REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero-Abril 2016
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LOS EDENES (BOSQUES DE MANGLAR)
BROMA DOBLE
 
 
 
 
 
 
Contenido
 
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA

MARY ANNING: PIONERA DE LA PALEONTOLOGÍA

MARÍA ANGÉLICA SALMERÓN

La obra de Mary Anning se hizo al margen de las instituciones, pero ello no impidió que de maneras muy diversas su nombre quedase grabado en ellas.

Como se sabe, a comienzos del siglo XIX la geología comenzó a ser considerada como una ciencia debido al incansable impulso de quienes se dedicaron a recolectar fósiles. Entre los personajes más relevantes de esa época podemos encontrar el nombre de varias mujeres, cuyos descubrimientos y aportaciones marcaron un hito en la también naciente ciencia de la paleontología.
Por tales contribuciones, es comprensible que la Sociedad Geológica de Londres “se tomara la molestia” de publicar varios informes sobre los descubrimientos geológicos y paleontológicos realizados por mujeres.
Pese a que dicha institución no siempre estuviera dispuesta a otorgarles todos los créditos que merecían, algunas de esas naturalistas llegaron a alcanzar cierta relevancia y reconocimiento.
Sin embargo, como suele suceder en estos casos, tales acontecimientos no parecen ser sino anécdotas o, en el mejor de los casos, borrosas notas escritas al margen de los textos que consignan la gran aventura de los descubrimientos científicos, pues cuando de mujeres se trata la historia de la ciencia no parece querer recoger sus nombres para ingresarlos a sus filas, lo que por sabido casi deberíamos dejar de señalar.
Pese a ello, válganos de nuevo volver sobre ese manido prejuicio, porque si bien es muy frecuente en todas las ciencias, no deja de ser particularmente ilustrativo en el caso de la geología y la paleontología, ya que incluso en textos que se dedican a recuperar el trabajo científico de las mujeres encontramos un vacío tal que apenas se intenta llenar el registro con algunos nombres, y los datos que se incluyen ahí son tan parcos que muchos de ellos apenas logran balbucear algunas frases.
En tales circunstancias nuestras preguntas se multiplican, y en un esfuerzo por entender las razones por las cuales ni siquiera en esos estudios se logran consignar datos relativos a la relevancia de las aportaciones de las mujeres que constituyen ese registro, acabamos casi cuestionando el hecho de que realmente puedan ser consideradas como figuras representativas de las ramas científicas que nos ocupan. Ahora bien, intentando despejar éstas y otras incógnitas nos encontramos con el nombre de una de dichas naturalistas. Se trata de Mary Anning, considerada como paleontóloga y cuyos méritos nos colocan en la senda de una reconstrucción que nos hace posible percibir que, en efecto, también existen figuras femeninas representativas en los campos de la geología y la paleontología.

CONTRIBUYÓ A LAS DISCUSIONES MÁS IMPORTANTES DE SU TIEMPO
De hecho, esta inglesa del siglo XIX merece ser tomada en cuenta para quedar registrada en las páginas de la historia de la paleontología, pues se trata de una recolectora de fósiles que no solamente descubrió y recuperó los primeros esqueletos completos del ictiosaurio y del plesiosaurio –lo cual ya de suyo le valdría un sitio relevante–, sino que en el ejercicio de su labor contribuyó a demostrar que era posible estudiar la historia de los seres orgánicos a través de los vestigios hallados en los fósiles, generando con ello una de las discusiones más importantes dentro del ámbito científico de la época: la evolución y la extinción de las especies.
Su trabajo apunta sin lugar a dudas a delinear una imagen nítida y poderosa de lo que significó en ese tiempo haberse constituido como una de las personalidades que ayudarían a descifrar las cuestiones planteadas por las incipientes investigaciones que intentaban comprender la vida prehistórica y, con ello, la historia de la Tierra. Por ello es necesario que se la considere como una de las fundadoras de la paleontología, pues la clave femenina que ella introdujo en el esclarecimiento de los misterios geológicos ayudó en buena medida a abrir el camino de esta materia.
Ahora bien, lo más interesante de que podamos conocer distintos aspectos sobre su obra es justamente que la información proviene de informes realizados por investigadores e historiadores de dichas materias. Este dato no es baladí si consideramos sus repercusiones, pues es el caso que en tales estudios la presencia de Mary Anning no es meramente anecdótica, sino que es reconocida como una figura relevante en el desarrollo de esas disciplinas, lo que trae como corolario el que finalmente el trabajo de las mujeres científicas empiece a ser considerado en los espacios que le corresponden.
Así, en cuanto los divulgadores, historiadores o estudiosos de alguna ciencia introducen en sus explicaciones y comentarios la obra de una mujer, dicha consignación no puede dejar lugar a dudas: estamos ante una figura distinguida y representativa de tal ciencia, siendo éste el caso de nuestra paleontóloga.

