Universidad Veracruzana

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2 exposiciones 2. David – Mario

Este miércoles día 1 de febrero de 2017 a las 18:00 hrs inauguramos dos exposiciones, ilustraciones de David Soto Pozos y esculturas de Mario Contreras Libreros. Los esperamos en la calle Hidalgo 109 colonia centro, Coatepec, Veracruz.

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Mentimos por placer y fantasía, si, como todos los pueblos imaginativos

pero también para ocultarnos y ponernos el abrigo de intrusos.

La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana,

en la política, el amor, la amistad.

Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás

sino a nosotros mismos.

De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras

de las groseras invenciones de otros pueblos.

La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser.

Por eso es estéril su denuncia.

Octavio Paz

Máscaras: un hilemorfismo demasiado humano.

Recurrente es la presencia de un instrumento como lo son las máscaras en todo tipo de situaciones culturales, ora sirven para cubrir directamente el rostro humano del que pretenden ser una suerte de mutación en tanto que su constitución remite a esta parte tan significativa del cuerpo1, ora funcionan únicamente como medios en los que se han capturado cualidades del individuo y no exigen propiamente un uso. Ligadas principalmente a ceremonias o a todo tipo de costumbres este utensilio sobresale por la misteriosa facultad que tiene para disfrazar y desviar irónicamente la mirada sobre su usuario. Diseños y actitudes de gran rareza puesto que se tolera que el rostro abdique para ser ocultado por ellas a cambio de la posibilidad de liberar el resto de nuestra humanidad, logrando que la desnudez del resto del cuerpo llegue incluso a hacerse patente. La faz de los hombres es el principal medio, en el que a juicio de Lucio Anneo Séneca, se pueden notar los sentires y las fluctuaciones que alteran el alma del individuo, es el rostro donde se manifiestan cualidades esenciales a las que nos es imposible escapar puesto que en nada podemos contrariar a la disposición natural que estas encarnan. Este es quizá el motivo principal por el que un útil como la máscara adquiere gran relevancia a la hora de no solo ocultar sino disolver por completo, hacer nada de aquello que nuestras caras son capaces de revelar, o por otro lado, disimular y recubrirnos de una falsa esencia, es en relación con esta acción que nos proponemos llevar a cabo la presente reflexión acerca de las máscaras, idea que figura como el principal motivo de la producción artística de la exposición a la que este escrito abre la puerta.

Aristóteles a través de su caracterización de la filosofía primera2 nos hace saber la existencia de una serie de causas según las cuales se articula la realidad, dichas causas que en total son cuatro vienen a ser la causa material, la formal, la eficiente y la final. Las dos últimas, la eficiente y la final, apuntan al origen del movimiento de una cosa y a la finalidad para lo cual fue hecha, respectivamente, empero, solo nos centraremos en las dos restantes, es decir, en la causa material y la causa formal. La primera de estas como su nombre lo apunta representa la calidad material de una cosa mientras que la segunda es aquello que no solo da forma a la materialidad de la misma, sino que es la causa que en palabras de Aristóteles que hace que una cosa sea lo que es. Esto solo es una perspectiva bajo la que se describe un modo de ser de las cosas y es que para “el griego” 3 existe un interés por hablar del ser de las cosas en el grado más perfecto que existe, pero por el momento nos basta esta apreciación para continuar con el quehacer que nos ocupa. Bajo el dualismo de la materia y la forma, cuestión que se denomina como hilemorfismo de ahí parte del título del presente escrito, Aristóteles señala que la materia no puede estar falta de forma alguna mientras que en el caso contrario la forma puede permanecer sin un referente material tal y como lo serían los conceptos o en el nivel más elevado: Dios, la entidad suprema por antonomasia que es forma pura y eterna. Pero volviendo con el primer aspecto de este tipo de relación parece ser que la realidad amerita un medio formal a través del que puede o debe adquirir cohesión y presencia ya que esta no puede sin más hacerse notar como algo informe y caótico, tal y como se opinaría sobre la visión dionisíaca de la que se tenía conocimiento en el mundo antiguo griego.

