REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero•Abril de 2014
Editorial
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Médicas romanas de la antigüedad
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Contenido
 

Distintas y distantes Mujeres en la ciencia

Médicas romanas de la antigüedad

María Angélica Salmerón

 

En De Morbis Mullierum, se hacen indicaciones sobre las cualidades físicas y espirituales que debía poseer la comadrona, así como la necesidad de estar versada en el arte de la lectura y la escritura y detalles anatómicos fundamentales...

Plata Quintanilla

Como ha sido usual, intentaremos reconstruir una página olvidada de la historia. En este caso se trata de un capítulo de la medicina antigua, y particularmente de dos de sus especialidades: la obstetricia y la ginecología, ya que estos parecen haber sido los ámbitos más cultivados en esta época por las mujeres. Bajo el rubro general de médicas romanas consideramos aquí a todas aquellas que, en la antigua Roma, ejercieron como parteras, comadronas o matronas, a quienes hoy se les reconoce como las primeras obstetras y ginecólogas. Algunas de ellas fueron consideradas también verdaderas conocedoras de las técnicas médicas y escritoras de tratados en los que –según se afirma– aparecían sus contribuciones a dichas disciplinas. Por desgracia, todos esos textos se han perdido y no nos queda más que recurrir a una sucesión de fragmentos y frases que otros autores han recogido, mismos que afortunadamente han podido proporcionarnos nombres y datos referentes al ejercicio médico de las mujeres.

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Asumiendo que los actuales estudios con que contamos son a la vez fragmentarios o inconclusos, trataremos en lo que sigue de situar algunos nombres que la tradición nos ha legado para reconfigurar el perfil y la obra de esas mujeres prácticamente desconocidas, de quienes no encontraremos referencias en prácticamente ninguno de los libros habituales de la historia de la medicina. Lo anterior no debiera de extrañarnos, pues nunca o muy pocas veces la historia de la ciencia se ha tomado la molestia de incluir nombres de mujeres.

Pues bien, parece que por fortuna algunos autores y médicos antiguos no tuvieron semejantes prejuicios y supieron valorar el trabajo femenino en el campo de la medicina, mencionándolo en sus propias obras y tratados médicos. Pese a lo anterior, hay que decir que la profesión de las obstetras, parteras o ginecólogas fue ampliamente valorada en la antigüedad, lo que hizo posible que gozaran de un amplio reconocimiento social. Fue ésta una etapa privilegiada para las mujeres médicas que –como hace notar Alic– no volvería a tener parangón en ninguna otra época:

La única actividad científica que cultivaron los romanos fue la medicina, y quizá fue la única profesión en la que siempre tuvieron cabida las mujeres. Aunque las mujeres siempre habían sido –y seguirían siendo– yerberas, curanderas y comadronas, nunca volverían a tener la categoría profesional de las médicas romanas. Su trabajo se fue restringiendo cada vez más, primero al tratamiento de otras mujeres y luego al ejercicio de la partería. Y aunque las escritoras de textos médicos del imperio daban lógicamente mayor importancia a la preñez, al parto, al aborto y a las enfermedades específicas de la mujer, sus descripciones y sus remedios se extendían […] a toda la gama de las enfermedades humanas. En eso representaron el final de una época. Las escritoras médicas de los siglos siguientes fueron –con algunas excepciones importantes– mucho más limitadas en sus temas.

Como suele decirse, los romanos, al conquistar Grecia, fueron a su vez conquistados por las ciencias y artes de los propios griegos, de cuyos saberes y técnicas pronto se apropiaron. La medicina no fue la excepción, y los romanos hicieron de ésta una floreciente profesión ya que no sólo adoptaron el conocimiento médico de los griegos, sino que se llevaron con ellos a varias médicas para que ejercieran en Roma. La razón de ello es que los conquistadores no se conformaron con copiar y compilar los trabajos de sus conquistados, sino que decidieron crear las condiciones propicias del ejercicio médico al fundar hospitales públicos en los que las mujeres formaban parte esencial del personal, así como escuelas de medicina cuyos profesores eran pagados por el Estado. De este modo, no es extraño que en la antigua Roma hubiera numerosas médicas en razón de que existían las condiciones para que ingresaran en esa profesión. Así, el establecimiento y desarrollo de la profesión médica ejercida por las mujeres en esta etapa de la historia fue una realidad dado el aliento que la cultura romana daba a la participación femenina. Señala Plata Quintanilla:

Las escuelas médicas estuvieron abiertas a las mujeres. Hay abundantes referencias a escritos de ginecología y obstetricia hechos por mujeres: Olimpia, Lais, Elefanti, Aspasia, Cleopatra, médica romana [de cuya] Harmonia Gynecorum […] parece que se sirvió Sorano de Éfeso para escribir su Ginecología. De hecho, se cuestiona la autoría de los tratados escritos por varones [los que] se suponen, al menos en gran parte, plagiados de los de las mujeres al no participar ellos en la cotidiana asistencia a los partos sino en [sus] complicaciones y sus manejos. Es destacable el intento de Sorano por favorecer la enseñanza de las comadronas, incrementando de esta manera, en línea con los nuevos conocimientos adquiridos por la Medicina en este periodo, su preparación. Escribe su primer manual para comadronas, De Morbis Mullierum, en el cual hace unas indicaciones sobre las cualidades físicas y espirituales que debía poseer la comadrona, así como la necesidad de estar versada en el arte de la lectura y la escritura, detalles anatómicos fundamentados en disecciones post-mortem, posiciones fetales, versión podálica, maniobras de extracción, protección del perineo y cuidados del recién nacido.

Partamos, pues, de esta premisa: existen huellas y vestigios suficientes para asumir que en Roma las mujeres realizaban diversas prácticas médicas, de lo que dan cuenta los tratados de médicos como Sorano y Galeno, así como los escritos de autores como Plinio el Viejo, cuyo saber enciclopédico nos legó una lista de nombres de mujeres dedicadas a la medicina; no sólo ello, pues también hay testimonios arqueológicos, epigráficos, papirológicos y literarios que evidencian esta realidad.

En efecto, y aunque las fuentes son muy variables y no siempre coinciden, es sin embargo posible recuperar algunos nombres y dar cuenta y razón de la labor desempeñada por las médicas romanas en los campos de la obstetricia y la ginecología. La razón de ello parece ser que el tratamiento de las enfermedades de las mujeres estaba reservado a ellas mismas: nace así el oficio de partera, que desde la más lejana antigüedad ya era una práctica femenina. Debido a ello, pronto se extiende al cuidado de todo lo relacionado con las enfermedades del sistema reproductor femenino. Este principio rector, implícito en todas las culturas, es asumido explícita y profesionalmente en la práctica médica romana pues, como apunta González-Crussi:

Los antiguos romanos reconocían que las enfermedades de la mujer eran diferentes de las del hombre y vieron la necesidad de contar con especialistas en este campo. La medicina fue una de las pocas actividades en que podían participar las mujeres de la antigua Roma, y muchas de ellas ganaron fama y prestigio como médicos. Era común que ginecólogos y obstetras fueran mujeres, aunque ello no signifique que se limitaran a estas especialidades.

Ciertamente, la participación de las mujeres en la medicina romana abarca desde la ginecología y obstetricia (su más reconocida labor), hasta las enfermedades de los ojos o riñones y la práctica de la cirugía.

Por ende, los nombres femeninos que recoge la tradición se mueven en toda esta gama de especialidades médicas, y la referencia de Plinio el Viejo nos pone en la pista de que en esa ciudad imperial existía ya una clara distinción entre medici y obstetix, pues en la lista que hace de mujeres dedicadas a la medicina introduce estas distinciones entre ellas, lo que da cuenta del hecho de que no todas se ocupaban de las mismas labores. Por otra parte, parece que tal distinción se basaba en el tipo de formación recibida: educación propiamente científica compuesta de conocimientos teóricos en las médicas, y experiencia práctica en las comadronas o parteras. Sin embargo, según se sabe por los registros que se han conservado, no siempre es posible determinar una distinción estricta entre unas y otras, pues en la mayoría de los casos se ubican bajo el rubro general de médicas y se les incorpora en especialidades tales como la ginecología y la obstetricia.