EL NEGOCIO FAMILIAR DE VENTA DE FÓSILES
Para alcanzar el reconocimiento, Mary Anning tuvo que recorrer un largo camino que comienza en la Inglaterra de 1799. El 21 de mayo, en Lyme Regis, nace esta mujer en el seno de una familia de escasos recursos, siendo sus padres María Moree y Richard Anning, religiosos disidentes. Esa carencia de medios e irreligiosidad marcarían la vida de Mary: la marginación y el rechazo consiguientes la acompañarían siempre.
Aunque nunca pudo deshacerse por completo de semejante estigma, Mary realizaría su recorrido vital en una constante y encarnizada batalla contra las situaciones adversas, siendo esto precisamente lo que a la larga le permitió llegar hasta nosotros. Veamos, pues, cómo fue la vida de esta luchadora, quien parece haber iniciado su batalla a los escasos 15 meses de nacida. Según se cuenta, estando Mary en brazos de una vecina y en compañía de dos mujeres más, cayó un rayo en el árbol bajo el cual se encontraban.
El desafortunado accidente cobró la vida de las tres mujeres, dejando a Mary como única sobreviviente. De ser cierta, tal historia revela la fuerza vital que pareció caracterizar a Mary, a lo que se añade que solamente ella y un hermano, de una familia de 10 hijos, sobrevivieran a la infancia; de hecho, Mary lleva el nombre de una de sus hermanas fallecidas.
Otras circunstancias parecen haber coincidido para colocarla también desde el principio en la actividad que realizaría durante toda su vida y que, en una genial vuelta de tuerca, terminaría por convertirse en una apasionada vocación. La precariedad de la economía familiar obligó al padre, un ebanista y pescador, a procurarse otros recursos, mismos que encontró en la recolección y venta de fósiles, actividad que terminó convirtiéndose en un negocio familiar.
Desde muy pequeña Mary se encontró involucrada en la tarea que habría de trocarse en una indagación entusiasta, la que con los años acabaría por transformarse en una verdadera profesión; si bien es cierto que todo empezó por la necesidad mundana y vulgar de proveerse los medios para la subsistencia, ese quehacer terminó por conducirla hasta las puertas de las ciencias geológicas.

