REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre de 2013
Editorial
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Las mujeres de El Conejo: un modelo exitoso
¡Frutas en la tinta!
La manufactura de los pectorales huastecos
¿Sabe alguien qué es eso de las emociones?

Olfatear es recordar

Las enfermedades del olfato
El camino poético de la ciencia
Florence Nightingale: la lámpara del humanismo científico
Tan letales como el hombre
Contenido
 

Distintas y distantes

Mujeres en la ciencia

Florence Nightingale: la lámpara del humanismo científico

María Angélica Salmerón

 

¿Por qué tenemos las mujeres pasión, intelecto, actividad moral (las tres cosas) y un lugar en la sociedad donde ninguna de las tres puede ser ejercitada?

Florence Nightingale

La mujer que ahora abordamos es un personaje del que todos hemos oído hablar. Quizá en la bruma de nuestra memoria no sepamos bien a bien quién fue ni qué hizo, pero con seguridad todos tenemos presente la imagen de una dama que con su lámpara recorría los oscuros pasillos de un lúgubre hospital, imagen ésta que nos hace pensar que la llamada “La dama de la lámpara” es el personaje de un cuento fantástico o de alguna vieja leyenda que nada tiene que ver con la realidad. Sin embargo, buscando en los escondrijos de nuestra memoria, concluimos que Florence no es el producto de alguna imaginación literaria sino una mujer de carne y hueso que vivió en realidad en una época que curiosamente no está muy lejos de la nuestra. Porque resulta que Florence ilustra el caso de una figura que, pese a estar tan cercana a nosotros en el tiempo, nos parece a la vez muy lejana y distante; pero sobre todo ilustra el hecho –por demás conocido– de cómo el trabajo científico de una mujer es pasado por alto para solo dar cuenta de los aspectos extraordinarios y casi novelescos de su vida personal, lo que en ocasiones nos lleva a olvidar sus contribuciones. En este sentido cabe recordar el poema que Longfellow le dedica:

Los heridos en la batalla, / en lúgubres hospitales de dolor; los tristes corredores, los fríos suelos de piedra. / ¡Mirad! En aquella casa de aflicción/ Veo una dama con una lámpara. / Pasa a través de las vacilantes tinieblas/ y se desliza de sala en sala. / Y lentamente, como en un sueño de felicidad, / el mundo paciente se vuelve a besar/ su sombra, cuando se proyecta/ en las obscuras paredes.

Este poema –como bien señala Horacio Shipp– “condensa la historia casi legendaria de Florencia Nightingale y su obra maravillosa como enfermera durante la guerra de Crimea”. Cierto que la vida de Florence se presta a semejantes construcciones, cosa que tiene también su lado favorable ya que por lo menos la ha hecho permanecer en nuestra memoria.

Guardando el recuerdo de alguna mítica imagen, a veces logramos reconocer tras su velo el nombre de una mujer ligada a la ciencia. Y justamente este es el caso de Florence Nighingale, a quien prácticamente todos podemos reconocer como vinculada a la enfermería. Pero lo cierto es que esta mujer representa mucho más que eso. Bien visto, su trabajo científico rebasa con mucho la romántica imagen de la abnegada y sufrida “dama de la lámpara”, pues la linterna de Florence iluminó –además de esa vocación de servicio– un verdadero ejercicio científico en el campo de la matemática y la estadística, permitiéndole así alumbrar lo que bien podemos llamar un humanismo científico. En efecto, a la figura de Florence Nightingale, fundadora de la enfermería moderna al haber logrado innovar la práctica hospitalaria, debe ir unida la de la mujer matemática. Pero como si de un engrane se tratara, habría que aunar ambas figuras, además, con la imagen de una humanista que recorre el espectro de las reivindicaciones humanas de toda índole: médicas, sociales, educativas, políticas y hasta feministas. Solo de este modo estaremos en condiciones de hacernos una idea de la importancia que adquiere la obra de Florence en todo el espectro cultural, y muy en particular en el ámbito científico. La dama de la lámpara alumbra así varios caminos, y su luz nos lleva a vislumbrar de igual modo el orden, el rigor, la lucha, el enfrentamiento, el amor y la pasión que hacen de esta mujer del siglo XIX un ejemplo de la vía humanista de la ciencia. Al amparo de esa lámpara, el recorrido por este trozo de la historia permite mostrar cómo se anudan en el nombre de Florence Nightingale las ciencias de la salud, las matemáticas y las ciencias humanas, y el modo en que en ellas aparece como un espíritu creativo, innovador y metódico, cualidades que nos harán posible entrever cómo la mente científica se acompasa al ritmo de los latidos piadosos y humanitarios de un corazón amoroso. Por ello, Florence Nightingale, la madre de la enfermería moderna, es a la par la creadora del primer modelo conceptual de enfermería.

