REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero•Abril de 2013
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Distintas y distantes: mujeres en la ciencia. Las Conversaciones de Jane Marcet

Los libros curiosos de la ciencia
Contenido
 

Distintas y distantes Mujeres en la cienca

Las Conversaciones de Jane Marcet

María Angélica Salmerón

A principios del siglo XIX, apareció en Inglaterra un texto anónimo cuyo título, Conversaciones sobre química, llamó inmediatamente la atención del público. El texto pronto se convirtió en un éxito editorial, y aunque el nombre de la autora no apareció sino hasta la treceava edición, ambos –texto y autora– estaban desde ese momento llamados a hacer historia. En efecto, Jane Marcet, reconocida inmediatamente como una competente estudiosa de las ciencias, lograba con su libro dotar a la cultura científica de una obra singular en la que de manera clara y amena se dedicaba a explicar los principios de la química. Se trataba, pues, de una obra de divulgación cuya pretensión no era otra que la de poner al alcance de la mayoría los nuevos descubrimientos suscitados en ese campo de la ciencia. Pero Jane sabía que tal empresa –la de difundir los secretos de una ciencia sin estar amparada por un título académico– no podía menos que parecer una osadía, y por ello apuntaba en el prólogo lo siguiente:

Al atreverse a ofrecer al público, y más especialmente al sexo femenino, una Introducción a la Química, su autor, que también es mujer, entiende que se pueda necesitar alguna explicación; y siente que es aún más necesario disculparse por la presente empresa, pues su conocimiento del tema es reciente, y no puede pretender realmente al título de químico.

Y es que la autora no era una científica en el sentido estricto del término, pero su entusiasmo científico no solo justificaba ese arrojo, sino también su presencia en la historia de la ciencia. Como habremos de ver más adelante, su incursión en esa historia se resuelve a través de una labor científica cuyo desempeño atenderá fundamentalmente el modo de la divulgación, porque las Conversaciones sobre química no significan en esta narración más que el inicio de una vertiginosa carrera que habría de llevarla por tal camino, pues es el caso que Jane, utilizando su ya famoso formato de “conversación”, se dedicó a divulgar otras ciencias. Aparecieron así su Conversaciones sobre economía política, Conversaciones sobre filosofía natural y Conversaciones sobre la Historia de Inglaterra, todas ellas traducidas al español, así como Conversations on Vegetable Physiology, Conversations on Lenguaje for Children y Conversations on Evidences of Christianity.

Esta serie de títulos nos advierte sobre la variedad de los intereses intelectuales que ocupaban la mente de una mujer cuyo espíritu curioso y activo no parecía saciarse con nada: toda ciencia y arte, y en general el inmenso campo de la cultura, era para ella un territorio pleno de interesantes experiencias que, pese a los retos intelectuales que representaba, era factible gozar. De ahí su insistencia en hacer accesibles a los demás sus variados paisajes, y ayudarlos así a descubrir –como ella misma lo había hecho– que el conocimiento no era privilegio de una elite sino que, en la medida de las inquietudes y capacidades de cada quien, todos estaban invitados a introducirse en el mundo de la cultura. Para ello solamente hacía falta que alguien pavimentase los caminos y guiase a los curiosos por buen rumbo, y es precisamente esa la tarea a la que se sintió llamada: iniciarlos en el inmenso mundo del saber haciendo comprensibles los complejos y especializados principios de las ciencias. Nacía así en Jane Marcet una vocación que continuaba esa añeja y soterrada tradición de divulgar la cultura, una tradición que –hay que decirlo desde ahora– ha sido en general mal entendida, tal vez por su propio carácter fronterizo, o bien porque parece ser una actividad de talla menor cuya relevancia aparece casi siempre desdibujada. Pero es justo señalar que ha sido gracias a la labor de los divulgadores que el mundo que habitamos sea hoy más comprensible y tenga sentido para todos, y no únicamente para aquellos especialistas sabedores de sus leyes y principios. En este sentido, bien vale recordar lo que un historiador de la filosofía y de la ciencia, Ludovico Geymonat, nos dice al respecto:

La necesidad de hacer accesibles a amplias masas de jóvenes los resultados de la investigación racional obligó a los nuevos maestros (los sofistas) a realizar un serio esfuerzo de clarificación y simplificación de su ciencia para relacionarla con las aplicaciones concretas: los obligó –en otras palabras– a plantear con toda la fuerza necesaria el problema de la divulgación de la cultura. A veces puede considerarse que este es un problema secundario, inferior, respecto de la investigación original. La historia del pensamiento humano nos demostrará, en cambio, que no es así: las épocas más ricas en energías intelectuales (como por ejemplo el siglo XVIII) han sido siempre épocas en las cuales se ha reconocido toda la importancia de la divulgación, a la cual los hombres más preparados le dedican una notable parte de su valiosa actividad. No podemos caer en la ilusión, en efecto, de que se puede incrementar seriamente la investigación sin ampliar el campo de reclutamiento de los investigadores; y para hacer esto, se necesita empezar a atraer hacia el interés cultural el mayor número de personas activas de la sociedad. La cita anterior nos conduce a determinar dos cuestiones: 1) que la divulgación marcha en paralelo a la investigación científica, a la que en buena medida sostiene y propicia, de donde resulta que comparte con ella créditos y tradición, y 2) que, en consecuencia, no solo es posible sino necesario introducir en la historia de la ciencia las personalidades de aquellos que, pese a no ser científicos en sentido estricto, han contribuido a su desarrollo y comprensión. Tal es el caso de Jane Marcet.

Hablaremos, pues, de esta mujer que, no obstante no pertenecer al linaje de los “científicos puros”, posibilitó que los logros de estos fuesen conocidos por un mayor número de personas, y que algunos otros que sí estaban llamadas a dejar huella en la ciencia descubrieran, gracias a sus escritos, su aptitud y se aventuraran por los diversos territorios de aquella.

Jane Haldimand, hija de padres suizos, nació en Londres en 1769. Tuvo la suerte de ver la luz en el seno de una familia acomodada (su padre era banquero) y dispuesta a dotar a sus hijos de una buena educación. Así, a pesar de que Jane era mujer, su padre no tuvo empacho en proporcionarle maestros particulares, de modo que desde su más tierna infancia Jane pudo estar en contacto con las ciencias y las artes, teniendo así la oportunidad de realizar estudios sobre filosofía natural, historia, dibujo y lenguas; pero además, y sobre todo, tuvo acceso a científicos, políticos y literatos, pues la casa paterna era un lugar de reunión de intelectuales de todo tipo, quienes se daban cita ahí para comentar los acontecimientos del momento. Fue así cómo, en este ambiente preñado por la semilla de la Ilustración, cuyo afán enciclopédico y difusor de la cultura pretendía iluminar con sus luces a todos, la pequeña Jane dio los primeros pasos intelectuales que la llevarían a la postre a iluminar a muchos de sus contemporáneos.

Así que, bien dotada cerebralmente y apoyada por el padre, Jane Marcet fue tejiendo una serie de relaciones que le hicieron posible consolidar esa inicial afición por las ciencias. Años más tarde, a raíz de su matrimonio con el médico ginebrino Alexander Marcet, Jane empezó a interesarse por la química, y poco después también llamaría su atención la economía política, ciencias ambas que por aquel entonces empezaban a desarrollarse. De modo que el matrimonio no solamente no fue un obstáculo para sus inquietudes intelectuales, sino que se convirtió en una fuente de recursos y de inspiración, en la que su marido, como antes su padre, desempeñaría un papel fundamental. Alexander fue mentor de su mujer puesto que la interesó y la introdujo en el campo de la química, ciencia a la que él mismo era aficionado. Intuyendo su importancia en el campo de la medicina, llegó a ser nombrado profesor de química en el Guy’s Hospital de Londres. Pero, sobre todo, Alexander se convirtió en el cómplice perfecto que secundó invariablemente las aventuras eruditas de su esposa. Aunque no conocemos mucho de su vida matrimonial, salvo que tuvieron tres hijos, la casa de los Marcet fue también –como antes había sido la de los Haldimad– un centro de discusión intelectual que congregó a una buena cantidad de científicos y literatos. En consecuencia, Jane seguía moviéndose en territorios que le eran propios y además propicios para continuar la trayectoria que su inquieto y curioso espíritu le exigía. Fue en estos espacios donde maduró la idea que marcaría su entrada a la ciencia por una puerta que, pese a dar la apariencia de ser la del servicio y no la principal, la llevaría hasta un sitio cuya importancia nadie estuvo dispuesto a regatearle. En efecto, Jane Marcet vivía su momento de gloria, viendo cómo su labor de mera aficionada a la ciencia era recibida y reconocida por sus virtudes divulgativas, cuyo método, tan antiguo como novedoso –la conversación–, convertía sus libros en auténticos best sellers de divulgación científica