NO TUVO ACCESO A UNA EDUCACIÓN FORMAL
Sabemos que Mary no tuvo acceso a una educación, fuera de aquella que le permitió aprender a leer y a escribir pero también sabemos que fue a partir de dichos rudimentos que logró alcanzar cierto grado de conocimientos científicos, pues –convertida en autodidacta– se consagró a leer y copiar cuanto texto caía en sus manos, lo que, aunado a una larga experiencia en la búsqueda, recolección y clasificación de fósiles, le proporcionó los medios para irse haciendo de un bagaje intelectual que afortunadamente algunos científicos de la época no pudieron menos que acabar reconociéndole.
Por ende, nos parece justo afirmar que la profesión de Mary se inició desde su niñez. Como ayudante y colaboradora de su padre fue desarrollando aptitudes de investigadora y estudiosa de los especímenes que contribuía a buscar y exhumar. Fue así que en el año de 1810, cuando su padre falleció, ella y su hermano Joseph tomaron las riendas del negocio familiar, manteniéndolo a flote hasta el día en que él decidió abandonarlo en busca de un oficio más seguro y mejor remunerado. Mary quedó sola entonces, pero haciendo frente a todo tipo de adversidades no únicamente logró conservarlo durante toda su vida, sino que llegó a transformarlo en un verdadero ministerio.
La sencilla mesa donde se exhibían y vendían fósiles pronto se convirtió en una tienda bien establecida que ostentaba el nombre de Almacén de Fósiles Anning, un centro obligado de visita de coleccionistas y científicos. Para entonces Mary contaba ya con 27 años. Aunque esto no significó en modo alguno un cambio sustancial en su economía –que siempre fue precaria–, contribuyó cuando menos a poner su nombre entre aquellos que más y mejores descubrimientos proporcionaban a los estudiosos.
Pero el acontecimiento decisivo que estaba llamado a cambiar el destino de Mary ocurrió dos años después de la muerte del padre. Siendo aún una niña (contaba con 11 o 12 años apenas), halló un fósil de cinco metros de longitud, reputado en su época como un extraño monstruo marino, que hoy se sabe era un ictiosaurio. Al parecer el descubrimiento lo hizo su hermano, quien encontró el cráneo, pero fue Mary quien dedicó un año de su vida a buscar y desenterrar todo el esqueleto. Éste fue el verdadero comienzo de su carrera.

EL COMIENZO DE UNA GRAN INVESTIGACIÓN
El hallazgo despertó gran interés entre la comunidad científica de Londres, y aunque a Mary sólo le reportó una ganancia de 27 libras, provocaría acaloradas controversias y discusiones sobre su clasificación. Por ejemplo, Everard Home escribió seis artículos para la Royal Society intentando describirlo, lo que tampoco reportó mucho a Mary, pues no se la mencionaba como descubridora del fósil ni se le reconocía su cuidadoso trabajo de limpieza y preparación.
La enorme criatura fue expuesta en el Museo de Londres, donde no pudo menos que causar sorpresa y desconcierto, tratándose de un ser para el cual no se encontraba ningún contexto ni explicación científica alguna, pues para los naturalistas de la época no existían todavía la prehistoria ni las criaturas prehistóricas. De hecho, fueron éstos y otros hallazgos los que contribuirían a configurar tales paradigmas.
No se puede escatimar la aportación que en ellos tuvo la joven Mary Anning, pues fue también suyo otro descubrimiento que estaba llamado a hacer historia. En 1824 (tenía entonces 25 años) encontraría el primer fósil de plesiosaurio, y algunos años después un segundo espécimen en mejores condiciones. El primero de ellos está expuesto en la Galería de Paleontología y Anatomía Comparada del Museo Nacional de Historia Natural de París.
Según nos muestra una imagen de la Wikipedia francesa, se encuentra situado en un lugar “inaccesible tanto al público como a los investigadores”. En uno de los números de la revista Geodiversitas, que publica el mismo Museo,

...se incluye un interesante artículo con la descripción de un esqueleto de Plesiosaurus descubierto en Inglaterra en 1824 y que hasta ahora no se había descrito en detalle a pesar de estar expuesto al público desde 1898.


El dato no deja de ser sugerente, sobre todo si consideramos que, pese a la importancia de tales descubrimientos, Mary Anning vivió prácticamente al margen de su propia obra, pues, como se ha dicho antes, los hallazgos y su relevancia para las ciencias geológicas y paleontológicas no estaban a discusión, pero la comunidad científica de la época casi siempre evitaba su nombre al momento de adjudicar su procedencia.
Sin embargo, podemos afirmar que Mary tuvo algunos momentos de gloria; quizá uno de ellos se debió al célebre Georges Cuvier. Según se dice, sus descubrimientos llamaron la atención del sabio, y aunque al examinar el dibujo detallado del ejemplar dudó en un primer momento de la validez del espécimen, al comprobar que se trataba de un hallazgo verdadero legitimó el trabajo de Anning ante los ojos de la comunidad científica. No podía ser de otro modo, ya que ciertamente esos fósiles representaban algo inédito en la ciencia.