Esta extraordinaria mujer nació en Florencia, Italia, el 12 de mayo de 1820 en el seno de una acomodada familia inglesa, y fue en honor de la ciudad que la vio nacer que recibió su nombre. Un año antes, en Nápoles, había nacido su hermana, a quien bautizaron con el nombre griego de esa ciudad, Parthenope. Ambas niñas fueron educadas por institutrices, aunque sus padres siempre cuidaron y supervisaron estrechamente su formación. El padre, William Nightingale, había sido educado en Cambridge y era un promotor del movimiento contra la esclavitud, pero sobre todo tenía la firme convicción de que las mujeres debían tener una buena educación, de modo que no dudó en convertirse en el mentor de sus hijas, a quienes familiarizó con la Biblia y los autores clásicos, como Euclides y Aristóteles, y las introdujo en las grandes cuestiones políticas y sociales. Después, con la ayuda de otros tutores, las involucró en el aprendizaje de la historia, la música, las matemáticas y la filosofía, así como en el estudio de las lenguas clásicas (griego y latín) y las modernas (italiano, alemán y francés). Esta formación habría de rendir sus frutos con el paso de los años, pues si de niña Florence disfrutaba y apreciaba el valor de sus lecciones, en su juventud habrían de constituirse en una imperiosa necesidad. Pero también la educación de las jóvenes estaba al cuidado de la madre, y Fanny Nightingale, como buen prototipo de la mujer –esposa y madre– había de ver en las labores hogareñas y en la correcta instrucción moral la ecuación perfecta para el tipo de hijas que pretendía formar. Así, la influencia materna aspiraba –siguiendo en todo la tradicional formación femenina de la época– a procurarles un buen marido a sus hijas. No sabemos bien a bien qué habrá sido de Parthenope, pero ciertamente Florence no siguió las lecciones de la madre, y tan así fue que pese a todos sus los empeños de aquella, y aun al hecho de haberse alguna vez enamorado, jamás se casó. Desde muy joven, Florence se dio cuenta de que su vida no estaba destinada a la vida hogareña; su verdadera vocación apuntaba hacia otros horizontes que, obviamente, en su época y en su ambiente, le estaban impedidos. Lo que dijo al rechazar a uno de sus pretendientes vale para mostrar el camino que había elegido:

Yo tengo una naturaleza moral y activa que requiere satisfacción, y eso no lo encontraría en la vida de él. Yo podría sentirme satisfecha si pasara la vida combinando nuestros diferentes poderes para lograr un gran objetivo. Pero no podría satisfacer esta naturaleza pasando la vida en compromisos sociales y organizando las cosas domésticas.


Es justo aquí donde vemos nacer a la rebelde y revolucionaria mujer que no se dejó jamás amedrentar para alcanzar la meta que se había puesto y a una vocación inquebrantable que habría de enfrentarse a todo y a todos: a la sociedad y sus convenciones, que no veían con buenos ojos que las mujeres quisieran estudiar y trabajar, obligándolas a ser meras amas de casa, y a la política y sus leyes injustas, que no les permitían ser ciudadanas en igualdad de derechos con los hombres. Afirma Shipp: “En realidad, riñó una batalla por el derecho de las mujeres a trabajar al lado de los hombres, y la ganó contra todos los prejuicios y todas las estupideces posibles”.

Pero antes de enfrentarse a la sociedad Florence habría de desafiar a su familia, pues aunque su padre no se oponía a que fuese una mujer educada, tampoco veía con agrado la aventura que su hija pretendía: ¡trabajar, y encima hacerlo de enfermera! Esto ya era llevar las cosas demasiado lejos. Incluso así, como veremos, la osadía de Florence no conocía límites. Para ella la cuestión era clara: si se le había dado la oportunidad de acceder al conocimiento, ¿a cuenta de qué ahora se le negaba la posibilidad de ponerlo en práctica? Muchos años después, criticando semejante incongruencia, escribiría:

Aunque desde el punto de vista intelectual se ha dado un paso adelante, desde el punto de vista práctico no se ha progresado. La mujer está en desequilibrio. Su educación para la acción no va al mismo ritmo que su enriquecimiento intelectual,

