Abril-Junio 2004 , Nueva época No. 76-78 Xalapa • Veracruz • México
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El poder de la escritura
José Martín Méndez González /
Alumno de la carrera de Ingeniería Química, en Coatzacoalcos.

Este trabajo fue merecedor del primer lugar del V Premio al Estudiante Universitario, en la categoría de Ensayo Humanístico “Librado Basilio”, convocado por la Universidad Veracruzana y entregado en el marco de la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU 2003)
 
Sumeria, al sur de Mesopotamia, aproximadamente 3000 a. C.

El Dios del Sol, Shamash1, hace sentir su presencia en estas tierras casi desérticas. Observa desde su trono cómo su pueblo, el cual le rinde sacrificios para agradarle y merecer su benevolencia, emplea un invento concebido por el más pequeño de sus hijos: la rueda. Pero pronto, muy pronto quedará opacado por uno nuevo, un invento que revolucionará la historia de sus descendientes...

Oresh camina por entre los vericuetos de la ciudad llena de comerciantes, de personas extranjeras, cuyas lenguas se mezclan armoniosamente junto con el aroma de los dátiles, inundando el ambiente, perfumándolo. Trata de mantenerse ajeno a tanta algarabía, de tener clara la mente, porque tiene que presentar cuentas a su maestro y no quiere olvidarse de ni un número. Quiere que las cuentas cuadren, no quiere tener que poner de sus ya de por sí mermadas ganancias lo que pudiera faltar. Por eso camina sin poner atención a los transeúntes que se aglomeran, que compran y venden, que lo empujan despiadadamente, como si supieran que le cuesta trabajo memorizar las cuentas y se divirtieran tratando de hacerle perder el hilo de sus cavilaciones matemáticas.
Oresh está tan ensimismado repitiendo una y otra vez las mismas cuentas, que no se percata del ladrón que viene huyendo... y lo impacta.

Risas… es lo primero de lo que tiene conciencia Oresh. Está tirado en medio de un lodazal, de barro húmedo, las ropas manchadas, las cuentas perdidas, quizás hasta robadas por el ladrón. Se incorpora penosamente, tratando de aparentar un poco de dignidad ante las risas aún no sofocadas de los que están a su alrededor. Y es ahí justo cuando intenta recordar las cuentas y mira el lodazal en el cual ha quedado moldeada su figura, que tiene la Revelación, la Idea, el Invento. Juega con ella un momento, la analiza, hace una lista mental de lo que necesita para importarla del mundo abstracto al real. Toma un poco de ese barro y comienza a darle forma entre sus manos febriles y, con el tallo de caña que llevaba en la boca, rasga su superficie, marca en ella figuras en forma de cuñas. Y mientras la marca y crea nuevas figuras, marca también el mayor hito en la historia de la civilización humana, el verdadero salto evolutivo: el nacimiento de la escritura.

Comunicar es una característica que nos ha distinguido desde tiempos milenarios. Primero le dimos “significado” a los sonidos guturales, que más tarde promovieron la evolución de nuestras cuerdas vocales. Y, casi al mismo tiempo, también fuimos artistas, pintamos escenas de cacerías en nuestras cuevas, ya sea impulsados por un sentimiento de superstición o por el deseo innato de nuestra especie de representar lo que imaginamos, de asir esa esencia del mundo de los sueños para darle consistencia en forma de pinturas, después en escritos y ya, más tarde, en imágenes con movimiento.

Es ineludible el hecho de que la escritura cambió radicalmente la manera de comunicarnos, ya que dio a nuestros antepasados la posibilidad de plasmar pensamientos, sentimientos, hechos históricos, cuentas, farsas, todo, cualquier cosa que se deseaba transmitir a otros sin estar presente la persona que quería comunicarlo de forma clara, entendible para cualquier persona instruida en la lectura de los símbolos que representan sonidos.

Y es que la escritura no sólo ofrece un medio para comunicarnos, lo que verdaderamente ofrece, es un pedazo de eternidad. Ver tu obra escrita, saber que te va sobrevivir, que le vas a ganar a la muerte, es una adicción tan fácil de adquirir porque, en cierta medida, también es una forma de ser Dios.

Víctor Hugo, esa dínamo literaria, en una ocasión me dijo en Las contemplaciones (y a muchos otros se los dirá también, sin duda): “Y todo hombre es un libro en el que el propio Dios escribe”. Porque esa hoja en blanco no sólo es una hoja en blanco, es el barro primigenio que espera a ser moldeado por tus pensamientos, por las historias que te susurran las voces de la imaginación, por los sentimientos que nacen en ti a causa de esa musa que ha besado tu frente.

Si bien es cierto que escribir puede llegar a ser un acto egoísta, el hecho es que es una forma de comulgar, para bien o para mal, pero así es. Y cuando la fuerza de esta comunión crece y crece, ganando adeptos a diestra y siniestra, es cuando suceden los cambios sociales de los más variados estilos y matices: revoluciones, movimientos de independencias, guerras, avances tecnológicos...

Creo que no existen ejemplos más reveladores, en la historia de la humanidad, del poder de la escritura, del uso de su poder, como la Segunda Guerra Mundial y la Biblia, acontecimientos tan contrastantes entre sí como una prostituta y una santa.

