Lectura y literatura: misma vía hacia el conocimiento
 

Juan Ventura Sandoval

 

La lectura

Partamos de la idea de que la crisis sociocultural, característica de nuestro tiempo, también se manifiesta en los ámbitos educativo y cultural, ya sea en la escasa producción de libros y su consumo o en la demanda de estrategias de lectura de los usuarios. Demos también por asentado qué factores económicos son causa principal de esta problemática; asimismo que en menor escala, pero sin dejar de ser significativo, los sujetos sociales coadyuvan en su acrecentamiento.1 Enseguida tengamos presente que, de alguna manera, el análisis, discusión y resolución de estos problemas deben ser atendidos por las instituciones públicas y no por la pleonásticamente llamada "sociedad civil", porque participar en estos eventos tiene más relevancia académica que política. No obstante, la situación anunciada podría devenir en circunstancia histórica si el problema de la lectura (y de los lectores) pudiera verse en toda su extensión.

    En nuestro medio y tiempos actuales pareciera que el Homo lectorile debiera ser creado para preservar al Homo sapiens. De ahí que, en la perspectiva educativo-cultural, organismos como la Unesco pongan especial interés en esta otra cara del analfabetismo calificada como "funcional". También, desde la situación política de México, país en vías de desarrollo y con vocación de liderazgo mundial, resulta necesario incidir en esta situación reveladora: la carencia de lectores. Ambas posturas señaladas pueden ser válidas para, a partir de ellas, pergeñar soluciones; aunque, stricto sensu, difieran en el punto de vista (cuantitativo) para enfrentar estas deficiencias (cualitativas): consideramos que, al margen de las estadísticas, promover reflexiones sobre la trascendencia del problema puede ser fructífero. La llegada del fin de siglo, con su ineludible revisionismo, nos permite o exige, según se vea, disponernos a un retraimiento para ponderar la calidad de nuestra cultura heredada y heredable.

    Frente a la posible confusión de si el problema es la lectura o los lectores, conviene delimitar primero a la lectura como proceso y al lector en su desempeño: superadas las barreras de la lectoescritura2 podría pensarse que existe un lector, mas si éste no comprende lo que lee, el objetivo de la enseñanza no ha sido alcanzado. Persistir en esta idea de efectividad lectora, a pesar de la ineptitud manifiesta, convierte a esa afirmación en una falacia, fomentada por la escuela, que ha abandonado su carácter formativo. En ese tenor el problema se acrecienta porque el Estado no proporciona al individuo elementos suficientes para cultivar esa capacidad lectora. A su vez, el sujeto puede ser también causa de este fracaso o problema, según se lo vea. El proceso de la lectura y la persona que lo realiza son partes fundamentales del esquema: el primero se aproxima más a la información que a la comunicación; el segundo, en la mayoría de los casos, se identifica con el leedor, que Pedro Salinas oponía precisamente al lector.3 Ubicados en este punto de la revisión, y con el fin de aproximarnos más, intentaremos un recuento sucinto de los principales factores problemáticos.
 

La escuela y el profesor

Uno de los más importantes objetivos de la escuela primaria es, en los dos primeros años, superar la barrera de la lectura y de la escritura y orientar ambas hacia la expedita obtención del conocimiento en los grados posteriores. Sin embargo, una de las fallas más notorias en la escuela de nuestros días es su ineficiencia, aún en niveles universitarios. Debido a eso tampoco han podido tener acceso los leedores al "banquete de la cultura", así denominado por don Alfonso Reyes. La escuela mexicana actual —teóricamente— se sustenta en pedagogías modernas, operatorias y/o funcionales; sin embargo, la praxis educativa, resultado de la interacción del alumno y el maestro en el aula, cumple con mínima suficiencia los objetivos de los programas instituidos, cuya gravedad es más notoria en la actuación lectora de los alumnos. Por falta de tiempo y de imaginación, escasos recursos y ausencia de motivación, debido a negligencia o ignorancia de la materia de conocimiento a su cargo, por carencia de vocación y amor a la instrucción; como resultado de una falta de experiencia lectora, la actividad magisterial adolece de un franco deterioro. De todo esto ha resultado una inacabada labor educativa.

