REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero•Abril de 2013
Editorial
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La geometría del cuerpo propio
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Distintas y distantes: mujeres en la ciencia. Las Conversaciones de Jane Marcet

Los libros curiosos de la ciencia
Contenido
 

La geometría del cuerpo propio

Rubén Sánchez Muñoz

En este espacio queremos reflexionar sobre el cuerpo propio desde la perspectiva de la fenomenología. Se trata de un asunto completamente familiar. Familiar es aquello que nos resulta cercano, algo con lo cual, de alguna manera, nos identificamos. Así, decimos que una persona nos resulta “familiar” cuando creemos conocerla, cuando hay rasgos comunes o, en términos generales, cuando compartimos con ella un modo de vida parecido, costumbres, creencias, etc. Lo que parece familiar, por su cercanía, es aquello que forma parte de la vida cotidiana. Está ahí. No sabemos cómo y a veces ni en qué momento pasó a formar parte integrante de nuestra vida diaria, pero sabemos que forma parte de nuestro entorno, de un horizonte que abarca nuestros quehaceres diarios, nuestras rutinas. Por ser así, paradójicamente, lo más familiar, lo más cercano y, por lo mismo a veces, lo más querido, está tan cerca de nosotros que no lo vemos o lo perdemos de vista. Esto suele pasar frecuentemente. Nadie echa de ver lo importante que es el desayuno que mamá prepara por las mañanas hasta que sale de casa por una temporada o, peor, cuando ella muere. Eso muestra que la distancia –podemos decir el espacio– nos permite de pronto darnos cuenta lo importante que pueden ser para nosotros aquellas personas o cosas que nos rodean y que forman parte de nuestra vida. La pérdida repentina y total de este espacio vital en el que el ser humano se desenvuelve naturalmente resulta desgarrador y en muchas ocasiones conduce a la pérdida del juicio. En el mejor de los casos, el horizonte se cubre de una capa oscura, pierde su brillo, su resplandor y se pinta de gris. El mundo que un día tuvo sentido parece de repente no tenerlo.

De todos los objetos con los que estamos familiarizados, uno en especial nos es más próximo. Se trata, en efecto, del cuerpo. Solo que cuerpo no se refiere aquí a cualquier cuerpo sino a mi cuerpo. En el idioma alemán se utilizan dos términos importantes para distinguir dos sentidos de cuerpo: Körper se refiere al cuerpo material, a cualquier cuerpo que ocupa un lugar en el espacio (una mesa, la silla, la roca, esta revista, etc.). Mi cuerpo es Körper por el hecho de ser material, pero no es solo eso. El otro término, Leib, significa cuerpo vivo o propio. Es el cuerpo de cada uno de nosotros, vivo, incluso el de los animales. Este es el más cercano de los objetos y es también el más familiar, pues hemos vivido en él desde el nacimiento y viviremos en él hasta la muerte.

Pero, ¿hemos pensado alguna vez qué significa este cuerpo propio?, ¿sabemos cuáles son, por decirlo así, las características que le pertenecen y que lo hacen ser lo que es y cómo es?, ¿reflexionamos alguna vez acerca de qué sentido tiene para nuestra vida diaria esta corporalidad? Sobre estos temas, la fenomenología –sobre todo la de Edmund Husserl y Maurice Merleau-Ponty– desarrolla importantes reflexiones. Describiremos a continuación algunas de las características fundamentales, invariables, del cuerpo propio.

En primer lugar, el cuerpo propio se distingue de otro cuerpo material por ser el portador de sensaciones localizadas. Husserl las denomina ubiestesias. Con ello se refiere a las sensaciones o a los actos de sentir. Por ejemplo, sentimos frío o calor, dolor o placer; sentimos la dureza de la silla cuando nos sentamos, la lisura de una superficie cuando suavemente deslizamos la mano por ella, el cansancio o dolor en los pies después de recorrer una gran distancia o al subir una pendiente. Decimos que “sentimos”, aunque viéndolo bien habría que decir “nos sentimos” a nosotros mismos, sentimos nuestra corporalidad a través de tales sensaciones. El frío de la lluvia es el frío del cuerpo que la siente caer sobre él; la suavidad de una prenda es vivida como agradable por el cuerpo que la usa, etcétera. Gracias a las sensaciones, el cuerpo se constituye de una manera doble: como cuerpo material, en primer lugar, pues como ya se ha dicho se trata de un cuerpo físico, material (Körper), pero al mismo tiempo como cuerpo vivo (Leib), que se experimenta a sí mismo de esta doble forma. Cuando nos tocamos a nosotros mismos nos experimentamos precisamente como un objeto material y, a la vez, como cuerpo que siente, esto es, que se siente.