La conversación, el diálogo de tan añeja tradición, se convertiría en manos de Jane en la estrategia adecuada para su tarea, estrategia esta que, utilizada desde la antigüedad clásica, recorría los espectros culturales de todo tiempo y lugar, hasta alcanzar una de sus cúspides en la edad moderna. Esta tradición, que permea toda la historia de nuestra cultura, se manifiesta particularmente con la aparición de los salones, en cuyo seno se desarrollaban las grandes ideas científicas, políticas y culturales de la época. No nos corresponde aquí abordar esta soterrada costumbre, pero es conveniente señalar que en la base de la difusión de los conocimientos está justamente la conversación. Y es que el diálogo –como bien lo demostró Sócrates– hace posible el intercambio de ideas mediante preguntas y respuestas que agudizan el entendimiento y hacen más ágil la búsqueda del saber, lo que permite ver con claridad que no solamente la comunicación del saber, sino sobre todo el modo propio de un aprendizaje efectivo, encuentran su reducto propio en el intercambio de ideas. Vale la pena señalar también, para el caso que nos ocupa, que en sus comienzos la ciencia moderna se desarrolló más en las academias y sociedades científicas, y sobre todo en los salones, que en las propias universidades, por la sencilla razón de que la ciencia era más una actividad que una profesión, y más aún tratándose de mujeres.

Apuntan las autoras del delicioso ensayo Las científicas y su historia en el aula que la ciencia

... era una actividad amateur, no profesional. Muchas mujeres contribuyeron a los avances de la nueva ciencia, pero muy pocas consiguieron el estatuto de científicas o filósofas, según la denominación de la época; como mucho, se les concedía el estatuto de aficionadas.

Podemos así ver en Jane Marcet a una aficionada a las ciencias, sin que esto implique el menosprecio de su actividad porque a partir de esta afición es que nuestra autora adquirirá la competencia para divulgar sus principios, pues “también, en aras de ese ideal ilustrado, es preciso escribir obras explicativas de ciencia para un público, hombres y mujeres, que querían acceder a los conocimientos científicos”. Por ende, y partiendo de estos entronques tradicionales que ponen en movimiento centrífugo los conocimientos adquiridos, Jane Marcet se consagró a la tarea de escribir obras de divulgación en torno de las ciencias que ocuparon toda su atención. Y lo hizo –esto es lo fundamental– tomando en cuenta su propia experiencia, es decir, de la misma manera en que ella misma se había hecho del bagaje científico que poseía y que se proponía difundir. Jane Marcet había aprendido su ciencia hablando con los científicos, preguntando lo que no comprendía y resolviendo, a partir de las propias respuestas, nuevas preguntas, hasta aclarar sus dudas y alcanzar la comprensión completa de los temas; así que nada más natural que utilizar como estrategia el diálogo y convertir de este modo la conversación en divulgación. Nacieron así las famosas Conversaciones de Jane, cuya exitosa fórmula consiste en construir diálogos entre una maestra y sus alumnos.

La conversación mostraba claramente su eficacia, pues fue la puerta a través de la cual se introdujo en el campo de la ciencia y a su vez la clave que le permitió ir descifrando sus secretos. Pensar entonces la divulgación a través de forma conversacional adquiría sentido y fundamento en la idea de que el mejor método pedagógico –el proceso que denominamos enseñanza-aprendizaje– ha de basarse en el diálogo y no en la lectio. Por ello, los textos de Jane no son en modo alguno concebidos como tratados científicos sistemáticos, sino sencillamente como obras divulgativas que pretenden simplemente acercar al gran público a los fundamentos y principios. Por supuesto que lo hace gracias a un sólido conocimiento de la ciencia que pretende divulgar, y tal conocimiento se da a conocer asumiendo un principio pedagógico fundamental que cifra su confianza en el aprendizaje activo y participativo por parte de los estudiantes, lo que remite justamente a la estrategia conversacional. De este modo, Jane evita los escollos de la aridez y la dificultad del tratado especializado, y aun del libro de texto, donde, por lo demás, parece radicar el peligro de convertir a los estudiante en individuos receptivos y pasivos. Son estas razones que no solamente avalan la elección de la forma dialógica como modo de divulgación científica, sino también la de una pedagogía claramente definida, y de ahí que muchas historiadoras consideren que habría de verse en Jean Marcet no únicamente a la divulgadora sino también a la pedagoga.

