Entrevista realizada por Celina Márquez

Comparto esta entrevista que le realicé a nuestro querido Sergio Pitol hace ya varios años. Fue publicada originalmente en la revista Batarro de Almería, España y más tarde en mi libro de entrevistas Laberinto de voces.

De crónicas, viajes e imaginaciones. Entrevista con Sergio Pitol

Por Celina Márquez

Me encanta encontrarme a Sergio Pitol caminando por las calles de Xalapa. Me parece un visitante asombrado de reencontrarse, después de tantos años de viajes casi interminables, con su país, con sus raíces. Sergio lleva de paseo a su perro Sacho y mientras, yo pienso cuánto durará su estancia, cuándo tomará el primer avión para volar por esos mundos de Dios y alimentarse de la necesaria e indispensable visión de otras gentes, de tierras inexplicables, misteriosas, subyugantes que en él son la materia prima, el agua que sacia la sed de sus relatos.

Lo entrevisté en su casa-biblioteca, como él la llama, y disfruté la charla, me llené de la calidez del momento y de ver un espacio que invita a la lectura, a la creación o al recogimiento, que contagia de un extraño sentido de regresar y permanecer, verbos que Sergio Pitol continúa aprendiendo a conjugar pues, ante todo, es un viajero incansable, un hombre cuya curiosidad se ha convertido en benéfica para sus múltiples lectores quienes pueden disfrutar de míticas tierras y extraños personajes a través de obras que son pedacitos de cada cielo distinto, diferente que ya ha sido sentido, palpado, olido, degustado por uno de los principales exponentes de la narrativa contemporánea mexicana: Sergio Pitol.

Viajar como necesidad

–¿Qué proyecto académico realizas actualmente y cómo se enlazan en Sergio Pitol dos vertientes: tu papel como escritor y, por otra parte, tu rama de investigador?

-Actualmente estoy trabajando en una investigación sobre novela e historia, el centro de este trabajo son los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, un autor que ha sido sombra bienhechora, una figura presente casi desde que empecé a escribir y uno de los autores que más presencia ha tenido en mi literatura. Yo quería investigar sobre su novelística la cual siento contemporánea y sui generis dentro del panorama de la literatura en lengua española. Es una figura muy individual que aportó muchísimas novedades al lenguaje, a las formas novelísticas y que dejó abiertos muchos puntos que después, a otros autores, les han servido de punto de partida.

Llegué a México para residir definitivamente en el país hacia finales del 88′ después de 29 o 30 años en que no había vivido sino dos pequeñas temporadas, una en Xalapa en 1966 y otra de trabajo en la ciudad de México hacia 1982 amén de muchas vacaciones, de viajes de trabajo.

El instalarme con la sensación de vivir permanentemente me resultó al principio muy difícil porque la ciudad de México que había dejado en 1961 se había transformado, se volvió otra cosa, tenía otros hábitos, habían muerto zonas que eran vitales en 61′, languidecía el centro que en los años de mi juventud era la parte más viva de la ciudad; en donde estaba el teatro, las grandes librerías se habían desplazado hacia el sur y me encontraba con muchas zonas nuevas, 20 millones de habitantes en lugar de cuatro, habían cambiado muchos hábitos, costumbres que yo creía entrañablemente arraigadas en la ciudad, en una palabra me encontré con una ciudad de la que conocía partes pero no el tejido vital que me asombraba mucho.

El último sexenio político que había vivido completo en México era el de Ruiz Cortines, casi la prehistoria frente a todo lo que ha sucedido, de los otros había vivido pedacitos dentro de mi trabajo diplomático de los últimos años porque uno se guía por el paso de la política y, sobre todo, de la política internacional, tenía las noticias de los diarios, los fax, los telex, los noticieros que mandan a las embajadas especialmente organizados para personal diplomático pero sentía que algo se había quebrado, que algo muy compacto se había desgajado como una granada y en lugar de ese sentimiento compacto o unificador, yo sentía que muchas corrientes en México, aún dentro del gobierno, pugnaban entre sí y hacían muy difícil orientarse en ellas para alguien que había vivido fuera muchos años.