    Sumado a factores sociales y culturales, que diacrónicamente han modelado nuestra práctica lectora, el problema se acrecienta a tal grado que, por ejemplo, el llamado analfabetismo funcional ha alcanzado cifras iguales o superiores al analfabetismo.4

    La lectura, actividad prioritaria para lograr el dominio de la expresión oral y escrita, es una condición necesaria para acceder de manera expedita en los periodos subsecuentes a los dos primeros años de la escuela primaria, pero es practicada con insuficiencia. Las razones que se puede aducir son las siguientes:
 

a) El programa no lo marca específicamente: aunque está señalada en uno de los objetivos principales no se enfatiza su ejecución en cada unidad temática, motivo por el cual el profesor la soslaya;

b) tampoco se distingue entre tipos de lectura; esto implica que se favorezca la lectura recreativa en demérito de la lectura de comprensión, no necesariamente excluyente;

c) el profesor no la considera importante, en tanto supone que el niño ya sabe leer y escribir y no hace falta aplicar estrategias de enseñanza;

d) la lectura se topa con una terrible paradoja: el enseñante no lee, habitualmente, con propósitos formativos; en mayor porcentaje de casos el profesor es un leedor;

e) las actividades cotidianas dentro del aula son muchas y variadas y, en ocasiones, prevalece el eficientismo demostrado a través de informes periódicos y anuales; en consecuencia, la atención del docente se dirige hacia el "cumplimiento" del programa;

f) durante las tres últimas décadas la efectiva enseñanza de la lectura, que era competencia ineludible de la institución escolar, se ha ido perdiendo por las razones aludidas y también por las innovaciones tecnológicas que "facilitan" o disminuyen la capacidad de aprender; de igual manera se observa una pérdida de los hábitos o costumbres que favorecían la oralidad (conversación, narración, lectura en voz alta) y una falta de amor por la lengua que, para muchos, carece de valor;

g) los conceptos "lectura" y "lector" parecen ser anacrónicos.


Referido a los recursos o apoyos lectores se puede decir que también son insuficientes o inadecuados. Las bibliotecas no existen en número satisfactorio ¿Porque no son importantes? La insuficiencia podría ser explicada no debido a motivos económicos sino por uso inadecuado de este valioso apoyo didáctico. Por esas razones las escasas bibliotecas escolares son consideradas propiedad del Director en turno (¿por qué si no la resguarda en su oficina?) y no cumplen su función de apoyo al aprendizaje del educando. Estos valiosos centros de información documental se convierten en bodegas a las que, de vez en cuando, se acude más para ver que para saber.

    Sin lugar a dudas, el programa de bibliotecas que la Secretaría de Educación Pública ha mantenido en los últimos años resulta muy elogiable, aunque sus resultados —proporciones estadísticas guardadas— no se parezcan a los que en tiempos de José Vasconcelos hubo. En este sentido habría que considerar que la biblioteca es un apoyo didáctico fundamental, cuyo uso debe estar estrechamente ligado a la práctica del lenguaje. Sin embargo, no debe olvidarse que también cuenta mucho el significado que, como objeto cultural, tenga el libro: en tanto no se destaca su valor formativo, axiológico, el libro pasa desapercibido por el estudiante. Además, por el hecho de ser gratuito el libro de texto no adquiere el estatuto debido en la concepción ideológica del sujeto; esto favorece el "úsese y tírese" característico de la sociedad de consumo.5 Por estas razones el niño y el adolescente muestran un alejamiento manifiesto en los siguientes hechos:
 

1) No aprenden a apreciar el libro.

2) No delimitan su función formativa, de conocimiento.

3) Le encuentran desventajas frente a la televisión o los comics.

4) Definen al libro como "aburrido", sin valor, sinónimo de castigo.


Es obvio que el hogar y el medio social influyen para acrecentar este problema; mas a pesar de su trascendencia la escuela no los ha tenido suficientemente en cuenta. Por fortuna, el enfoque innovador de los nuevos programas pedagógicos hoy permite vincular mejor estos factores de la problemática, en tanto los ubica en niveles de acción docente, intervención o gestión pedagógicas.

    El profesor de estos tiempos podría ser causa de la ineficiente lectura. Los fines de la noble profesión de enseñar no están en discusión, sino la manera como el enseñante programa sus actividades y las ejecuta. Ideologías y problemas socioculturales aparte, es necesario reconsiderar nuestra práctica docente y buscar su mejoramiento. Sólo de ese modo la lectura podrá recuperar su estatuto. Por supuesto algunos maestros son la excepción, y a ellos no nos referimos: los estudiantes que ellos forman serán, como en la selección natural aludida por Darwin, los más aptos.
 

El hogar

Para solucionar el problema de la lectura en México se requiere, también necesariamente, tomar en cuenta el hogar del educando. Asociada con su clase social y económica, la familia mexicana (en su mayoría de clase media) no incluye la lectura de libros, revistas y periódicos entre sus actividades cotidianas; si lo hace, en mínima proporción le saca provecho, en tanto consume publicaciones cuyo contenido es de baja calidad; es decir, no le incrementan su conocimiento, porque la referencialidad de mensajes intrascendentes es su característica principal. Por el contrario, los sujetos que desde el hogar se familiarizan con provechosos materiales de lectura no tienen dificultades para seguir desarrollando su habilidad y gusto lectores.6 La dificultad aparece precisamente en aquellas personas cuya precariedad económica —y su muy particular cultura— no les ha permitido contactos con la lectura ni con los textos genéricos. En estas condiciones la escuela no puede, únicamente ella, dar soluciones; en consecuencia, debiera ser auxiliada mediante actividades específicas que corresponden a todos los integrantes de la familia.7 Los padres, excelentes apoyos didácticos en potencia, desafortunadamente obstaculizan el proceso en tanto ignoran los fines de la educación, el contenido de los programas educativos y las didácticas pertinentes; a pesar de estas insuficiencias, los padres tratan —a su manera— de suplir o complementar la actividad del educador.