La divulgación adquiere en la obra de Jean su verdadero valor en la medida en que la idea que la impulsaba no era la de la simple vulgarización de los conocimientos, sino la de un modo de enseñar la ciencia que fuese accesible a la mayoría de los lectores. La divulgación como educación es el entramado teórico en toda la obra de Marcet, porque para ella

... el concepto de divulgación no tenía las connotaciones peyorativas de vulgarización de las que, a veces, se reviste hoy en día, sino que era una actividad absolutamente necesaria para la instrucción y para el trabajo que realizaban las personas dedicas a la ciencia.

Por tales razones, no puede sorprender del todo que, una vez publicadas las Conversations on Chemistry, se convirtieran en un éxito editorial cuyo alcance divulgativo no estaba a discusión, y que, más allá de ello, fuera de las fronteras inglesas, se adoptara también como un libro de texto, como fue el caso de su recepción en Estados Unidos. Veamos lo que al respecto nos dice Johanna Patricia Camacho:

En 1806 se publica en Londres Conversation on chemistry, in which the elements of that science are familiarly explained and illustrated by experiments, un libro sobre los principios de química, impreso por Longman, Brown, Green & Longmans. Dos volúmenes de aproximadamente 300 páginas cada uno, en donde se presentan separadamente conversaciones entre una tutora y sus dos alumnas sobre temas de química. En el mismo año, 1806, Samuel Parker (1761- 1825), también inspirado por los discursos de Davy, publicó en Inglaterra Chemical Catechism, un libro de divulgación química. Ninguno de estos dos libros fueron exactamente libros de texto […] no pretendían ser un curso formal, nada parecido a una clasificación o sistematización del conocimiento; ambos pertenecieron a una época en que la instrucción elemental científica a través de este medio era muy difícil de encontrar, ya que las conferencias eran extremadamente populares.

Estos libros, cargados de teoría, por lo cual se les ha visto como una excelente guía para conocer el estado de la teoría química en esa época, estaban ante todo destinados a aquellos que no tenían una formación científica ni contaban con los medios para introducirse en los círculos académicos. Eran, pues, en su origen obras divulgativas. Marcet da cuenta de todo ello en el prólogo de su obra, y señala en primera instancia su preocupación e interés:

Ofrecer al público, en particular el sexo femenino, una introducción de la química. La educación de ellas rara vez se destina a preparar sus mentes para resumir ideas o un lenguaje científico.

No se conocía ningún libro que pudiera sustituir tal pretensión. Jane se refiere aquí a lo obvio: las mujeres no tenían acceso a la instrucción formal, y de ahí la utilidad que ella misma veía en su texto: rastrear los pasos por los cuales ella misma había adquirido su pequeño conjunto de conocimientos químicos y registrar en forma de diálogo esas ideas, que habían derivado inicialmente de una conversación. Además, con ello demostraba claramente que la opinión general ya no excluía por completo a la mujer del conocimiento de la ciencia. De modo que introducirse en las ciencias de este modo afirmaba su convicción de que las maravillas de la naturaleza, al estudiarlas desde un nuevo punto de vista, todavía fresco y fuerte, podía ser tal vez el mejor modo para comunicar a los otros los sentimientos que ella misma había tenido. Confesaba su interés por la química y reconocía que aun cuando no poseía título académico alguno, pudo asistir regularmente a las “excelentes conferencias ofrecidas en la Royal Institution por el profesor Sir Humphry Davy”. Aunque en las primeras ocasiones encontró que “era casi imposible obtener alguna información clara o satisfactoria a partir de las rápidas demostraciones”, investigando por su cuenta, preguntando a quienes más sabían del tema –incluido el propio Davy, que en buena medida se convirtió en su maestro– y repitiendo uno a uno los experimentos de que era testigo, fue comprendiendo paulatinamente los fundamentos de la química. El procedimiento que a ella le había funcionado debiera servir a otros aficionados interesados en esta ciencia, de modo que ni tarda ni perezosa se dio a la tarea de redactar un texto en donde su “pequeña reserva de conocimientos químicos […] fueran utilizados para difundir esas ideas que habían derivado inicialmente de una conversación”. Aparece aquí claramente el método de una enseñanza que, abandonando la forma del tratado y el lenguaje duro y especializado, recurre a la experiencia viva en donde la pregunta se torna diálogo, y el diálogo conversación.

