REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
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Hortence Lepaute: la astrónoma calculadora
El cometa revolucionario
 
 
 
 
Contenido
 

Distintas y distantes: mujeres en la ciencia

Hortense LEPAUTE: la astrónoma calculadora

María Angélica Salmerón

De entre las numerosas mujeres que en el siglo XVIII contribuyeron a pavimentar el largo sendero de las disciplinas científicas, cabe recordar el nombre de Nicole-Reine Étable de la Brière, también conocida como Hortense Lepaute. Y hay que hacerlo porque recordar su nombre será a la vez reconocer que su trabajo científico fue tan importante y valioso como el de sus colegas varones. Así pues, no queda sino volver sobre los pliegues en que la historia de la ciencia ha velado el nombre de sus figuras femeninas. El doblez que en esta ocasión mantiene en el anonimato la obra de madame Lepaute pertenece a los ámbitos de la astronomía y la matemática, y su despliegue consiste en poner de manifiesto su legado, pues –como casi siempre sucede en estos casos– la obra y las aportaciones de esta científica han permanecido ocultos tras la sombra de los nombres masculinos de sus parientes y amigos, quienes por muy diversas razones terminaron por beneficiarse de su trabajo. Por ende, extender ahora el pliegue de la historia de la astronomía a través de su clave femenina nos hará posible poner de manifiesto que la obra de esta sabia mujer forma parte del resplandor intelectual y científico que caracteriza al llamado “Siglo de las Luces”, resplandor que paradójicamente fue vislumbrado en su propia época pero que la historia ha preferido no consignar. Hacer hoy sonar de nueva cuenta la hora de madame Lepaute no implica sino poner en sintonía nuestros relojes con los que la propia Hortense ayudó a construir, los que por cierto ya habían hecho sonar la hora de esta mujer, pues por sus contribuciones iniciales al campo de la relojería, y después por sus trabajos astronómicos, sería conocida cono “la astrónoma calculadora” debido a la exactitud de sus cálculos.


Nicole-Reine Lepaute se presenta ante nosotros como una matemática de altos vuelos pero de la que actualmente poco sabemos, y esto porque, como bien ha hecho notar Pilar Bayer:

Desde que la matemática empezó a profesionalizarse, alrededor del siglo XVIII, se puso en tela de juicio la capacidad de las mujeres para dedicarse a ella. Se estimó conveniente educar a las mujeres, pero no instruirlas en materias consideradas “poco femeninas”. Puesto que su formación y dedicación fue tan distinta a la de los hombres, su producción matemática no gozó de igual resonancia, y las mujeres han quedado excluidas de la mayoría de los textos de historia de la matemática escritos por hombres.

Pero afortunadamente hoy, cuando muchas mujeres han decidido reescribir la historia, estamos en condiciones de incluir en ella los nombres de las desterradas u olvidadas. Por ello, para dar cuenta de la obra de Hortense Lepaute habrá que contar una historia, pues no basta con señalar sus logros más significativos; antes bien, es preciso hablar de las circunstancias que los envuelven e intentar mirar a través del horizonte epocal una vida concreta. De este modo, desplazarnos por el espacio y el tiempo hasta la Francia de la segunda mitad del siglo XVIII nos habrá de permitir introducirnos en el mundo de nuestra astrónoma.
Empecemos por decir que la vida de Nicole-Reine no parece muy diferente de la del resto de sus contemporáneas científicas que, nacidas dentro del seno de familias importantes, son educadas de tal modo que a la larga pueden darse el lujo de incursionar en tareas que rebasan los límites del hogar, logrando así colocarse en el quicio mismo de la vida académica. Pese a la ventaja que ello representa, lo cierto es que atravesar dichos umbrales es prácticamente imposible las más de las veces. Ciertamente, la imagen que de la mujer se tiene en la sociedad de la segunda mitad de ese siglo luminoso no es más moderna que la de los siglos precedentes, por más que el sello característico de la época sea precisamente el de la modernidad. Y es que la denominada “época moderna” sigue siendo, en el orden teórico-práctico, un mundo varonil en el que todos y cada uno de los asuntos relevantes que marcan su devenir quedan definidos por los hombres. Las mujeres poco o nada parecen contribuir a ello ya que su papel social se restringe a los límites del hogar.
A veces sucede que algunas privilegiadas logran escapar a tan funesto destino por motivos muy variados, los cuales dependen de las circunstancias particulares que rodean sus vidas. En el caso de Hortense, tales circunstancias parecen haberle sido favorables desde el principio.
Su hora sonó prácticamente desde el momento de su nacimiento, ocurrido el 5 de enero de 1723 en el palacio de Luxemburgo; este hecho se explica únicamente porque su padre, Jean Étable, era un cortesano al servicio de Elizabeth de Orleans. Quizás ese ambiente y una buena educación ayudaron desde entonces a perfilar los intereses intelectuales de Hortense.
Aunque no contamos con muchos datos respecto de sus estudios, las recientes investigaciones nos la presentan como una joven inteligente, estudiosa y sagaz que, poseedora de una sólida formación, habrá de encontrar su vocación científica desde el momento de su matrimonio. A este respecto, Lucia Tossi nos dice lo siguiente:

Desde pequeña manifestó gusto por el estudio, y recibió una educación esmerada […] Colaboró con su marido a partir de esa época, y se interesó por la Matemática y la Astronomía, estudiando y perfeccionando sus conocimientos en esas materias.

Podemos pues, siguiendo ese orden de ideas, señalar que fue desde su casamiento con Jean- André Lepaute que la mente calculadora de Nicole-Reine se puso en marcha y comenzó a rendir sus frutos. Este casamiento puede considerarse como el acontecimiento fundamental de su vida, pues Lepaute –quien ocupará el cargo de relojero real de Francia– habrá de hacer sonar en definitiva la hora de su esposa. En efecto, el matrimonio no sólo habrá de compartir una vida hogareña y tranquila, sino también intereses afines en el ámbito de la ciencia ya que la joven ama de casa será asimismo la colaboradora más importante del relojero. La hora suena entonces literalmente en el reloj intelectual y vital de la futura astrónoma, por lo que el camino de Hortense hacia la ciencia –por paradójico que parezca– comienza justo con su vida de casada, y no podía ser de otro modo si es cierto que, por un lado, su cálculo era emotivo, por el otro, intelectual. Todo parece indicar que así es, puesto que, por lo que sabemos, la pareja se mantuvo siempre unida y en estrecha colaboración.
Nicole y Jean se casaron el 27 de agosto de 1748, nunca tuvieron hijos1 y permanecieron juntos hasta la muerte de Nicole, ocurrida el 6 de diciembre de 1788. Así fue como durante cuarenta años la vida de madame Lepaute

1 Tal vez por esta razón decidieron adoptar al joven Joseph Lepaute Dagelet, sobrino del relojero. Se dice que madame Lepaute le introdujo en el mundo de la ciencia ya que fue ella quien le enseñó astronomía y matemáticas. El joven aprendiz parece haber aprovechado bien las lecciones de su madre adoptiva: se sabe que llegó a ser maestro de matemáticas en la Escuela Militar y astrónomo asistente en la Academia de Ciencias.