En segundo lugar, el cuerpo propio es un cuerpo que se experimenta a través del libre movimiento. Es un cuerpo que se mueve a sí mismo. Vamos para un lado o para el otro. Decidimos libremente ir en qué dirección, en qué momento. La mano que se desliza sobre una superficie se experimenta a sí misma en ese deslizarse, en su propio movimiento que puede captarse mediante la experiencia visual o táctil. En este sentido, el cuerpo propio es un órgano de la voluntad: me muevo cuando voy en la dirección que quiero. En cambio, las cosas materiales “son solo mecánicamente movibles” y necesitan que una fuerza externa las ponga en movimiento. Por sí mismas, no se mueven.

La tradición clásica distinguía entre cuerpos animados e inanimados. Y una de las distinciones básicas entre ambos era justamente que los cuerpos animados se movían a sí mismos. Decían que una fuerza interna los movía “desde dentro”, lo que no ocurre en los cuerpos inanimados.

En tercer lugar, está el cuerpo propio como “el punto cero de la orientación espacial”. En ello queremos detenernos dada su radical importancia para cualquier actividad humana en cualquier lugar del mundo. Es un asunto absolutamente familiar, pero poco o nada reflexionado en lo que se refiere al modo de vivir natural de las personas, o en lo que Alfred Schutz nombra “mundo de la vida cotidiano”. Este es fundamental para la humana y no puede ser de otra manera. Se trata, en efecto, del lugar que ocupa el cuerpo propio, mi cuerpo, el cuerpo de cada ser humano en el espacio, y de la relación que mantiene con los demás cuerpos humanos, animales o de cualquier otro tipo. Claro está que ese lugar será totalmente distinto para cada uno de nosotros pero completamente comprensible para los demás, pues suponemos que los otros experimentan su cuerpo de manera análoga a como nosotros lo hacemos. Este lugar, llamado –como se ha dicho– punto cero de la orientación espacial, es el lugar desde el cual es posible cualquier perspectiva. Es el punto desde el cual se ve el mundo, cualquier mundo, real o posible. En efecto, el mundo se ve siempre desde donde yo estoy, y yo estoy donde está mi cuerpo. Puedo imaginarme en otro lugar del mundo, en otra galaxia, en otra época o en otra actividad, pero en ningún momento abandono ese lugar espacial que me pertenece de manera irrenunciable. ¿Qué lugar es ese donde se halla mi cuerpo? Respondemos a ello con frecuencia, por ejemplo, cuando en la vida diaria alguien nos pregunta dónde estamos. A esta pregunta respondemos, por lo general, diciendo que estamos aquí.

Así pues, aquí, mi aquí, es mi punto de referencia, el punto cero de la orientación en el espacio. Estoy aquí y siempre en un aquí. Incluso cuando me voy a otro lugar, sigo en un aquí, si bien en un aquí distinto del anterior que con mi movimiento ha dejado de ser aquí y ahora es allá. Pero mi lugar es absolutamente aquí, por mi corporalidad y su lugar en el espacio, y no es posible renunciar a ella. Aunque por otro lado no veo por qué alguien querría renunciar a este lugar privilegiado, si es precisamente la puerta que “abre el mundo”, el lugar desde el cual el universo todo toma su sentido y realidad. No existe otro lugar que nos resulte más familiar, más cercano, más cómodo. No es la Tierra el centro del universo, como se creía en la Edad Media, sino que el centro del universo es mi cuerpo, el de cada uno para sí mismo. Así, mi cuerpo va conmigo a cualquier lugar al que yo voy. En este sentido, amplio quizá, yo soy mi cuerpo, cualquier cosa que a él le ocurra en realidad me está ocurriendo a mí. Un daño al cuerpo propio es un daño a la propia persona que vive en ese cuerpo. No hay forma de negar que esto sea así. De hecho, vivimos a diario preocupados, esto es, previamente ocupados, en cuidar el cuerpo, aunque no reflexionemos mucho sobre el asunto. Pero cuidamos de nuestro cuerpo en todo lo que hacemos. Tratamos de mantenernos vivos, de preservarnos a nosotros mismos, de mantenernos a salvo en cualquier circunstancia y, en el mejor de los casos, intentamos vernos bien, pero esto último, radicalmente hablando, es secundario.