Es aquí donde encontramos el núcleo de toda su vocación: se trataba de saber para hacer; el saber habría de ser dirigido a la acción, y para Florence eso significaba, en primer lugar, que el conocimiento tomará la forma de un saber riguroso y científico cuya fórmula encontraría en las matemáticas; en segundo lugar, que tendría que convertirse en una acción orientada a cambiar las condiciones de los más desprotegidos:

Lo primero que recuerdo, y también lo último, es que quería trabajar como enfermera o, al menos, quería trabajar en la enseñanza, pero en la enseñanza de los delincuentes más que en la de los jóvenes. Sin embargo yo no había recibido la educación para ello.

Estas palabras suyas delinean ya el proyecto teórico-práctico de un humanismo cuya característica es la combinación del idealismo con el pragmatismo, pues lo que Florence intenta es encontrar una fórmula que haga posible la transformación social a través de la inclusión de los marginados, pero que implique a la vez una combinación de sentimientos e inteligencia. Se trata de ser solidarios y metódicos; en otros términos, unir corazón y cabeza a través de un saber riguroso que se traduzca en acción. Obviamente, el método y el rigor vendrán de la matemática, y la labor humanitaria de una concepción de lo humano que integra en su seno a los excluidos: mujeres, delincuentes, enfermos, ignorantes... Para Florence no existe una barrera que separe el trabajo científico del propiamente humanista, pues si la ciencia es valiosa, lo es precisamente por lo que tiene de humana, y tal como ella lo ve, el nudo radica en la educación:

Las mujeres anhelan una educación que les enseñe a enseñar, que les enseñe las reglas de la mente humana y cómo aplicarlas […] y sabiendo, en la situación actual, lo imperfecta que puede ser tal educación, anhelan una experiencia, pero una experiencia aplicada y sistematizada.

Esa senda es la que ella habrá de recorrer.

No deja de llamar la atención que, según relata la misma Florence, su vocación haya aparecido como experiencia mística a los 17 años, y que sólo a los 30 (“la edad a la que Jesucristo comenzó su misión”) haya podido realizarla. La aventura que a partir de ahora emprende no habrá de concluir sino con su muerte, de modo que si tomamos en cuenta que murió en 1910, esa travesía se extenderá a lo largo de unos sesenta años. Y esto no es una simple metáfora, pues literalmente lo que bien podemos denominar como “los trabajos de Florence” (haciendo alusión a los del famoso Hércules) son la imagen viva de las colosales dificultades que tuvo que vencer, pero son también la imagen del orden que ayudó a restituir en el mundo que habitaba y cuyos logros hoy por hoy nos alcanzan a todos.

Así las cosas, apuntemos que lo primero que hizo Florence fue recibir una formación de enfermera. Lo hizo en Kaiserswerth y durante los siguientes años completó su instrucción visitando hospitales. En estos recorridos recogía información, elaboraba notas, analizaba resultados y comenzó así a sistematizar todas sus experiencias. Estas acciones le permitieron llevar un registro que, convertido en instrumento práctico, le proporcionó el modo de introducir mejoras en los hospitales. Florence ponía así en acción su convicción fundamental: el conocimiento teórico debía tener una aplicación, y esta debía contribuir a la mejora de ciertos sectores de la sociedad. Para el caso, la matemática se convertiría en la herramienta fundamental, pues con la estadística podía organizar de manera clara y precisa los datos hospitalarios. Y es justamente en este campo donde Florence dejó su mejor contribución a la ciencia. Señala Silvia Borrego:

Sus estudios permitieron, hacia mediados del siglo XIX, establecer un sistema científico de evaluación de tasas de mortalidad, desarrollando una fórmula modelo de estadística hospitalaria para que los hospitales recolectaran y generaran datos y estadísticas confiables de natalidad, morbilidad y sus causas.

Esto, que hoy nos parece tan obvio, le llevó a Florence una enorme inversión de tiempo y esfuerzo, pues no hay que olvidar que, por un lado, trabajaba sola y, por otro, lo hacía en contra de las autoridades hospitalarias. Los largos y tortuosos caminos que tuvo que recorrer constituyen por sí mismos una larga historia, misma que aquí trataremos de reducir a los acontecimientos más relevantes.

