Núm. 15 Tercera Época
 
   
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La luz y su otra mitad, la sombra
La pintura de Guillermo Barclay

Manuel Montoro

Manuel Montoro nació en Lorca, España, en 1928. Desde muy joven inició su carrera teatral y en 1966 se integró al teatro mexicano como director, lo que le ha merecido en 21 ocasiones el premio al mejor director del año por sus puestas en escena tanto de autores clásicos como modernos. Entre sus numerosos premios destaca el doctorado honoris causa que le concedió la Universidad Veracruzana en mayo de 2010.

Atiendo al llamado de La Palabra y el Hombre, con el fin de aportar algunos datos al dossier creativo de Guillermo Barclay, cuya obra ilustra, en parte, el presente número de esta revista. Estas palabras no constituyen un análisis crítico de un especialista en el área de las artes plásticas: son el resultado de haber sido testigo cercano de las búsquedas y realizaciones de Guillermo Barclay a través de cuarenta y cinco años de colaboración permanente en el mundo del teatro, así como en el común y paralelo desarrollo artístico de una estética compartida.

          En lo que se refiere a su obra como pintor, podría decir que he podido observar con interés su dedicación diaria y disciplinada, así como su apasionada sensibilidad y la fuerza de un empuje vocacional poco común que me hace verlo a veces hasta muy altas horas de la noche, rodeado de los más preciados materiales que estén a su alcance y que luego se traducen en reverberaciones luminosas de sus jardines internos, en amplias series de constelaciones, aún inéditas públicamente, o en collages cuya composición surge del hallazgo de objetos y materias diversas y que, últimamente, juegan líricamente, como en un pentagrama, con el uso del verbo, de la palabra, y del hombre.

   
 

Taller de la artista

 

          Si le preguntamos a Barclay por qué razones empezó a pintar, por qué siempre ha pintado y aún sigue pintando, responde: “Pinto porque desde niño, desde que tuve conciencia, he sentido la necesidad de hacerlo. ¿Para qué? Para transmitir sensaciones que no puedo describir con palabras. Es mi forma de hablar, de compartir; es mi diálogo con los demás. Expresar en imágenes algunos momentos fundamentales de mi vida”.

          Guillermo Barclay (Xalapa, 1939) inicia su formación en Artes Plásticas en la UV en los años cincuenta, con el maestro Ramón Alva de la Canal. Poco después, la llegada a Xalapa (1958) del escultor japonés Kiyoishi Takahashi le abre nuevos horizontes, tanto por el descubrimiento de las culturas orientales como por la sabia interpretación de Takahashi de las culturas prehispánicas mesoamericanas. La enseñanza de Kiyoishi, sus técnicas en grabado, pintura y escultura, tienen una gran influencia en su aprendizaje. De 1959 a 1963 estudia en la Escuela de Artes Aplicadas del INBA, en la Ciudadela, en México D. F., en el taller del maestro Guillermo Silva Santamaría, integrándose a un grupo de entonces muy jóvenes pintores entre los que figuraban Fernando Vilchis, Myra Landau, Vicente Gandía, Leticia Tarragó, Luis López Losa y Liliana Porter, justo en el momento en que la pintura mexicana hallaba nuevos derroteros, se abría nuevos caminos a las diversas expresiones pictóricas, en ruptura con los rígidos cánones establecidos por algunos de los grandes creadores de la época.

           Si en su primera etapa profesional, en sus primeras exposiciones, tanto en dibujos como en grabados y óleos, optó por la tendencia figurativa, más tarde la abstracción fue y ha seguido siendo el camino elegido por el artista.

           Ante la obra abstracta de un creador, surgen con frecuencia las absurdas e irreflexivas preguntas: “¿qué quiere decir?, ¿qué representa?” Obviamente, el pintor no se siente obligado a verbalizar ninguna respuesta, ya que en su obra dijo todo lo que tenía que decir….

           Sin embargo, pienso en Barclay en su estudio, absorto en pinceladas, o espátula en mano perfilando texturas, y leo algunas notas clavadas entre su laberinto de telas y bocetos: “Una tarde en las Vigas”, “Amanecer en Anacapri ”, “Temblor 1985”, “Acantilados arenosos de Los Cocedores, Frente al Mediterráneo, En Águilas, Murcia”, “Tierra ensangrentada”, “Venecia-Octubre”…

           Y no se trata de títulos de cuadros: simplemente tiene bien codificadas las diversas procedencias de sus abstractas expresiones, y el secreto deseo de transmitirlas en silencio.

 
 
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