–oscilando cual péndulo entre los deberes que le imponía la vida doméstica y los que asumiría primeramente como colaboradora de su esposo, y después como astrónoma– cumplió a la perfección con ambos, como el mismo Lalande nos hace saber: “Sus cálculos no le impidieron nunca cumplir sus deberes domésticos; los libros de mayor estaban al lado de las tablas astronómicas”.
Madame Lepaute inició su trabajo científico en los márgenes de su hogar y bajo la dirección y protección de su esposo. Ya decíamos antes que esto era lo más común en dicha época. En la medida en que las mujeres estaban excluidas de las universidades y las academias científicas, con lo que se les negaba así una formación profesional, su único recurso –cuando tenían inquietudes intelectuales– era recurrir a una formación privada que generalmente provenía del seno familiar, en el que padres, esposos, hermanos, tíos o amigos cercanos ayudaban a cultivar sus inquietas mentes. El caso de Nicole-Reine no es pues ni exclusivo ni sorprendente en ese sentido: casada con Jean –quien provenía de una afamada familia de relojeros–, y teniendo en cuenta las inquietudes científicas de la joven, lo más natural es que empezara a desarrollarse intelectualmente a su lado. Lo que sí puede parecer asombroso es que sea precisamente a partir de sus primeras colaboraciones en el trabajo de su esposo que la joven madame Lepaute se gane la reputación de ser –como apunta Alic– “una de las mejores ‘computadoras astronómicas’ de la época”, reputación que desgraciadamente la historia arrumbó en el desván de los trebejos y que hoy necesitamos de nueva cuenta recuperar.
¿Qué fue lo que hizo madame Lepaute para ser llamada la mejor “computadora astronómica” de su tiempo? Parece ser que el mote se le adjudicó desde que apareció el Tratado de relojería, publicado en 1755 bajo el nombre de su su esposo. En esta obra, Nicole-Reine apoyó a Jean elaborando una tabla sobre el número de oscilaciones por unidad de tiempo de péndulos de diversa longitud. Margaret Alic ve en esta colaboración la primera investigación importante de la incipiente científica. De cualquier manera, su aportación nace bajo la sombra de su marido y en el más estricto anonimato en términos profesionales, lo que a la larga no pareció importar mucho porque al fin y al cabo –y pese al hecho de que su nombre no aparecía en la publicación– terminó por reputarla como “la computadora astronómica”, lo cual, como no podía ser de otra manera, la colocó en el ámbito de la ciencia de la época. Pero la mente calculadora de la joven relojera no ha hecho hasta aquí más que darnos una pequeña muestra de sus capacidades.
Será a partir de su trabajo de predecir el retorno del cometa Halley en 1759 cuando madame Lepaute alcance su máximo potencial calculador, pues tal labor requería una inmensa cantidad de cómputos, sobre todo porque se trataba de determinar el efecto gravitacional de Júpiter y Saturno en la órbita del cometa; es decir, se intentaba establecer el modo en que la gravedad de esos planetas afecta la trayectoria de un cometa. Aunque si bien es cierto que este no fue un logro individual sino el producto de un trabajo en equipo, la labor y los cálculos realizados por Nicole-Reine fueron una pieza clave para determinar el arribo de ese cometa. No obstante, tampoco recibe en esta ocasión el crédito que merece por su participación en dicho proyecto. La historia de este episodio nos conduce de nueva cuenta a reconocer la facilidad con que a lo largo de la historia los científicos se han adjudicado los trabajos de las mujeres que colaboran con ellos. Ya hablamos de que la colaboración con su marido en el trabajo sobre relojes no le fue reconocido en su justa medida, pero esto no se compara en modo alguno con el caso de su colaboración científica en las predicciones del regreso del cometa Halley, pues en este último los motivos fueron más mezquinos y sórdidos. En efecto, y aun siendo que en ambos casos la omisión de su nombre no deja de ser injusta, lo que ocurrió con Alexis-Claude Clairaut es además indignante.
Los hechos parecen haber ocurrido del modo siguiente: Los Lepaute habían conocido a Joseph Jerome Lalande (1723-1788), a la sazón un joven y prometedor astrónomo, quien se había puesto en contacto con la pareja para que trabajara con él en la construcción de dos péndulos astronómicos, trabajo este que concluye con la publicación del ya mencionado Tratado de relojería.2 Este es pues el antecedente que paulatinamente irá con-

1 Tal vez por esta razón decidieron adoptar al joven Joseph Lepaute Dagelet, sobrino del relojero. Se dice que madame Lepaute le introdujo en el mundo de la ciencia ya que fue ella quien le enseñó astronomía y matemáticas. El joven aprendiz parece haber aprovechado bien las lecciones de su madre adoptiva: se sabe que llegó a ser maestro de matemáticas en la Escuela Militar y astrónomo asistente en la Academia de Ciencias.

solidando la amistad y la colaboración científica entre Lalande y la señora Lepaute, que en 1757 los habrá de poner en contacto con el también matemático y astrónomo Alexis-Claude Clairaut (1713-1765) para trabajar conjuntamente en una investigación sobre la reaparición del cometa Halley. El cómo se reunió este trío astronómico muestra algunas incongruencias. Por un lado, Alic afirma que Lalande fue quien solicitó la ayuda de Clairaut, y éste a su vez la de madame Lepaute:

En 1757 los astrónomos esperaban el regreso del cometa Halley (que había aparecido anteriormente en 1531, 1607 y 1682) y Jeróme Lalande, director del Observatorio de París, solicitó la ayuda del matemático Alexis Clairaut para predecir el retorno del cometa resolviendo su órbita. Clairaut, que había colaborado anteriormente con Emile du Chatelet, solicitó la ayuda de Mme. Lepaute.

