Julio, el niño triste

Por Guadalupe Loaeza

 En la foto se observa su cara redonda, extrañamente expresiva y, sobre todo, una mirada enigmática. Lo primero que llama la atención son sus ojos claros y profundos, como la mirada inteligente de un gato. No se pensaría que se trata de un niño feliz; al contrario, no obstante de que apenas tiene 2 años, parece que ya lo acompaña una gran soledad. Pero lo que mas sorprende es la absoluta seriedad de su rostro. ¿Por que sus padres no le pidieron que sonriera?, ¿Por que ve con tanta atención hacia la cámara? Aunque esta fotografía fue tomada en Barcelona, una ciudad de clima más bien templado, es evidente que sus padres prefirieron cubrirlo con un grueso abrigo. ¿Desde entonces provenían las constantes preocupaciones que Julio Cortazar (19141984) sentía por las enfermedades?

“Tuve una infancia en la que no fui feliz y esto me marco muchísimo”, escribió el autor de Rayuela. Pareciera que esa falta de alegría la quiso suplir en todas sus novelas y en sus cuentos, así como en las fotografías que le gustaba tomar y en las cartas que enviaba para divertir a sus amigos.

Cuando Julio llegó al mundo, el 26 de agosto de 1914, la Primera Guerra Mundial estaba empezando. Apenas unos días antes, el 28 de julio se había cumplido el ultimátum del Imperio Austrohúngaro contra Serbia, con lo que inició esta terrible guerra que dejó alrededor de millones de muertos. El padre del escritor era un diplomático argentino que trabajaba en la representación de su país en Bruselas. Así es que accidentalmente Julio nació en esta ciudad. En una carta que le dirigió a la estudiosa Graciela de Sola en 1963, Cortazar le conto acerca de esos días: “Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica y como acababa de casarse se llevó a mi madre a Bruselas. Me tocó nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes”.

Asimismo, cuando platicaba con sus amigos, Julio decía: “Nacer en plena guerra dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta”.

Poco después, el padre del es­critor pudo salir de Bélgica rum­bo a Suiza acompañado de su espo­sa, Maria Herminia Descotte. Ahí, el matrimonio tuvo a otra hija, Ofe­lia. Cuando terminó la guerra, final­mente la familia Cortazar pudo re­gresar a su país. No hay que olvidar que aunque el escritor nació en Bélgica, fue registrado como argenti­no en el consulado. No obstante, co­mo sus primeras palabras las apren­dió en Europa, siempre pronunció las erres a la francesa. “¿Saben?”, co­mentaba con cierta ironía, “mi for­ma de pronunciar me ha costado muchos contratiempos. Una vez, cuando trabajaba en Francia como locutor de las noticias francesas en español llegó una carta del conce­sionario de México para decir que si no me corrían de inmediato, deja­rían de pasar el programa en la radio. Como se imaginarán, me corrieron en ese instante”.

Si, Julio desde niño fue tímido, con una gran tendencia a la introspección. De los dos años que pasó en Barcelona, el único recuerdo que le quedaba eran las borrosas image­nes del Parque Güell, de Gaudi, en donde iba a jugar con su mama y su hermana. En 1918, cuando terminó la guerra, los Cortázar pudieron re­gresar a Argentina y entonces deci­dieron instalarse en un antiguo ba­rrio del sur de Buenos Aires llamado Benfield. Julio era apenas un niño de 4 años que comenzaba a escu­char los tangos del barrio, que escu­chaba por primera vez la manera de hablar de los argentinos, que se iba enterando poco a poco de los boxea­dores de la ciudad, que comenzaba a enamorarse de los cipreses de Bue­nos Aires y que aprendió a jugar ra­yuela en las calles de Banfield. Dicen que las calles de ese barrio, sus ami­gos de la infancia, pero sobre todo ese ambiente al mismo tiempo fami­liar y extraño, aparecen a lo largo de todos sus cuentos y sus novelas.

