Núm. 10 Tercera Época
 
   
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JOSÉ GARCIA OCEJO
EL ÚLTIMO DE LOS ROMÁNTICOS
 
 
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          Después de doce horas en autobús, nueve viajando en la caja de las camionetas de los rancheros que pasaban cargando jitomates y piezas para tractores, y tres horas andando, Froylán Mateos sintió que ya no tenía una idea clara de dónde estaba. Había pasado montañas azules envueltas en bruma, valles donde miró tantos tonos distintos de verde que no pudo comprender cómo era posible que sólo existiera una sola palabra para nombrar miles de colores que no eran el mismo.

          La costa aparecía, lejana, otra vez ante los ojos de Froylán Mateos, y pensó que se acercaba a su destino. Quería encontrar un lugar lo suficientemente solitario para quedarse unos días. El objetivo principal era enterrar para siempre el revólver con el que había servido tantos años al mal. Después iría a otros pueblos. Tal vez se volvería pescador.

          Caminó añorando la playa, la brisa, el mar. Apenas había comido algunas tortas correosas desde su salida de la Ciudad de México. Encontró una cocina muy cerca de la playa. Apenas una choza pobre aislada del caserío, que anunciaba comida a precios módicos con un letrero casi despintado. En el diminuto salón sólo había algunas moscas que volaban alrededor de las mesas y se posaban en los salseros. Después de descansar un buen rato franqueó la puerta que separaba el salón de la casa que seguramente habitaban los dueños del negocio. Llamaba pero nadie contestaba. Sin pensarlo mucho inspeccionó la casa hasta encontrar una habitación llena de veladoras, donde un hombre joven rezaba el rosario hincado en el piso.

           —Perdón.

           El joven lo miró con horror, aunque también con cierta satisfacción, como si lo hubiera estado esperando.

           —Policía –gimió–. ¿De México?

           Froylán Mateos asintió: no deseaba dar explicaciones. Policía o judicial retirado, qué más daba. La cara enfermiza del muchacho se ensombreció aún más. Le temblaba la quijada.

           —Sé que ha venido a matarme.

           Froylán Mateos sonrió ante el disparate y no supo qué decir para apaciguar al escuálido mozalbete. No quería explicar nada, sólo quería hacerle ver que el poder de Dios lo había apartado de la senda del mal y que sus días de asesino habían terminado. Acarició, sin embargo, la cacha del revólver guardado en el bolsillo de la gabardina y miró el piso, que reflejaba las luces de las veladoras. Estaba intrigado.

           —Me lo dijo la vieja que hace las limpias: “Un hombre mayor, policía para más señas, de tu mismo barrio o ciudad, acabará con tu vida antes de que cumplas veinticinco años”. Por eso vine aquí, donde nadie podía encontrarme.

           Tendría que tranquilizarlo, asegurarle que no era él el hombre de la profecía; tendría que decirle que no había profecía que valiera, sólo el poder de un Dios que lo había hecho cambiar. Eso quiso hacer Froylán Mateos pero antes de abrir la boca el muchacho ya lo estaba atacando con un puñal. El instinto y la práctica lo hicieron defenderse aun cuando desde muy lejos su conciencia le decía que podía dejarse matar, acaso así acabara por limpiar su alma. Pero sus puños intentaban dominar al joven y evitar las dolorosas heridas en el hombro y el costado. Pensó que sería mejor dominarlo, desarmarlo y entonces explicarle todo, y así ahorrarle la pena de ser también un asesino. Y para dominarlo extrajo el revólver, al que el joven se aferró con todas sus fuerzas, y el que rápido se disparó sin que Froylán Mateos pudiera saber cómo. De pronto un cadáver aterrorizado lo abrazaba, le echaba todo su peso, se resbalaba por su cuerpo manchándolo de sangre.

           Froylán Mateos supo con exactitud cuál sería su destino: después de enterrar el revólver caminaría sin descanso con un rumbo fijo que era más bien una idea: lejos de los hombres, cerca del mar.

 
 
 
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