REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre-Diciembre 2016
ALEXITIMIA

¿VERDADES HISTÓRICAS?

EL MAL DEL MUNDO MODERNO

LA CLAVE DE LA EVOUCIÓN HUMANA

LA DIVERSIDAD MICROBIANA (NECESARIA Y PELIGROSA)

BACTERIAS DEL SUELO: USO POTENCIAL EN LA BIODEGRADACIÓN DE HIDROCARBUROS

EL GUSANO PRODUCTOR DE SEDA

EL BARREDOR DE LAS MILIÁCEAS (UN PROBLEMA FORESTAL)

LAS CALATOLAS EN MÉXICO

LOS ÁRBOLES AL SERVICIO DEL AMBIENTE

MÁS ALLÁ DE UNA LÍNEA DE ÁRBOLES

RESIDUOS SÓLIDOS URBANOS: ALTERNATIVAS DE TRATAMIENTO

VERMICOMPOSTAJE EN CASA: RECICLADO DE RESIDUOS ORGÁNICOS

LA RESTITUCIÓN DE MARTINE DE BERTEREAU PIONERA DE LA GEOLOGÍA ECONÓMICA

EL MEDIO AMBIENTE: MEDALLA DE ORO EN JUEGOS OLÍMPICOS

Contenido

 
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA

LA RESTITUCIÓN DE MARTINE DE BERTEREAU
PIONERA DE LA GEOLOGÍA ECONÓMICA

MARÍA ANGÉLICA SALMERÓN

Algunos, viendo en el frontispicio de este discurso el nombre de una mujer, me juzgarán al mismo tiempo capaz más bien de la economía de una casa y de las delicadezas usuales de este sexo, que capaz de perforar y cavar en las montañas y juzgar de manera muy exacta los grandes tesoros y bendiciones encerradas y ocultas en ellas. Opiniones verdaderamente perdonables a los que no han leído las historias antiguas, en las que se ve que las mujeres no han sido solamente belicosas y valerosas con las armas, sino también doctas en la filosofía, y que han enseñado en las escuelas públicas entre los griegos y romanos.
Martine de Bertereau

De entre las ondulantes capas del subsuelo, de ese mundo subterráneo en donde yacen los innumerables recursos que solamente son conocidos por quienes osan sumergirse en la profunda oscuridad de sus minas y explotan sus yacimientos, emerge el nombre de Martine de Bertereau, quien, ciertamente –y no sólo como una metáfora–, es una verdadera mina cuya riqueza está aún por explotarse. Y es que hallamos en ella a una destacada ingeniera de minas a quienes muchos consideran como la primera geóloga.

Para continuar con la metáfora digamos que de entre las profundidades del subsuelo de la ciencia geológica, cabe ahora explotar a este recurso femenino, que bien puede ponernos sobre la pista de los antecedentes de donde han derivado nuestros actuales conocimientos, antecedentes en los que, además, estaremos obligados a reconocer la aportación de las mujeres pues, aunque parezca una exageración, hay que señalar que de entre “la centena de mujeres que han hecho aportaciones en distintos ámbitos de la geología, desde el siglo XII hasta la primera mitad del siglo XX” –según revela la investigación realizada por Fernández, Uskola y Nuño–, si buscamos sus huellas en los habituales textos científicos, no habremos de hallar las de ninguna de ellas.
A medida que avanzan las investigaciones sobre las aportaciones de las mujeres en las distintas ramas de la ciencia, quedamos sorprendidos tanto por su cantidad como por la calidad y originalidad de sus trabajos. Tal es el caso de Martine de Bertereau, quien por sus investigaciones sobre yacimientos minerales ha llamado la atención de estudiosos y científicos, quienes –como decíamos anteriormente– no han vacilado en considerarla como una de las primeras geólogas, motivo por el cual podemos también decir que su trabajo marca un hito en este campo de la ciencia tan poco estudiado en relación con su genealogía femenina.
Dado que la incursión de las mujeres en semejante territorio está todavía por conocerse mejor, la figura de la baronesa de Beausoleil aparece como un claro ejemplo del inmenso yacimiento femenino cuyas aportaciones a la ciencia deben ser ya reconocidas. Aportaciones que, en el caso concreto de esta mujer, no han sido del todo bien recibidas y tampoco adecuadamente valoradas, porque toda su obra –sus libros, sus teorías y sus procedimientos– viene envuelta en acusaciones de magia y brujería que no sólo le han privado de un lugar en la ciencia, sino que además la condujeron a un trágico final. Pese a ello, y de acuerdo con las actuales investigaciones, lo cierto es que Martine de Bertereau merece con todo derecho un lugar en la historia de la geología, pues como ha señalado Margaret Alic:

La baronesa Martine de Beausoleil quizá haya sido la primera mujer geóloga. Un interés por la minerología llevó a esta aristócrata francesa a dedicar 30 años de su vida al estudio de las matemáticas, la química, la mecánica y la hidráulica. Sus obras, Veritable déclaration de la découverte des mines et miniéres (París, 1632) y La restitution de Pluton (París, 1640), informaban de las minas y yacimientos minerales de Francia y su propósito era demostrar al rey cómo podía ser el gobernante más rico de Europa por medio de la explotación de los recursos minerales del país. Beausoleil hablaba de metalurgia general, tipos de minas, fundiciones, ensayo de metales y métodos científicos para localizar yacimientos.

En esta apretada síntesis podemos apreciar que el trabajo de la baronesa consistía en un constante ejercicio teórico-práctico, es decir, no únicamente se concentraba en la búsqueda y explotación de las minas, sino que para ello buscaba y establecía teorías, haciéndose de recursos metodológicos, lo cual le permitió combinar distintos conocimientos y estrategias que, puestos en marcha, originaron tanto el descubrimiento de yacimientos minerales como el estudio de los metales y los métodos científicos. Agreguemos ahora a esto que, moviéndose en la frontera de lo que hoy consideramos ciencia, tales procedimientos teórico-prácticos venían aderezados con saberes propios de la época, tales como la alquimia y la astrología, saberes esotéricos que hoy llamamos pseudociencias, pero que en su época eran bastante comunes.
Vistos así, habremos de decir que, en términos generales, dichos aspectos de su obra no tienen por qué ir en detrimento del trabajo científico-técnico establecido por la baronesa en sus investigaciones, ni menos servir de engranaje para desactivar el mecanismo de sus aportaciones. Es más: todo ello, en conjunto, nos hace posible establecer la perspectiva correcta desde la cual es posible entender la actividad científica de esta mujer en el ámbito mismo en que se origina y que obliga a reconocer que, como suele suceder en estos casos, no representa sino el signo inequívoco del movimiento telúrico que generan las energías propias de los innovadores.
Para dar cuenta de ello, comencemos por situar a nuestra geóloga en su tiempo y su espacio y veamos así cómo, desde los mismos cimientos de un terreno que comienza a producir nuevos conocimientos, brota la figura firme y decidida de una mujer que no se conformó con el papel histórico que le tenía reservada su condición femenina, sino que, apremiada por los lejanos horizontes que presentía allende los muros del hogar, se lanzó de lleno a la aventura incierta de la vida, equipándose en su viaje con todo tipo de saberes para toparse con un nuevo mundo por descubrir. Y esto es justo lo primero que debemos reconocer en Martine: un incansable afán aventurero que habría de llevarla a explorar el mundo subterráneo, así como un insaciable apetito de conocimientos que la condujo a no desdeñar ningún saber. De este modo, es posible percibir que entre uno y otro de estos aspectos de su personalidad, la baronesa estaba perfectamente preparada para llevar a cabo sus tareas como ingeniera de minas, algo realmente inusitado y asombroso en el siglo XVII.
Aunque no se sabe a ciencia cierta la fecha de su nacimiento (algunos la fijan entre 1578 y 1580 y otros en 1590), todo indica que Martine de Beausoleil nació en Francia en el seno de una familia noble, gracias a lo cual tuvo la oportunidad de recibir una educación tal que desde su niñez la llevó a interesarse en conocimientos de los que años más tarde haría gala, pues llegó a ser una experta en diversas ramas de la ciencia, entre las que sobresalen la química, mecánica, hidráulica, matemáticas y alquimia; asimismo, logró el dominio de varios idiomas: latín, italiano, alemán, español, inglés y hebreo.
Fuera de estos pocos datos, los de su vida son todavía bastante inciertos; de hecho, empezamos a tener realmente noticias de Martine a partir de la primera década del siglo XVII, a raíz de su matrimonio, ocurrido en 1610, con el ingeniero belga Jean du Chatelet, barón de Beausoleil, personaje también un tanto desdibujado del panorama histórico antes de su matrimonio con ella. El hecho no deja de ser atractivo pues, coincidentemente, tampoco se sabe mucho de Jean, a no ser que era un experto mineralogista, uno de los mejores radiestesistas y un alquimista reconocido que había recorrido las minas de buena parte de Europa antes de llegar a Francia, donde conoció a Martine. Todo lo anterior no deja de ser sintomático en cuanto que parece claro que ambos estaban llamados a aparecer en el teatro histórico prácticamente al mismo tiempo. Por ende, cabe hacernos aquí eco de lo que han señalado Pérez y Pascual:

No sabemos con seguridad dónde ni cuándo nacieron los esposos Beausoleil. Basándonos en la información contenida en sus obras, hemos estimado que el marido naciera hacia 1578, y su esposa probablemente a mediados de la década siguiente. Él afirma ser originario de la Lotaringia, región fronteriza entre Alemania y Francia; ella, francesa, de las regiones de Turena o Berry. Ambos aparecen en la escena histórica gracias a la reorganización de las minas por Enrique IV de Francia con su edicto de 1601 [cuyo] propósito [era] mejorar la producción minera del país.

Pues bien, será justo por este edicto que Jean sea llamado a encargarse de la explotación de las minas francesas, y en esos primeros años del siglo el barón hará su aparición en Francia y conocerá a su futura esposa, dando así inicio la historia de ambos personajes, pues es a partir de entonces que empezamos a tener noticias que los muestran siempre unidos, ya sea como matrimonio o como equipo de trabajo. Sabemos así que Jean y Martine permanecen en Francia hasta 1613, pero entonces comienzan una serie de viajes por las regiones mineras de Europa, tras los cuales regresan a Francia en 1626, donde se encargarán de la localización y explotación minera del país.
Cabría entonces decir que Jean y Martine vinieron al mundo el día en que decidieron unir sus vidas; y esto no es solamente una frase trillada o una simple metáfora, es, por el contrario, para los efectos que nos ocupan, el hecho histórico desde el cual se origina y condiciona el marco del lienzo en que se dibuja una página más de la historia de la ciencia. De lo que no podemos dudar es que la vida y obra del matrimonio marcan una pauta para la mejor comprensión del desarrollo de las incipientes ciencias geológicas y mineralógicas. Y por si esto no fuese suficiente, hay también que señalar que dicha unión como pareja y equipo les hizo partícipes de un destino común en cuanto que ese encuentro no sólo les llevó a compartir su vida, sus intereses, su vocación y su obra, sino también su trágico final.
Acusados de brujería y magia, sin que mediara de por medio juicio alguno, fueron confinados a las prisiones donde murieron. Resulta así que ese lugar común de “hasta que la muerte los separe” deja su calidad metafórica y encarna en el dúo de tal forma que hoy por hoy no puede dudarse de que fueron prácticamente unos mártires de la ciencia, o mejor aún, que es la ciencia la que se constituye en el pretexto adecuado para dar paso a las más mezquinas maquinaciones del poder. En cualquier caso, el resultado es el mismo, pues en tanto que cabe aceptar que la vida y la obra de los Beausoleil manifestaron desde siempre un movimiento pendular en el que, oscilando entre la superstición y el conocimiento, la magia y la ciencia, la riqueza y el desinterés, al final sucedió que a ambas –vida y obra– parece haberles ganado la partida la ignorancia, la mezquindad y la ingratitud.
Pero antes de que pagaran con su vida “la osadía de ir más lejos que sus contemporáneos en el estudio de las ciencias naturales”, como bien ha señalado Alexis Chermette, la labor realizada por el matrimonio marcaría un nuevo rumbo a la actividad minera de la Francia de entonces, pues a ellos se debe la reactivación de una actividad que estaba prácticamente suspendida desde la Edad Media. En efecto, fue gracias al trabajo realizado por la pareja que se descubrieron muchas minas de oro, plata, cobre, hierro, carbón, granate, turquesa y otros minerales. Por ello –según De la Rosa–, los barones de Beausoleil “hicieron fama al encontrar con métodos radiestésicos más de ciento cincuenta minas y gran número de aguas subterráneas”, todo fue logrado por “un par de locos” que, invirtiendo tiempo, esfuerzo y fortuna, se dieron a la tarea de construir la base a partir de la cual sería posible desarrollar los nuevos conocimientos de la entonces extravagante ciencia mineralógica. No es gratuito, pues, que actualmente se reconozca al matrimonio el mérito de ser el mejor equipo descubridor de minas que ha existido, ni que se considere a la baronesa como pionera de la geología.
Quizá la razón que ha llevado a los investigadores a tenerla en tan alta estima se deba precisamente al hecho de que la baronesa no se ciñó únicamente al papel de ser la acompañante infatigable de su marido, sino que fue más lejos y se convirtió ella misma en ingeniera, con lo que, innovando técnicas y proponiendo métodos y teorías, impulsó decisivamente la industria minera, además de ser la voz que se hizo escuchar para exigir el reconocimiento y el pago debidos a los servicios prestados a la corona francesa.
Dichas cuestiones quedan suficientemente acreditadas en los libros que escribió la baronesa. De hecho, se ha señalado que fue Martine quien primero llamó la atención sobre las riquezas minerales de Francia y defendió la teoría de que si se lograban explotar esos recursos, Francia llegaría a ser el país más rico del mundo. Fue justamente por tales convicciones que el matrimonio fue convocado para emprender dicha labor, pero he aquí que, contrario a sus expectativas, una vez alcanzada la meta, los medios prometidos jamás llegaron. En efecto, el matrimonio había invertido no solamente su trabajo sino también su fortuna personal en semejante empresa, de manera que la pareja intentó hacer valer su derecho a la prometida retribución, y la baronesa, mostrando el arrojo y la temeridad que siempre la caracterizó, se dio a la tarea de hacer valer las remuneraciones acordadas.
Nacieron así las dos obras que la baronesa de Beausoleil nos ha legado: Veritable déclaration de la descouverte des mines et mineres de France y La Restitution de Pluton. En la primera de estas obras, subtitulada “Declaración verdadera hecha al Rey y a nuestros Señores de su Consejo, de los ricos e inestimables tesoros recientemente descubiertos en este Reino”, la baronesa, reclamando al rey el apoyo financiero necesario para sus trabajos, se da a la tarea de hacer el balance de sus logros; en la segunda, dedicada “al Eminentísimo Cardenal Duque de Richelieu”, haciendo ahora alusión al mitológico dios Plutón, que era en aquellos tiempos el símbolo de la minería, la baronesa expone de nueva cuenta los méritos de sus descubrimientos y subraya los beneficios derivados de ellos. Vuelve ahí a la carga y