De este modo retomé los Episodios Nacionales de Galdós y los primeros Episodios Nacionales de Victoriano Salado Álvarez y vi y sentí una comprensión hacia los fenómenos nuevos, noté que aquello que estos autores habían advertido sobre los momentos en transición de la primera parte del XIX, me daban mucho más luz y claridad sobre mi país y lo que estaba sucediendo, que las publicaciones especializadas, la prensa, el discurso político de todos los matices. Releí todos los Episodios, 84 novelas, con una pasión enorme porque además advierto que en algunos de los Episodios está quizás la mejor prosa de Galdós, tramas maravillosas y, por otra parte, la ambición del autor por comprender parte de la historia del XIX lo que hace que no todos tengan la misma calidad porque eso sería imposible. Los Episodios son maravillosos no solamente como sentido de época, explicación de la historia, profecía del mundo que vendría sino también como forma novelística y experiencia del lenguaje, por eso decidí trabajar sobre los Episodios Nacionales y detenerme en la historia y la novela que es una relación difícil que requiere de equilibrios casi subterráneos para que no se sienta la preponderancia de una sobre otra y que necesita una capacidad novelística realmente muy hábil para que todo ese material histórico, didáctico, se transforme en una obra novelística.

El compartir un periodo de investigación al mismo tiempo que con uno de creación no ha sido nuevo para mí ni para casi ningún escritor mexicano; salvo cuatro o cinco escritores en México no hay nadie que pueda vivir específicamente de su obra literaria a menos que se quiera hacerlo en forma muy contraída, pero creo que la labor del escritor necesita una holgura, viajar, tener libros; al escritor en México no se le paga en las revistas porque se considera que es como una cigarra, su función es cantar, escribir en este caso y pareciera que a él las otras cosas de la vida no le interesan, esto nunca se pensaría de un arquitecto, médico o abogado. La figura del escritor, sobre todo aquí en Xalapa, está muy denigrada porque parece que es más bien un bohemio, no se comprende que el escritor necesita una vida de viajes, ver pintura, escultura, oír música, comprar libros y tener espacios agradables para ampliar su cultura. Como te decía los escritores mexicanos reciben dos fuentes de ingresos: una por su obra creativa y otra por otros trabajos que van redondeando su presupuesto: su colaboración en suplementos culturales, las editoriales, las secciones culturales del estado o de la iniciativa privada. Todo escritor está acostumbrado a que tiene que vivir de otro ingreso, para mí no es ninguna novedad, yo he hecho obra crítica pero, al mismo tiempo, he escrito y traducido cerca de 50 libros que me han permitido tener la holgura y las horas necesarias, absolutamente libres para destinar a la literatura. Uno se va acostumbrando a este juego de dos carriles y siempre va viendo cómo una de estas actividades va enriqueciendo a la otra. En muchos es la docencia, la traducción, el trabajo en las editoriales, etc.

-Dentro de los estudios que has realizado del realismo literario del siglo XIX ¿adviertes algunas líneas de filiación con el momento de la narrativa actual?

-Después de las vanguardias, la narrativa contemporánea que es lo que trabajo, está mucho más cerca de muchos puntos que quedaron inconclusos en el XIX que de la literatura vanguardista del siglo XX. Claro que es una literatura diferente porque actualmente hay otra tonalidad estética, hay otro sentido del tiempo, del ritmo interno, la prosa se ha modificado porque el autor tiene una conciencia mucho más amplia del lenguaje hoy día de la que tenían muchos escritores del siglo XIX que escribían con una abundancia enorme sin tener, muchos de ellos, esta conciencia clara de la forma. Los grandes como Balzac o Stendhal, por una intuición artística o estética, tuvieron una visión interna de la prosa, y otros conscientemente buscaron ese elemento formal, ese reto con el lenguaje porque no era sucumbir al lenguaje sino transformarlo, modificarlo, ser consciente de las modalidades que el lenguaje podía expresar.