    Varias causas del inadecuado, hasta ahora, apoyo del hogar a la lectura son insalvables desde la perspectiva educativa: motivos económicos, políticos y culturales limitan la participación y desarrollos de las clases sociales, algunas de las cuales se encuentran inexorablemente fuera del terreno de prácticas intelectuales o culturales específicas. Así como la literatura ha tenido un origen estrechamente ligado a las pudientes clases "ilustradas", lo mismo ha venido ocurriendo con la lectura en los siglos posteriores a la Conquista.8 Sólo cuando el sujeto intenta per se la superación de fronteras socioculturales puede tener acceso a la lectura como práctica cotidiana; no obstante, para que ocurra un fenómeno semejante se requiere —conductismos aparte— la presencia de modelos, de exempla, que le revelen el secreto y utilidad de la lectura; asimismo hacen falta monitores, que tengan la función y la intención de favorecer la comprensión del mundo y la aproximación del goce, del placer del texto mencionado por Barthes.9 El disfrute también se asocia a la cantidad de trabajo que la persona invierte para adquirir el objeto que la produce; así, en el mundo de las opciones fáciles leer textos con imagen o escasas frases atrae más que la desafortunada aventura de leer "puras letras". Mencionábamos líneas atrás que el obsequio de los libros de texto, que el Estado hace de conformidad con los establecido en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos conlleva un inconveniente: impide que los alumnos beneficiados valoren, aprecien, amen, gocen este producto cultural; también evita que se valore el esfuerzo que implica su adquisición. Consecuentemente se debiera llegar a establecer la obligación social de preservar o reutilizar esos materiales bibliográficos.

    ¿Cómo puede intentarse la superación de estos obstáculos frente a las necesidades urgentes? Cierto es que "no sólo de pan vive el hombre"; empero, en no pocos casos la alimentación del espíritu es algo suntuario porque el sujeto cede ante la necesidad natural de vivir o sobrevivir. Por eso, a pesar de las bibliotecas, cuyas propuestas de acercamiento al lector todavía no dan resultados, el posible lector sigue ignorando al libro y su vía de empatía llamada lectura. Queda entonces para las conclusiones la siguiente pregunta: ¿cómo instaurar, a partir de la familia, el gusto por la lectura?
 

El medio

El mexicano, durante su ciclo vital, aprende a reconocer las instituciones sociales que determinan su carácter: escuela, iglesia, clase social, Estado son los puntos principales a considerar, aunque en la práctica sólo la escuela y el Estado encaran la problemática. En una sociedad donde lo común es ver contrastadamente pocos centros de instrucción o instalaciones deportivas frente a la proliferación de giros comerciales suntuarios, no tienen cabida los centros formadores de lectores. Aun que acceda a la presencia de librerías, nuestra sociedad no cumple los requerimientos mínimos constitucionales para satisfacer la demanda de servicios educativos; por el contrario, la promoción de todo aquello que reporte un beneficio económico, por vías de los impuestos, es permanente. Vista así, la cultura no es negocio; la lectura, menos.10 Aparte de la obligación que compete a las instituciones educativas, la sociedad en su conjunto evade la responsabilidad de fomentar la lectura. ¿Para qué, podría aducirse, si tenemos fútbol todo el año, telenovelas interminables para "la gran familia mexicana" y "pan y circo" por motivos políticos?

    El deterioro de los ecosistemas, la desaparición de valores éticos, el acrecentamiento de la corrupción, el bienestar social y la lectura como vía efectiva de la educación son dificultades prioritarias que debieran ser resueltas ya. Sin embargo, habría que considerar algo: el medio social en México es de clases y el problema de la lectura se recrudece en los niveles más pobres; aunque las clases media y alta pudieran tener las posibilidades económicas para adquirir libros, también padecen esta problemática por causa de un gusto insuficientemente cultivado o porque el libro no es un objeto valioso. En última instancia el problema de la lectura, la falta de práctica y la frecuente incomprensión de lo que se lee podría llegar a ser asunto particular de cada individuo, independientemente de su situación político-económica, en la medida en que implica una toma de conciencia. ¿Cómo lograr que el libro, eterno portador de la cultura y el conocimiento, adquiera un valor de uso? ¿Sería necesario considerar también la diseminación del cederrom Por ahora sólo nos queda aprovechar, en este momento histórico, que la sociedad mexicana parece reconocer y aceptar su responsabilidad en la delimitación de un proyecto de nación.
 

