REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero-Abril 2016
¿CARNE QUE MATA?
MÁS QUE UN ADORNO NAVIDEÑO
ZIKA: UNA NUEVA AMENAZA
DESFILE CÓSMICO
EL MONSTRUO DE XOCHIMILCO
ARROYO MORENO: UN MANGLAR EN LA CIUDAD
LOS SOLITARIOS ARRECIFES DE VERACRUZ*
EL PAPEL QUE JUEGAN LOS PECIOS (EL CASO DEL ANA ELENA)*
CALIDAD AMBIENTAL DE LAS PLAYAS ARENOSAS* (EL ESTUDIO DEL BENTOS)

LA OCEANOGRAFÍA EN CIUDADES PORTUARIAS

LA TORTUGA CAREY EN PELIGRO DE EXTINCIÓN
ZONAS ABISALES: MISTERIOS PROFUNDOS
MARY ANNING: PIONERA DE LA PALEONTOLOGÍA
LOS EDENES (BOSQUES DE MANGLAR)
BROMA DOBLE
 
 
 
 
 
 
Contenido
 
CUENTO

BROMA DOBLE

En un principio creyó que se trataba de una broma. De una de esas bromas que acostumbra gastarnos la falta de visibilidad, debida al cansancio que hace que nuestra mente se aletargue elaborando imágenes improbables, procedentes muchas veces del subconsciente. Y él lo sabía y confiaba en ello. Es decir, confiaba en que dicha posibilidad fuera la que estuviera actuando en ese momento. Pero a medida que se acercaba su cara se fue llenando de pánico, transformándose en un gesto único de terror, y su corazón palpitaba vertiginosamente. No obstante, decidió proseguir su camino en dirección de aquel hombre, que ya también le miraba y caminaba en sentido opuesto por la misma acera. El hombre, al detenerse a su lado, le miró sin asomo alguno de sorpresa, o de estupor como al que a él ya empezaba a aflorarle por todo el rostro; se sentía incluso avergonzado de saberse inmerso en una situación hasta cierto punto

inexplicable, y más aún, desconocida. Sabía, sin embargo, y de esto creía estar completamente seguro, que no se trataba de un sueño o de un vago resquicio de locura. Adivinó en los ojos pequeños de aquel hombre una mirada confusa, algo triste e insatisfecha. No había reparado en sus ropas hasta ese momento: vestía de manera formal, pantalones negros (un tanto deshilachados en los dobladillos) y una camisa gris que se ajustaban a su cuerpo delgado haciéndole parecer más
alto y esbelto de lo que en realidad era. Llevaba unos gastados zapatos de piel de anchos tacones que acentuaban su figura encorvada, contrastando todo ello con el estilo casual que él acostumbraba portar la mayoría de las veces: pantalón de mezclilla, camisa de algodón a rayas horizontales de vistosos colores y mocasines de suela plana. No surgió en él intención alguna de cerciorarse si verdaderamente estaba ante un hecho insólito. Estaba, para ese entonces, convencido de que estaba
viviendo un hecho insólito sin que nada ni nadie pudiera hacer algo para revertir tal disposición de la memoria. Pues en ese preciso instante sabía que sólo eso le ocurriría a un hombre que estuviera a merced de lo que en algún momento dado pudiera ocurrirle: el recuerdo innato de que, precisamente, algún día eso tendría que sucederle. Y el día había llegado. El momento justo antes o después de que las cosas cambiaran de nombre y de lugar, de textura y de tamaño, de combinación,

