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Francisco
Toledo, un pintor con raíces
Emma Cuéllar de la Torre |
Reconocido
desde muy joven como un gran pintor autodidacta, Francisco Toledo
empieza en 1957 estudios en el Taller Libre de Grabado de la Escuela
de Diseño y Artesanías del INBA, en la Ciudad de México,
para después estudiar pintura en la ciudad de París,
en 1960.
Como buen pintor, Toledo es un extraordinario colorista que logra
manifestar en su dibujo increíble habilidad y detalle, en
su obra podemos apreciar con facilidad una atmósfera soñadora,
composiciones que expresan con gráficas sencillas su imaginación,
su capacidad en la |
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integración
de los símbolos, originalidad en su temática, en sus
obsesiones.
Originario de Juchitán, Oaxaca, la obra de Francisco Toledo
comprueba la existencia de una mano izquierda en la pintura hecha
por oaxaqueños. Cada elemento sugiere la revelación
que descubre otros estados de conciencia, otros mecanismos de conocimientos,
y después se plasman como creatividad. Toledo hace de la
pintura magia sobre la realidad, sobre el autor, sobre el observador.
Ha trabajado tapiz, grabado, acuarela, óleo y gouache (técnica
parecida a la acuarela pero más opaca). Su obra ha sido presentada
en diversos recintos del país y en el extranjero desde 1959,
además de formar parte de reconocidas colecciones de arte.
En 1989 dona una colección de obra gráfica para fundar
así, el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.
Pintor, dibujante, grabador y ceramista que imprime su sello distintivo
en cada una de las disciplinas en las que incursiona, considerado
uno de los más importantes artistas contemporáneos
a nivel mundial, reconocido especialmente por su labor iconográfica,
en la cual retoma elementos de la tradición popular indígena
y los coloca a la luz de una lectura contemporánea. En su
obra está presente la huella de un pasado milenario que,
hasta nuestros días, forma parte de la cotidianidad de América
Latina. |
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Siendo
un gran artista, Francisco Toledo se halla en una relación
ambigua con la tradición, no puede hacerla a un lado, pero
al mismo tiempo su impulso a la creación total tiende a destruirla
e invalidarla. Sólo dentro de esta doble relación
su obra se realiza a sí misma, su obra auténtica rompe
con el pasado, y simultáneamente asegura su continuidad.
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Gracias
a su particular estilo, la pintura destruye y continúa el
pensamiento mágico mítico del México de manera
ambivalente y vital. Toledo trata de reinventar los mitos en su
pintura dándoles nueva vida, creándolos a partir de
las exigencias de la realidad.
Al tomar como tema la vida cotidiana, la vida de la naturaleza en
sus formas más humildes, pequeñas e insignificantes
para la mirada cotidiana, Toledo busca lo sagrado contenido en ella
y su búsqueda nos conduce a la naturaleza misma de lo sagrado,
consiguiendo que la realidad inmediata sea la que se haga mítica
y se salga del tiempo.
Toledo rompió con toda la monotonía del arte mexicano,
todo lo que toca es convertido en un continuo movimiento arraigado
en la tradición. Con su obra celebra la gloria de lo terrenal:
el deseo, lo más puro y enlutado del hombre, porque en materia
de sexo nada es impuro, porque es la afirmación poética
del instinto. Toledo es ajeno al pudor, a la noción de pecado,
ignora el sexo bárbaro y portentoso del cristianismo.
Su estilo, que va de la simplicidad y limpieza del trazo y las formas
al embrollo de la línea achurada y eléctrica, crea
claroscuro, modela volúmenes explotando la energía
primitiva del color, la potencialidad de los tonos y matices, rozando
los resortes del estado de ánimo y produciendo una vibración
del espíritu. Actualmente Francisco Toledo vive, a sus 63
años, en un ir y venir entre Oaxaca y la Ciudad de México,
esperando impaciente el momento en el que se pueda mudar a un lugar
ideal, una ciudad que se parezca a Oaxaca pero sin casas de cultura
y sin museos. |
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