Núm. 8 Tercera Época
 
   
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PALABRA CLARA

La manzana de Adán1
Marco Tulio Aguilera

Marco Tulio Aguilera, colombiano, es autor de la trilogía
Cuentos para antes de hacer el amor, Cuentos para después de hacer
el amor y El imperio de las mujeres (Cuentos en lugar
de hacer el amor), de próxima publicación,
del que ofrecemos como adelanto este texto.
Ha sido finalista en Premio Alfaguara de Novela,
y en el Latinoamericano de Cuento.

No comas nunca nada que no seas capaz de digerir
Nada que no seas capaz de vomitar
ROSARIO CASTELLANOS


¿Quién eres? –le pregunté al verla por un segundo libre de la horda de sus asediantes–. Había pasa-do de los brazos de uno a los brazos de otro con una impudicia que tenía en vilo a la concurrencia. Se plegaba a los cuerpos ajenos con pasión de enamorada o de loca, súbitamente abría los brazos como si quisiera volar y se lanzaba al abismo. No terminaba de caer porque siempre había algún individuo dispuesto a recogerla. Soy un mal necesario, soy una mujer, dijo sonriente sin separar los labios de la copa y los ojos de su propio ensimismamiento. ¿Te llamas?

—Lilith, como la primera mujer de Adán–. Indiferente por completo a las miradas de los que la estaban acechando, era consciente sin embargo del odio que como una baba de tlaconete liberaban las mujeres (nada hay tan detestable para las hembras como una seductora escandalosa) y que fluía hacia su cuerpo en una neblina de humo y sudor.

—¿Quieres conocer el infierno? –preguntó–, búscame y lo encontrarás.

Creí que era un papel bien ensayado, el resultado del alcohol o tal vez la recidiva de una simple frustración, la cola de lagartija del deseo de ir más allá. Quizás una hembra en su etapa de liberación, un mal matrimonio, un amante infiel.

—¿Estás seguro de que quieres conocer el infierno? –preguntó, tomando los botones superiores de mi camisa entre los dedos índice y pulgar con poca delicadeza. “Un gesto cinematográfico y ridículo”, me dije.

—Si es con usted voy hasta la cocina nada más –respondí con desidia–. Llevo cien días de abstinencia y le aseguro que no estoy dispuesto a subir al primer tren. 6

—Conmigo el infierno está en cualquier parte –dijo–, sígueme.

Me tomó de la mano y me llevó al baño. Se sentó en la taza, abrió las piernas –unas piernas soberbias, de atleta o de mujer que vive del cuerpo–, colocó sus manos sobre las rodillas y dijo muéstrame tus argumentos. Me miraba retadora, aleteando con sus piernas. Me dije casi con desilusión: es una prostituta colada en una fiesta de borrachos, quiere un encuentro rápido y billetes fáciles, luego huir a su caverna. Y sin embargo no había en ella esa abyección, ese cálculo de las mujeres de la vida.

—¿Qué tienes que ofrecerle a una mujer como yo? No esperó que le respondiera.

—Todo lo tengo –agregó, tomó una de mis manos y se la llevó al pecho–: ¿Qué sientes?

No supe precisarlo. Era como una extraña aspereza, supuse un tejido rústico, uno de esos trajes de firma que ocultan lo inesperado, la piel de un tiburón, lija pura. Bajo esa especie de armadura una robusta maquinaria le hacía vibrar el pecho.

—No soy sólo una mujer, soy algo más, tengo alas, ¿quieres tocarlas?

Le dije que no.

—No alas de ángel, sería una falta de estilo, sino alas membranosas, agregó. En mí encontrarás sólo desgracia y terror. ¿Todavía me quieres?

—Le dije que sí.

——Entonces ven –dijo–, te voy a usar.


1 Cuento perteneciente al libro inédito El imperio de las mujeres (Cuentos en lugar de hacer el amor), que será publicado por la Editorial Educación y Cultura a fines de 2009.

 
 
 
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