perfección o ruina. Entonces supo que debía empezar por tomar el suficiente aire y acceder a lo que tanto había esperado y temido. Miró a aquel hombre, que continuaba con la misma expresión anodina, y le espetó como si con estas palabras pudiera en un último intento repelerlo del fatídico espacio en que ambos se encontraban:
— Muy bien, ¿qué es lo que quieres o buscas de mí? –le dijo con un amargo sabor en la boca.
El otro se mantenía rígido, mirándole fijamente a los ojos con mirada vacía e inescrutable. Uno de sus hombros parecía querer aletear con ligeros movimientos espasmódicos. Al fin comprendió lo que seguramente habría de ser su trabajo: interrogar a aquel hombre inanimado hasta que alguno de los dos terminara por convencerse de que uno de ellos fuese una magra reproducción de sí mismo. Sin embargo, se limitó a responder:
—Eso es justamente lo que yo debería preguntarte a ti. Pero ya que has tomado la delantera, sólo te diré que eres, quiero decir, somos, una rara explicación de fenómenos que con toda probabilidad guardan relación con la genética avanzada; un desarrollo científico elaborado desde hace mucho tiempo para así, supongo, persuadirnos de que no somos más que simple materia.
—No entiendo absolutamente nada – dijo con un hilillo de voz que le salía del fondo de la garganta, como si fuera un sollozo sin serlo todavía–. ¿Podrías ser más claro?
—Por lo visto es la primera vez que te pasa, ¿no es cierto? –sonrió el hombre con desgano–. Yo ya me he topado con dos tipos exactamente iguales a ti. Uno en París y otro en Xochimilco.
—¿París y Xochimilco? Yo nunca he estado en París… Y en Xochimilco, fue hace muchos años, mi padre nos llevó a mi hermano y a mí en vacaciones…
—Qué más da si fue en París o en Xochimilco –le interrumpió–, seguramente habrá otros idénticos a ti en Río de Janeiro, en las Islas Canarias, en Filipinas, en Nueva York o incluso en alguna región remota de África –dijo, soltando una carcajada al ver su cara descompuesta.
—¿Quieres decir que has visto a otros iguales a ti y a mí en distintas partes del mundo?
—Así es –una risa desganada salió de nuevo de su boca–. Por lo menos en París y en Xochimilco.
—¿Y qué hiciste? ¿No te dio miedo?
—Tanto como miedo no. Me dio coraje. Y quizá un poco de vergüenza. Como te habrás dado cuenta, causa algo así como bochorno verte en la calle, o en cualquier otro lugar, y saber que eres idéntico a esa persona, aunque nunca la hayas visto de esa manera, en carne y hueso… Es patético todo esto, tener un gemelo sin haberlo conocido antes, por lo menos desde que éramos niños y que no nos importara que hubiera otro igual a uno… Incluso creo que nos daría gusto. Pero a estas alturas de la vida da algo así como coraje, y también desesperación. Ahora se sentía un poco más tranquilo. Saber que en aquel hombre con el que hablaba había un sentimiento mutuo de rechazo ante lo que se presentaba inexorablemente. Por otro lado, creía comprobar que, aunque existiera otro ser igual físicamente, había otros elementos que los hacía afines en su naturaleza interna como resultado de una imbricada combinación de caracteres emocionales derivados de una aleatoria condición biológica, aunque en modo alguno similar.
Entonces lo examinó con más cuidado. Se detuvo en el cabello, pensó que aquél poseía un tipo de cabello más opaco que el suyo, además ligeramente más largo, pero en esencia era el mismo corte y la misma forma de la cabeza, abultado el cráneo por debajo de la coronilla. El color de la cara era un poco más oscuro que el de su propia cara, pero en general la palidez de la piel era de su misma tonalidad. Y por más que trataba de ver a otro hombre, y esto era lo que le provocaba más desconcierto, se miraba a sí mismo ante un espejo sin fondo ni cristal pero que al fin y al cabo reproducía exactamente la misma imagen reflejada en él.
—Y… ¿de dónde eres tú? –se decidió con cautela–. Quiero decir, ¿dónde naciste?, ¿quiénes son tus padres?…
¿Cuál es tu nombre?
El otro guardó silencio. No parecía querer responder a esa clase de cuestionamientos. Miraba al otro extremo de la calle, y fue hasta ese momento que se percató de que aquel hombre sujetaba una serie de papeles sueltos en una de sus flacuchas y huesudas manos. —¿Qué es eso? –preguntó con notoria curiosidad, señalando con la cabeza el grueso de papeles.
—¿Qué es qué? –dijo al fin el otro, cortante.
—Esos papeles que llevas ahí. ¿Qué son?
—Ah… te refieres a estos papeles que llevo aquí… –dijo en tono irónico, sacudiéndolos con la mano.
—Exactamente. ¿Para qué son?
—Soy escritor, ¿no lo sabías?
—No… por supuesto que no. ¿Y qué es lo que escribes?
—Cosas. —¿Qué tipo de cosas?
—Mmm, cosas sin importancia.
—¿Como qué clase de cosas? –insistió.