¿Es entonces descabellado preguntarnos sobre si el papel que la máscara ha de desempeñar en la realidad humana no encarna un papel similar a la concepción aristotélica de acuerdo a la que se constituyen las entidades?4 Dicho de otra forma y ya no tanto a manera de interrogante, somos de la opinión que aquello que encierra nuestra humanidad es capaz de adoptar una configuración en particular que en todo caso hace de nosotros lo que somos o construye un sentido de nuestro ser. Superando la materialidad orgánica de nuestros cuerpos, una máscara se encuentra cargada de múltiples intenciones y representaciones que por lo regular aluden a aspectos psicológicos de un pueblo o cultura, así es como esta ha brillado a lo largo del tiempo en ceremonias religiosas, en costumbres públicas, en conflictos bélicos entre individuos, etc. solo por mencionar unos ejemplos, siempre con el fin de representar todo tipo de emociones, expresando el consiente o el inconsciente de los hombres. Una careta es sinónimo de la consistencia formal que han de adoptar lo amorfo de los sentires humanos, a través de este utensilio la condición vital del individuo se hacía de la opinión de sus semejantes, basta recordar el teatro griego y romano, las expresiones de alegría o tristeza eran capturadas en máscaras cuyo portador era indiferente ante la personificación de lo femenino y lo masculino, y es que lo humano, sus emociones y su transmisión se nos figuran como poco manipulables para hacer partícipes de las mismas a un público. El mismo Séneca nos advertirá, en razón del teatro de la roma antigua, de la peligrosidad de las pasiones que un actor buscaba despertar en sus espectadores al punto de correr el riesgo de  convertirse en presa de aquello por lo que buscaba causar emotividad, asimismo consideraba por otro lado la falsedad de las actuaciones de actores inexpertos e inmaduros en su intención de dominar sentires propios de los hombres, que como previamente lo dijimos, los cuales pertenecen a los designios de la naturaleza y es en vano suponer erradicar o provocarlos a voluntad. Es de esperarse que estas actitudes vitales se reconstruyesen en mayor o menor medida a través de un objeto como lo eran las máscaras.

El estoicismo antiguo daría difusión a un concepto que se suma a nuestra reflexión, dicha noción es la de persona. Concepto que la estoa desarrollaría de acuerdo a dos dimensiones, la primera denominada como “persona absoluta”, esto es el individuo racional en cuanto subsistente en sí mismo e incomunicable, en ese sentido usted mi estimado lector es incapaz de mostrar o hacer transferible su ser para que su servidor o alguien más tenga el conocimiento de lo que en esencia es usted. En segundo lugar, se encuentra una idea de persona que se propone ser comunicable y relacionable, “persona relacional”. Para dar cuenta de la importancia de esta distinción y la relación que mantiene con lo que hemos venido exponiendo es necesario señalar el origen del concepto de persona. Según los especialistas “persona” proviene del etrusco phersuna, este término es recogido de un mural ubicado en la Tomba degli Aúguri de la necrópolis de Monterozzi en Tarquinia5, una especie de tumba cámara en la que se encontraba dicha pintura en la que sobresalían dos individuos enmascarados, que se presume representan a un solo sujeto, los cuales de acuerdo a los tintes religiosos de la tumba suponen ser los defensores de aquel que fuese depositado en semejante sitio fúnebre. Sin embargo, lo relevante de dichas representaciones pictóricas es que aledaño a estos individuos se encuentra la inscripción phersu, palabra a la que se le debe el origen latino de “persona”. Los phersu eran estos sujetos vestidos con atuendos sacrales dispuestos para un determinado ritual religioso, esto es lo importante, el enmascarado y el uso de la máscara representan la unión en la que el portador de este utensilio se le sobreañade una suerte de cualidad o poder sacral. En este punto la interpretación de los especialistas apunta a la evolución etimológica del vocablo, empero, nosotros hemos de conducir nuestra interpretación de acuerdo al indicio que Gabio Basso nos hace entrega en sus notas sobre la presencia de un útil como lo es la máscara. Este al ser un atuendo que cubre el rostro y la cabeza permiten por determinado canal que la voz sea emitida de manera clara es decir, según nuestra visión, vuelve comunicable aquello que tiene que ver con el ser de su portador y que como en un momento explicamos pertenece a una concepción de la persona absoluta (imposible de comunicar). Esta característica nos pide regresar a lo que anteriormente señalamos sobre el teatro clásico donde las caretas eran el principal artilugio a través del cual se trata de convencer al espectador sobre la esencia legítima de las emociones que se busca compartir, dicho esto, la máscara cumple la función de dar una estructura a aquella realidad que puede carecer de una forma asequible para un grupo de individuos. Es el canal que comunica lo referente a la subjetividad para dar paso a una intersubjetividad (persona relacional).