El sujeto

Ante la encrucijada de la lectura los mexicanos tienen ante sí dos caminos: ser leedores o lectores,11 o seguir siendo analfabetas, acaso sinónimo de leedor.

    Por causas que sólo competen al individuo, éste muchas veces no hace suya la posibilidad de la lectura para comprender el mundo. Acaso la "felicidad" de vivir dormido sea más importante que el dolor de abrir los ojos, que es decir acceder a la comprensión. Esta imposibilidad del sujeto para practicar la lectura se debe a tres factores: por ignorancia, por interferencia y por indiferencia.12

    La ignorancia determina la diferencia entre leedor y lector: se lee lo que se entiende, se prefiere aquello que nuestra capacidad de razonamiento puede superar. Los textos son abordados desde la perspectiva de la referencialidad, en tanto se prefiere significados superficiales, sencillos, simples, producto de la inmediatez denotativa. La ignorancia sobre el tema del texto orilla al sujeto a leer lo que está próximo a él; hace lectura en y para su entorno, y con eso resuelve las dificultades que se le presentan.

    ¿Por qué el sujeto lee lo que algunos denominan "subliteratura" o mala literatura? ¿Por qué la mayoría de los lectores prefiere el comic? ¿Por su combinación de imagen y palabras? Lo hace porque no conoce otros materiales de lectura y porque, en algunos casos, la escuela y los profesores se han encargado de alejarlo por culpa de una didáctica de la lengua y no del habla. Si hacemos extensiva la lectura a expresiones como la música, la pintura o el cine, veremos que el sujeto plantea la misma dificultad: lee lo que entiende (música popular, cine de aventura o anecdótico, pintura cuya formalidad no sea de vanguardia). Obviamente la ignorancia debe ser superada con el conocimiento en diversas áreas y desde perspectivas más próximas al educando que al educador.

    Cuestión de tiempo y paciencia, hay solución para la enfermedad de la ignorancia. Más inmediatez presenta la solución de las interferencias (sociales, personales, culturales) que el sujeto enfrenta. Algunas interferencias sociales (medios masivos), personales (falta de hábito para la lectura, cansancio en el caso de los trabajadores), culturales (contextos inadecuados, política y religión) deben ser consideradas en los programas educativos. De naturaleza variada siempre habrá interferencias; su descubrimiento y tratamiento depende del objetivo de quienes deben promover la lectura.

    La indiferencia quizá sea la causa mas grave: el sujeto sabe la importancia de la lectura, tiene recursos para realizarla, la recomienda inclusive, pero simplemente no la realiza. Entre estos sujetos inmotivados aparecen funcionarios del sistema educativo, profesores, padres de familia, alumnos, toda una pléyade de personajes que "predican la religión pero no la practican". En muchas ocasiones, resuelto el problema económico, el desempeño de una actividad o profesión se limita a lo esencial. La educación no es la excepción; entre otras causas, gracias al libro de texto: fuera de él no hay nada. Viendo así el problema uno tiene el derecho y la libertad de no leer. Mas esta acción pone en entredicho una tarea tan noble que la escuela no debe abandonar: formar lectores.
 

La literatura

Si en un primer momento hemos tratado de justificar la importancia de que la lectura sea más practicada para acceder de manera expedita hacia el conocimiento universal, en esta segunda parte trataremos de reflexionar, en modo particular, acerca de la vinculación que puede tener con la literatura, si a ésta se la ve no sólo como un hecho estético sino también como una fuente de conocimiento.

    Todo acto humano tiene un motivo: ya sea por razones de poder, de justicia, de entendimiento, de comprensión, de amor o de religiosidad —entre muchas otras— nuestras obras nos bendicen o nos llenan de estigmas. Median en esta valoración una educación moral, una conciencia histórica, una ideología de clase, o simplemente una actitud humana que oscila entre el tener y el ser. La primera, la del tener, tendría su explicación en un cierto camino hacia la felicidad, fomentado por una sociedad dominante: tener dinero, prestigio, poder, fama, puede significar, para algunos, un estado de dicha. En cambio, la segunda actitud, llegar al ser, a las fuentes de lo auténticamente humano, cuyo objetivo sería el logro de una felicidad no impuesta sino alcanzada por vía de la reflexión, el autoconocimiento y la transformación positiva del hombre, parece ser la más auténtica. Con parte de este bagaje cultural vivimos el presente, dentro de él, la literatura ocupa un lugar importante.