La primera mitad del siglo XX es importantísima para la literatura porque se estableció un reto absolutamente radical, decisivo sobre la forma y sobre la concepción misma de los géneros narrativos, se estableció una voluntad de romper barreras entre los géneros para que la novela, o cualquier forma del relato, tuvieran la capacidad de ser al mismo tiempo ensayo, poesía, pudieran despachar toda la lógica cartesiana, la lógica lingüística como en el caso del Ulises de Joyce o Virginia Woolf. Así la primera mitad del siglo XX está marcada por las vanguardia: el creacionismo, el surrealismo, expresionismo, las formas del monólogo interior, la segunda parte es una etapa en que conscientes de que habían existido estas vanguardias, de que se han abierto muchas posibilidades nuevas, la forma narrativa se acerca mucho más a la de algunos de los maestros del siglo XIX que a los narradores vanguardistas.

Viajar como libertad

-¿Cuál ha sido tu experiencia dentro del ejercicio de la carrera diplomática y cuáles elementos estéticos ha aportado a tu narrativa?

-Estuve cerca de 30 años en el extranjero de los cuales la segunda mitad, los últimos 15, estuve en la carrera diplomática. En los años anteriores trabajé en universidades, en editoriales de distintos países de Europa. Los primeros años fueron muy libres de horario, en gran parte porque como traductor puedes hacerlo cuando quieras y donde quieras, esos años me dieron una libertad enorme, fueron periodos de inmersión en varias culturas, años de asombro ante el discurso literario y ante el discurso formal visualizado desde distintas latitudes. Cuando salí de México había escrito solamente un pequeño libro de cuentos en una edición minoritaria de México, casi estaba en el preámbulo de mi carrera literaria, llegué a Europa y me encontré con que se vivía un fenómeno nunca visto dentro del discurso narrativo que era eliminar la narración de lo que había sido el arte de la narrativa, era el momento de la nueva novela francesa, cuando triunfaba la descripción del objeto, la conexión de objetos entre sí a través de la literatura, la tendencia era anular el relato tradicional, con trama.

Todo este periodo fue de una enseñanza enorme y de sorpresas, aunque uno va recibiendo en cada uno de los periodos de su vida un poco de la influencia de lo que hay en el mundo en términos literarios, la verdad es que yo, por intuición, siempre le aposté al relato. En mi primera novela en donde pueden haber muchas aportaciones de tipo formal, de contar la trama desde otro punto de vista, nunca dejé de pensar que lo más importante, lo que yo concebía como el gran placer de escribir, era contar historias. De esos años lo que fundamentalmente hizo de mi literatura lo que es hoy, fue tener la libertad absoluta para poder elegir lo que yo sentía que convenía a mi manera de expresarme, a mi sensibilidad, a mi temperamento, creo que de haberme quedado en México yo hubiera seguido ciertas modas, me hubiera inclinado a una determinada manera de contar historias, a ciertas temáticas, en cambio el hecho de escribir en lugares tan lejanos al país, me daba una libertad absoluta, no tenía por qué sentirme presionado por los italianos cuando estaba en Italia o por los polacos en Polonia, sino simplemente ampliar mi curiosidad sobre culturas ajenas, esforzarme por tener una formación cultural que siguiera los grandes momentos de la cultura y, al mismo tiempo, por nostalgia, como le sucede a tantos autores latinoamericanos que al vivir en el extranjero necesitan mucha confirmación sobre sus países de origen.

En autores mexicanos el acercamiento a México es también mucho más libre de bultos, estás mucho más sorprendido para explicarte qué es el país de donde procedes, qué ha hecho, qué ha formado, qué ha dado, entonces la simbiosis entre lo que vas viendo, lo que vas repensando y conociendo de tu país a través de los libros, todo eso a mí, como a Alejo Carpentier, Luis Cardoza y Aragón, Alfonso Reyes y tantos otros, nos dio una perspectiva muy amplia y una libertad enorme. El que escribas un cuento y no sepas ni en qué editorial, ni en que suplemento se va a publicar o qué comentaron los que lo leyeron es maravilloso; yo llegué a México con una obra hecha, con premios tanto dentro como fuera del país, formado, hasta donde puede uno estar formado porque nunca se acaba de perder la curiosidad y si uno decidiera cerrar esa curiosidad o esa necesidad de seguir estudiando estaría muerto como escritor.

