Núm. 2 Tercera Época
 
   
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Fernando Vilchis
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En 1975 (número 13, enero-marzo, Nueva Época) llega como director Mario Muñoz (quien dirige la revista hasta el número 22, abril-junio, 1977), quien sin duda alguna se convierte en uno de los principales promotores de la revista, dándole nuevos aires y empujes, trasponiendo nuevas fronteras y convirtiendo a la revista durante dos años en un órgano imprescindible de la cultura en México y en varios países del mundo.

En 1977 llega como director Juan Vicente Melo, quien está al frente de la revista hasta 1979 (números del 23, julio-septiembre, 1977, al 29, enero-marzo, 1979, Nueva Época). Durante su época se continúa la generosa tradición de buscar nuevos talentos, estableciendo el concurso de cuento y poesía La Palabra y el Hombre, mismo que duraría hasta 1982, allegándose así colaboraciones desde Costa Rica, Panamá, Nicaragua, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Uruguay y Cuba, inyectando de nueva vitalidad e ideas diversas las páginas de la revista.

En 1979 llega como director el joven escritor (en ese entonces de 32 años) Luis Arturo Ramos, quien dirige la revista hasta el año de 1986 (números del 30, abril-junio, 1979 al 58, abril-junio, 1986, Nueva Época).

De esta fecha, 1986, y hasta finales de 1995 queda como director Raúl Hernández Viveros. Nueve años (números del 59-60, julio-diciembre de 1986 al 96, octubre-diciembre de 1995) controvertidos, pues fue en esa época cuando dejaron de pagarse las colaboraciones y, para muchos, la revista quedó restringida a temas academicistas y poco atractivos para un público lector más amplio. Además, a partir del número 69 (enero-marzo de 1989) la revista cambia de formato, eliminándose la leyenda de “Nueva Época”, pasando al formato medio oficio que mantuvo hasta finales del 2006.

A partir de 1996 (número 97, enero-marzo) llega como director de la revista Guillermo Villar González, quien está al frente hasta 1999 (número 109, enero-marzo), cuando llega a la dirección de La Palabra y el Hombre Jorge Brash, quien funge como tal desde el número 110 (abril-junio, 1999) hasta el número 140 (octubre-diciembre del 2006). Ambos directores quedan bajo las órdenes del mismo director editorial, quien por motivos nunca aclarados decide no apoyar la publicación, hasta el punto de tomar la decisión de bajar a la mitad el tiraje de la misma, pasando de mil ejemplares a quinientos, y de subir el precio, de 50 a 75 pesos, pasando entonces a ser una revista casi clandestina que circula en pequeños ámbitos académicos.

A pesar de estos avatares, en 1997, durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, la revista se hace acreedora al V Premio Arnaldo Orfila Reynal a la edición universitaria, en la categoría de revista de difusión.

Cincuenta años. Trece directores. Ciento ochenta y nueve números (contando uno extraordinario sin numeración —publicado a finales de 1974). Más de cuatro mil colaboraciones, entre ensayos académicos especializados, artículos de difusión de las ciencias sociales, trabajos de investigación, crónicas, reseñas, entrevistas, fragmentos de novela, poesía, cuentos, teatro, fotografía, dibujos, viñetas e incluso discursos políticos y algunos planes de estudios.

Es indudable que la revista, durante todo este tiempo, ha dado voz a un sinnúmero de manifestaciones y expresiones de las diversas áreas del arte y de las llamadas ciencias humanísticas, logrando consolidarse como un medio de comunicación para investigadores y artistas apuntalados y en ciernes. Y a pesar de percances y contratiempos —económicos sobre todo, debido al desdén o desconocimiento de algunas autoridades administrativas, pero también de una merma en el propio entusiasmo de algunos que han tenido a su cargo los destinos de La Palabra—, su presencia sigue siendo referencia obligada, tanto en ámbitos académicos como literarios; y la prueba de ello es que, aunque mucho se habla de los buenos viejos tiempos ya idos o de la inminente muerte en vida de la revista, a ésta siguen llegando colaboraciones tanto del país como del extranjero, de universitarios o bien de académicos de prestigio, así como de jóvenes creadores que andan por la libre (quienes anhelan adherirse a esa selecta lista que se ha mencionado a lo largo de este ensayo), o bien de artistas reconocidos que por puro cariño entrañable y ánimo generoso comparten su trabajo sin pedir a cambio remuneración alguna, salvo sus tres correspondientes ejemplares por derechos de autor.

Por todo ello podemos decir que la simple existencia —y la permanencia, en este caso, por fortuna, prolongada— de una revista literaria, humanística, como La Palabra y el Hombre, se ha debido más que nada a la tenacidad de un sueño colectivo que nació hace cincuenta años y que por fortuna ha sido compartido con pasión por una buena parte de la comunidad universitaria, lo que ha permitido que un espacio como éste sobreviva aun en medio de la creciente crisis económica y del permanente bombardeo mediático que satura nuestros sentidos y nuestra capacidad de análisis y reflexión.

Sin embargo, debe decirse también que La Palabra y el Hombre, atendiendo a su propia tradición de discusión, ruptura y cambio, busca ahora ampliar nuevos caminos, nuevas fronteras y nuevas propuestas. Ojalá que estos cincuenta años de vida representen una bocanada de aire que nos empuje hacia horizontes ignotos. Hay que retomar el ejemplo de Galindo y el grupo que lo acompañó, buscando y apostando por nuevos talentos, tal como apostó Galindo —dejando claro su papel generoso como editor, ajeno a envidias y egoísmos propios de la mediocridad— por gente de la talla de María Zambrano, Álvaro Mutis, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Elena Garro y Gabriel García Márquez, entre muchos otros, en ese entonces escritores que comenzaban a labrar su camino.

 
 
 
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