Ahora bien, haciéndonos cargo de los señalamientos anteriores, tratemos de determinar quiénes fueron y qué hicieron estas mujeres médicas. Siguiendo las menciones que Plinio el Viejo hace en su Historia natural, recuperamos los nombres de Elefantis, Lais, Olimpia de Tebas, Salpe y Sotira; Galeno, a su vez, enlista los nombres de Aquilia Secundilla, Antioquís y Cleopatra, y otras fuentes aportan los nombres de Metrodora, Aspasia y Julia Saturnina, que parecen completar la lista de las más reconocidas. A ellas cabría agregar las mencionadas en las inscripciones funerarias, de quienes poco o nada se sabe: Primila, Empiria, Venuleya Sosis, que aparecen como medici; Salustia Ateneis, como opstetrix; Naevia Clara, como medicaphilologa, y Aurelia Alexandra Zózima, “por su conocimiento médico”. La lista es de suyo sugestiva, y pese a la escasez de datos muestra que la historia cuenta con un legado femenino que, silenciado e invisibilizado por siglos, tiende a desaparecer si no nos damos a la tarea de recuperarlo y reintroducirlo a los ámbitos a los que pertenece, en este caso a la tradición de la práctica de la medicina. Tratemos, pues, de abonar este terreno determinando a partir de estos nombres –aunque sea de manera incipiente y fragmentaria– un rostro y una voz, una actividad y una obra que nos haga posible dibujar el perfil femenino de la medicina romana.

Iniciemos este recorrido con Salpe de Lemos, de quien Plinio el Viejo informa que era una cortesana dada a los remedios extravagantes, tales como los fomentos de orina para fortalecer los ojos, la saliva como remedio para restaurar la sensación de un miembro entumecido, o bien aquellos sugeridos contra la rabia, como comer sapos vivos. Parece que no figura en otra fuente fuera de Plinio, lo que hace difícil saber si realmente hizo aportaciones significativas o si su fama se debe tan solo a lo insólito de sus tratamientos. En cualquier caso, parece ser que Salpe ejerció como comadrona y que fue considerada como una especialista en las enfermedades oculares.

Plinio también menciona a Olimpia “La Tebana”, a quien suele ubicarse en el siglo I de nuestra era, pues parece que en esa época publicó su obra, un compendio de enfermedades femeninas y de recetas médicas de las que aquel autor sacó mucha de la información que aparece en su Historia natural. Se dice que fue una inventora de terapias basadas en ciertos conocimientos científicos y que en su libro aparecen varios remedios para “la prevención de los abortos espontáneos y la inducción de los abortos por medio de la aplicación de malva y grasa de ganso”. Tenemos también el nombre de Aquilia Secundilla, de la que da cuenta Galeno como autora de dos recetas médicas: una a base de mirra y otra de un emoliente preparado según el estilo napolitano, pero fuera de esto no conocemos nada más. Lo mismo sucede con Antioquís, a quien se considera como la misma de quien habla Heraclides de Tarento, un médico del siglo I a. C., esto es, Antioquís de Tlos, de Licia, y de la que nos dice María de la Sierra:

... si se trata de la misma mujer, en este caso concreto queda constancia de que el hecho de que algunas mujeres ejercieran la medicina implicaba cierto prestigio social y un logro importante por parte de la mujer, al tiempo que un orgullo para los ciudadanos, que con placer aceptaron que se erigiese una estatua en su honor.

Su inscripción refleja claramente este sentido:“Antioquís, hija de Diodoto de Tlos. El consejo y la comuna de la ciudad de Tlos, en agradecimiento a sus talentos médicos, pagaron la construcción de esta estatua en su honor”.

Alic señala que fue amiga de Galeno, quien “probablemente copió algunos de sus remedios” y la hizo su compañera de trabajo en la escuela de medicina en Roma, señalando que sus especialidades eran las enfermedades del bazo y la artritis.

Sabemos también de dos especialistas en obstetricia: Lais y Elefantis, a las que Plinio el Viejo trata con dureza:

Lais y Elefantis no están de acuerdo en cuanto a abortivos […] ni en sus demás afirmaciones ominosas o contradictorias, pues una dice que la fertilidad y la otra que la esterilidad tienen como causa las mismas medidas. Lo mejor es no creerles.

Sus nombres y ubicación resultan problemáticos pues, como dice Alic:

Elefantis y Lais eran nombres comunes y no está claro si vivieron en el siglo III a. C o en tiempos de Sorano. Lais fue el nombre de por lo menos tres cortesanas griegas. Hubo una Elefantis que escribió poemas obscenos admirados por el emperador Tiberio [quien] quizá es la misma que menciona Galeno como autora de textos sobre cosméticos.