Esa fue la mayor aportación que me produjo el vivir en el extranjero: una libertad enorme sobre lo que hacía, los temas que trataba, la manera como los trataba, busqué un estilo que expresara solamente mis posibilidades, mi temperamento y mis curiosidades, me daba un placer y una satisfacción enorme el empaparme en culturas distintas, periféricas, porque eran precisamente culturas que no estaban de moda en ese tiempo, no sentía el peso de la moda, esta es la segunda aportación y la tercera fue la posibilidad que el cuerpo diplomático te daba, de tratar personas de muy distintos lugares, categorías, estilos, maneras de pensar… personajes que veía en una cena y después se filtraron a mis libros; casi todos mis últimos libros están enriquecidos con todo ese mundo, esa fauna que traté en mi periodo diplomático. Todos los personajes eran como espiados, de repente me detenía a oír en un cockteil unas frases y observaba las personas, las cosas. El trabajo en el servicio diplomático le dio a mi lenguaje una libertad que no tenía antes porque yo tenía que trabajar en una oficina y redactar algunas notas diplomáticas las cuales tienen un lenguaje muy establecido, casi cifrado, el diplomático o el político al que las mandes saben lo que quieres decir a través de una fórmula barroca u oblicua, nunca se dice nada directamente a menos que sea una queja pero aun así siempre se amainan los efectos de la palabra que se usa, se modera, se matiza el lenguaje, yo comencé, por contraste, por una necesidad de sobrevivir a ese lenguaje, a escribir de otra manera. Me quedé sorprendidísimo cuando empecé El desfile del amor que era una novela en la que había pensado años, sobre la que tenía cuadernos de notas y que nunca podía empezar, la escribí en Praga, fue una novela que salió casi como las narraciones que escribí en esa época, con una rapidez enorme, en la que utilizaba un lenguaje que era distinto al lenguaje más severo de mi primera época, utilizaba una serie de estridencias, de vulgaridad estilizada, todo lo que antes nunca me hubiera permitido pero que, siendo embajador, me surgía como de las entrañas más profundas, como rescate de un lenguaje diferente al que tenía que usar durante el día.

Viajar como conocimiento de otros mundos

-¿Qué atención merecerían las literaturas periféricas para comprender mejor la narrativa que nos ha influido?

-Buena parte de esto que todavía en los tiempos en que salí de México en el 60′ eran literaturas periféricas como la astro húngara, la eslava, la rusa, ya han dejado de serlo porque de repente parece como si el centro se hubiera roto o como si las metrópolis literarias se hubieran marchitado y verse en la necesidad de enriquecer su mundo con esas cosas que venían de lejos, del norte, de Asia, de manera que ahora creo que el mundo periférico es solamente aquel que no tiene los recursos económicos para aceptar o llegar a la actualidad. Hoy día se traduce al inglés o al francés muchísima literatura japonesa, desde los clásicos del siglo XII hasta lo más contemporáneo. Los austriacos que se conocían con cuenta gotas como Musil, Broch, Canetti, ahora son autores que han entrado a la vida literaria cotidiana. El descubrir estos autores significa también, en gran parte, romper un cordón umbilical que une a los escritores latinoamericanos con una o dos metrópolis culturales: en primer lugar París que fue durante alguna época el regidor de las lecturas, de los estilos, el que manejaba qué era lo que debía leerse o qué debía olvidarse, de allí la importancia de las literaturas periféricas que de repente irrumpieron y demostraron que tenían obras como El hombre sin cualidades de Musil que eran soberbias y que sobrepasaban casi todo lo que sobre novela se había escrito en el siglo.