Por otra parte, la mayoría de las estudiosas del tema asumen que Clairaut contactó a Lalande, y éste a Lepaute. Laura Tossi, por ejemplo, no duda en señalar que dicha tarea fue solicitada a Lalande por Clairaut, pero sin mencionar quién de los dos solicitó la colaboración de Nicole-Reine.3 En fin, cualquiera que haya sido el caso, el hecho es que ambos científicos vieron en la señora Lepaute su mejor opción para lograr la proyectada tarea; lo que sí sabemos de cierto es que trabajaron juntos

3 En tales circunstancias –y dado que en otros estudios la mayoría da por hecho que Lalande contactó a Lepaute, o bien se calla todo al respecto–, nos conformamos de momento con consignar el dato, aunque ciertamente consideramos que no sería baladí poder determinar con exactitud el modo en que llegó a consolidarse el grupo de trabajo Lepaute-Lalande-Clariaut.

en este proyecto, aunque al final el mérito sería adjudicado a Clairaut.
Ahora bien, la cosa no revestiría mayor importancia si no fuera por las condiciones en que tal apropiación se llevó a cabo. Por un lado, parece que fue el trabajo de Hortense el que definió el triunfo del proyecto, pues determinar la aparición del famoso cometa implicaba llevar a cabo cálculos extremadamente complicados que, al decir del propio Lalande, fueron hechos por él y Lepaute:

Durante seis meses calculamos desde la mañana hasta la noche, a veces incluso en las comidas […] La ayuda de Mme. Lepaute fue tan importante que sin ella nunca hubiera podido emprender la inmensa labor, en la que era necesario calcular la distancia que había entre cada uno de los dos planetas, Júpiter y Saturno, y el cometa, separadamente para cada grado sucesivo, durante 150 años.

El testimonio de Lalande no puede ser más claro al respecto: sin la ayuda de Lepaute no se habría logrado emprender y consolidar tan formidable trabajo. Como lo ha puesto de manifiesto Alic: “El problema era enorme. Realmente, en nuestra era de computadoras electrónicas parece increíble que un proyecto como ése haya podido realizarse sólo con trabajo mental”. Pues bien, el sobrenombre de “calculadora astronómica” de que gozaba la femenina figura de Lepaute no era un mero adorno y sus conocimientos matemáticos merecían cuando menos la distinción de ser reconocida como colaboradora del equipo que se había ocupado de determinar el rango de las fechas del regreso de ese astro, lo que ocurrió en 1759. Por desgracia, eso no ocurrió, pues paradójicamente Clairaut –según nos dicen Levi-Montalcini y Tripodi–, “quien en un primer momento había atribuido a la Lepaute el mérito de estos estudios, fue poniendo en duda la autoría de sus logros, hasta que acabó apropiándose de ellos”.
Y aquí es donde salta a la palestra la gran disputa. Aunque los motivos no están del todo claros, y que los que se aducen puedan parecer pueriles y absurdos, vale cuando menos tratar de señalarlos. Sabemos por Lalande que aunque Clairaut había mencionado a madame Lepaute en su libro sobre el cometa, después suprimió su nombre para satisfacer el deseo de una dama envidiosa:

A fin de dar satisfacción a una mujer celosa del mérito de la señora Lepaute, una mujer que tenía pretensiones pero que carecía totalmente de conocimientos [...] consiguió así que cometiera esta injusticia un científico prudente pero débil a quien ella había subyugado.

Alguien ha dicho que esa celosa dama era mademoiselle Goulier, la novia de Clairaut, pero lo cierto es que no se tiene mucha información al respecto. En todo caso, y basándonos únicamente en el testimonio de Lalande, es posible afirmar que si tal fue el motivo por el cual el nombre de Hortense Lepaute pasó a engrosar las filas de las ilustres desconocidas de la ciencia, la injusticia cometida por Clairaut alcanza aquí rasgos de una vileza tal que no cabe más que la indignación. Porque indignación fue lo que propició que Lalande denunciara el hecho en su Biografía astronómica, donde también encontramos en cierto modo un tributo a Nicole-Reine, toda vez que el autor reconoce su valor humano, su capacidad y su labor científica:

La señora Lepaute fue la única mujer en Francia que consiguió una visión auténtica de la astronomía […] Fue tan querida para mí que el día en que seguí su procesión funeral fue el más triste vivido desde que supe la muerte de mi padre […] La época que pasé cerca de ella y en el corazón de su familia es la que más atesoro, y su recuerdo mezclado con amargura y pena da alivio a los últimos años de mi vida […] Su retrato, que tengo todavía delante de mis ojos, es mi consuelo.