La suerte que corrió este texto conforma una historia aparte. Pero bien vale la pena resaltar algunos datos que nos aportan Camacho y Quintanilla Gatica. Como señalábamos al principio, la obra apareció anónimamente, y no fue sino hasta 1837, ya en su treceava edición, que el nombre de Jane apareció en la portada, manteniéndose así hasta 1853, fecha de su última edición.

Cuando la dieciseisava edición inglesa salió, Jane tenía 84 años y su libro había vendido 20 mil copias en Gran Bretaña; en Estados Unidos también había sido muy popular [y] las ventas totales estimadas de las ediciones 15 y 16 fueron aproximadamente de 140 mil.

Existe una diferencia entre la edición inglesa y la estadounidense en el sentido de que la primera mantiene el uso que inicialmente Marcet esperaba, esto es, la de ser “una guía de lecturas populares de química”, en tanto que la segunda la convirtió “en un exitoso libro de texto, reconocido como un importante aporte para la enseñanza escolar de la química entre 1876-1901”; de modo que fue

... una introducción a las teorías más importantes de la química, usada ampliamente en los nuevos seminarios de las mujeres en Estados Unidos después de 1818. También la usaron jóvenes hombres que asistían a los mechanic’s institutes, así como los estudiantes de medicina que comenzaban sus estudios sobre química.

Los autores mencionados analizan ambas versiones y resuelven, entre otras cosas, que la variación del modelo inglés apunta a una idea de la ciencia entendida como problemática, siendo su narrativa de duda metódica y en donde el lector aparece como aprendiz activo; el modelo americano, a su vez, presenta la idea de la ciencia como apodíctica y al lector como discípulo. Otras historiadoras resaltan también el hecho de que el libro fuese traducido al francés y al alemán, pero no mencionan las fechas ni sus ediciones.

Ahora bien, las Conversaciones sobre química se construyen en torno a los diálogos que tienen una maestra (la señora Bryant) y sus alumnas (Emily y Caroline), dos jóvenes aprendices, una de las cuales tiene 13 años, siendo la otra aún menor, quienes representan otra de las convicciones de Jane: “que las niñas, al igual que los niños, deben seguir a un ritmo actualizado las ciencias naturales y humanas”; a través de preguntas y respuestas se van exponiendo las lecciones que permiten hacer comprensibles los principios y las leyes que rigen en el campo de la química, todo ello entretejido mediante la demostración práctica de experimentos que la autora explica e ilustra con sus propios dibujos. Y no hay que olvidar que en esto Jane tiene también experiencia, pues ella no solo asistía a las conferencias científicas, sino que además se dio a la tarea de repetir y practicar los experimentos que allí presenciaba. Así, todo el saber y la experiencia de esta aficionada a la ciencia quedaba plasmado en este libro cuyo objetivo esencial era –ya lo hemos dicho– ofrecer a todo el público interesado, y de manera especial al público femenino, una introducción a la química clara, comprensible y amena.

Y Jane cumplió su propósito: pronto, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, curiosos y aficionados descubrían en estas conversaciones un cúmulo de saberes que de otro modo nunca les hubiesen sido accesibles. Un autor señala que Thomas Jefferson,

... siendo presidente de los Estados Unidos, además de presidente de la Sociedad Filosófica Americana, hizo comentarios elogiosos sobre el que llegó a ser uno de los libros de ciencia más importantes de su país en la primera mitad del siglo XIX.