En México mi generación tuvo un magnífico maestro que fue Alfonso Reyes quien fue un hombre que no tenía puertas ni ventanas cerradas, era un ser verdaderamente abierto a muchas lenguas, culturas, literaturas y fue un gran motor para mi generación. Fue un destructor de barreras, un hombre que incitó a mi generación, y a los lectores de esa época, a asomarse a muchas otras esferas, a otras lenguas; en México hemos vivido entre esa necesidad de abrir ventanas y cerrarlas, sucede fatalmente en todas las culturas, momentos de apertura y momentos de intimidad con lo nuestro. Personalmente creo que un escritor en ciernes debería estar abierto a todo, a algunas cosas mucho más, al Siglo de Oro sobre todo por el estímulo verbal, soberbio que puede producir en cualquier autor el trato con el gran idioma que se da en la Edad Media española y en el Siglo de Oro pero así se deben conocer muchas otras etapas y buscar las formas y los estímulos que le sean necesarios al escritor en literaturas muy variadas.

Ahora se habla mucho de literatura «light» como la respuesta de nuestro tiempo a la gran amenaza del libro que son los medios audiovisuales, yo no creo en la literatura light como camino, no creo que haya una solución única, un escritor como Faulkner si naciera ahora posiblemente escribiría como le hubiese dado la gana, con el lenguaje, con las imágenes que tenía guardadas fuesen difíciles u oscuras. Creo que la literatura es una respuesta muy profunda de esa zona creadora que existe en el ser. Siempre, desde el siglo XIX hubo una literatura light que, sin llamarse así, era multitudinaria; ahora nos parece una literatura muy buena porque siempre eran obras que podían llegar a cualquier lector: Dickens, Balzac, Galdós, Tolstoi puede leerlo cualquier persona más o menos culturizada, es decir, un lector verá solamente la trama, las partes más superficiales de la trama, otro encontrará mundos atrás de la palabra sustentándola. Sin embargo, al mismo tiempo que escribían estos escritores había una literatura mucho más facilona, folletinesca, con fórmulas tan mecánicas como las de una telenovela, siempre existió esa literatura fácil, ahora el escritor se enfrenta con un mundo en el que la acción del libro va disminuyendo por la influencia de otros medios, sin embargo, creo que el libro no desaparecerá, puede que tenga menos lectores, que llegue como en la Edad Media a ciertos pequeños grupos pero no podrá desaparecer ni la poesía ni la novela porque tienen medios específicos para decir cosas que ninguna otra forma de reproducción posee.

-¿Existía algún proyecto específico -narrativo o cultural- en tu generación?

-No lo veíamos como un proyecto sino, más bien, por la relación y conexión que había entre las artes. Los escritores de mi generación eran amantes del cine, de la pintura, algunos de la música, veíamos que la escritura se relacionaba de alguna manera con todos los otros medios de expresión, con otros medios artísticos y que el conocimiento de esos medios enriquecía la escritura. A diferencia de otras generaciones creíamos también que la literatura era un fenómeno universal en cuya participación y placer nos correspondía estar. No queríamos solamente tratar sobre temas regionalistas, indigenistas o buscar nuestro alimento en lo que se llamaban las raíces que, generalmente, eran muy limitadas para los escritores. A ellos los ignorábamos por entero, para nosotros uno de nuestros maestros fue Rulfo que, trabajando esos temas, los había rebasado totalmente por su talento, apertura, curiosidad intelectual, porque estaba nutrido de las literaturas nórdicas, las escandinavas principalmente o por la norteamericana contemporánea de él; en esas lecturas afinaba y utilizaba un lenguaje regional, profundamente nacional, de manera que logró escribir dos clásicos de la lengua sin proponerse hacer una literatura mexicanista ni cerrada como otros autores, Gregorio López y Fuentes, por ejemplo, que ahora solamente leen algunas gentes para hacer una tesis o una investigación pero que no son libros que den placer o que tengan lectores reales.

