REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Mayo•Agosto de 2014
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El aguacate: su relación con los mexicas

María Elena Galindo Tovar, Ivonne Landero Torres,
Jorge Alberto Alejandre Rosas, Hilda Lee Espinosa
y Joaquín Murguía González

El aguacate es un árbol que a través del tiempo se ha adaptado a diferentes condiciones ambientales, lo que ha originado diversos tipos de esta especie. Ejemplo de ello son sus tres principales variedades.

En primer término, la mexicana, que es resistente al frío y cuyo fruto tiene un alto contenido de aceite; su cáscara es negra y delgada y sus hojas tienen un característico olor a anís; éstas se utilizan para cocinar diferentes platillos, entre los que se encuentran los frijoles y los tamales.

En segundo lugar está la variedad guatemalteca que es menos resistente al frío que la mexicana y cuyos frutos tienen menor contenido de aceite, pero sí muy buen sabor; su cáscara es rugosa y bastante gruesa.

La tercera en la lista es la variedad antillana que se adapta al clima tropical y tiene gran resistencia a la salinidad; su fruto es bajo en contenido de aceite y su cáscara es lisa y de grosor medio.

Estas tres variedades de aguacate son el resultado de miles de años de evolución natural y de domesticación por diferentes culturas, lo que dio origen a distintas características morfológicas y fisiológicas que desde la época prehispánica es posible distinguir.

Existen evidencias arqueológicas de la presencia del aguacate en Mesoamérica desde tiempos prehistóricos. Los fósiles de ese fruto sugieren que su presencia en la sierra de Nuevo León se remonta a épocas muy antiguas; en el centro de México desde 16 000 y 8000 a. C., y en la península de Yucatán desde 3400 a. C. Los fósiles de sus semillas, encontrados en una cueva de Coaxcatlán, Puebla, indican que el aguacate era consumido por los pobladores del valle de Tehuacán entre 8000 y 10 000 a. C., y en los valles de Oaxaca desde 1200 a. C.


Tales datos indican que el aguacate fue uno de los alimentos básicos así como una fuente nutritiva para los seres humanos desde su arribo a Mesoamérica, cuando todavía eran cazadores-recolectores. Es fácil imaginar cómo los primeros grupos humanos que llegaron a la región empezaron a recolectar frutos que, como el aguacate, eran abundantes y requerían muy poco procesamiento para ser consumidos.

Posteriormente, el hombre empezó a formar aldeas cerca de los bosques y las selvas, donde podía continuar recolectando diversos alimentos, –entre ellos los frutos de aguacate–y de esa manera empezó a seleccionar y proteger los árboles que tenían los mejores frutos.

Estudios arqueológicos sobre los primeros grupos que se establecieron en el área de Mesoamérica señalan que los habitantes del valle de Tehuacán ya se dedicaban de tiempo completo a la agricultura, entre 2300 y 1500 a. C., y que los árboles de aguacate se encontraban entre las plantas que cultivaban.


Es también fácil imaginar que los habitantes de las primeras aldeas agrícolas, que evolucionaron hasta formar las grandes civilizaciones mesoamericanas, empezaron a sembrar aquellas plantas que eran muy valoradas por su utilidad. Los grupos humanos ya habían aprendido que al dejar caer una semilla en el suelo nacía una nueva planta, por lo que el cultivo del aguacate debió ser una tarea fácil.

Los primeros grupos de pobladores comenzaron así el proceso de domesticación del aguacate y heredaron sus conocimientos a las culturas que se desarrollaron en el área. De acuerdo con datos históricos, las culturas mokaya y olmeca deben haber sido las que primero domesticaron plantas. Es sabido que los integrantes de la cultura olmeca realizaban pesados trabajos físicos, por lo que es muy posible que cultivaran e incluyeran entre sus alimentos un fruto de buen sabor y rico en energía, transmitiendo esos conocimientos a otras culturas, como la mexica.

Son varias las referencias que se conocen sobre la relación del aguacate con los mexicas, la más antigua de ellas se encuentra en el Códice Mendoza, manuscrito pintado por el tlacuilo azteca en la época del virrey don Antonio de Mendoza (1535-1550). En este manuscrito se describen la vida y las costumbres de los pueblos que habitaron el área de influencia de los mexicas y se menciona al poblado de Ahuacatlán, situado en el actual estado de Jalisco, como un lugar donde abundaba el aguacate. En este documento, tal poblado se identifica con un árbol con dentadura en el tallo (ahuacacahuitl) y un poblado o lugar (tlan), mencionándose que el aguacate se encontraba entre los bienes con los que se pagaba el tributo a los mexicas. El hecho de que el aguacate fuera utilizado como pago de tributo indica el valor que las antiguas culturas daban a este fruto.