Pero más allá de todo, el libro estaba llamado –como buena obra de divulgación que era– a despertar nuevos talentos. Cierto, no podemos olvidar que fue precisamente el texto de química de Jane el que puso en camino la vocación de Michael Faraday (1791-1867), mérito mayúsculo si consideramos que Faraday es reconocido como el más grande de todos los físicos experimentales y quién además no tuvo ningún empacho en reconocer el lugar que ocupó en su formación el texto de Jane: “Las Conversaciones on Chemistry de la señora Marcet me dieron los fundamentos en esa ciencia”. La historia de este químico y físico, descubridor de las leyes de la electricidad y del benceno, inventor de un motor eléctrico, un dínamo y un transformador, y creador de la teoría clásica de los campos, esconde en un pequeño resquicio la ya famosa anécdota del modo en que comenzó su brillante carrera, en la que Jane y su obra ocupan un lugar relevante. Resuta que Faraday, hijo de un herrero, se vio en la necesidad de trabajar desde muy joven, y uno de sus muchos empleos lo condujo al sitio que le abriría las puertas al mundo científico. Convertido en encuadernador, se encontró con dos textos que él mismo debía empastar. Uno era una enciclopedia en la que leyó un artículo sobre la electricidad, siendo el otro el texto de Marcet, obras ambas que marcaron el ánimo del joven Faraday y que en buena medida determinaron el curso posterior de su vida intelectual. Lo demás es historia, pero ciertamente nos dice mucho acerca de la importancia que una obra divulgativa puede llegar a representar, pues no es gratuito el hecho de que la divulgación de los conocimientos contribuye no únicamente a la expansión del saber, sino que a su vez se constituye en fuente de inspiración para ciertos espíritus cuyo talento solamente espera ser provocado.

Si bien el mérito de Jane Marcet no reside en sus ideas científicas –esas que la ciencia dura reputa como innovadoras u originales– sino en la divulgación de esos saberes, ello no demerita su trabajo ni obliga a negarle un lugar en la historia de la ciencia. Afirma David C. Lindbergh:

Algunos destacados historiadores de la ciencia, despreciando la divulgación, como si solo importara la investigación de “vanguardia”, han sido muy críticos con los griegos por haber desarrollado un nivel popular del saber, y con los romanos por explotarlo. Pero esto refleja una perspectiva muy estrecha. De hecho, dentro de cualquier tradición de estudio tiene que haber múltiples niveles de conocimiento y pericia. Por cada Aristóteles, capaz de afrontar complicados problemas filosóficos o científicos de modo original, hubo miles de griegos y romanos cultos cuyas aspiraciones no iban ni podían ir más allá de entender lo que Aristóteles había conseguido, o de reconciliar los puntos de vista de Aristóteles con los de otras autoridades reconocidas. Inevitablemente, cualquier programa de investigación creativa va acompañado de otros movimientos dirigidos a la preservación, el comentario, la educación, la divulgación y la transmisión. Podemos verlo en nuestro propio sistema educativo.

¡Claro que podemos verlo! Por ello, poco o nada debe importarnos lo que vociferen los detractores de la divulgación, pues no llevan en sus palabras ninguna razón seria que los avale. Luego entonces, asumamos el hecho de que entre más y mejores divulgadores científicos existan, estarán mejor preparadas nuestras sociedades contemporáneas para dotarse de científicos innovadores y originales; así que no temamos vernos en la ecuación apuntada por Lindbergh; esto es, si por un Aristóteles necesitamos mil divulgadores, tengámoslos. La autora de las Conversaciones asumió el reto y se dio a la tarea de divulgar los descubrimientos de la época, y por sus páginas desfilaron los de Lavoisier, Galvani, Volta, Franklin, Davy, Berzelius, Priestley, Adam Smith, Robert Malthus, David Ricardo y los de muchos otros, de manera que podemos decir que en buena medida ella invirtió la ecuación anterior: por una pléyade de científicos de diversas áreas del conocimiento (química, física, economía, etc.), apareció una persona capaz de conducir a otros por el camino de las diversas ciencias. Es, pues, del todo evidente que el trabajo de esta aficionada a las ciencias no puede ser considerado como una obra menor; al contrario, la obra de Jean Marcet merece ser conocida e imitada pues “la Asimov del siglo XIX” –como alguien la ha llamado– nos muestra el sentido y el valor de la noble tarea que guarda en su seno la labor divulgativa de la ciencia.

 

Para el lector interesado

  • Álvarez L., M., Nuño A., T. y Solana P., N. (2003). Las científicas y su historia en el aula. Madrid: Síntesis.
  • Geymonat, L. (1998). Historia de la filosofía y de la ciencia. Barcelona: Crítica.
  • Lindberg, D.C. (2002). Los inicios de la ciencia occidental. Barcelona: Paidós.
  • Millar, D., Millar, I., Millar, J. y Millar, M. (1994). Diccionario básico de científicos. Madrid: Tecnos.