...reclama el cobro de los débitos adquiridos [con ellos] por la Corona Francesa [enumerando] los hallazgos conseguidos: metales preciosos y cristal de los Pirineos; hierro y plomo argentífero en el condado de Foix; carbón en el valle del Ródano; antimonio, zinc y azufre en el condado de Alais; turquesa en Quercy; rubíes y ópalos en la región de Puy; pizarra y mármol en Normandía y en Bretaña.

Lo más importante de ambas obras es que, además de los reclamos y la relación de sus trabajos, señalan la localización de los yacimientos minerales descubiertos y exponen las concepciones, estrategias y aparatos que evidencian el dominio teórico-práctico que la baronesa tenía de la minería. Dichas obras, y sobre todo la Restitución de Plutón, considerada la más importante, son vistas en general como un verdadero compendio de ciencias, en donde lo mismo se habla de matemáticas que de geología, química, mecánica, hidráulica, mineralogía o metalurgia.
Aunque tales obras no puedan ser consideradas propiamente como tratados de metalurgia y minería (ni era ésta tampoco su finalidad, como apuntan Pérez y Pascual), constituyen un valioso testimonio sobre tales materias, pues en ellas podemos encontrar el “testimonio de primera mano de personas ilustradas que se dedicaron a la explotación de minas de manera profesional en diversos distritos mineros europeos en la primera mitad del siglo XVII”. Al respecto, Alexis Chermette nos hace saber que en tales explotaciones los barones de Beausoleil utilizaban utensilios tales como “pesados bártulos e instrumentos astrológicos, curiosas pértigas, grandes compases y brújulas, astrolabios, esferas metálicas, cada [uno de los cuales] tenía propiedades específicas para descubrir diversas especies de minerales” y que Martine “indicaba las constelaciones bajo las cuales se debían colocar esas pértigas, correspondientes a los siete metales conocidos y a los siete planetas que simpatizaban con ellos”, añadiendo además que la baronesa decía que

...en las minas de Hungría halló pequeños enanos de una altura de tres palmos, viejos y vestidos con antiguos delantales de cuero, con una lámpara y un bastón en la mano, espectros espantosos para aquellos en quienes la experiencia de bajar a las minas no era usual.