    Llegar de modo cauto a las postrimerías del segundo milenio, ser invadido por la incertidumbre, preguntarnos cada vez más angustiosamente, ¿qué va a pasar en el mundo, en nuestro país, en nuestras vidas?, son situaciones normales en estos tiempos finiseculares, y para los cuales la literatura intenta una respuesta.

    Ya lo decía Heidegger: somos seres en el tiempo, lo cual adquiere un verdadero sentido cuando tomamos conciencia de nuestra finitud. La llegada del siglo XXI o la partida del siglo XX, conjunción de los tiempos histórico y humano, pueden ser tema literario y causa que hoy puede congregarnos. Posiblemente esta reflexión sea un lugar de encuentros —o desencuentros—, de aprendizajes (sobre todo) y de enseñanzas. Pero ante todo nos está permitiendo recuperar ciertas costumbres colectivas que trascienden las barreras de la individualidad. Esta oportunidad para hablar acerca de la literatura en tiempos finiseculares, en sus diferentes facetas culturales, no deja de tener algo de ritual sagrado, de la misma forma como celebramos el fin de año, nuestro cumpleaños, el nacimiento y la muerte.

    El valor polisémico de la palabra tiempo nos puede llevar desde niveles de referencia hasta aquellos de significación compleja. El primer caso ocurre cuando, por ejemplo, al decir tiempo significamos temperatura, frío o calor. El otro tipo de tiempo, el que nos ocurre, a veces en términos bastante dramáticos, es el tiempo que pasa: el devenir, tan impactante es su vivencia que ningún ser humano escapa a sus efectos; marca etapas de la vida de las personas. A veces, bajo las formas de la andropausia o la menopausia, su presencia puede ser preludio de muerte que, si se malentiende, causa más angustia.

    Cuestión de dialéctica, el tiempo-tiempo nos demuestra que somos los mismos pero diferentes, y somos diferentes aunque somos los mismos. Cuando el tiempo entra en nuestra conciencia puede alcanzar niveles críticos. No es necesario tener la estatura de los filósofos para comprender que el tiempo real, el de la cotidianeidad, un día se nos revela y ya nada es igual. Entonces empezamos a vernos en el mundo, en el complejo ámbito de las relaciones sociales, y percibimos la fisura. De pronto nuestra vida apacible, aparentemente feliz, nuestra existencia codificada, se altera, es otra; se rompe entonces la rutina, entendida ésta como la actuación mecanizada, inconsciente, repetitiva, de actos en el mundo.

    Próximos a terminar la última década de 1900, es natural que adoptemos actitudes semejantes a las que Erich Fromm señala en su hermoso libro titulado: Del tener al ser. Caminos y extravíos de la conciencia: una, la actitud de la gente que no se cuestiona ni complica la vida, la que camina con el favor del tiempo, hacia donde sople el viento, y se adapta a todas las circunstancias, sean éstas oprobiosas o dignificantes. Las otras personas miran el mundo de manera diferente: de algún modo buscan la verdad de la vida y de la existencia, del aquí y el ahora. Este grupo de seres lucha contra la rutina, la que quisiera que nada cambiara y todo fuera igual eternamente. Bien o mal somos producto de una cultura; aprendemos "formas" de ver el mundo y de vivir el tiempo: en la creatividad o el ocio, en la ficción de la literatura, a veces más real que la realidad. Aun con los ojos cerrados percibimos una sociedad de fin de siglo derrumbante, cuyos sistemas filosóficos o religiosos, políticos o éticos han resultado insuficientes para el devenir del hombre. Trágica paradoja: en un mundo civilizado y tecnologizado vivimos una profunda pobreza espiritual y conformamos una sociedad sedienta de amor.

    Las nuevas ideologías y los movimientos políticos o religiosos que nos llegan del extranjero asustan. Cotidianamente sabemos de actos de terrorismo, racismo, revueltas neonazis, movimientos neofascistas, genocidios, intolerancia, pseudo-rrevoluciones libertarias, o brotes reaccionarios de la sociedad patriarcal que se hacen presentes a través del nuevo catecismo que Roma trata de imponer a sus fieles en todo el mundo (lo que de paso explica el florecimiento de religiones humanísticas que no aluden al pecado para no convertirse en autoritarias).

    Paradójicamente —como si la Historia no fuera maestra de la vida— hay una vuelta, un retroceso hacia la época oscurantista. Paulatinamente la sociedad es más violenta, más agresiva e indolente: se deja dominar por el lado oscuro de su mente, que puede traducirse en instintos o pasiones. La deshumanización ahora caracteriza a la sociedad de los hombres. ¿Dónde ha quedado el apotegma: "El hombre es bueno por naturaleza"? ¿Ha sido desplazado por el que dice: "El hombre es el lobo del hombre"?

    En estos tiempos de fin de siglo es más visible la crisis económica; no obstante subyacen a ella la crisis axiológica, la crisis de valores, la crisis existencial, la crisis religiosa, en suma una macrocrisis. El superhombre aludido por Nietzsche, el ente producto del racionalismo, ha demostrado su estado imperfecto e inclinación hacia la autodestrucción.

