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Corre la voz
De la colección
Sergio Pitol
Traductor
y otras maravillas
veracruzanas
Ana García Bergua
De entre las críticas que
nuestros títulos han
despertado, en esta
ocasión reproducimos
la de Ana García Bergua
sobre la colección Sergio
Pitol Traductor, que
apareció en su columna
Paso a retirarme, del
suplemento dominical
La Jornada Semanal.
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Mis años de juventud |
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En estas épocas, a veces se olvida que en la mayoría de los casos, la
literatura es obra de la generosidad: la de un autor que lanza su botella
al mar a la busca de lectores, sin saber nunca cuál será la respuesta; la de
muchos editores que salvan del olvido a libros y autores valiosos, y la de
muchos traductores al procurar que una obra llegue a la playa de otras lenguas.
Y es la propia literatura la que paga con creces los dones que se le procuran,
al enriquecerse y diversifcarse, como un alma común del género humano.
Muchos vaticinios funestos se lanzan en estos tiempos sobre el futuro del libro
y de la literatura; sin embargo, mientras esto sucede, la ciudad de los libros
crece, se resguarda y se alimenta, sigilosa, a manos de ofciantes desinteresados.
Digo esto pensando en las editoriales pequeñas o en las universidades que
protegen y publican obras que, de otro modo, no llegarían a manos de los
lectores mexicanos, como la fastuosa colección Sergio Pitol Traductor que,
entre muchas otras, lleva un año editando la Universidad Veracruzana bajo la
supervisión del gran Premio Cervantes.
En algo se emparenta esta colección con la Biblioteca Personal que hacia el
fnal de su vida editó Jorge Luis Borges con María Kodama y que hizo recordar
a los lectores hispanoamericanos libros como, por ejemplo, La piedra lunar, de
Wilkie Collins, entre muchos otros (y, por cierto, incluía a Rulfo y Arreola):
es en el hecho de que, al ofrecer a los lectores los libros que de alguna manera
los formaron, proponen un vínculo personal y un gusto por la literatura más
allá de las modas, las novedades, los premios y el relumbrón. Ese vínculo, a mi
modo de ver, es el que fnalmente cuenta, además de que permite entender un
poco más su literatura y amplía el espectro de los libros que cada quien podría
considerar como sus “clásicos”.
En estos meses voy leyendo los libros traducidos por Pitol, huelga decir que
espléndidamente —a mi modo de ver, siempre son preferibles las traducciones
de un escritor, que con su propio sentido de la prosa o la poesía comunica
más certeramente la obra traducida—, como una especie de detective que
trata de seguir la huella del escritor a través de sus lecturas: en El buen soldado,
la novela victoriana de Ford Madox Ford, encuentro el juego de espejos, la
descomposición de las apariencias y la sucesión de revelaciones con las que
ha jugado el narrador veracruzano; en la esperpéntica (y también victoriana)
En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli del también inglés Ronald Firbank, el amor a lo raro, a la invención disparatada que se sostiene en
el aire como una criatura majestuosa, perversa y perfecta. Ni qué decir de
Henry James, Robert Graves o Jane Austen, por mencionar sólo a los autores
en lengua inglesa cuyas traducciones se recopilan en esta colección, a la que
se añaden más autores oníricos como Witold Gombrowicz, el italiano Luigi
Malerba, o rusos como Gogol y Chéjov, entre muchos otros, cuyo paso está
presente en la obra de Pitol, tan distinta en su rareza a la de otros escritores
mexicanos de su generación. De Salto mortal, la novela de Malerba, se señala
en la cuarta de forros: “Los adictos al relato lineal, los partidarios de una
legibilidad inmediata y continua de un sistema narrativo, los incondicionales
de la intriga excesiva, no encontrarán en Salto mortal ninguna de estas pautas
tranquilizadoras”. Lo mismo se puede decir de los libros que propone esta
colección: son una especie de sacudimiento para el lector por fuera de la
complacencia, un despertar gozoso a una literatura siempre renovadora, a la
literatura, de la que se afrma como hijo el gran narrador.
También de la mano de Pitol boga la revista La Nave, que dirige allá en
Xalapa Rodolfo Mendoza Rosendo, y que patrocina la Fundación Veracruz
en la Cultura. No sólo trae colaboraciones de autores de primer orden, sino
además obra plástica muy notable: el número de abril ha sido ilustrado con
obra de Francisco Toledo y el de enero con la de Vicente Rojo. Un editorial
de La Nave dice: “La única certeza que tenemos en La Nave es la literatura
y lo que hay inmediatamente alrededor de ella: los lectores y los escritores.
Creemos fundamental intentar cotidianamente una revista que nos ofrezca
aquello que las noticias diarias nos niegan; es decir, poesía, pensamiento,
imaginación.” Que ellos nos acompañen en este año que comienza.
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