Año 3 • No. 114 • septiembre 1 de 2003
Xalapa • Veracruz • México
Publicación Semanal


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  Doctorado Honoris Causa
Ida Rodríguez y Sergio Pitol
Álvaro Belin Andrade y Edgar O. Fernández
Al referirse a la tarea del historiador, destacó la importancia del método de enseñanza viva en esta tarea ante el desdén que autoridades y sociedad han tenido ante su pasado.

Un ejemplo es lo ocurrido en los años 50, cuando se perdieron libros antiguos, pintados a mano y dorados, muchos en pergamino, miles de ediciones, revistas y periódicos resguardados en la Biblioteca del Pueblo en el puerto de Veracruz, que fue y saqueada. Con sus restos se armó, durante su gestión al frente del Ivec, el Archivo y Biblioteca Históricos en una casona restaurada del siglo XVII en el centro de Veracruz.

Ida Rodríguez reconoció que, en nuestro país, la historia del arte no sólo ha mejorado en la profundidad que se alcanza, en la claridad y precisiones teóricas, sino también en el número de investigadores. Hoy los estudios de Historia del Arte se imparten en muchas universidades de la capital y son pilar importante de esta UV.

Al hacer la semblanza de Ida Rodríguez Prampolini, Rita Eder Rozencwaig destacó el impulso que ha regido la vida personal y profesional de la homenajeada y que, confundido en ocasiones con la locura, se advierte “utópico, vital, transformador, riesgoso, bello, incómodo, imposible y por ello mismo digno de realizarse”.

En Veracruz, dijo, Ida “ha podido entregar y hacer realidad su visión sobre la cultura, su idea de servicio, su comprensión de la política y de la militancia como un trabajo continuo, pero más que eso, de su permanente conciencia del otro”, lo que la llevó a crear, en coordinación con la Universidad Veracruzana, el Museo Virtual de Arte Popular “Popularte”.

Carlos Monsiváis.

Rita Eder Rozencwaig.
Pitol, mexicano universal: Monsiváis
“Para empezar quiero aclarar que soy veracruzano nacido por azar en Puebla”, dijo Pitol, pero lo que siguió nos hizo apreciar al erudito universal que anida en su larga y reconocida trayectoria como escritor, articulista, ensayista y traductor.

Y sí, así lo describió en la ceremonia su amigo Carlos Monsiváis:
“Mexicano globalizado (término que se usa ahora en lugar de mexicano universal) por vocación y espíritu de aventura, entusiasta por primera y por segunda naturaleza, canófilo, amigo excepcional, hombre de izquierda, Sergio Pitol se concentra siempre en su actitud esencial: ver la vida a través de la literatura que es alabanza y exigencia de la forma, y es ganas de leer el día entero la gran novela de la realidad”

Para Monsiváis, Pitol “vive entre atmósferas y personajes literarios a fin de cuentas y en principio. Y esta fe en que lo real es novelable y lo que no es novelable es irreal, desemboca en un método incesante de Pitol: los desenmascaramientos”.

Carlos Monsiváis dijo que la UV por el hecho de otorgarle el doctorado Honoris Causa, incorpora la alegría y el agradecimiento de lectores y amigos por el reconocimiento a su obra, su persona, su actitud. “En Sergio Pitol, la Universidad Veracruzana reconoce el vínculo vivísimo entre un literato y el proceso cultural al que enriquece, niega sus efectos burocráticos y chauvinistas, diversifica, exalta en sus logros estéticos y comunitarios, satiriza en su pompa y su triste circunstancia, ve a trasluz y admira selectiva y generosamente”.

Por su lado, Sergio Pitol reconoció una deuda con la casa de estudios, “no sólo por estos 12 años que me han permitido ampliar mi obra con tranquilidad, sino desde muchos años atrás, a través de Sergio Galindo, quien publicó en forma profesional mi primer libro de cuentos: Infierno de todos, y a casi a todos de los mejores escritores de mi generación: Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, José de la Colina, entre otros”.

Por ello, ofreció donar a su muerte su extensa biblioteca, “reunida durante toda la vida, sin ningún tesoro bibliográfico, ya que no hay libros del siglo XVI, ni del XVII. Es sólo una colección de varios miles de volúmenes, que me han servido para comprender y, sobre todo, gozar de la literatura y que jamás podría leerla entera, ni siquiera aunque viviera otros 70 años”.
Ofrece Pitol a la UV donar, a su muerte, su extensa biblioteca personal en beneficio de sus alumnos, maestros e investigadores
Y expuso su razón: “La UV me acogió con cordialidad. He encontrado el lugar donde mejor he podido escribir, es decir, donde mejor he podido vivir”.
Con relación a su faceta de viajero incansable, Pitol rememoró: “En una ocasión, a mediados de 1961 decidí pasar unos cuantos meses en Europa. Esa temporada se convirtió en 28 años. Nada logró desarraigarme de mi país. Pasaba vacaciones en México, y desde luego jamás dejé de visitar Córdoba.

”Pasé dos temporadas largas en el país, una en Xalapa y otra en la ciudad de México, cada una de ambas de una duración de un año y medio. La mitad del tiempo que estuve en el extranjero desempeñé diversos empleos, sobre todo el de traductor literario, la otra fui diplomático. El hilo que une a esos años, lo supe siempre, fue la literatura.”

Explicó que, aun cuando el viaje permitía la experiencia del mundo visible, “la lectura, en cambio, me permitía realizar un viaje interior, cuyo itinerario no se reducía al espacio sino me dejaba circular libremente a través de los tiempos”.

Escribir, por otra parte, “significaba la posibilidad de embarcarse hacia una meta que apenas se vislumbra y lograr la fusión –debido a esa oscura e inescrutable alquimia de la que tanto se habla cuando se acerca uno al proceso de la creación– del mundo exterior y de aquel que subterráneamente nos habita”.