    Y en estas circunstancias México también experimenta este encuentro finisecular de energías contradictorias: por un lado atavismos, carencias, demandas constantes de mejoramiento social, problemas educativos y de salud, clamor de justicia y equidad, dignificación de la vida de muchos que, con su esfuerzo, han construido un país que disfrutan unos pocos. Por otro lado, experimentamos el arribismo político, la entronización de una nueva clase en el poder de la polis, el abuso de poder, el oportunismo cada vez más recurrente en beneficio propio, la acumulación de capital y una grave desintegración de los valores fundamentales de toda sociedad postmoderna: la honradez, el trabajo, la responsabilidad, el respeto, la ética, cuyos defensores son los primeros en corromperlos.

    Y como testimonio de estas esperanzas y frustraciones todavía nos queda la literatura. Con ella, la centuria por venir debiera hacernos tomar conciencia de lo que inconscientemente define nuestro perfil cultural. Todo será posible si, llegado el momento, somos capaces de traducir las experiencias del tiempo en conocimiento. Pero hacerlo implicará no vernos limitados por actitudes maniqueas. No. Debemos propugnar por un crecimiento integral, a partir de la observación y comprensión de la vida, que desemboque en un nuevo humanismo. Este fin de siglo debe propiciar el encuentro con uno mismo; mas no con la insuficiencia de un instante al iniciar la misa católica o con los buenos deseos antes de dormir. Deberemos comprometernos en participar en este desarrollo, a pesar de que nuestras respectivas neurosis nos hagan creer que el mundo no nos comprende o está en contra nuestra.

    En esta perspectiva debiera propugnarse por un crecimiento colectivo. Para lograrlo bastaría por ahora tener en cuenta lo que Pierre Weil señala en su teoría acerca de la Ética del tercer milenio. Esta ética, definida como "conjunto de valores que llevan al hombre a comportarse de modo constructivo y armonioso", considera que el sistema económico competitivo está destruyendo el planeta. Se opone también a la ética moralizante, en tanto es la causante de las neurosis que provienen de su carácter represivo. La ética basada en dogmas —que debemos superar— nos ha conducido a adoptar actitudes aberrantes, contradictorias e inconscientes. La ética moralista de este fin de siglo se basa en la obligatoriedad moral, la obediencia a la ley, y está en relación directa con el derecho. Su base también la constituyen la razón, el entendimiento y el bienestar social. ¡No se diga la tendencia absolutista de este criterio moral! La otra, la ética espontánea, la que podría germinar y crecer en la próxima centuria, se fundamenta en la sabiduría, el amor y la razón; nos da libertad de elegir y asumir nuestra responsabilidad. Los suyos son valores intrínsecos enmarcados en un relativismo. Propugna también por valores universales trascendentes al individuo, la familia y la razón. Este modelo sigue la llamada conciencia universal y está en contra de la represión y el determinismo. Busca, en suma, la liberación en libertad.

    Viejos temas con enfoques renovados son éstos que la finitud del tiempo nos acerca. Por diversas vías podemos intentar llegar hasta los linderos de un humanismo en extinción. Un camino, todavía a nuestro alcance, se llama Literatura.

    La literatura hoy —en tanto escritura, discurso, oralidad, expresión— sigue acompañando al ser humano. El homo loquens no podría prescindir de ella pues le ha servido para expresar lo inexpresable. Gracias a la inspiración, a la musa, grandes mujeres y hombres privilegiados han reconfortado nuestro espíritu y nos han abierto caminos para vivir en armonía con la vida. A otros como yo, menos privilegiados, la literatura nos ha prestado su voz poética o narrativa con el fin de poder decir a otros experiencias, sentimientos, dudas, sueños. En esta ocasión no quiero poner adjetivos, en tanto trato de enfocar a la literatura en su unicidad; tampoco deseo polemizar acerca de su estamento: me basta dejar en claro que —buena o mala en cuanto a su calidad— la literatura es un producto humano. Trataré entonces de reflexionar acerca de ella más relacionado con los lectores que con los creadores —sean escritores o escribanos, como los denominaba Roland Barthes. Ojalá mis palabras sirvan un poco para poder estar más cerca de ella, emplearla con fines más nobles y hacerla objeto familiar de nuestra vida cotidiana.