A ello se refiere Jiménez Moreno cuando afirma:
Hecho único y trascendental del estudio de estos organismos ocurrió en el año de 1828, cuando la buscadora de fósiles inglesa Mary Anning encontró el primer pterosaurio […] El hallazgo lo presentó William Buckland, quien era catedrático de la Universidad de Oxford, y al igual que Cuvier, llegó a la conclusión de que se trataba de una criatura voladora.

Pero esto no sería más que el comienzo de una gran investigación en torno a las extrañas criaturas que muchísimos años atrás habían habitado la Tierra.

SU TRABAJO TRAZÓ LOS LINEAMIENTOS DE LAS NUEVAS DISCIPLINAS

Sus descubrimientos no se reducían a esas bestias; antes y después, Mary hizo una serie de hallazgos cuya importancia marcó significativamente el avance de las investigaciones que intentaban dar una explicación de la presencia de aquéllas y detallar sus diversas especies y características. Así, a Mary se debe también el descubrimiento, en el año 1828, del Dapedium politum, fósil de un pez que fue encontrado en magníficas condiciones.
En realidad no fue ella la descubridora de dicha especie, pero sí la que proporcionó el fósil mejor conservado, lo que permitió llevar a cabo un mejor estudio de sus peculiaridades. También se deben a ella los hallazgos de tinta y de heces fosilizadas que, según se afirma, llevaron al geólogo William Buckland a concluir, en relación con el primer caso, que los belemnites del Jurásico empleaban su tinta para la defensa, al igual que muchos cefalópodos modernos; en el segundo, a reconocer que las observaciones de su amiga Mary eran acertadas: esas piedras encontradas eran efectivamente heces fosilizadas que, en su publicación, bautizó como “coprolitos”. Lo fundamental en este último caso es que, cuando Buckland presentó su estudio sobre los coprolitos a la Sociedad Geológica, mencionó el nombre de Anning y alabó su habilidad e ingenio para ayudar a resolver el misterio.
Éstas y otras revelaciones y explicaciones proporcionadas por el cuidadoso trabajo de Mary Anning trazarían en buena medida los lineamientos de las nuevas disciplinas científicas. Bill Bryson, refiriéndose a sus descubrimientos del primer plesiosaurio y de uno de los primeros y mejor conservados pterodáctilos, afirma:

Aunque ninguno de ellos fuese técnicamente un dinosaurio, eso no era demasiado importante en la época, ya que nadie sabía por entonces qué era un dinosaurio. Bastaba con hacerse cargo de que el mundo había albergado en otros tiempos criaturas asombrosamente distintas de cualquier cosa que pudiese encontrarse ahora.

De este modo, la importancia de las criaturas de Mary, su relevancia, estriba precisamente en los interrogantes que las mismas introducían en el saber científico de la época, provocando con ello el interés de los estudiosos que, al correr del tiempo, terminarían por producir un cambio de perspectiva fundamental en las concepciones relativas a la evolución y extinción de las especies. Lo que es más, aunque la propia Mary no participara en estricto sentido en semejantes controversias, su aportación a ellas no fue nimia ni marginal: con sus hallazgos Mary introducía las claves que resolverían las incógnitas, toda vez que sus fósiles constituían las pruebas fundamentales de que la vida en el planeta era mucho más antigua de lo que hasta entonces se creía, y con ello la prehistoria y los animales prehistóricos hacían acto de presencia en las ciencias naturales.
Tales descubrimientos significaban lisa y llanamente que el relato bíblico era insuficiente para explicarlos, pues en tanto que en él se decía que todas las especies fueron creadas simultáneamente, las criaturas halladas no tenían cabida ni respuesta posible en el texto sagrado. La ciencia debía hacerse cargo de despejar la incógnita, para ello se precisaba abrir nuevos derroteros. La geología y la paleontología estaban en marcha. Y en ese recorrido no es posible obviar el nombre de Mary Anning.