Y para nosotros, hoy día, habrá también de ser un bálsamo el que al menos uno de los miembros del equipo no tan sólo no tuviera empacho alguno en reconocer los méritos de su compañera de trabajo, sino que además optara por distanciarse del hombre que la había agredido y minimizado de ese modo, pues es sabido que a raíz de estos acontecimientos Lalande jamás volvió a tener tratos con Clairaut.
Pero antes de que todo esto ocurriera, el equipo informó, una vez completada su tarea, el resultado de sus investigaciones a la Academia de Ciencias el 14 de noviembre de 1758, acontecimiento al que Alic se refiere del modo siguiente:

Era la primera vez que los científicos predecían el regreso al perihelio (el punto de la órbita más cercano al sol) de un cometa perturbado. Y estuvieron justo a tiempo. El cometa de Halley fue visto por primera vez el 25 de diciembre y llegó al perihelio el 13 de marzo –dentro de las fechas que había marcado el equipo de astrónomos.

Y aunque el acierto fue relativo porque el equipo había fijado la fecha para el 13 de abril y el cometa llegó exactamente un mes más tarde, todos parecen estar de acuerdo en que la triada Lepaute-Clairaut-Lalande logró predecir la llegada del cometa Halley con una precisión digna de todo reconocimiento, pues en todo caso el trabajo realizado no hizo sino mostrar de nueva cuenta el triunfo de la ciencia newtoniana, triunfo que lleva también el nombre de una mujer, lo que hoy es preciso reconocer.
Pero este es sólo uno, aunque quizá el de mayor envergadura y resonancia, de los muchos trabajos que “la astrónoma calculadora” hizo a lo largo de su vida. En 1759, nuevamente al lado de Lalande, la encontramos trabajando en un cálculo de efemérides del tránsito de Venus en 1761, de la cual publicó una memoria astronómica. Un año después la astrónoma centra su investigación en los cálculos para determinar el tiempo y la duración del eclipse solar de 1764, logrando establecer su hora exacta, proporcionando un mapa de su extensión a lo largo de Europa y mostrando su desarrollo en intervalos de 15 minutos, investigación que publica bajo su propio nombre: Explication de la carte qui représente le passage de l’ombre de la lune au travers de Europe dans l’eclipse du soleil centrale et annulaire. También trabajó en el cálculo de efemérides que servían para calcular la posición de los planetas, el Sol y la Luna todos los días del año, efemérides de las que se encargó desde 1774 hasta 1772 y sobre las que publicó el séptimo y octavo tomos. También, a petición de la Academia de las Ciencias de París, desde 1759 hasta 1774 ella y Lalande se hicieron cargo de la Connaissance des Temps (La constancia de los tiempos), publicación anual de la citada institución en la que tenían como tarea redactar los calendarios para astrónomos y navegantes.

Afirma Laura Tossi:


De su autoría sólo se conserva una disertación sobre el eclipse anular del sol de 1764. El resto de su trabajo figura en la obra de los autores masculinos con los cuales trabajó, y que no mencionaron su nombre...

pero el caso es que finalmente la hora de Hortense Lepaute acabó por sonar. La comunidad científica de su época reconoció plenamente sus méritos; por sus contribuciones científicas la Academia Béziers la aceptó como miembro en 1761, y además Philibert Commerson, un médico naturalista francés, inmortalizó su nombre en una flor (un exótico arbusto de origen japonés) al que en honor de la astrónoma llamó “hortensia”, curiosa anécdota esta última que hoy nos permite gozar el perfume de esta sabia y culta mujer. Por si fuera poco, también en su honor el asteroide 7720 y un cráter de la Luna se bautizaron con su apellido.
Así, el nombre de Hortensia Lepaute sigue aún resonando en nuestra época como el eco de una labor colosal. Nacida en tierra francesa y enraizada en la ciencia de la segunda mitad del siglo XVIII, la astrónoma acabó por elevarse hasta los cielos a través de infinitas ecuaciones matemáticas, donde seguramente seguirá calculando por siempre las muchas veces que sonarán sus horas en los relojes de todo tiempo y espacio.

Para el lector interesado:

  • Alic, M. (1991) El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI.
  • Bayer I., P. (2004). “Mujeres y matemáticas”. La gaceta de la RSME. Vol. 7, núm. 1, pp. 55-71.
  • Castro, E. (2009). “Mujeres científicas que se dedicaron a la astronomía”. Arte, Humanidades y Educación. Atrio, Granada, pp. 63-87.
  • Levi-Montalcini, R. y Tripodi, G. (2011). Las mujeres que cambiaron la sociedad y la ciencia desde la Antigüedad hasta nuestros días. Barcelona: Crítica.
  • Tossi, L. (2002). “Por la puerta del fondo.” Perspectivas, núm. 25 (abriljulio), pp. 18-23.