Tomemos primero el de su formación matemática. Florence trabajó al lado de Adolphe Quetelet, a quien se considera el padre de la estadística científica, y tuvo como tutor de matemáticas a James Joseph Sylvester, quien, junto con Carley, fundó la teoría de los invariantes. Estos personajes dejaron su impronta en el espíritu científico de Florence, pues gracias a ellos se abrió paso a la aplicación de la matemática. Pero el contacto con Sylvester (de quien, según varios testimonios, Florence fue su alumna más destacada) seguramente alimentó el impulso inicial en ella por el problema de la educación, pues él era también un entusiasta de la pedagogía. Encontraba así Florence una doble vía para la matemática aplicada: la estadística y la educación. En ambos casos eran las matemáticas la herramienta fundamental. En la educación, inducen la formación de un espíritu atento y ordenado que proporciona a los alumnos la comprensión, la sistematización y la aplicación de los conocimientos en cualquier disciplina. Tal labor educativa no debe tomarse como una simple anécdota en la vida de Florence, pues constituye uno de los engranajes fundamentales en que se sostiene la acción. En primer término, sabemos que Florence trabajó de joven como tutora de niños a los cuales instruía en matemáticas bajo un método de enseñanza que consistía fundamentalmente en analizar, cuestionar y obtener conclusiones, de modo que su vocación de maestra, y sobre todo su apego a la búsqueda de métodos rigurosos de formación, ya se dejaban sentir desde entonces y habrían de ser aplicados en sus trabajos sobre los hospitales. No debe olvidarse el hecho de que buena parte de los proyectos de Florence se centran en el proceso educativo que va de la escuela primaria a la universidad, pasando, claro está, por su propia escuela de enfermería.

En segundo lugar tomemos la labor desarrollada por Florence en la guerra de Crimea, pues es aquí, en medio del dolor y el sufrimiento, donde encontrará la ruta para enlazar su vocación humanitaria y su saber matemático, mismos que fructificarán en un modelo estadístico y en una reforma hospitalaria. En el año de 1854, después de librar su propia batalla con las autoridades, Florence Nightingale y un equipo de 38 enfermeras adiestradas por ella se instalan como voluntarias en el hospital militar. Este hecho –como se ha dicho– no tiene precedentes: es la primera mujer en ocupar un puesto oficial en el ejército, y ciertamente no iba a dejar pasar de largo esta oportunidad. Así que inmediatamente se dio a la tarea de establecer una serie de estrategias para tratar eficazmente a los heridos. Ante la falta de suministros, la pésima higiene y los tratamientos inadecuados, condiciones además agravadas por la sobrecarga de trabajo del escaso equipo médico y la indiferencia de las autoridades oficiales, Florence se vio en la necesidad de organizar todo de cabo a rabo, teniendo encima que hacerlo a contracorriente, pues nadie parecía dispuesto a seguir instrucciones de una mujer. Pese a ello, logró lo que parecía imposible: estableció prácticas de higiene, consiguió suministros, desarrolló métodos adecuados para medir y controlar las enfermedades y estableció teorías en torno a la enfermería, pero asimismo cuidó a los enfermos y les ayudó a sobreponerse al sufrimiento. Nacía así la leyenda de “la dama de la lámpara”, de la que dio cuenta un reportaje publicado en The Times:

Sin exageración alguna, es un ángel guardián en estos hospitales, y mientras su grácil figura se desliza silenciosamente por los corredores, la cara del desdichado se suaviza con gratitud a la vista de ella. Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede observársela sola, con una pequeña lámpara en su mano, efectuando sus solitarias rondas.

Y esta es solo una parte de su leyenda, pues como apunta Shipp:

Mientras los soldados la bendecían y la llamaban “la Dama con la Lámpara”, las autoridades con quienes luchaba en defensa del derecho a realizar su trabajo la llamaban “Flo, el diablo”.

Así, angelical y demoníaca eran las dos versiones de Florence, y aunque todo parece indicar que ganó la primera de ellas, no habría que olvidar que en muchos aspectos su imagen siempre osciló entre una y otra. Valga poner como ejemplo de lo anterior que mientras unas mujeres la reconocieron como una activa defensora de los derechos de la mujer y aplaudieron su activismo a favor del sufragio femenino, otras muchas acabaron repudiándola porque Florence, insistiendo en que eran necesarias las enfermeras profesionales, se negó a apoyar la causa de las mujeres-médico. En cualquier caso, la leyenda de la dama de la lámpara tiene su origen en la historia y debe hacernos recordar que la luz que irradia ilumina a la par tanto las camas de los enfermos como los cuadernos de notas y las gráficas estadísticas que, entre ronda y ronda, elaboraba sin descanso.