Sobra decir que todo ello suena bastante extraño y nos obliga a preguntarnos si en verdad éstos y otros testimonios de primera mano otorgados por la baronesa de Beausoleil nos remiten más a supersticiones y cuentos de magos y encantamientos que a verdaderos saberes científicos. El mismo Chermette se apresura a respondernos:

Es necesario reconocer que el carácter insólito y los nombres fantásticos de los instrumentos que se empleaban en esa época desconcertaban a las poblaciones ignorantes y fomentaban la sospecha de magia, pero era de buen tono rodearse de una parafernalia complicada y ocultar bajo el velo de lo sobrenatural los resultados de una observación y de una ciencia positiva.

En realidad –y esto es algo en lo que muestran acuerdo todos los estudiosos de la obra de Martine de Bertereau–, nada mágico o sobrenatural hay en semejantes concepciones y procedimientos, aunque para nosotros dichos saberes sigan pareciendo extravagantes. Y esto es así por la sencilla razón de que en los albores del siglo XVII el recurso a los lenguajes simbólicos y al secretismo, a la práctica alquímica y a la radiestésica, no solamente era un rasgo común de muchos científicos, sino también parte del acervo cultural de las clases ilustradas.
Así las cosas, no debiera extrañar que las obras de la baronesa vinieran aderezadas de todos esos elementos, mismos que nos permiten comprender por qué la mayoría de los investigadores la reputan como una mujer innovadora y adelantada a su tiempo, puesto que, pese a toda la parafernalia empleada, la obra de Martine no hace sino mostrar el ejercicio propio de la ingeniera de minas de su época, con el añadido de que muestra también las bases científicas de sus supuestos saberes esotéricos; es decir, da cuenta de que sus concepciones y prácticas son deudoras del estudio de la naturaleza. Ya en el año de 1779 Nicolás Cbet se daba a la tarea de mostrar todo ello en su antología Los antiguos metalúrgicos, obra en la que intenta reconstruir la vida de los Beusoleil, señalando, por un lado, sus aventuras y desventuras y, por otro, recopilando las prácticas y métodos de trabajo de la baronesa, a los que añade varias notas y comentarios. De esta obra, De la Rosa rescata uno de los textos de la baronesa en el que se deja ver la importancia de la práctica de la radiestesia “para hallar aguas subterráneas y minas”, y en donde encontramos también “las fuentes de donde procedían sus conocimientos”:

Es necesario saber cinco reglas metódicas para averiguar los lugares ricos en metales: la primera, y menos importante, por la abertura de la tierra; la segunda, por las hierbas y plantas que crecen encima; la tercera, por el sabor del agua que sale de la tierra; la cuarta, por los vapores que se elevan en torno a las montañas y valles a la salida del sol, y la quinta, por medio de dieciséis instrumentos metálicos que se aplican encima. Pero además de estas reglas e instrumentos existen siete varillas metálicas cuyo conocimiento y práctica son necesarios, y de las cuales nuestros ancestros se sirvieron para descubrir, desde la superficie de la tierra, los metales ocultos en su profundidad, así como si las minas son pobres o abundantes en metal, y para descubrir, antes de abrir la tierra, si el manantial es abundante.