Por otra parte, cabría también señalar que Lais aparece a veces mencionada con el nombre de Laide, sin que podamos saber a ciencia cierta si es la misma o si son dos médicas diferentes.

En cuanto a Elefantis o Elefantide, quien también aparece citada por Suetonio, es señalada por algunas autoras como médica, escritora y especialista en obstetricia, estudiosa y practicante de la medicina y descubridora de varios abortivos; también se dice que es la autora de un tratado de sexualidad y otro sobre cosméticos, y también la compositora de los textos y poemas amorosos y obscenos que tan del gusto eran del citado emperador. En este retrato, Elefantis aparece fundida –o confundida– en una sola mujer. Así, si seguimos el señalamiento de Alic, tendríamos que descartar esta interpretación, y quizá valdría la pena hacerlo ya que la misma autora apunta que la Elefantis médica aparece también bajo el nombre de Filista, cosa que no mencionan quienes funden en una sola las obras médica y poética de esta mujer; además, otros estudios la señalan solamente como Filista –originaria de Grecia y desplazada a Roma–, pero sin darle el nombre de Elefantis. En otros autores aparece como Filistina, a quien únicamente se menciona como autora de textos médicos y profesora en Roma. Así que efectivamente esta Filista o Filistina parece ser la misma Elefantis médica de la que habla Alic; de esta médica diceSorano que era tan bella que debía impartir sus clases tras una cortina para evitar distraer a los estudiantes. La leyenda de mujeres eruditas y hermosas, ocultas tras un velo que impedía la indiscreta mirada masculina, reaparece varias veces en la historia. Pero más allá de la leyenda, esta ocultación de la mujer funciona como la metáfora que describe a la perfección la historiografía femenina. Así, oculta tras el velo en este mito, la historia real de Elefantis –como la de casi todas estas mujeres– no acaba de rendir sus secretos. En fin, que no sólo los nombres sino también las actividades de estas mujeres se multiplican y hacen más complejo establecer un juicio último.

Todo lo anterior alcanza su máxima expresión en dos misteriosas y emblemáticas mujeres que compartieron su nombre con otras y cuya celebridad ha terminado por poner en jaque a los estudiosos.

En efecto, tenemos noticias de dos mujeres del siglo II de nuestra era que, bajo los nombres de Aspasia y Cleopatra, se destacaron en su práctica médica y de quienes se ha puesto en duda hasta su misma realidad histórica; en el mejor de los casos, se ha señalado que sus nombres no remiten a persona reales y que bien pueden ser seudónimos tras los cuales se esconde una figura masculina, cuestión que, como sabemos, conduce al eterno problema de que muchas obras de mujeres –sobre todo de la antigüedad– terminaron siendo adjudicadas a varones, y que en la mayoría de los casos así fueron consignadas por la historia. Sin embargo, todo parece indicar que, aun siendo sus nombres meros seudónimos, representan a figuras femeninas reales.

El nombre de Cleopatra lo conocemos por Galeno, y la mayoría de los autores está dispuesta a reconocer en ella a una médica y cosmetóloga, pero cada cual hace un mayor o menor hincapié en alguna de estas actividades, como son los casos de Alic y De la Sierra; si bien la primera la señala como la autora de un tratado, De Geneticis, sobre ginecología y obstetricia, obra cuyo uso se extiende hasta el siglo VI, “cuando se confundió con la obra de ‘Muscio’ (un parafraseador latino de Sorano)”, no deja sin embargo de reconocer que bien puede ser la misma que escribió sobre cosmética y cuidados corporales, obras que, según refieren otras autoras, contenían asuntos relativos a la pérdida del cabello y las formas para hacerlo crecer, enfermedades del cuero cabelludo, la piel y del rostro, “puesto que esos temas se incluían casi siempre en los antiguos tratados de ginecología”.

Por su parte, De la Sierra reconoce que la Cleopatra de que nos habla Galeno es la autora de las recetas cosméticas, y apunta también que aunque este médico no se refiere a los cuidados ginecológicos, el nombre invitaría a pensar que tras él podría esconderse un pseudónimo,

... porque ¡nadie como Cleopatra sería tan reconocida por sus recetas de belleza! […]. Pero, también se puede pensar que podría tratarse de una mujer real, dedicada a la medicina y que llevara el nombre de Cleopatra por casualidad, dado que este nombre llegó a ser relativamente común en la Antigüedad tardía.