Pero continuando con la idea de persona, esta es una concepción que apunta a la singularidad de cada individuo perteneciente a una especie, es decir, se contrapone a un concepto unificador que rescata lo común de muchos individuos como lo es la idea de naturaleza humana o propiamente el concepto de hombre. Desde una perspectiva psicológica se predica el constructo de personalidad en razón de aquellas características psíquicas de un individuo, actitudes, sentimientos, conductas, etc. las cuales tienen cierta permanencia en la vida del sujeto. Dicho esto último es comprensible que la personalidad en su acepción más corriente y en su uso cotidiano es aprehensible, usted el que está leyendo este escrito es capaz de captar ciertas tendencias de sus semejantes y que definen las particularidades de los mismos respecto de otros,  si conociese a su servidor tal vez tendría la posibilidad de hacerse con una visión de lo que le va a mi ser, así como yo podría hacerme partícipe de una comprensión de aquellas cualidades propias de su personalidad. Ahora si la máscara, en tanto que recurso formal que moldea el ser, tiene la facultad de hacer comunicable a lo que se encuentra detrás de ella, ¿la personalidad no consiste propiamente en una máscara? ¿la llamada “persona relacional” no ha evolucionado en esta personalidad captable en el día a día de los individuos y que configura nuestro comportamiento en el mundo y por ende no es la superación de la “persona absoluta” y del ser intransmisible?

Como epígrafe de nuestro trabajo se encuentra una cita extraída de “El laberinto de la soledad” propiamente del ensayo titulado “Máscaras mexicanas”, mejor fuente no creemos poder haber elegido, donde Octavio Paz lleva a cabo una reflexión en torno a la naturaleza hermética del mexicano. El escritor expone la manera en cómo todo un pueblo se ha consolidado de acuerdo a una fisonomía propia de una personalidad bajo la que se guarece ante el mundo y la hostilidad de este. Esta actitud ante la realidad que el mexicano ha adoptado es a la que se le debe el título de enmascaramiento ya que busca ante todo ocultarse y ofrecer al mundo una personificación que desvíe la atención de su ser. Sin embargo, Paz ve en dicha conducta la configuración misma de una forma de ser del mexicano, es decir, esta acción de ocultarse y negar su ser es, irónicamente,  la reafirmación misma de un nuevo tipo de ser del mexicano; nosotros no vemos un tránsito de una forma de ser a una distinta, no existe una negación o una reafirmación de la que, según Paz, el mexicano corre peligro, estas perspectivas a nuestro juicio se encuentran relacionadas en todo momento y se mantienen en un constante vaivén, es un juego de caretas que caen y se sobreponen constantemente unas sobre otras al respecto de un único Ser.

Un ocultamiento que enmarcado por el disimulo y el engaño hacia los otros y hacia sí mismo es susceptible de una mutación constante, puesto que al serle inherente el disimulo este debe cobrar un nuevo rostro, lo cual hace que esta condición de enmascaramiento del mexicano, que explica Paz, se vea recubierta por una apariencia diferente, empero, nos atrevemos a decir que esto solo es añadir una nueva máscara a la que previamente se había constituido como la actitud hermética del individuo. Aristóteles afirmaba que el ser se dice de muchas maneras, asimismo el ser del individuo se articula o mejor dicho es capaz de configurarse de acuerdo a múltiples perspectivas de acuerdo a la susceptibilidad ante los cambios propia de la personalidad de este, así las máscaras se intercalan entre sí arrojando luz sobre un único ser, a través de dichas máscaras se trasfigura, se hace comunicable nuestro ser. Afirmaremos que tras esta actitud de enmascararnos se encuentra guiada por la idea de adoptar una forma que mejor le vaya a nuestro ser, es una elección real y efectiva; tenemos en cuenta que alguien dirá que el sujeto es capaz de traicionarse en este proceso en su hambre de querer ser algo, sin embargo, recordemos que el hilemorfismo aristotélico nos dice que la forma, que nosotros la identificamos con el ceñirnos una máscara, es ya una manera de definir el ser de una cosa, por lo tanto, esta elección no representa una traición a nosotros mismos puesto que solo es la posibilidad de que nuestro ser se hiciera patente y se consolidara, lo cual no está peleado con la legitimidad del mismo. Acerca del ser que aparentemente era incomunicable en un principio no hemos dicho en ningún momento que estuviese ya definido, recordemos que la forma es el elemento fundamental de acuerdo al que se construye el ser de algo.

