¿Alfabetizarse es simplemente aprender el alfabeto?

 Jorge Vaca*Alfabetizarse-01

 Quizás, una buena manera de divulgar el conocimiento sea contraargumentar las «ideas recibidas», aquellas muy difundidas y tomadas como verdaderas aunque no lo sean. Me propongo aquí exponer algo de lo que las ciencias sociales, particularmente la psicología cognitiva, ha llegado a saber sobre la actividad de leer, intentando disipar una representación social (otra manera de llamar al sentido común) que se ha propagado sobre la lectura y su aprendizaje.

Existen muchas ideas recibidas en el campo de la lengua escrita: se comienza a aprender a leer a los seis años y frente a un(a) maestro(a); la lectura es una habilidad y se acaba de desarrollar más o menos a los 12 años; la escritura es un código; las personas ya no leen porque ven la televisión o están en internet; las personas ya no saben escribir por culpa de las computadoras y los celulares. Tomemos la del título.

Aprender a leer es mucho más que aprender las letras. Además de las letras que representan sonidos, tenemos a las letras que representan, sin pasar por los sonidos, diferencias de significado, como la h en el contraste hay / ay o en ola / hola; las que nos indican que una palabra pertenece a cierta familia y no a otra, como la y en cayó; por ella, el lector sabe que está escrita la palabra ligada a caer y no a callar. Tenemos los acentos fonológicos, que nos ayudan a especificar si hablamos de «ingles» o de «inglés», si estamos frente a un imperativo (sé honesto) o a un reflexivo (se sinceró) o si hablamos de huesos (ósea) o de deducciones (o sea…). Como el acento es un «bichito gráfico» en peligro de extinción, no dejaré de repetir que sí, que por los contextos sintáctico, semántico y pragmático podemos inferir si se trata de «ingles» o de «inglés», como también podríamos inferir los elementos de un texto si escribiéramos sin representar el fonema “a” (el acento lo es):

l ptit

de cnsto y con reboso de bolits

v l mercdo

comprr tods ls coss del mnddo

Conforme elimináramos elementos gráficos, como sugieren quienes proponen simplificar la ortografía, nuestra tarea inferencial a la hora de leer sería cada vez más ardua. Lo que deje de especificar el escritor tendrá que restituirlo el lector. Hace mucho tiempo, en Roma, puntuar un texto era tarea del lector y no del escritor (o del editor). Imagine el lector un libro escrito como si fuera un largo SMS…

Pero hay más: está la separación entre palabras (por qué / porqué), las mayúsculas que nos ayudan a identificar nombres propios, los límites entre oraciones y algunos énfasis; está la coma, el «ajolote ingobernable»; están los puntos seguido y aparte, los paréntesis… todas esas «chingaderitas» que van con las letras, que no son letras pero que nos ayudan a organizar el texto que leemos, a saber que, por ejemplo, «debo tomar todo esto como una sola unidad»: no es lo mismo «Elena no…» que «El enano…» o «Los políticos que son corruptos también son millonarios» a «Los políticos, que son corruptos, también son millonarios»:

Maestro portugués en elocuencia sacra, el Padre Antonio Vieira -aquel que los inquisidores encerraron dos años en prisión y quien defendió a los indios contra el imperialismo de su Iglesia y de su rey-, no defendía menos mordazmente la puntuación, ese indispensable complemento de la escritura[1].

Y todavía más: los géneros textuales, los tipos de texto y su estructura. Nadie se lanza a leer un artículo científico como si fuera una receta de cocina o un cuento de ciencia ficción (¡aunque cada vez más, en México, debamos leer la sección política de los diarios como cuentos…!). Tampoco se espera que un SMS respete escrupulosamente la ortografía convencional. Así como hay diversas maneras de leer un texto, en el sentido de los ajustes que el lector hace en función de su objetivo (recuperar un dato específico, estudiar la lógica argumentativa, captar el ritmo de un poema), la diversidad de maneras de «ortografiar» un texto va aumentando en proporción directa a los medios electrónicos de comunicación escrita, seguramente en interacción con los parámetros de la situación comunicativa. Si le escribo a un par amigo puedo adoptar «una ortografía»; si le escribo a un profesor un SMS, adopto otra… Quizá la ortografía académica acabará siendo una ortografía dominguera, como la «lengua dominguera».

Porque los géneros discursivos (básicamente: narrar, relatar, argumentar, describir, dialogar y ya -según ciertos autores-) y los tipos de texto (receta, cuento, instructivo, novela, poema…, compuestos casi siempre con varios géneros discursivos) encarnan prácticas sociales de lenguaje, es decir, maneras culturalmente transmitidas de comunicación (hoy, los chats, los SMS, los twitts), su conocimiento sirve como base de inferencia durante la lectura (y la escritura). La palabra alfabetización ha caído en desuso y ha sido reemplazada (en general en los textos científicos) por  literacidad (de literacy, en inglés): toda práctica de lengua escrita se lleva a cabo en contextos sociales, supone situaciones comunicativas reales, objetivos reales y generalmente actos de lectura y escritura sucesivos de textos: se escribe cuando se lee y se lee mientras se escribe, o para escribir. La palabra literacidad fusiona la escritura (como sistema de representación) con las prácticas comunicativas en contextos culturales específicos, que son centrales para comprender las actividades letradas y su aprendizaje.

Debemos decir que las ciencias sociales no están tan unificadas como las ciencias naturales, de tal manera que lo que aquí se ha expuesto como conocimiento sólido puede ser incluso contrario a lo que otros científicos piensan y defienden, porque adoptan otras perspectivas válidas. La discusión entre diversos paradigmas coexistentes en una misma disciplina puede ser un paso previo necesario a la discusión interdisciplinaria entre disciplinas sociales.

 

 

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*Instituto de Investigaciones Educativas, Universidad Veracruzana

Dirección de Comunicación de la Ciencia

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Ilustración: Sergio Segura Medrano,

 

 

 


[1] Etiemble (1973). L´écriture. París: Gallimard.