“Crecí en Banfield, en una casa llena de gatos, perros, tortugas y co­torras. Era el paraíso”. Si, como de­cía Julio, ese paraíso era un pueblo con calles de tierra, en las que a lo lejos se veía pasar el ferrocarril. Era un paraíso que se llenaba de langos­tas de todos los colores durante las tardes del verano. Y era el lugar en donde estaba el jardín que se descri­be en el bellísimo cuento autobio­grafico Los venenos, que trata de una maquina de matar hormigas y del primer desamor de su vida.

Todavía no tenían ni dos años en Argentina, cuando su padre desapareció. “Pero, mama, ¿a dónde está mi papa?”, preguntaban los dos hermanos con mucha extrañeza. “No se, desapareció″, decía Herminia con sequedad. Entonces, ella era una joven de apenas 25 años con dos hijos a los cuales mantener. Por esta causa, la familia se fue a vivir con la abuela materna y con una prima de Herminia. No hay que olvidar que en todos los cuentos de Cortazar hay un universo femenino protector y misterioso. Como la Maga de Rayuela, la única sensible frente a un mundo masculino que no la comprende. Como es natural, Julio siempre tuvo una enorme cercanía con su madre; la necesitaba tanto que donde quiera que se encontrara, Julio nunca dejó de escribirle muchas, muchas cartas.

Cuando Herminia era una mujer mayor, se angustiaba pensando en el destino de esas cartas. ¿Quien entiende mejor a mi hijo que yo?”, se preguntaba, “todo lo que nos escribimos solo tiene sentido para nosotros”. Era como si entre madre e hijo existiera una complicidad, un lenguaje propio que nadie entendería. Tal vez se escribían en glíglico, es decir, en el idioma creado por Julio en el capitulo 68 de Rayuela, un idioma que solo los que se quieren son capaz de comprender: “Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extayuxtaba y paramovia, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las matricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumitica agopausa”. Pero, sobre todo, tal vez se escribían con tanta profusión para no hablar del gran ausente: su padre. Tal vez esta ausencia fue la más significativa de su vida. Dice Mario Goloboff, en su magnifico libro Julio Cortazar. La biografía (Seix Barral, 1998), que en la familia solo se decía que “había aparecido otra mujer” y que Julio nunca lo quiso, nunca lo trató y nunca se refirió a el. Solo en una ocasión, cuando el novelista publicó su primer libro, recibió una carta en la que su padre le prohibía usar su nombre.

Otro de los sucesos que marcaron la infancia de Cortazar fue la enfermedad de su hermana, Ofelia, pues desde muy niña tuvo episodios de epilepsia. El propio Julio era un niño con asma y con problemas de bronquitis. Dice Goloboff que los vecinos de la familia los describían como hipocondríacos. Todos estaban obsesionados por las medicinas y por toda clase de síntomas. En una ocasión, mucho tiempo después, cuando iba a salir de viaje con su esposa, Aurora Bernardez, Julio salio de la casa con un botiquín. “¿Pero como es que vamos a salir cargando con todo eso?”, le preguntó. “Pero, Aurora, se trata de una previsión in-dis-pen-sa-ble”, le respondió Julio con total seriedad.

Dicen que desde que era niño, Cortazar pensaba que le crecían pelos en la garganta. Pero con los años no solo lo creía, sino que estaba completamente convencido. Así es que esta convicción lo llevó) a escribir Carta a una señorita en Paris, en la que una joven comienza a vomitar conejos.

Pero de todas sus experiencias infantiles, tal vez la más determinante fue su encuentro con los libros. Su mama se alarmó mucho cuando descubrió que a los 2 años Julio ya había aprendido a leer por su cuenta y hasta lo llevó al doctor. Como el doctor respondió que no se trataba de ninguna enfermedad, su madre comenzó a leerle las novelas de Julio Verne y a contarle todas las historias que le pasaban por la cabeza. A veces, se sentaban en el jardín a ver pasar las nubes y hablar de las formas que iban tomando. ¡Que bueno que Julio supo transformar esa infancia mas o menos triste en la felicidad de sus millones de lectores!

Tomado de: “Suplemento Cultural de Reforma” 15/02/2009