    Hogaño la literatura lucha contra lo que Marshall Mc Luhan llamó "la nueva galaxia Gutemberg", porque desafortunadamente la televisión (con su antena parabólica), la videograbadora, el "nintendo" y el audio-libro desplazan cada día más a ese objeto confeccionado con ideas, papel y tinta. Todo tiene su precio. Es cierto. Pero si bien la ciencia se ha esforzado por prolongar el ciclo de vida, y todos tenemos derecho a vivir con más comodidades en una sociedad competitiva como la mexicana, ¿el bienestar físico o social es todo? El hombre ha inventado grandes sistemas para desarrollar el espíritu. Las religiones —algunas humanísticas, otras autoritarias— cumplen esta función espiritual. Mas, a pesar de ellas, ¿qué queda al alcance del hombre sencillo, aquél que sólo tiene su sentido común?

    Es importante reconocer que fluctuamos entre el anhelo de vivir felices y la forma apropiada de hacerlo. ¿Cómo encontrar la ruta? En este dilema aparece la literatura, no como alternativa única pero sí viable para sociedades como la nuestra. No hablo de la literatura llamada "exquisita" que propende hacia la norma culta, sino de aquella que por provenir de la experiencia expresa lo humano. Quizá es algo que han olvidado quienes escriben: todos lo hacen para ser leídos, pero si sus fines son puramente estéticos o confesionales (más propios del diván del psicoanalista o confesionario) su recepción no es trascendente. La literatura hoy exige que se tenga muy presente para quién y por qué se escribe. El anhelo de inmortalidad debe quedar en un segundo plano: llega sola si el producto se reviste de sincera verdad y humildad. (Véase el bello ejemplo de Milán Kundera llamado La inmortalidad). Es posible que con frecuencia pensemos —motivados por las exigencias prácticas de la vida— en actividades proclives hacia ello. Pero, ¿por qué a pesar de eso la filosofía, el arte y la literatura siguen siendo necesarios? Aunque marginada por los lectores —a consecuencia de algunos escritores—, no podemos ignorar que la literatura tiene su presencia, que se revela en las preguntas de nuestros hijos —quienes deben hacer la tarea— o en los cuestionamientos de los jóvenes en éxtasis al no tener claro "qué onda con la literatura". No hablemos ya de la mujer y el hombre comunes, quienes se valen de la literatura para decir lo que anhelan, lo que desean, lo que los "mueve". Para entender parte de esta problemática se hace necesario hurgar un poco sobre la Historia, actividad que nos permitirá encontrar algunas explicaciones. A manera de ejemplo aludiremos solamente a dos aspectos: el hogar y la escuela.

    Hoy la literatura mundial y mexicana cuentan con escritores que cultivan diversos géneros; aunque no todos transcienden. A veces al revisar nuestra biblioteca y tratar de formar el librero de los grandes nos quedamos con muy pocos textos. Sólo los constantes y quienes tienen claro que su literatura es "un acto de amor" logran decirnos mucho en cada obra. La mayoría se esfuerza en ello; pocos lo logran.

    En parte se debe a que el lector también ha evolucionado. Sin parecer presuntuosos opinamos que, cuestión de tiempo y paciencia, todos podemos reconocer la buena literatura. Cuando lo humano va en busca de lo humano uno descubre el producto logrado: así es posible conjuntar el Dhammaphada, La Biblia, la poesía de Blake, de W. Goethe, Proust, Joyce, Kundera, Rulfo, Fuentes, Paz, Tolstoi, Flaubert, Pirandello, Shakespeare, Cervantes... A cierta edad, cuando tenemos conciencia del tiempo, nuestros intereses se reducen. Nadie podrá leer toda la literatura pero sí parte de aquélla que soporta el paso de los años, porque siempre tiene un mensaje para cada hombre en diacronía. "Los libros no muerden" decía Severo Mirón. Estoy convencido de lo contrario porque sí hurgan en las heridas y las provocan incluso, expreso con Cioran. Eso es lo que hoy debiéramos tener presente.

    Por algo el psicoanálisis de Freud es también una literatura y muchos de sus ejemplos están fundamentados en los textos clásicos. (De paso recordemos que esto lo confirma Italo Calvino en su libro Por qué leer los clásicos). La vida del hombre permanece en su literatura, que a veces ilustra más que la propia Historia. La literatura siempre habla sobre los mismos temas: el hombre y sus dilemas. Pero cada vez que alguien nos lo dice de manera original —por supuesto superada la "angustia de las influencias"— uno se queda con la sensación de que vale la pena vivir. Eso decía Fulton J. Sheen: "Vale la pena vivir". Hoy, siempre, la literatura nos puede enseñar cómo. Lo prioritario es encontrar el camino hacia ella: la lectura.
 