Como bien puede apreciarse en la cita anterior, y asumiendo que la práctica de la radiestesia presenta en ella algunos de sus rasgos definitorios, podemos también afirmar que “las fuentes de donde proceden estos conocimientos” se deben más a un procedimiento científico que a la sola sapiencia zahorí. De hecho, sin el afán de negar que Martine insistiera una y otra vez en utilizar los instrumentos propios, por demás comunes, en su medio de trabajo, es justo reconocer que en buena medida su poder para descubrir minas y explotarlas derivaba más de la observación, la experiencia y hasta del experimento que de una supuesta sensibilidad especial para captar ciertas radiaciones con que los llamados zahoríes lograban descubrir manantiales subterráneos o venas metalíferas, pues, tal y como la baronesa pone de manifiesto en sus cinco reglas metódicas, es a través del estudio del terreno, las plantas, el agua y los vapores que se posibilitan las condiciones para localizar los lugares precisos en que se encuentran los yacimientos.
Vemos así que los saberes de Martine de Bertereau tienen una base empírica y experiencial, y dependen también de ciertos conocimientos teóricos, como pueden serlo la hidráulica, la geología, las matemáticas, la química y aun la alquimia, la astrología y la radiestesia,pues en aquella época todavía no existía una clara distinción entre los distintos saberes y ciertamente no parece justo exigirle a la baronesa lo contrario. Por ende, las investigaciones realizadas por ella no tenían nada que ver con lo sobrenatural y sí, en cambio, con el estudio de las ciencias de la naturaleza; no en vano se reconocen también sus innovaciones en cuestiones de hidrología y termalismo, aparte de considerarse que fue ella quien dio los primeros pasos en la geobotánica, apreciaciones que tienen su base en el establecimiento mismo de las reglas metódicas propuestas por la baronesa.
Finalmente, cabe señalar que si por un momento separamos a Martine de Jean fue únicamente para mostrar que, aunque es cierto que ambos constituyeron un equipo que hacía al unísono su trabajo, también parece serlo el hecho de que era la baronesa quien daba orientación a los estudios, las teorías y las prácticas con que ambos realizaban sus investigaciones. Siendo esto así, no es difícil entender la razón por la que se considera que las innovaciones y los descubrimientos se deben en buena medida a sus iniciativas y proyectos. Por esta razón, pero sobre todo porque los prejuicios nos llevan siempre la delantera, es preciso señalar que Martine de Bertereau fue no sólo la esposa del ingeniero de minas o su inseparable compañera de aventuras, sino que además fue ella misma una verdadera ingeniera y sus merecimientos no derivan del mero hecho de haber formado pareja con el barón de Beausoleil, antes bien –como han hecho notar las actuales investigaciones– éstos le han sido otorgados por propio derecho.
En efecto, son el trabajo y la obra de la baronesa los que han conducido a los investigadores a verla no tan sólo como la primera geóloga francesa, sino también a considerarla como una pionera en un campo específico, la geología económica, precisamente por considerar que fue ella quien primero llamó la atención sobre la riqueza minera de Francia, que a ella se debieron su descubrimiento y explotación y también la visión económica para calcular sus beneficios y rendimientos. Aunque no es la única mujer que figura en dicho rubro (la otra sería la alemana Barbara Uttmnn, en el siglo XVI), podemos considerarla como una de sus pioneras y además entender, a la luz de las recientes investigaciones, por qué la geología económica alcanza con la obra de la baronesa su verdadera significación y estatus. Esto tampoco implica en modo alguno mermar la labor del equipo Beausoleil, solamente, insistimos, nos hace ver con claridad en qué consistieron los logros y las aportaciones que han dado a la baronesa un lugar en la historia de la ciencia.
Como ya lo hemos repetido, la relación que mantuvieron Martine y Jean como pareja y como equipo de trabajo los tuvo unidos hasta el final de sus días. Cierto: así como ambos aparecieron juntos en la escena histórica, igualmente juntos harían mutis en ella, pues a consecuencia de aquella famosa Restitución, en 1642 los barones fueron acusados de hechicería y encarcelados. El mismo fin les esperaba a ambos: morir en prisión, privados de sus bienes, del reconocimiento que merecían y, peor aún, el uno del otro, pues mientras que a Jean se le confinó en La Bastilla, Martine fue recluida en Vincennes en compañía de una de sus hijas, una niña aún, después de lo cual nada se supo de ellos, aunque todo hace suponer que murieron al año siguiente.
Así concluyen las faenas de un equipo cuyos trabajos y vida estuvieron dedicados al servicio de la corona francesa y que, tal vez por la temeridad y el arrojo de una mujer que no dio tregua en la batalla a la hora de exigir sus derechos, fue recompensado con la muerte gracias a la ignorancia, la magia y la brujería. Triste acontecimiento que nos hace ahora volver la vista hacia la figura de tan emblemática mujer y apelar, tal como lo hizo ella siglos atrás, respecto de los méritos de su trabajo bajo el signo del mitológico Plutón, a una restitución del nombre y la obra de la baronesa de Beausoleil, bajo el signo de la geología económica.

Para el lector interesado:

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI.
  • De la Rosa, R. (2013). La historia de la radiestesia. Valencia (España): Ediciones I.
  • Claramunt V., R.M. y T. Claramunt V. (2012) Mujeres en ciencia y tecnología. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia (edición digital).
  • Chermette, A. (1985). “Martine de Bertereau (1590-1643): una ingeniera de minas del siglo XVII”. (Trad. del francés de Rafael Bullé-Goyri). Suplemento del Boletín Mensual de la Sociedad Linneana de Lyon, 54(10).
  • Fernández, M.D., A. Uskola y T. Nuño. (2006). “Mujeres en la historia de la geología (I): Desde la antigüedad hasta el siglo XIX”. Enseñanza de las Ciencias de la Tierra, 14(2): 118-130.
  • Pérez P., J. e I.M. Pascual V. (2013). “Alquimia, minería y cultura popular en las obras de los barones de Beausoleil. Los habitantes de los mundos subterráneos”. ILUIL, 36(77): 67-91.