El perfil científico de Florence adquiría así un rostro humanista, pues esta innovadora en gráficas estadísticas habría también de graficar el mundo humano a través de su proyecto de mejoras. Cuando en 1856 Florence regresó como una heroína a Inglaterra, aprovechó su fama para liderar una serie de cambios que contribuirían a transformar su entorno, por lo que su labor sería a la larga no solamente reconocida sino aceptada y oficializada. Florence introduciría en la sociedad varias innovaciones en el campo de la salud pública, determinando sus prácticas en relación con la organización y las técnicas hospitalarias. Fueron tales sus logros que la reina Victoria le pidió que se ocupara de la organización sanitaria del ejército inglés, y también se solicitó su colaboración en la guerra franco-prusiana y en la Guerra de Secesión norteamericana. Entre estos y otros quehaceres (consejera, colaboradora e incansable trabajadora), Florence abría a la vez el camino a la enfermería profesional, consiguiendo finalmente en 1860 fundar su propia escuela, logrando así que la carrera de enfermera fuera respetada y reconocida socialmente. Una enfermería profesional y eficiente implicaba un cambio rotundo en el campo de la salud pública, pues el diseño de la moderna enfermería establece los parámetros de compasión y dedicación en el cuidado de los pacientes, así como de diligencia y cuidado en el orden de la administración hospitalaria. Las recomendaciones que daba a sus estudiantes muestran que Florence recogía los frutos de la ciencia para ponerlos en armonía con su concepción humanista:

La enfermería es un llamado superior, un llamado honorable […] El honor radica en el amor por la perfección, la consistencia y el trabajo duro para conseguirlo […] Pero debo decir a todas las damas jóvenes que son llamadas a esta vocación que deben calificarse para ello como lo hace un hombre para su trabajo. Que no crean que lo pueden asumir de otra manera.

Por otro lado, las ideas fundamentales de Florence se apoyan en conceptos tales como “persona-paciente”, “salud” y “entorno”, a través de los cuales se va delineando la teoría de la enfermería que Florence concebía como algo totalmente distinto de la ciencia médica. En general, se puede decir que la enfermera debe tener una serie de conocimientos que la hagan observar, analizar, determinar y controlar la salud del paciente tomando en cuenta su entorno. De ahí la importancia de considerar a ese paciente como una persona, es decir, como un individuo al que hay que respetar y atender mediante una práctica impecable que requiere de un cuidado personal. Así, el desarrollo teórico de la práctica de la enfermería atiende a una serie de cuestiones que sería muy largo desarrollar aquí, pero que tienen su eje en la noción de entorno y que remiten a cuestiones que van desde los cuidados físicos como la higiene, la temperatura, la dieta y demás, hasta los cuidados psicológicos y la atención a los pequeños detalles familiares, sociológicos y religiosos. A este respecto, Florence escribió dos libros: Notas del hospital y Notas de enfermería, ambos de 1859, convirtiéndose este último en libro de texto para enfermeras y traducido a varios idiomas. Ambos textos marcan la pauta de la enfermería moderna.

Pero su logro mayor consistió en el establecimiento de un modelo basado en una asistencia sanitaria científica, mismo que a la larga terminaría por suplantar al obsoleto sistema asistencial que parecía consistir únicamente en un listado de buenas intenciones: sentimientos humanitarios y religiosos que no lograban por sí mismos erradicar el sufrimiento generado por la enfermedad. Florence puso entonces la matemática al servicio de la comunidad, y la reforma sanitaria fue posible gracias a la estadística. El modelo estadístico propuesto por ella y que actualmente se conoce como diagrama del área polar o diagrama de la rosa de Nightingale, del que se dice es equivalente a un moderno histograma circular, tenía como fin ilustrar las causas de la mortandad. Sus conocimientos de matemáticas le ayudaron, pues, a innovar el diseño de las gráficas estadísticas del hospital, en donde tomando notas y llevando a cabo cuidadosos registros Florence logró representar numéricamente nacimientos, enfermedades y muertes, lo que nunca antes se había hecho. Así, con las gráficas en la mano, esta brillante mujer pudo planear el control y la mejora de las prácticas médicas. La innovación en este campo era fundamental, y algunos no han dudado en considerar a Florence como “una verdadera pionera en la representación gráfica de datos estadísticos”. Con ello, mostraba cómo un fenómeno social era factible de ser medido con objetividad y analizado matemáticamente, y mostraba también que una teoría que no se resuelve en práctica no beneficia a nadie. Así, la matemática y la estadística mostraban su rostro humano. Podemos decir aquí que así como luchó por dignificar el trabajo de las enfermeras, Florence –como señala Silvia Borrego–, se empeñó también en dignificar el papel de las matemáticas aplicadas, llegando incluso a ofrecer un legado de 2 mil libras a la Universidad de Oxford si se creaba con ello una cátedra de estadística aplicada. Una sobrina suya, de su mismo nombre, continuó sus pasos: fundó el Departamento de Bioestadística de la Universidad de California y le hizo una campaña de recuperación de imagen de mujer apasionada por la estadística.