Aspasia es reconocida como una médica grecorromana especialista en obstetricia, ginecología y cirugía. De la Sierra señala que esa mujer aparece en la colección médica de Aecio de Amida, un autor del siglo VI d. C., obra en la cual se le destinan unas quince páginas:

Los capítulos a ella asignados tratan de cuestiones ginecológicas muy variadas: cuidados que deben recibir las mujeres embarazadas, cuidados en los partos difíciles, o remedios abortivos, entre otros asuntos. En algunos de estos temas coincide con otro gran ginecólogo, Sorano de Éfeso.

Los autores del sugerente artículo La mujer en la medicina. Una historia clínica de misoginia, ampliando esa información, apuntan que los escritos de Aspasia sobre abortivos y anticonceptivos fueron los más importantes hasta el siglo XI ya que, a pesar de que se perdieron, fueron conocidos por las referencias que de ellos hacían otros médicos, en especial Aetius, quien alaba sus conocimientos, procedimientos y diagnósticos de la posición fetal, así como sus tratamientos de la dismenorrea. Los autores de dicho artículo añaden:

Aetius describió el método de Aspasia, que se caracterizaba por la aplicación de lociones calientes hechas con preparados naturales, usualmente de hierbas. Además de recomendaciones postoperatorias, también prevenía del embarazo a mujeres para quienes hubiese constituido un gran riesgo, y descubrió métodos para inducir abortos, además de sugerir tratamientos para las malas posiciones del útero. Por último creó y dio instrucciones sobre una variedad de operaciones quirúrgicas para prevenir las várices del útero y las hernias.

Se ha registrado también el nombre de Julia Saturnina, quien aparece como una de las pocas mujeres médicas de la Hispania romana. Se le ubica en el siglo II de nuestra era y se dice que era originaria de Emerita Augusta (la actual Mérida, en la provincia de Badajoz) capital de la provincia de Lusitania, o bien de la región circundante. Se dice, asimismo, que pertenecía a las clases populares, que era de condición libre (quizá era ciudadana) y que se casó con Casio Filipo, un hombre del que no se sabe bien a bien si era de origen liberto (descendiente de esclavos liberados) o si él mismo había sido esclavo. Lo poco que de ella conocemos proviene de la inscripción funeraria que aparece en el lugar en que fue enterrada, donde se la señala como obstetra; en un relieve que aparece a un lado de la inscripción se representa a “un bebé envuelto en rígidas vendas en que se solían inmovilizar a los recién nacidos en el mundo antiguo, en la falsa creencia de que así evitaban malformaciones”. Otros datos que se han extraído del epitafio señalan que Julia Saturnina murió a los 45 años y que no tuvo hijos; ahí, su marido la califica de “esposa incomparable, médica óptima, mujer santísima”, y señala “su excelencia en las funciones que realizó en la vida y que eran propias de mujeres con respecto a su esposo, a su profesión y a la vida en general”.

