel. Se trata de un país islámico que es aceptado en la Unión Europea. En 2005 yo estaba muy optimista e incluso lo veía positivo para la misma Europa. Se podía volver más tolerante al no estar basada únicamente en la cristiandad. Pero no funcionó. Hoy, las negociaciones entre Turquía y la Unión Europea distan de ser positivas. Turquía es un país conservador gobernado por un partido conservador y las negociaciones con la Unión Europea se han estancado. Además, hay un resentimiento entre turcos y europeos por el fracaso de las negociaciones. De modo que mi optimismo de 2005 ha cambiando. Quizá pueda darse una unión en el futuro. En todo caso pienso que esto será obra de la propia gente y no algo que dependa del gobierno y las instituciones. Son los pueblos quienes deben tomar esa decisión. Y si lo logran va a ser un excelente ejemplo para quienes no creen en el choque de civilizaciones. Para mí esta idea del choque de las civilizaciones es una gran mentira.

-¿Qué es la inocencia para usted? -preguntan a Pamuk-. ¿Por qué la usa como tema de su novela?

-La inocencia implica muchas cosas. En mi novela hay una alusión a la inocencia sexual, la que se da en un matrimonio que no está basado en el sexo. También existe la inocencia en la persona semimoderna que padece una ingenuidad cultural. Y luego tenemos la inocencia de la persona que no siente culpabilidad. Algo de esta inocencia quizá deba conservarse. La inocencia puede ser un gran valor, aunque no siempre. Las personas ingenuas son seres inocentes. Ven un anuncio de Coca Cola, donde se proclama que es la mejor bebida del mundo, y se lo creen. Leer libros, conocer el mundo, ser sabio, todo ello destruye la inocencia. En mi novela hay una inocencia que a veces es buena y otras no tanto.

La pregunta tiene sentido: ¿cómo afecta el Premio Nobel a un escritor?

Orhan Pamuk sonríe.

-A mí el Nobel me hizo muy feliz -señala-. Es algo que no todos los premiados dicen. Doris Lessing se la pasa quejándose. Como si hubiese sido algo malo. Por supuesto, a los periodistas les encanta que se quejen. Les da la nota. Por otra parte, ganar el Nobel lo llena a uno de ocupaciones. Todo mundo solicita entrevistas, la editorial te pide que hagas cosas, la gente te manda sus trabajos literarios, hay que dar conferencias. Es válido quejarse de ello de manera cortés. Al final de cuentas a mí me complace haber ganado el Nobel. Mi país es poco conocido en el mundo y se empezó a hablar de sus escritores. A mí me habían traducido a 46 idiomas y ahora ese número se incrementó. Tengo millones de lectores desde Corea hasta Argentina y desde Vietnam hasta Canadá. Todo mundo lee novelas. Es algo positivo. Es una comunicación fantástica. Todo mundo está leyendo, respirando, la gente tiene ansias de aprender. Es una comunicación que va más allá de las fronteras y de las instituciones. Para el escritor representa una gran responsabilidad. Hoy trabajo más. Es una dicha para mí. Hoy escucho la voz de los lectores de todo el mundo. La literatura es comunicación y eso me hace optimista.

Siendo un escritor turco que da clases en Estados Unidos resulta interesante conocer su opinión sobre Barak Obama y sus libros autobiográficos. Pamuk dice que no los ha leído, pero pudo observar la alegría que le dio el triunfo de Obama a sus colegas en la Universidad de Columbia.

-Todos estaban felices -dice-. Yo también. Verlos felices me hace feliz. Por otro lado, yo soy turco y mis prioridades no están en América. Obama parece una buena persona; pero, después de todo, es un presidente estadounidense.

Tomado de:  El Financiero (impreso), 30/11/2009