Queda claro con esto que Florence representa el único camino que parece bifurcarse en el sendero de las ciencias exactas y en el de las humanas, justo el entronque en que ambas se hermanan para mostrar el modo en que la estadística aplicada a las necesidades médicas conducen a a establecer un modelo científico y humanista para la atención de las enfermedades. Y es por todo ello que Florence fue en buena medida la inspiradora de la Cruz Roja británica, según lo reconoció su propio fundador, Henri Dunant en 1872:

A pesar de que soy conocido como el fundador de la Cruz Roja y el promotor de la Convención de Ginebra, es a una dama que todo el honor de esa convención es debido. Lo que me inspiró a viajar a Italia durante la guerra de 1859 fue el trabajo de Miss Florence Nightingale en Crimea.

Y también lo sería el hecho de que en 1912 el Comité Internacional de la Cruz Roja instituyera la Medalla “Florence Nightingale” como un reconocimiento a enfermeras destacadas por sus servicios, la cual se entrega cada dos años. Y tampoco son gratuitas otras distinciones: en 1859 fue elegida la primera mujer miembro de la Royal Statistical Society, y poco después miembro honorario de la American Statistical Association; en 1907 recibió la Orden al Mérito del Reino Unido. Actualmente varias fundaciones y museos llevan su nombre, como la Nightingale Research Foundation, de Canadá, que está dedicada al estudio y tratamiento del síndrome de fatiga crónica, enfermedad que al parecer padecía Florence, o el museo que se encuentra en el Hospital Saint Thomas de Londres, donde aún funciona la primera escuela de enfermería que ella fundó. Por otro lado, el día de su nacimiento ha sido instaurado como el Día Internacional de la Enfermera.

Florence, en efecto, obtuvo muchos reconocimientos, pero para hacernos una idea de lo que representó todo esto para ella, recordemos que el primer premio que se le quiso otorgar cuando regresó de Crimea lo rechazó con estas palabras: “Solo he cumplido con mi deber como ser humano”. Y en una carta dirigida a una escuela de enfermería afirmaba lo siguiente:

No me interesan ni la fama ni la gloria, pero sí me gustaría pensar que la fuerza de mi empeño, del trabajo que tanto amo, perdurará en el recuerdo de las futuras generaciones.

Y bien haríamos en contribuir a la perduración de la inmensa obra que nos legó Florence, pues aunque su vida se apagó el día 13 de agosto de 1910, la luz de su lámpara aún sigue iluminándonos a todos. Transeúntes de todo tipo pueden alumbrarse todavía con los distintos resplandores que irradian de la lámpara de Florence Nightingale puesto que ilumina por igual a la matemática y a la estadística, a la enfermería moderna y a la pedagogía y, sobre todo a las mujeres que día a día luchan por cimentar su lugar en el mundo de la ciencia.

Para el lector interesado:

  • Anderson, B.S. y Zinsser, J.P. (1991). Historia de las mujeres. Una historia propia. Barcelona: Crítica.
  • Attewell, A. (1998). Florence Nightingale. Perspectivas, 28(1), marzo, 173-189.
  • Borrego del Pino, S. (2009). La influencia de la mujer en las matemáticas del siglo XIX. Innovación y Experiencias Educativas, 14, enero. Disponible en red: http://www.csi-csif.es/andalucia/modules/mod_ense/revista/pdf/Numero_14/SILVIA_BORREGO_1.pdf.
  • Lipsey, S. (1993). Educación matemática en la vida de Florence Nightingale (trad. Alejandra León). Boletín de la Asociación para Mujeres Matemáticas, 23(4) (julio/agosto), 11-12.
  • Shipp, H. (1959). Vidas que han movido al mundo (Primera Serie). México Compañía General de Ediciones, S.A.