LA HIJA DEL EBANISTA PASÓ A LA HISTORIA
Como no podía ser de otro modo –y por más que siempre se la hubiera tenido como una intrusa en sus filas–, la comunidad científica tendría que acabar por reconocer los logros de esta pionera. En 1838 la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia le otorgó un salario anual. Años después la Sociedad Geológica de Londres le destinó asimismo un estipendio y la nombró Primer Miembro Honorario del Museo del Condado de Dorset.
Fue así que poco antes de morir se la admitió finalmente como miembro de la institución que durante tantos años había escatimado sus méritos y que ahora la reconocía por boca de su presidente como una investigadora talentosa, refiriendo lo siguiente:

A pesar de no estar situada entre las clases más acomodadas de la sociedad, contribuyó en gran manera con su talento y sus inagotables investigaciones a nuestros conocimientos sobre los grandes saurios y otras formas de vida gigantescas enterradas en la vecindad de Lyme Regis.

Fue éste un reconocimiento que los mismos miembros de la Sociedad materializaron en un vitral dedicado a ella en el que se lee la siguiente inscripción:

Esta ventana está consagrada a la memoria de Mary Anning, que pertenecía a esta parroquia, y es erigida por el vicario y algunos miembros de la Sociedad Geológica de Londres en conmemoración a su utilidad en la promoción de la ciencia de la geología, como también por su bondad de corazón y su integridad en la vida.

Aunque tal reconocimiento venía dado muy tardíamente, de seguro representaba para ella el tributo más valioso e importante, pues en buena medida encontró en esto el culmen de su carrera. Si, como hemos visto, la vida y la obra de Mary Anning son prácticamente inseparables la una de la otra, pues Mary no tuvo más vida que la que dedicó por completo a sus extrañas criaturas y su obra no es otra que ésta, en la que invirtió toda su vida, cabe decir que el homenaje coronó a la par vida y obra, lo cual, lejos del mero romanticismo, se convierte justamente en la mejor forma de recordarla.
Mary Anning murió el 9 de marzo de 1847. Y aunque físicamente abandonaba la tierra que escudriñó en tan escasos años con tanta paciencia y detalle, su huella ha quedado grabada en ella para siempre, pues, como años después recordara Charles Dickens: “La geología no era una ciencia cuando Anning comenzó, pero ella hizo que lo fuese […] La hija del ebanista se ha ganado para ella un nombre merecidamente”.
La obra que Mary legó al mundo científico de su época no se constriñó al mero hecho de sus notables hallazgos —que fueron muchísimos, en su haber se cuenta un sinfín de especímenes que la propia Mary dibujaba y describía, proporcionando con ello una invaluable herramienta para los expertos—, sino que además sus criaturas fueron cuidadosamente extraídas y preparadas para su presentación. Cabe decir con Bryson:

No se trataba simplemente de que a Anning se le diese bien encontrar fósiles –aunque no tenía rival en eso–, sino que además era capaz de extraerlos con la mayor delicadeza y sin dañarlos. Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar la sala de reptiles marinos antiguos en el Museo de Historia Natural de Londres, te ruego que lo hagas porque no hay otro modo de apreciar la escala y la belleza de lo que consiguió esta joven trabajando prácticamente sin ayuda, con los instrumentos más elementales y en condiciones casi inverosímiles. Sólo el plesiosaurio le llevó 10 años de paciente excavación. Aunque no tenía información científica, Anning fue también capaz de aportar dibujos y descripciones competentes para los estudiosos.