-Me hablas de tu generación como amante de las bellas artes, ¿cómo ves a los jóvenes creadores que se enfrentan en estos últimos años a un derrumbamiento de mitos, ideologías, que ya no tienen muchos símbolos ni líderes en quién creer?

-Una de las cosas que más me ha interesado en estos últimos años, estando aquí en México, es ver que en la literatura internacional ha surgido de nuevo una línea política en la que hace diez años no se hubiera podido pensar porque se suponía que eso era cosa barrida por la historia. Recientemente tuve que hacer un trabajo para la Feria del Libro de Bogotá, Colombia, sobre novelística contemporánea, leí diez novelas de importantísimos escritores del momento, italianos, portugueses, norteamericanos y de otras nacionalidades y encontré, ante mi asombro, que lo más interesante era lo que volvía a tratar la relación del hombre con la política, la crítica al mundo político mecanizado de hoy, al del neoliberalismo económico, al mundo de lo rentable. Muchos de estos escritores, hasta hace poco, escribían literatura muy refinada, era una literatura muy oscura sobre zonas marginales del ser en donde de pronto, de una manera no programada porque son escritores de latitudes muy distantes, se vuelve a ver este oleaje de lo social, lo político que de alguna manera ha estado siempre en las raíces de la novela.

Fin de viaje

-¿Cuáles serían los caminos hacia los que se dirige tu literatura en estos momentos?

-He tenido una crisis buenísima, magnífica de esas que es necesario que todos los escritores tengan de vez en cuando, limpiar la casa, hacer aseo, poner en orden ciertas cosas; ahora tengo la idea de escribir cosas más esenciales pero trabajando el lenguaje de una manera muy fuerte, muy castigada pero que parezca absolutamente natural. Siempre tengo varios cuadernos, a momentos me concentro un tiempo en uno luego hago una pausa y sigo con otro, creo que casi todos los escritores trabajan así, hay un proyecto que es el motor y otros que van siguiendo una línea paralela, cuando el proyecto motor necesita un descanso, uno de ellos se adelanta… ahora estoy escribiendo muchas cosas autobiográficas pero con una especie de autobiografía totalmente oblicua, estoy escribiendo sobre libros, autores, músicos, óperas, cuya lectura, audición o visión fue muy importante para mí. Pintores, viajes, trabajos de la memoria, la infancia, ciudades, personajes, todo esto que, de alguna manera, es una autobiografía indirecta, no lo estoy haciendo ni como memorias ni como diario pero en este libro, por primera vez, estoy elaborando los temas con una relación personal, no es solamente un comentario sobre Thomas Mann o José Vasconcelos como podría haberlo hecho en otro tiempo, sino es en relación con esa lectura, lo que han sido para mí, las veces que los leí, los cambios que ha significado en mí, las reacciones que ha tenido y así con ciertas óperas, ciudades, es un libro que me apasiona. Luego tengo otro que ha ido cambiando mucho, es una novela contada por una médium que tiene que convivir por fuerza, durante una temporada, con personajes que difícilmente hubiera tratado familiarmente pero que, por cuestiones históricas después de la muerte de Carranza, ha tenido que estar en una misma casa con varios de estos personajes que sólo se hubieran conocido muy superficialmente en otras circunstancias. Esa convivencia está narrada por esa médium en la cual se dan las funciones mediúnnicas y la captación de esa realidad que está viviendo ese grupo, las relaciones entre ellos, pero viciada o enriquecida, como quiera decirse, por su carácter de médium… Trabajo muchísimo, a partir de las seis de la tarde ya no salgo de la casa, voy a muy pocos actos sociales, cuando uno ya es viejo trata de concentrar todas sus potencias en algo concreto que en mi caso es la escritura.

Márquez, Celina (1998)

Laberinto de voces. Xalapa: Cultura de Veracruz

Publicado en Batarro. Revista Literaria, Almería, España, No. 17-19, Segunda época, enero-diciembre 1995.Texto

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