Ahora bien, ¿qué lugar ocupa el cuerpo en el espacio? ¿A qué nos referimos con la frase “geometría del cuerpo propio”? Para ilustrarlo imaginemos un plano cartesiano. El origen, o sea, allí donde las líneas se cruzan, es el lugar del cuerpo propio. Es la coordenada (0,0). Solamente que esa coordenada se mueve con el cuerpo. En realidad, jamás salimos de esa coordenada. El mundo siempre se ve desde ese punto. Ese es el lugar originario de la corporalidad propia y va con el cuerpo a cualquier sitio, en todo momento. Cualquier perspectiva o representación de la realidad lo es en función de ese centro cero desde el cual adquiere sentido todo lo demás. Cualquier otro cuerpo está ubicado fuera de esta coordenada, lejos o cerca, arriba o abajo, a la izquierda o a la derecha de él y, por ende, en cualquier otra coordenada, por ejemplo (6, 2), (4, 9), (–8, 0), etcétera. Por esta razón, es posible decir que cada uno es para sí mismo el centro del universo. Nadie puede ser reemplazado por otro. No, al menos, en este asunto, porque la perspectiva, el ángulo desde el cual se ilumina el mundo y toma sentido, es único e irrepetible. A finales del siglo XVII y principios del XVIII, Leibniz hablaba de las mónadas en ese sentido justamente. Cada una de ellas llevaba consigo su propia representación del universo y, por ende, cada una de ellas era en sí misma un universo propio de representaciones, únicas e irrepetibles. A este modo particular de ver el mundo el filósofo español José Ortega y Gasset lo denomina perspectiva.

Pero aún hay más. Desde el punto cero se vuelven comprensibles las distintas coordenadas espaciales. Comprendemos lo que significa arriba y abajo, enfrente y detrás, izquierda y derecha, pero no nos preguntamos respecto de qué. Es decir, ¿arriba o abajo de qué?, ¿izquierda o derecha de qué? Pues del cuerpo, evidentemente. Transitamos libremente en el espacio, vamos de un lado para el otro. Damos referencias sobre calles: “Camina derecho tres cuadras, luego dobla a la derecha…”. Y nos entendemos, y no solo eso sino que además actuamos en el mundo, que es nuestro propio mundo circundante, el mundo de la vida cotidiana, y todo ello gracias a nuestro lugar en el espacio, gracias a nuestro cuerpo.

Solo que todo esto, la posición en el espacio y las coordenadas espaciales, están dadas de hecho. Están, por decirlo así, presupuestas. Esto es así porque así vivimos de manera natural. No es normal ni natural vivir de otro modo. ¿Quién, en el trayecto de su vida diaria, cuenta los pasos que hay de su casa a la avenida o sabe cuántos escalones tienen en la escalera de su casa? Lo que queremos ilustrar con ello es que, a pesar de que todos los días o la mayoría vamos de la casa a la avenida o subimos la escalera de nuestra casa, no forma parte de la vida diaria contar los pasos que damos en cierta dirección o los escalones que subimos a diario. Pero es posible hacerlo. Solamente que se requiere para ello abandonar un momento la vida cotidiana, la manera natural de vivir en el mundo y estar dirigidos a él. Se trata en realidad de un cambio de actitud, un giro radical en la forma de estar viviendo.

Con el cuerpo ocurre exactamente lo mismo. No es un problema hasta que reflexionamos en él y lo convertimos en tema de reflexión. Pero eso sucede con muchos temas que por su cercanía y familiaridad damos por sobreentendidos.

Para el lector interesado:

  • Husserl, E. (2005). Ideas relativas a una fenomenología pura y un filosofía fenomenológica (Libro Segundo: Investigaciones fenomenológicas sobre la constitución) (trad. Antonio Zirión). México: UNAM/FCE.
  • Ortega y Gasset, J. (2001). En torno a Galileo. El hombre y la gente. México: Porrúa.