REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero•Abril de 2013
Editorial
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Los libros curiosos de la ciencia
Contenido
 

Curiosidades científicas

Los libros curiosos de la ciencia

Rafael Bullé-Goyri Minter

La aspiradora

En un delicioso libro cuya lectura puede hacerse en una sentada, su autor, David Bodanis, uno de los colaboradores científicos del Washington Post, nos ilustra sobre la aspiradora, ese artefacto que nos sirve para limpiar de ácaros nuestros hogares, unos animalitos microscópicos cuya vista agrandada produce escalofríos. Citamos íntegramente unos párrafos por parecernos muy interesantes e ilustrativos.

“A veces no se da excesiva importancia a los residuos que uno mismo deja en el suelo de su propia casa, pero los invitados pueden resultar sorprendentemente detallistas. Un educado visitante que venía de un país europeo realizó lo que daba la sensación de constituir una visita muy feliz a una serie de amigos ingleses de clase alta. Sin embargo, lo único apropiado que logró decir de ellos, comentando la visita en una carta posterior, era que “en lo referente a los suelos, a veces la parte inferior permanece sin verse perturbada durante veinte años, y en ella hay una colección de salivazos, vómitos, orines de perros y de hombres, cerveza, restos de pescado, y otras inmundicias que es mejor no mencionar”. Esto ocurrió en 1530, y el autor de la carta fue Erasmo de Rotterdam.

“En el aire ambiental de una casa flota todo un depósito de extraños objetos, unos diez millones o más por metro cúbico, sostenidos por las moléculas de aire que los rodean. Entre esos objetos se incluyen trocitos de amianto, miembros microscópicos de insectos, cenizas químicas esféricas, neumáticos derretidos, brillantes fragmentos de cadmio, sal marina, escamas de la piel, arena ecuatorial y el resto de lo que, en general, se califica en bloque con el nombre de ‘polvo’. Las partículas tardan horas y, a veces, semanas en descender. No obstante, a causa de la constante fuerza de gravedad, todas estas partículas acaban cayendo en una permanente lluvia interior sobre cabezas, mesas, sillas, libros, despacho, lámparas, ropa, zapatos y –en un mayor grado, ya que es la superficie de la casa– sobre los suelos.

“Se han inventado muchos aparatos que sirven para retirar estos despojos, aunque pocos de ellos son eficaces. Durante siglos la escoba fue el mejor sistema, actuando no solo como a menudo piensa la gente, es decir, barriendo la suciedad y el polvo que hay delante de ella, sino también produciendo un vacío parcial detrás de cada una de sus hebras, mediante lo cual chupaba el polvo. El paso siguiente, como es natural, tenía que ser el control de ese vacío parcial provocado por los filamentos móviles de paja u otro material de la escoba. Sin embargo, como se tenía la idea equivocada de que la escoba era un aparato que servía para empujar el polvo, ese obvio paso posterior tardó en darse. La mejora del sistema de barrido a través del control del vacío no tuvo lugar hasta que alguien cayó en la cuenta de que empujar y absorber no eran más que aspectos alternos de un mismo ciclo de actividad. Y esa situación ocurrió una tarde de 1901 en el hotel St. Pancras Station, en Londres.

“Ese día se celebraba una exposición del último modelo norteamericano de aparatos de limpieza de vagones, y en el público asistente se encontraba H. Cecil Booth, un afamado constructor de norias para parques de atracciones. (La gran noria que está en el Prater de Viena y que se utilizó en la filmación de El tercer hombre, fue creación suya.) El aparato americano que se exponía era una de las equivocaciones conceptuales que caracterizaban aquella época: un generador de aire comprimido que tenía el objetivo de limpiar el polvo soplando aire por encima. Sin embargo, según los archivos de la empresa que fundó más tarde, cuando Booth vio funcionar ese aparato quedó seducido de inmediato por la idea de que un generador de esta clase podía utilizarse al revés, es decir, absorbiendo, en vez de soplando. La idea era tan fuera de lo normal que Booth quiso experimentarla sin dilación. Volvió a su oficina, se arrodilló en el suelo, puso los labios sobre la alfombra y comenzó a absorber lleno de entusiasmo. Casi se ahogó al llenarse la boca de polvo, pero comprobó lleno de felicidad que su idea funcionaba. En ese preciso momento, había hecho su aparición la primera ‘barredora por succión’, que pronto fue bautizada como ‘aspiradora de polvo’.

