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Adelantos
Camarón
Jean-Joseph Julaud
Trad. de Adolfo Berea Núñez, col. Ficción, UV.
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Alicia Garcáa Sánchez |
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El 30 de abril de 1863 tuvo lugar una batalla entre el Ejército republicano de México y las
tropas francesas. Se trata de un episodio que en la historia general pocas veces es recordado.
Como sucedió en Puebla, los mexicanos sitiaron a un grupo de soldados en la hacienda del
Camarón, cerca de Paso del Macho, en el estado de Veracruz. El escritor francés Jean-Joseph
Julaud recrea ese acontecimiento de manera novelada. Ofrecemos aquí un breve adelanto.
I
Esa noche, Honorato Domínguez se detuvo frente a
su espejo manchado de herrumbre, colgado de
uno de los toscos pilares que sostenían su choza
con techo de paja. No era su costumbre. Honorato
Domínguez siempre andaba de prisa: tenía tres mujeres
en tres pueblos distintos en el camino de Veracruz a
Puebla, y veintidós hijos, catorce de ellos repartidos
en sus tres hogares. A los otros los veía a lo largo de
sus cabalgatas, y jugaba a identifcar en cada uno los
rasgos más parecidos a su imponente persona: en uno
eran los hombros cuadrados como la muralla del fuerte
de Guadalupe, en Puebla; en otro, la mirada sombría,
salvaje, de inquietante incandescencia; en otro más, no
obstante haber dejado apenas los pañales, descubría la
voz potente y grave que hacía temblar a los guerrilleros,
justo antes de lanzar, o de que lanzase, los ataques. Y
esa voz cavernosa que salía de un muchachito de paso
aún inseguro lo sacudía con una risa tan entrecortada
como el galope de su caballo.
Anudó a su cuello un paliacate rojo que terminaba
en su espalda, en una punta situada exactamente
entre sus dos omóplatos. Sus guerrilleros llevaban
también ese accesorio de combate que, al girarlo media vuelta rápidamente y levantarlo hasta lo más alto de
la arista de la nariz, podía servir para ocultar frente
a las víctimas la última imagen de la humanidad,
deformada, estirada sin elegancia por el violento
esfuerzo muscular que requiere la acción de matar con
puñal o espada tratando de lograrlo al primer intento.
Honorato Domínguez se acercó un poco más al espejo
y vio su imagen: su camisa blanca, el paliacate rojo,
su saco y su pantalón negros de tela ligera, realzados
en todas las costuras por ribetes de plata u oro,
tachonados con hileras de botones brillantes… “Soy
guapo”, pensó, luego de haber rozado con su dedo
medio al que le faltaba una falange la masa de azabache
que le cubría la cabeza. Era imposible discernir en el
pensamiento de este jefe de guerrilla si ese “Soy guapo”
era sólo una trivial satisfacción de sí mismo, o si, por
antífrasis, traducía el inicio o la confrmación de un
hastío saludable hacia la actividad guerrera emprendida
con furia ilimitada desde hacía una década.
Honorato Domínguez tenía veinticinco años. “No,
veintidós hijos no es mucho para mi edad. Tan pronto
como pude hacerlo, lo hice, eso es todo, gracias a mi
corpulencia de adolescente vigoroso desde que cumplí diez años. Sí, era muy precoz. Y no tengo la intención
de apartarme de tan buen camino. Estoy consciente
de que a este paso serán más de cien hijos los que
llevarán mis hombros, mi mirada o mi voz gruesa.
Deseo simplemente que el azar dote a muchachos y
muchachas de esos tres elementos conforme a las leyes
de la armonía ordinaria de los cuerpos.”
Siempre es interesante penetrar en la mente de un
guerrillero como Honorato Domínguez cuando está
pensando. Primero que nada, porque la visita dura
poco tiempo; enseguida, porque uno aprende, como
si él los revelara a la Gaceta de Veracruz, detalles de
su vida que la historia lamentablemente suele olvidar;
y por último, porque su motivación fnal explica la
sonrisa que ostenta cuando llega al umbral de su choza
que da sobre un vasto patio rodeado de un murete
donde lo esperan ya en el caballo, con el sombrero
ligeramente inclinado hacia atrás, sus doscientos
hombres.
Lanza una ojeada a la izquierda, hacia las caballerizas
con tragaluz donde veinte caballos de reemplazo
y cincuenta mulas flosofan a pequeños pasos,
con interrupciones, y mueven la cabeza ante la
incompetencia de los arrieros que les ofrecen un heno
casi insípido.
Luego, una ojeada a la derecha, hacia el charco en que
los patos se preguntan el porqué de esa mirada que no sirve para nada antes de una partida tan importante.
Una última ojeada a todos los paliacates de los jinetes a
fn de castigar al que hubiera infringido el reglamento:
el rojo era para Honorato, únicamente para él, porque
en las reyertas sangrientas así se le reconoce. Se le
obedece cuando da la orden de lanzar el asalto. Se le
sigue cuando huye.
¡A caballo, Honorato Domínguez! ¡A caballo! Y un
discurso a la tropa.
“¡Compañeros! ¡Compañeros! ¡Compañeros!”
Dos “compañeros” más, Honorato Domínguez, y
sonarías ridículo. El silencio es el primer lenguaje de
un jefe.
“Compañeros…”
Sin embargo, no es un silencio demasiado sostenido,
sino la vacuidad del instante lo que puede servir
de crisol a todas las suposiciones, incluida la de la
incompetencia.
“Compañeros, ¿machete?”
Doscientas hojas de doble filo, largas como un brazo,
angostas cerca de la empuñadura y un poco más anchas
en el extremo curvado en punta, salen de los cintos de
los que colgaban fojamente, como muertas. Vuelven
a su lugar con un silbido donde el ferro y el cuero
rivalizan en discreción.
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