 
 
 

Notas

1 Por ejemplo, dice el vocero de un editor: "Desde principios de 1995 se paró la producción de nuevos títulos de Alianza Cien en México y la colección alcanzó a reunir sólo 68 obras literarias, del centenar que tenían proyectado... Los libros de 10 por 15 centímetros ofrecen obras literarias selectas y completas por apenas 3 pesos... No teníamos un fin lucrativo, nuestra intención fue ponerlas a bajo precio, pensando que el pueblo no leía por el precio de los libros, pero nos dimos cuenta que el problema no son los precios sino la falta de lectores, el desinterés", expresó Martín Arellano Jiménez, gerente de ventas del Grupo Patria Cultural, durante la celebración de la X Feria del Libro den Guadalajara, cit. en Reforma, sábado 7 de diciembre de 1996, sec. c, p. 1.

2 Este evento principalmente depende del uso de un método proclive hacia la lectura de comprensión.

3 Pedro Salinas. "Leedores y lectores", incluido en Antología de textos de lengua y literatura. UNAM, México, 1975. (Col. Lecturas Universitarias), passim. Para Salinas leedor es quien consume textos intrascendentes; lector es el que aprende, comprende y se transforma con el conocimiento adquirido.

4 Un ejemplo revelador fue el resultado de una encuesta publicada por la revista Nexos. No. 162 de junio de 1991. Bajo el título "México: ¿un país de reprobados?" Gilberto Guevara Niebla demostró que la efectividad de la enseñanza en la escuela básica no era siquiera suficiente: al analizar las respuestas de egresados de este nivel, acerca de una temática específica relacionada con el curriculum, se evidenció la ignorancia de los sujetos sobre esos asuntos fundamentales de la cultura mexicana. Curiosamente, ni las autoridades educativas de ese entonces ni pedagogos y estudiosos del fenómeno educativo comentaron al respecto. Dos décadas atrás Rafael Segovia, en su ya famoso libro titulado La politización del niño mexicano (El Colegio de México, México, 1975), había hecho hincapié en los problemas relativos a la enseñanza de la historia, cuya solución aún no llega. Actualmente los profesores del área lingüística, sobre todo en lo referente a talleres de lectura y redacción comprueban que el principal problema se llama ineficiencia —a veces incapacidad— para leer y escribir.

5 Al respecto es interesante la propuesta de Sealtiel Alatriste quién en su sección De Memoria publica un interesante titulado "Libros de texto y desarrollo nacional", en el cual propone que el Gobierno siga otorgando libros gratuitos a los estudiantes mediante la compra directa a la industria privada y la adquisición de esos materiales bibliográficos mediante una tarjeta con la cual accedería a los productos mas actualizados de las editoriales, en Reforma, sábado 6 de febrero de 1999, sec. Cultura, p. 3C.

6 Para conocer algunas propuestas de lectura en el ámbito doméstico puede verse: Martha Sastrías de Porcel, "Clubes de lectura en el hogar"; Angélica Prieto. "Formación de lectores desde la infancia. Financiamiento de proyectos para el fomento del placer de la lectura", en Senderos hacia la lectura. Memoria del Primer Seminario Internacional en torno al fomento de la lectura, INBA, México, 1990.

7 En este asunto no debemos perder de vista que las generaciones posteriores a 1980 se han caracterizado por una mayor interacción con los medios masivos de información, cuya influencia en algunos casos limita notablemente el desarrollo de la lectura.

8 Interesantes datos aporta Irving M. Leonard en su trabajo Los libros del conquistador, FCE, México, 1979.

9 Roland Barthes, El placer del texto, Siglo XXI, México, 1974.

10 Exceptuando la temporada de inicio escolar, cuando se procede a la compra de libros para el ciclo correspondiente, las estadísticas expresan que el consumo de libros en promedio es de 2.8 libros per capita al año, de acuerdo con los datos proporcionados por Pablo Latapí en el núm. 1189 de la revista Proceso de 1999.

11 Abunda Pedro Salinas: Leedor el que lee sin provecho, quien solamente denota los significados superficiales pero no trasciende a niveles más profundos de significado; lector, en cambio, tiene como sustento la comprensión de lo que lee, en tanto es una persona que hace del proceso de lectura una forma de conocimiento. Véase Antología de textos de lengua y literatura, México, UNAM, 1975. (Col. Lecturas Universitarias).

12 Estos elementos originalmente fueron establecidos por Wundt. Véase. Jaime Goded, Antología de la comunicación México, UNAM, 1980. (Col. Lecturas Universitarias).
 
 
 
 

Bibliografía

AA. VV. (1980) Antología de la comunicación, México, UNAM.

AA. VV. (1975) Antología de textos de lengua y literatura, México, UNAM.

Barthes, Roland (1974), El placer del texto, México, Siglo XXI.

Fromm, Erich (1995), Del tener al ser. Caminos y extravíos de la conciencia, México, Paidós.

Leonard, Irving (1975) Los libros del conquistador, México, FCE.

Segovia, Rafael (1975) La politización del niño mexicano, México, Colmex.

____ (1990) Senderos hacia la lectura. Memoria del Primer Seminario Internacional en torno al fomento de la lectura, México, INBA.
 


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