“Era difícil crear un dispositivo portátil basado en este principio de absorción, así que los primeros aparatos que se fabricaron parecían pequeños carros de combate; no cabían por las puertas y tenían que ser arrastrados por la calle gracias a un tiro de caballos. Los operarios, que antes se habían dedicado al montaje de alguna noria, y que utilizaban hermosos uniformes para el ‘servicio de aspiración’, caminaban junto al aparato y hacían entrar el largo tubo de succión por la ventana de alguna dama que fuese lo bastante osada como para entallar este producto de la Era del Progreso. Rápidamente se diseñaron y patentaron nuevos modelos, que iban cayendo en el olvido a medida que aparecían otros sustitutos. Finalmente, después de un año de esforzada labor, a mediados de 1902 los desvelos de Booth recibieron la recompensa más elevada que podía recaer sobre un inventor eduardiano. Aquel verano iba a ser coronado Eduardo VII en la Abadía de Westminster, y H. Cecil Booth fue llamado para que limpiase dicha abadía con su nueva máquina aspiradora”.

Por qué el mar es azul

Un librito más nos sirve para completar esta sección, este de Paul Colinvaux, aparecido en la Yale Review hace ya varios años, del cual entresacamos asimismo unos párrafos.

“El mar es azul. Esto es algo bastante extraño porque el mar es también húmedo y se extiende bajo el sol. Debiera ser verde y con plantas, como la tierra firme, pero no lo es. Hay aguas turbias en costas y estuarios, pesadas aguas verdosas en canales tormentosos y aguas de un gris plateado en neblinosos bancos marinos. Pero el mar profundo, el mar abierto, la mayor parte del mar, es azul. El extraño color azul del mar nos habla de varias cosas.

Una explicación del color del mar es bastante simple. No hay suficientes plantas en el océano para hacerlo verde, de modo que nos quedamos con el color del agua pura bajo el sol. La luz que pasa a través del agua perfectamente clara es absorbida poco a poco, y su energía se disipa como calor, y así los colores de la luz blanca se pierden progresivamente, uno a la vez. Las longitudes de onda menores a las que llamamos ‘rojo’ se pierden primero, y luego las partes más intensas del espectro –naranja, amarillo, verde– y finalmente las diversas tonalidades del azul.

Solamente la luz azul puede descender a una profundidad de unas decenas de metros, por lo que cualquier luz reflejada que haya hecho el doble viaje de la superficie a las profundidades, y de ahí a la superficie, es azul.

Pero la verdadera razón de que el mar sea azul es que no contiene suficientes plantas que lo hagan verde, y esta es una de las extrañas cosas que ocurren en nuestro mundo. ¿Por qué los océanos no verdecen con plantas?

Podemos tener un atisbo de la respuesta reflexionando sobre aquellas partes del mar que de hecho son verdes, como los bancos superficiales o las riberas de la costa peruana. Son sitios en que habitan grandes cardúmenes y cuyas aguas son verdosas debido a la vida vegetal que hay en ellos. Los mismos cardúmenes son muestra de las ricas cualidades productivas de estos sitios, los cuales tienen una elevada fertilidad. Claro está, en un sentido químico, esa fertilidad explica tanto la existencia de los cardúmenes como el color de las aguas, las cuales están bien dotadas de nutrientes químicos, de manera que las pequeñas plantas que forman el plancton son también abundantes, lo que vuelve verde esa sopa en la que viven tales animales.

Donde el mar es inusualmente fértil, esas pequeñas plantas se multiplican y le dan su color verde. Pero la mayor parte del océano no lo es; es, de hecho, un desierto químico. El potasio, fósforo, silicio, hierro, nitratos y todos los demás están siempre presentes ahí, pero en bajas concentraciones. Para los estándares agrícolas, el mar es irremediablemente infértil. Y si el mar es así de árido, no es irrazonable esperar que las plantas no crezcan en él apropiadamente, razón por la cual son tan escasas […] Siendo así, si el agua está esencialmente vacía de vida vegetal, la luz la atraviesa hasta llegar a las profundidades, y eso le da su color azul”.

Para el lector interesado:

  • Bodanis, D. (1987). Los secretos de una casa. Barcelona: Biblioteca Científica
    Salvat.
  • Colinvaux, P. (1978). Why big fierce animals are rare. Princeton, NJ: Princeton University Press.