Terminemos este recorrido con Metrodora, cuyo nombre parece ser hoy el más importante y destacado, pues según estudios recientes fue la médica que logró esbozar los rasgos fundamentales de la anorexia nerviosa y la primera en escribir un tratado de ginecología: el Tratado de medicina para las mujeres. Bajo tales signos, Metrodora es ya una figura prominente en la medida en que es posible adjudicarle una aportación concreta al campo de la medicina. En efecto, se dice que en el siglo I fueron ya atendidos los primeros casos de la anorexia nerviosa, mismos que, recogidos en la obra de la médica Metrodora, aparecen establecidos con las características actuales, lo que, además de derrumbar el mito de que la anorexia es una enfermedad moderna, convierte a esta mujer en un claro antecedente de los estudios sobre éste ya antiguo padecimiento. De ahí el interés que ha despertado entre los estudiosos, entusiasmo que no parece gratuito pues de esta médica de origen griego que ejerció en Roma en el primer siglo de nuestra era se conserva parte de su Tratado de medicina para las mujeres. Según Alic, “existe un manuscrito en pergamino de este tratado en la Biblioteca Laurenciana de Florencia [que] consta de 263 páginas divididas en 108 capítulos” en el que se ocupa de temas referentes al útero, los riñones y el estómago. Otros autores nos dicen que los capítulos de esta obra son 63, mismos que aparecen organizados en siete secciones; algún otro amplía esta información señalando que cuando Metrodora habla del útero como fuente de enfermedades, manifiesta una fuerte influencia hipocrática. La obra se ocupa de enfermedades relacionadas con el pecho femenino y la esterilidad y proporciona consejos para lograr la concepción; aun siendo que no se considera como un tratado de obstetricia, en dicha obra se encuentran recetas para facilitar el parto. A todo ello podemos agregar una serie de tratamientos cosméticos para el cuidado y el embellecimiento femeninos. Aunque ciertamente la información es escasa y fragmentaria, los estudiosos no dejan de reconocer que Metrodora poseía un conocimiento directo de la obra hipocrática, a la que suma varias aportaciones personales. A pesar de que ya esto mostraría la variedad de temas y asuntos tratados con cierta pericia y técnica, y que los conocimientos médicos que contiene parecen bien establecidos, la riqueza del tratado de Metrodora no termina aquí, pues, tal como hemos dicho líneas arriba, lo más relevante y actual de su obra es que se ocupa con cierto detalle de la anorexia. Así, en su obra hay un capítulo dedicado a las mujeres jóvenes en el que habla de la sitergia (rechazo al alimento), la que Metrodora califica como una enfermedad que, empezando en el estómago, termina en los pulmones y causa la muerte:

Esta idea de la consunción tuberculosa de la anorexia será recogida casi sin variantes, por muchos autores posteriores, hasta que en el siglo XIX se empiece a considerar la anorexia nerviosa como una entidad clínica diferente de la tradicional consunción.

Al respecto, Paloma Gómez ha publicado recientemente un estudio bajo el título Lo que nunca te han contado sobre la anorexia nerviosa, texto en el que informa que en la antigua Roma se produjo lo que bien podría considerarse como una epidemia de anorexia que causó verdaderos estragos entre las mujeres jóvenes, y que fue precisamente Metrodora quien diagnosticó esos primeros casos mediante descripciones precisas.

Los nuevos estudios sobre la participación de las mujeres en la medicina –como muestra el caso concreto de Metrodora– empiezan a rendir frutos que seguramente en un futuro no muy lejano nos harán posible ir no solamente más allá de la mera recuperación de los nombres de estas mujeres, sino también configurar y centrar sus aportaciones científicas.

De momento, sirva lo anterior como muestra de que es posible reescribir algunas páginas de la historia de la medicina introduciendo en ella la labor femenina; aunque en rigor de verdad la información que al respecto poseemos hasta hoy es escasa e imprecisa, no cabe duda de que podremos dar cuenta del hecho de que las mujeres romanas lograron hacerse un sitio en el campo de la medicina.

Así, pese a que ignoramos sus actividades concretas, es posible conjeturar que la profesión médica, en sus especialidades de ginecología y obstetricia, estaba firmemente establecida y era reconocida como un área en la que se requerían mujeres formadas y educadas en su práctica, lo que nos permite suponer también que seguramente todas –o la mayoría– de las mujeres a las que nos hemos referido pueden ser consideradas como verdaderas profesionales de la medicina, médicas que no sólo contribuyeron a amplíar el perfil masculino de la profesión, sino que constituyen un núcleo básico y exclusivo de un modo de profesionalización médica en tanto que su tarea era la de sanar, ayudar y cuidar a las mujeres.

Para el lector interesado:

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la antigüedad hasta el siglo XIX. México: Siglo XXI.
  • Anderson, B.S. y Zinsser, J.P. (1991). Historia de las mujeres. Una historia propia. Barcelona: Crítica.
  • De la Sierra M.L., M. (2011). Mujer y medicina en la antigüedad clásica: La figura de la partera y los inicios de la ginecología occidental. Fronteiras Douardos, MS, 13(24), 45-60.
  • González-Crussi, F. (2010). Breve historia de la medicina. Xalapa (México): Universidad Veracruzana.
  • Martínez, C., Pastor, R., De la Pascua, M.J. y Tavera, S. (2000). Mujeres en la historia de España. Barcelona: Planeta.
  • Rosales y De Gante, S., Cortés R., R., Gaspar R., J. y Pérez G., D. (2004). La mujer en la medicina. Una historia clínica de misoginia. Clío, nueva época, 3, 31.