Para la cultura mexica, que estableció su dominio sobre numerosos pueblos mesoamericanos, se ha documentado que, además de Ahuacatlán, otros pueblos también pagaban parte de su tributo con aguacates; un ejemplo se encuentra documentado en la Suma de visitas de los pueblos por orden alfabético, escrita por Francisco del Paso y Troncoso a mediados del siglo XVI. Este libro es un inventario de los bienes de 907 pueblos que se hallaban en la parte central de México. En él se reporta que el pueblo de Aculma, en el señorío de Acolhua, situado en el área de Texcoco y que antes había tenido población teotihuacana y tolteca, daba como tributo, entre otras cosas, 10 frutos de aguacate:

Da tributo cada ochenta días 154 pesos, dos paños de cama; cada día dan dos hanegas de maíz, 4 gallinas y 4 cargas de leña y un manojo de ocote y un hazuelo de carbón y un pan de sal y 160 axies y 10 aguacates y 10 tomates y 20 tunas y un cestillo de tomates y una almueza de pepitas y 100 tortillas y con ellas un poco de axi y sal y 10 cargas de yerba y 20 indios para servicio del encomendero.


Debido al gran intercambio comercial y cultural que hubo entre las diferentes culturas que habitaron Mesoamérica durante ese periodo, el fruto del aguacate debe haber sido una importante mercancía de intercambio. Ejemplo de ello es el relato de Fray Bernardino de Sahagún en su libro Historia general de las cosas de la Nueva España, en donde describe el mercado de Tlatelolco y señala al aguacate entre las frutas que los mexicas intercambiaban.

Por otro lado, hay evidencias escritas de que el aguacate, además de ser un objeto de intercambio comercial, adquirió un significado cultural y religioso. Al efecto, Cecilio Agustín Robelo escribió el Diccionario de mitología náhuatl, considerado como el acervo más completo de noticias, relaciones, documentos y hechos. En esta obra rara y poco conocida se encuentra una leyenda mexica que describe como Yaotl fue convertido en el chapulín del aguacate (ahuacachapulin) como un merecido castigo. La historia es la siguiente:

El penitente Yappan, aspirando a la perfección para alcanzar transformarse, abandonó a su esposa Tlahuitzin y a sus parientes, retiróse al yermo y subido sobre la peña de la penitencia llamada Tehuehuetl, comenzó la vida perfecta. Observábanle los dioses; mas a fin de cuidarle de más cerca, pusiéronle por espía a Yaotl, enemigo. Yappan se mantuvo firme por mucho tiempo, rechazando la seducción de las mujeres enviadas para tentarle: los dioses se admiraban de tan grandes triunfos. Yaotl rabiaba de envidioso despecho. Tlazolteotl, que con aquello se tenía por desairada, hablando con las deidades les dijo: “No creáis, altos e inmortales dioses, que Yappan haga heroicos esfuerzos para concluir [su] penitencia y merecer vuestra benignidad alguna de las transmutaciones sublimes. Bajaré yo, y luego veréis cómo es frágil su propósito, y fingida su continencia”. Vino a la tierra, y acercándose al Tehuehuetl, dijo con tono meloso al penitente: “Hermano Yappan, yo, la diosa Tlazolteotl, asombrada de tu constancia y apiadada de tus trabajos, vengo a consolarte”, y añadió “¿Qué camino tomaré o por qué senda he de subir a hablarte?”. “Seas muy bienvenida”, contestó inmediatamente el anacoreta. “Aguárdate, que bajaré por ti”. Haciendo como dijo, bajó de la peña y con su preciosa compañera subió de nuevo: frágil como vidrio delgado, tapado con la vestidura de la diosa puso fin a su penitencia.

