Núm. 20 Tercera Época
 
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MISCELÁNEA

La vida como novela
Mario Muñoz**

Todas las historias del mundo se tejen
con la trama de nuestra propia vida.
Ricardo Piglia, Formas breves

    VT: Cucaracha  
    Artur Rubinstein por Eme de Armario  

En mis prolongadas estancias en Polonia hice dos bre ves visitas a Łódz`, una ciudad oscura que fue creciendo rápidamente en el siglo xix por las necesidades expansionistas de la industria textil, como lo constata Artur Rubinstein en Mis años de juventud.1 Para los polacos era el centro urbano menos agraciado de su país. Las callejuelas empedradas, los tranvías desvencijados que la recorrían, el olor a carbón que impregnaba el ambiente, las oscuras chimeneas y los edifcios adustos cubiertos de hollín, predisponían al visitante a percibir mejor el carácter taciturno que el socialismo había propiciado en la población, renuente a aceptar una ideología que les era ajena a su idiosincrasia. Si algún interés ofrecía ese ámbito industrial, centro medular del comercio judío cien años antes, eran el Museo de Pintura Moderna, el Estudio de la Lengua Polaca–donde acudían los extranjeros que iban a cursar el grado de licenciatura en diferentes universidades–, y la prestigiada Escuela de Cine, cuyos egresados marcaron el nuevo rumbo a la cinematografía del país, como es el caso de Sanusi y Polanski, por mencionar sólo dos ejemplos relevantes. Si me he detenido en esta breve descripción es porque Rubinstein, en las primeras páginas de su autobiografía, recrea con cierto detalle la atmósfera peculiar de esta ciudad que lo vio nacer y en la que da temprana muestra de su sorprendente talento musical.

          Al igual que el autor mientras dictaba sus memorias, conforme avanzaba en la lectura del libro empecé a recordar mis vivencias en Polonia; reviví mis lecturas y recuperé fragmentos de las acaloradas conversaciones que sostenía con los polacos sobre los sucesos políticos y los acontecimientos culturales del momento. Evoqué las extraordinarias puestas en escena en los teatros de Varsovia, Wrocław, Poznan´ y Cracovia, y los cálidos veranos cuando la gente exponía al sol sus cuerpos lechosos después de un invierno interminable. Aunado a esta inmersión en el pasado y debido a mi marcada tendencia a la libre asociación de ideas, advertí también algunas relaciones entre la vida de Rubinstein y la de Kafka. Ambos nacen en la década de los ochenta del siglo xix, el escritor en 1883 y el pianista en 1887. Los dos son de ascendencia judía con precoz inclinación por el arte. Por extraña coincidencia, el contacto que tienen con Berlín será decisivo para cambiar su percepción del mundo.2 También comparten la obsesión por el suicidio, sólo que en Kafka permanecerá como idea mientras que en Rubinstein la autoinmolación quedará en un acto fallido cuando se rompe el cinturón de su “vieja bata raída” con el que pretendía ahorcarse, “cayendo al suelo estrepitosamente”. Este hecho tragicómico será motivo de risa cuando lo rememore años después.

          Pero este aire de familia también hace más evidenstes las diferencias entre la personalidad de uno y otro. Kafka fue un ser atormentado por una profunda inestabilidad interior provocada por la tensa convivencia con el padre, los largos periodos de esterilidad creativa, las confictivas relaciones con las mujeres y los constantes quebrantamientos de la salud. En cambio, el derrotero de Rubinstein es el de un hombre afortunado en el amor y en la música, no obstante que las penurias económicas de la primera juventud lo deprimen a tal grado que intenta, sin conseguirlo, quitarse la vida en el cuarto de un hotel berlinés. Si Kafka rehuyó las elites literarias, Rubinstein, por el contrario, mantuvo constantes vínculos amistosos o profesionales con los compositores, músicos y artistas de mayor renombre, a la vez que la burguesía ilustrada y la aristocracia lo acogían en calidad de hijo predilecto. Siguiendo con las diferencias, Rubinstein es un sibarita que posee el don de interpretar la música de los grandes maestros: Chopin, Szymanowski, Brahms, Schumann, Beethoven, Wagner, Manuel de Falla, entre muchos más. La conciencia de poseer un talento nato y una técnica inimitable para la interpretación musical le brindó la seguridad en sí mismo que jamás tuvo Kafka, cuya obra es desechada por el propio autor y condenada al fuego como es bien sabido. En consecuencia, no menos opuesta es la actitud que ambos asumen frente a la vida. Para el escritor checo es un constante suplicio; en cambio, el pianista polaco “acepta y ama la vida de manera incondicional”, a plenitud, luego de su vano intento de muerte. Sin forzar la interpretación, creo que esta cadena de oposiciones concluye con el temprano deceso de Kafka, a los 41 años, y el de Rubinstein, a los 95.

* Maestro de tiempo completo en la Facultad de Letras Españolas (uv). En 2007 recibió de la misma universidad el doctorado honoris causa por su trayectoria en la docencia.
1 Artur Rubinstein, Mis años de juventud, trad. de Jorge Brash, uv, Xalapa, 2011.
2 Felice Bauer es la muchacha berlinesa que Kafka conoce en Praga en casa de Max Brod, y con quien iniciará un tormentoso noviazgo luego de viajar a Berlín para encontrarse con ella. En adelante, la ciudad será el lugar de sus malentendidos amorosos que lo llevarán a una profunda crisis emocional de la que no podrá sobreponerse. También para Rubinstein, Berlín representará la etapa más penosa de su existencia, cuando la soledad, el hambre y la falta de perspectivas de trabajo, lo empujarán “al borde del abismo”.

 
 
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