Pero volviendo a hablar del objeto material que es en sí el motivo de nuestro trabajo, la máscara en tanto que utensilio físico, podemos decir que es el producto artístico idóneo que ha de capturar parte del ser del hombre. Por sí sola a través de los rasgos más expresivos que esta pueda tener nos hace entrega de las cualidades esenciales de nuestra humanidad ya que solo los hombres recurrimos al uso de la máscara en el sentido estricto de la palabra. Cuando esta tiene un portador nos remite a la singularidad de su usuario ya que este bien puede identificarse con lo que la máscara ha capturado en su constitución material, pero por sí sola esta también se muestra reveladora ya que hace del conocimiento de muchos aquello que nos hace comunes. A través de ella se materializan la divinidad, la vida, la muerte y todo tipo de emociones y actitudes ante el mundo que tienen un origen en el ser del individuo. Cierto es que en la naturaleza todo tipo de especies tiene habilidades para ocultarse, para mimetizarse y pasar desapercibidos y ejecutar cualesquiera objetivos que naturalmente deben cumplir. En ellos este ocultamiento es un modo de supervivencia, en el hombre es una actitud lúdica en el que la verdad se ve inmersa, es como ya lo decíamos una acción legítima. No atribuiremos un juicio moral para calificar dicha conducta como buena o mala, eso lo dejaremos al criterio de nuestro lector, sin embargo, debemos decir que esta es una manera en que cada quien puede lidiar consigo mismo y con su ser, es una medida para sobrevivir ante la realidad y un principio hipotético en el que parecen suscribirse las relaciones humanas. ¿Es quizá la exposición y sus obras que en ella estarán y que ustedes tendrán la oportunidad de contemplar una manera de hacernos partícipes todos de una comprensión de aquello en lo que consiste nuestro ser? Máscaras que nos revelan algo ya no tanto del autor sino de cada uno de sus observadores, no nos resta más que desearles una cálida bienvenida para elegir la que a cada quién le parezca la más óptima para ser portada.

Juan Alarcón Ruiz.

Notas

1Hablar del rostro y de todo lo relacionado a los rasgos que en él se presentan es otra labor exhaustiva plagada de importantes ideas de trascendencia que sobrepasan lo filosófico, por el momento desarrollaremos la concepción de la máscara interpretada a la luz de una noción filosófica clásica: el hilemorfismo aristotélico, idea fundamental en el pensamiento del filósofo estagirita que explica la realidad, pero que nosotros la utilizaremos para reflexionar acerca del papel de la máscara como elemento que construye un sentido acerca no tanto de la esencia de lo humano sino más bien de la subjetividad del hombre y su tránsito hacia la intersubjetividad.

2 Al respecto de este asunto el filósofo griego lleva a cabo una descripción sobre el proyecto de un tipo de estudio que se ocuparía de indagar sobre los principios supremos, una investigación sobre la realidad y la naturaleza de la misma. Esta filosofía primera es bajo la que se articularían las restantes áreas del pensamiento filosófico: la física, la ética, la lógica, la política, etc. Sin embargo, hemos de advertir que solo nos interesamos por un detalle muy particular de todo el planteamiento del estagirita, cuya importancia y la relación que ha de mantener con nuestra reflexión en su momento expondremos.

3Mote que los representantes de la escolástica, como fieles seguidores, utilizarían para referirse a su maestro Aristóteles.

4El término máscara se puede utilizar o decir de muchas maneras, haciendo honor esta expresión a la perspectiva filosófica sobre el ser según Aristóteles, por una parte usaremos este término para señalar el resultante que se encarna en el individuo producto del hilemorfismo, acción que identificaremos con otro concepto que la tradición clásica elaboraría y que heredará la filosofía medieval. Al mismo tiempo debemos distinguir el uso corriente que se remite al utensilio del que en un principio hablamos, sin embargo, relacionaremos ambas nociones en una visión general.

5Ciudad italiana de la provincia de Viterbo, ubicada al sur respecto de Roma.

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