—¿No crees que son demasiadas preguntas?
—Tengo derecho a saberlo –y lo dijo verdaderamente convencido de que tenía derecho a saberlo.
—Eres un tipo chiflado, como todos los que son idénticos a ti…
—Y a ti.
—Sí, claro, y a mí –concedió el otro.
—Oh, vamos –dijo, dándole una palmadita en el hombro, completamente aliviado de la primera impresión–. ¿Es que desconfías de mí?
—No te conozco. Y no acostumbro hablar con extraños…
—¿No te parece que sólo eres un chico tímido?
—¿Tímido yo? Oh, sí, desde luego. Soy el tipo más tímido del planeta.
—Vamos, vamos –le dijo casi jocosamente–. No hay por qué sentirse así conmigo. Qué tal si te invito una cerveza y allí me cuentas algo de tu vida.
—Te lo agradezco en verdad. Pero ahora me tengo que ir, tal vez en otra ocasión.
—Qué es lo que pasa contigo. ¿Así son los demás, quiero decir, los otros iguales a nosotros?
—No lo sé –dejó sacar un suspiro–. Nunca platiqué con ellos. Sólo los vi de lejos. No me interesa saber qué es lo que hacen ni cómo vinieron al mundo. Tampoco me interesa saber nada de ti.
—¿En absoluto?
—En absoluto.
Se quedó pensativo, mirando la polvosa y agrietada banqueta, apoyando su codo en uno de sus brazos recargado entre el pecho y el estómago, extendida la mano del otro brazo sobre la barbilla. Luego alzó la mirada y vio a aquel hombre con la misma mirada confusa, algo triste e insatisfecha que en un principio –en todo, pensó muy a pesar suyo, idéntica a la suya–, sumido en su propio mundo y en sus propias preocupaciones. Y entonces cayó en la cuenta, o creyó caer en la cuenta, de que aquel hombre había mentido.
—¿Por qué, entonces, me dijiste –replicó en tono desafiante– que yo soy un tipo chiflado como ésos que, según tú, son idénticos a mí, si nunca hablaste con ellos?
—Por nada. No me hagas caso. Y con tu permiso, tengo que retirarme…
—¿Por qué eres tan evasivo? –le cerró el paso de tajo–. ¿No te parece una buena oportunidad para los dos, y sobre todo para ti, que dices haber visto a otros como nosotros en otras partes, para tratar de saber qué es lo que está ocurriendo?
—Ya te dije que no me interesa. Y si a ti te preocupa tanto, puedes ir a Xochimilco, que te queda más cerca, y verificar con tus propios ojos lo que te digo.
—No, señor, el que me va a explicar todo eres tú –hizo un brusco y repentino movimiento de cuerpo, arrancándole las hojas de la mano. El otro se quedó con el puño en el aire, con la respiración agitada y el rostro encendido, dispuesto a golpearle, cuando al lado de ambos una pareja de ancianos intentó evitarlos atropelladamente.
—¡Devuélveme mis hojas! –exclamó frenético.
—Te las devolveré –dijo, retrocediendo unos pasos ante la inminente embestida de su nuevo rival–. Pero antes tendrás que decirme quién diablos eres tú y de dónde demonios saliste.
—Quieres probar fuerzas, ¿eh? –amenazó el otro, preparando los puños.
Entonces notó por primera y única vez cómo el timbre de su voz (el de aquel hombre) era distinto al suyo, no sólo en el tono pendenciero que ahora adoptaba, sino, y esto era lo que le causaba más extrañeza, en la manera de articular las palabras unas tras otra a modo de una recitación ensayada y evidentemente mecanizada.
—¿Es lo que quieres, verdad? –siguió el otro–, como todos los demás estúpidos como tú. ¿Creen que van a lograr volverme loco, no es eso?
Y a punto estaba de írsele encima cuando le dijo: —¿Loco? ¡Cálmate, por Dios! Quizá yo pueda ayudarte. Soy psiquiatra. Y nada me gustaría más que tratar de comprender qué es lo que está pasando… conmigo. ¿Me entiendes? Necesito poner en orden mi cabeza. Pero también necesitamos de tu cooperación.
—¿Necesitamos? –gruñó el hombre, lanzándole una mirada fulminante.
—Sí, tú y yo, ambos. ¿No te das cuenta? Somos algo así como un desdoblamiento tangible de nosotros mismos… Yo siempre quise ser escritor. Y seguramente tú en lo que escribes retomas aspectos propios de los desórdenes y patologías de la mente… ¿O me equivoco?
El otro, al fin más sereno, le dirigió una mirada fría, indiferente, vacía.
—¿Y también has querido ser una especie de vedette de un espectáculo nocturno de dudosa reputación en París, eso sí, de ojos azules, o un impertinente vendedor de amuletos y baratijas afuera de Xochimilco? –rió con desgano.
—¿Quieres decir que…?
—Si eso es lo que piensas, entonces dejémoslo así. Dame mis hojas –y al momento, sin saber cabalmente por qué lo hacía, le tendió el manojo de papeles, arrugados por un extremo.
El hombre ya caminaba en dirección opuesta, con sus papeles bajo el brazo, cuando oyó a sus espaldas:
—¿Estás seguro de que eran ellos? Es decir, ¿de que éramos realmente nosotros, los mismos?
No volteó. Pero alcanzó a escuchar de su boca, como si fuera la suya misma:
—Uno hablaba francés. El otro al parecer zapoteco.