Adolf Hitler creó más que un imperio nazi a partir de su Mein Kampf. Creó una religión basada en la idea del “Superhombre”, idea ya expuesta por Friedrich Nietsche, pero cuya prosa no bastó para esculpir en cientos y cientos de personas la creencia y el fervor de exterminar al débil para proclamar como heredera de todo lo creado a la raza aria. No. Hacía falta un Adolf Hitler que lograra hacer “comulgar” su “palabra escrita” –escribo comulgar entre comillas porque darle el significado que comúnmente se le da en la religión cristiana (recibir el cuerpo de Cristo, habitar de manera íntima en él) sería, para mí, una blasfemia; pero, al mismo tiempo, no encuentro otro verbo que describa el grado tan alto de fanatismo que logró inculcar Hitler en el corazón y mente de esas personas– con todo un pueblo ávido de una victoria. Hacía falta un Adolf Hitler conocedor y manipulador del poder de la palabra escrita; un Adolf Hitler que redefinió la humillación y la vergüenza humanas. “El exterminio emprendido por los nazis destruyó dos seguridades del hombre moderno: la belleza del desnudo y la confianza en el lenguaje. Acerca de lo primero, después de los campos de concentración (y sus filas, dormitorios, vagones, hambrunas, experimentos, fotografías, cámaras de gas y fosas comunes) el desnudo perdió toda la belleza que el arte moderno le había concedido. El cuerpo humano perdió su dignidad: fue amontonado, eliminado en masa y exhibido como objeto desechable y horrible”2. Hacia falta un Adolf Hitler que reinó por un tiempo entre montañas de cuerpos y lamentos... todo ese holocausto, ese parpadeo al infierno, por las ideas que leyó en un libro...

La Biblia, el libro que narra los hechos acontecidos hace más de 2 000 años y cuyo personaje principal es el Cordero de Dios, aquél que con sus acciones nos mostró la Palabra de Dios, una palabra que, aunque escrita, tendrá vigencia por sobre cualquier otra cosa que se haya escrito. Esa es su fuerza: la vigencia. Porque es una palabra viva, ajena al tiempo, sin importar cuántas veces reinventemos el mundo, siempre estará ahí: el pasado, el presente, el futuro se esconden en sus páginas de Verdad.

Quizás no sea propiamente el libro como objeto lo que le da vigencia sino los acontecimientos del Cordero en Jerusalén. Pero el Cordero sabía que, al ser escritas –después de todo su “venida” estaba escrita–, sería como grabar en piedra su misión, y que continuaría predicándose por sí sola, de generación en generación, porque la verdad de su vida, de sus acciones, de su misión quedaría simbióticamente unida a la palabra escrita concediéndole presencia eterna hasta el fin de los tiempos.

Y es que, quizás, ese libro es la fina línea que nos separa del salvajismo, de la involución, porque es el más influyente en la historia de la conducta humana, y toda persona que intente desacreditarlo promueve un acto que desequilibra el frágil pedestal en el que brilla la obra maestra del artista: el ser humano.

Como he dicho líneas atrás, la palabra escrita posee influencia en las mentes de las personas, y con la influencia viene el poder. Cuando los que poseen el poder –si esto es posible, más bien sucede lo contrario– se percatan de tu influencia que pone en jaque la de ellos, hacen todo lo posible por suprimir tu escritura.

El caso más impactante de este tipo de situación que conozco es el del chino Wei Jingsheng. Su crimen: escribir ensayos a favor de la democracia en la China comunista. Detenido el 29 de mayo de 1979, pasó 18 años en una prisión de Beijín. Su celda medía 1.4 por 2.7 metros. Los guardias tenían órdenes de no hablar con él, no tenía permitido leer ni, por supuesto, escribir (en su celda la luz la mantenían encendida las 24 horas), hasta que un día, en la cacerola de su desayuno, encontró un bolígrafo. Wei comenzó a escribir en el papel sanitario que tenía a su disposición. Los escritos y el bolígrafo los escondía en las huecas varillas de metal de su cama.

Dos años después de su arresto, las autoridades le concedieron la libertad de escribir una carta mensual para su familia, por lo que le proporcionaron bolígrafos y papel de mejor calidad, con la condición de que no escribiera sobre las golpizas ni los dolores de cabeza y pecho, tampoco acerca de la putrefacción de sus dientes. Como Wei continuaba criticando a los líderes que lo tenían preso, en ocasiones le quitaban los bolígrafos, pero los mismos prisioneros robaban a los carceleros bolígrafos y los hacían llegar a la celda de Wei.

A finales de 1993, China deseaba ser anfitrión de los Juegos Olímpicos, por lo que, en una muestra de buena voluntad, dejó en libertad a Wei. Al no obtener la sede de los Olímpicos, Wei fue nuevamente encerrado, esta vez en una celda en la que dos de las paredes eran de vidrio para evitar que escribiera. Sin embargo, en 1997 se publica un libro en Estados Unidos, El valor de estar solo, compendio de sus cartas redactadas en prisión, las cuales fueron transcritas por Tong Yi, sentenciada a dos y medio años en un campo de trabajo. Debido a esto, la presión internacional doblegó finalmente a China y liberó a Wei en noviembre de 1997.

Quiero ser como él, me dije cuando leí su historia. Quiero desarrollar mi capacidad de escribir pensamientos para motivar a otros, para abrir nuevas rutas de pensamiento en cualquier persona de cualquier país de cualquier nivel cultural y económico. Quiero “comulgar” con otras personas. Quiero cambiarle, al menos, la vida a una de ellas. Quiero, después de todo, mi trozo de eternidad…

Referencias
1. Shamash, Dios del Sol para los sumerios.
2. Yépez, Heriberto. La tempestad, año 4, núm. 22, enero-febrero 2002, pág. 20.