La Miguelita, el paradigma científico y la comunicación de la ciencia

 

Luis Navarro Arteaga*

Como “La Miguelita” conocen los habitantes de la colonia Ampliación Parcela 14  a una osamenta encontrada en 2012 cuando Miguel Tlacuapa, habitante de un terreno ocupado irregularmente  en ese sector al oriente del municipio de Poza Rica de Hidalgo, Veracruz; intentaba hacer una terraza en la ladera de un cerro.

Los habitantes del lugar, entre ellos Narciso Juárez Francisco que un año antes encontró 17 piezas prehispánicas a unos 12 metros de donde se hizo el hallazgo del enterramiento, sospecharon que se trataba de un “muertito” milenario y llamaron a la directora de Cultura del Ayuntamiento, María Esther Patiño, quien a su vez reportó el asunto al Centro INAH- Veracruz.

Veinticuatro horas después un arqueólogo llegó al lugar y se encontró con parte de lo que fue un esqueleto, el cráneo, la clavícula, un fémur roto por la pala con la que Tlacuapa trataba de emparejar el terreno, y una ofrenda compuesta por veladoras,  licor, café,  un cigarrillo que se consumió en la dentadura incompleta de los restos humanos,  un plato de chileajo de puerco y una cocacola.

Los vecinos sospechaban que el hallazgo era un enterramiento prehispánico pero su sentido común, su visión del mundo, los hizo pensar que aquello – hace 1200 años dijeron después los investigadores- había sido un ser humano por lo que – como si se tratara de una ofrenda del día de muertos- le llevaron su traguito y su comida, ¿cómo no?

El arqueólogo  enviado por el INAH dijo a los vecinos que aquéllos restos humanos, por la cerámica asociada al enterramiento y por otros detalles que no saltaban a la vista, ni quiso explicar,  podrían haber sido de una mujer. “Miguelita, se llamará Miguelita”, se apresuró a decir uno de los presentes, “porque está en el terreno de don Miguel” explicó. Pero se tienen que hacer muchos estudios, agregó el científico.

El investigador continuó informando que la “muertita” no había conocido el chileajo de puerco porque ese animal lo habían traído los españoles a partir de 1519 e hizo otras precisiones históricas, además les dijo lo que pasaría con la osamenta, llegarían otros arqueólogos que eran especialistas en cerámica, en tumbas prehispánicas, etcétera y levantarían los huesos para llevarlos al Centro INAH Veracruz para determinar científicamente que se trataba, primero de una mujer, segundo, se tenía que hacer la datación, para saber en qué época había vivido aquella persona.

Después llegaron los periodistas. Para entonces ya se había retirado la mayoría de la moderna ofrenda. Preguntaban al arqueólogo, con la urgencia que impone la hora de cierre, si la mujer había muerto por causas naturales, qué edad tenía al momento del deceso, cuántos hijos había tenido y por qué estaba con la cabeza orientada a los cerros por donde sale el sol…

Los vecinos , y ahora los periodistas, escuchaban al arqueólogo sin entender mucho de los procedimientos que éste relataba, para él era importante que ellos supieran que hay todo un protocolo a seguir para determinar si aquellos huesos eran de una persona que vivió en el epiclásico, aunque a simple vista pareciera que sí. El investigador se  guiaba por el paradigma científico que según Kuhn, es el conjunto de conceptos, creencias, tesis, que en una etapa dada de la historia acepta la comunidad científica y basado en él desarrolla toda su actividad investigativa.

MIGUELITA 2

Este paradigma permite que se creen consensos en una comunidad científica y que el conocimiento obtenido a través de estos procedimientos sea aceptado como científico pues están legitimados por  la práctica empírica, es decir, son avalados por la Ciencia, con mayúsculas.

Frente a este conocimiento existen los saberes locales, como el hecho de que es necesario “ofrecerle” al difunto-por más que no haya conocido el puerco- un taquito, un poco de brandy, café y una cocacola; también hay que ponerle un nombre, no se puede andar por la vida o por la muerte sin una identidad.

Lo que vemos en este caso es el cotidiano abordaje de varias visiones del mundo, la del arqueólogo determinada por el paradigma de su disciplina científica que exige no dar por hecho  nada que no haya sido comprobado, la de los periodistas que con que el hecho ofrezca indicios de verdad es aceptable .

“El hecho es verosímil, hay que hacerlo público” parece decir el manual de estilo, no escrito, de muchos medios de comunicación; y la mirada de los vecinos a los que les basta con que alrededor de “La Miguelita”, un año antes, se hayan encontrado “ídolos y ollitas” para determinar que los huesos son prehispánicos.

Frente a estas visiones del mundo los comunicadores de la ciencia tenemos el compromiso de atenderlas todas. Y  tomar una posición que permita informar al lector, al radioescucha, al usuario;  sobre lo que ocurre a su alrededor, siendo claros sobre qué tipos de conocimientos se hacen públicos, si son los saberes locales o los científicos.

 

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*Periodista, Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana con diplomado en Periodismo Cultural y en Comunicación de la Ciencia, docente en la Universidad de la Huasteca  Veracruzana en Poza Rica,  mediador de lectura del Paralibros de esa misma ciudad. Dirige el portal de noticias enteratever.com.

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