Lo anterior nos da una idea de que el trabajo de Mary se desarrolló siguiendo una verdadera vocación, en cuanto que su interés en todo ello la impulsaba de continuo a superarse a sí misma. Ya hemos dicho antes que no obstante su deficiente educación, no dejó de estar al tanto de los estudios que se publicaban, y aun de poner en duda algunos de ellos. Tal es el caso de una carta que en 1839 envió al Magazine of Natural History en la que cuestionaba la afirmación de que un fósil que había sido encontrado recientemente del tiburón prehistórico Hybodus representaba un nuevo género, dado que ella había descubierto muchos años antes la existencia de tiburones fósiles tanto con dientes rectos como con forma de gancho.
Esto, aunado al contacto que mantuvo con científicos y coleccionistas, dan cuenta de que la obra de Anning no únicamente viene avalada por la experiencia de toda una vida dedicada al descubrimiento y extracción de fósiles, sino también por un conocimiento que, al margen de cualquier formación académica, encuentra su sustento en el estudio y la investigación. Desde esta perspectiva no puede parecer exagerado el título que algunos le han otorgado a Mary Anning, pues al llamarla “la madre de la paleontología” no hacen sino reconocerla como el origen de una estirpe que, fuera de los formulismos del academicismo y la profesionalización, se consagra a la búsqueda del saber por sí mismo.

SIGUE CAMINANDO ENTRE NOSOTROS
Llamarla “madre”, “pionera” o “fundadora” de la paleontología son modos similares de reconocer la obra de una mujer que, por el mero hecho de serlo, no pudo verse cobijada por las instituciones formales a las cuales por derecho debía pertenecer y bajo cuya protección seguramente hubiera podido realizar mejor su labor. Pero la historia fue así y no podemos cambiarla: la vida y la obra de Mary Anning se hicieron al margen de las instituciones, pero ello no impidió que de muy diversas maneras su nombre quedase grabado en ellas, y esto es así porque si de algo podemos estar seguros es que, al final, con academia, sin ella o contra ella, lo que cuenta y vale es la obra que se deja y los aportes que ésta entraña. La obra de Mary Anning habla por sí misma y poco a poco va instalándose en el lugar que le corresponde. Hoy se la reconoce de muchas maneras, una de las cuales es precisamente anotando su nombre y comentando su obra en los libros de ciencias naturales, particularmente en los textos dedicados a la geología y la paleontología.
En 1999 se llevó a cabo un Encuentro Internacional en Lyme Regis, su lugar natal, que convocó a paleontólogos e historiadores interesados en la obra de Anning, cuyo propósito fue conmemorar los 200 años de su nacimiento. En una galería del Museo Británico de Historia Natural de Londres, donde comparte crédito con otros prestigiosos científicos, existe un retrato suyo y se muestran varios de sus hallazgos.
Éstas y muchas otras cosas contribuyeron a que nos acercáramos hoy a la vida y obra de Mary Anning, seguramente en un futuro no muy lejano tendremos más motivos para recordarla, toda vez que su presencia es ya imprescindible para reconstruir de una mejor manera la historia de la paleontología. En la medida en que más estudiosos e investigadores se den a la tarea de revisar, explicar y divulgar su obra, más cerca estaremos de entender y valorar las contribuciones de esta notable mujer. Válganos de momento esta modesta forma de recordarla, y para ello volvamos a imaginarla tal como fue en los albores del siglo XIX: la chica de los fósiles que sigue recorriendo en compañía de su perro los peligrosos acantilados de Lyme Regis en busca de extrañas criaturas, porque lo cierto es que Mary Anning sigue caminando entre nosotros.

Para el lector interesado:

  • Álvarez L., M.; Nuño A., T. y Solsona P., N. (2003). Las científicas y su historia en el aula. Madrid: Síntesis.
  • Bryson, B. (2005). Una breve historia de casi todo. México: Océano.
  • Blanco L., D. (2013). Los cazadores de especies. Madrid: Anaya.
  • García B., J. C. (2005). “Mary Anning (1799-1847)”, en Thomas R. Van Devender y otros. Nuestra Tierra. Hermosillo: UNAM.
  • Jiménez M., F. J. (2011). “Pterosaurios (los lagartos alados)”, en Alejandro Carabarin Lima y otros. Elementos, núm. 84, vol. XVIII, octubre-diciembre, pp. 31-38. Puebla: UAP. http://www.elementos.buap.mx/num84/ pdf/31.pdf

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