Indignados, los dioses se preparaban a castigar la profanación de la peña sagrada; Yaotl, arrebatado por su perversidad, se adelantó, sin tomar antes permiso, y subiendo al Tehuehuetl, después de apostrofar a Yappan, le cortó la cabeza. Los dioses le transformaron en alacrán sin cabeza, con los brazos tendidos como para defenderse, ocultándose inmediatamente debajo de la piedra. Saliéndose todavía de su cometido, se apoderó de Tlahuitzin [la esposa de Yappan], la llevó al Tehuehuetl e igualmente le cortó la cabeza: también fue convertida en alacrán, y fue a buscar a su esposo debajo de la peña. Desde entonces, los escorpiones cenicientos o negros salieron de Yappan, mientras que los escondidos o rojos se produjeron de Tlahuitzin. Pero los dioses se irritaron contra el atrevimiento de Yaotl y lo transformaron en langosta ahuacachapulin, llamada en aquel tiempo Tzontecoma, o “carga-cabeza.”

También hay evidencias lingüísticas que muestran el valor del aguacate para los mexicas. La percepción cultural de las plantas puede ser entendida por la forma en que se les nombra. Los usos y su importancia les dan un nombre (algo que no es útil no recibe ningún nombre), y entre más nombres recibe una planta, mayor utilidad y diversidad tiene. Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de Nueva España, además de describir los diferentes tipos de aguacate, apunta los nombres que los mexicas le daban:

Los árboles llamados ahuácatl o ahuacacuáhuitl tienen hojas verdes y oscuras. El fruto dellos se llama ahuácatl, y son negros por fuera y verdes y blancos por dentro. Tienen un cuesco de dentro, de hechura de corazón. Hay otros ahoacates que se llaman tlacazolahuácatl. Son grandes. Son como los de arriba. Las mujeres que crían no los osan comer porque causan cámaras a los niños que maman. Hay otros ahoacates que se llaman quilahuácatl. La fruta de éstos también se llama quilahuácatl. Son verdes por fuera. Son muy buenos de comer. Son preciosos.

Otro importante aspecto de la importancia cultural del aguacate son sus usos, que también fueron documentados por algunos cronistas de la Nueva España. Entre ellos, Francisco Cervantes de Salazar, en su Crónica de la Conquista de la Nueva España, se refiere a la utilidad del aguacate de la siguiente manera: “El aguacate, cuya fructa se llama así, gruesa y negra, mayor que brevas, la cual tiene cuesco; es caliente, ayuda a la digestión y al calor natural; del cuesco se hace cierto aceite y manteca; en la hoja echa la flor, de la cual en la lexía para la barba, por ser muy olorosa, usan los barberos”.

Otra interesante descripción del aguacate es la hecha por Francisco Hernández, protomédico de la corte española, enviado a la Nueva España por el rey Felipe II para recuperar los conocimientos de los médicos indios y satisfacer su propia curiosidad científica. En sus viajes a Morelos, Tlaxcala, Puebla, Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Michoacán y Colima, visitó numerosas poblaciones en una litera jalada por dos mulas, recuperando el conocimiento tradicional. Con la información recabada, en su libro Historia natural de la Nueva España describió numerosas plantas, animales y minerales; entre las primeras menciona al aguacate (ahoacaquahuitl) de este modo:

Las hojas son olorosas y de temperamento caliente y seco en segundo grado, por lo que se emplean convenientemente en lavatorios. Los frutos son calientes, agradables al gusto y de calidad nutritiva, excitan el apetito venéreo y aumentan el semen; sus huesos producen, prensados, un aceite semejante al de almendras que cura el salpullido y las cicatrices, favorece a los disentéricos con alguna astringencia y evita que los cabellos se partan.

Por lo expuesto, es evidente que el aguacate es un árbol con tradición e historia en México y que su importancia no se circunscribe sólo a la cultura mexica; por ello, es importante conocer la historia y la relación de este árbol con las diferentes culturas que han habitado nuestro país, pues al seleccionarlo y cultivarlo lo han domesticado, convirtiéndolo en uno más de los alimentos que México ha dado al mundo.

Para el lector interesado:

  • Cervantes de Salazar, F. (1594-1985). Crónica de la Nueva España. México: Porrúa, S. A.
  • Cobo P., B. (1653-1964). Historia del Nuevo Mundo. Madrid: Biblioteca de Autores Españoles.
  • Paso y Troncoso, F. (1905). Suma de visitas de los pueblos por orden alfabético. En Papeles de la Nueva España, segunda serie, geografía y estadística (t. I). Madrid: Estudio Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra.
  • Robelo, C. A. (1951). Diccionario de mitología náhuatl. México: Ediciones Fuente Cultural.
  • Sahagún, F. B. (1590-2002). Historia general de las cosas de la Nueva España. México: Cien de México.