REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2012
Volumen XXV
Número 3
Editorial
Arte y estética en el proceso de creación científica
La cajita feliz (o ¿infeliz?)
Lombricompostador para zonas urbanas
El bosque: elemento fundamental del agu
Cambio climático y ganadería bovina tropical
La interacción entre las plantas y los hervíboros
Xocolatl: antes alimento de los dioses, y ahora...
El huanglongbing: la tristeza de los cítricos
La fibra de la naranja y la salud
La leptospirosis: qué la causa y cómo afecta
¿Es el alzheimer un tipo de diabetes?
¿Cómo superan los fármacos la membrana celular?
Los efectos de la luz ultravioleta
Neurobiología y mutaciones genéticas xalapeñas
Lorenzo Ochoa: un estudioso de la Huasteca
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie Meurdrac: un tratado de química para mujeres
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De la magia y la hechicería a la herbolaria
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

MArIE MEUrDrAC: un tratado de química para mujeres

María Angélica Salmerón

…que las mentes no tienen sexo, y que si las mentes de las mujeres se cultivaran como las de los hombres, y si se usara tanto tiempo y energía para instruir las mentes de aquellas, igualarían a las de estos.

Marie MeurDrac

El nombre de Marie Meurdrac nos transporta al siglo XVII, en el que, como es sabido, la llamada Revolución Científica pavimentaba los nuevos territorios del conocimiento, y en cuya encrucijada podemos situar los antiguos saberes alquímicos y el surgimiento de la química moderna. Pues bien, Marie Meurdrac –alquimista y química– muestra el modo en que una pisada femenina es capaz de dejar su huella al deambular por esa senda. Esa marca es un tratado de química lleno de alusiones a la alquimia medieval y renacentista, cuyos remedios se traducen en un conjunto de recetas abocadas a la práctica cotidiana. Es una obra singular y prácticamente desconocida cuyo contenido y estructura tiende un puente entre los viejos y ancestrales saberes alquímicos y los nuevos conocimientos científicos que originarán el nacimiento formal a la química. Señala al respecto la historiadora Lucía Tossi: “A partir del siglo XVI, la química se afirma como una ciencia independiente de la alquimia. En particular, la química aplicada a la medicina, desarrollada por Paracelso (1493-1541), se fundaba en extracción y purificación de sustancias activas a partir de minerales, animales y vegetales. En el siglo siguiente, se generalizaron cursos de química en un gran número de tratados teórico prácticos sobre la preparación y el uso de medicamentos, los que comienzan a ser publicados en ese periodo. Entre ellos, merece especial mención el primer libro de química, escrito por una mujer: La Chymie charitable et facile en faveuer des dames” (La química caritativa y fácil a favor de las mujeres).

Tal obra de Marie Meurdrac ha sido calificada como “uno de los pocos tratados alquímicos que pueden constituirse como precursores de la química” (la misma Tossi subtitula el apartado en donde habla sobre Meurdrac “Una precursora”), o bien –y esta es la opinión de la mayoría, incluida la misma Tossi– como el primer tratado de química escrito por una mujer en el siglo XVII, todo lo cual se debe al hecho de que, bien vistas las cosas, la ciencia de la época no logra aún determinar claramente las fronteras entre un saber y el otro. Aparte este asunto, hay que resaltar el hecho de que la obra de la Meurdrac reviste una marca propia que lo coloca como pionera por ser la primera obra de esta índole que se orienta directamente a las mujeres, siendo esta su peculiaridad esencial, de modo que en este sentido el título no podía ser más revelador. Tal título pretende así delimitar la química como un terreno propio y a considerar a la mujer como su centro rector. Dado que el tratado está además escrito por una mujer, no es posible sustraerse a la sugerencia inicial de que en su fondo está cristalizando la idea –ya presente desde el comienzo de los tiempos– de que las mujeres deben ser dignas de atención y respeto. Y esto en un doble sentido: por un lado, reivindicar su derecho a ser tomadas en cuenta en relación a sus propias necesidades femeninas en un mundo hecho por hombres y para hombres, en el que la masculinidad se convierte en paradigma y fundamento de lo real, y por el otro, muy relacionado con el anterior, no permitir que se ignore o se menosprecie el trabajo intelectual de las mujeres.

Escribir un texto así en una época en la cual no existe aún el derecho de las mujeres a participar activamente en el mundo –o en el que apenas empieza abrirse camino muy peno-samente–, no habría de ser en modo alguno una tarea fácil, pues hay que reconocer que aunque el siglo XVII nace ya bajo el signo de la modernidad, dista mucho de reconocer que la razón y la ciencia, como nuevos paradigmas para entender el mundo, debieran dejar sentir sus efectos intelectuales y lograr con ello una manera verdadera y moderna de entender la condición femenina. No sucede así, y las mujeres del mundo moderno siguen siendo vistas en general como seres periféricos y marginales y según la perspectiva de las reglamentaciones más arcaicas y caducas.

Pese al desencanto que muchas damas de esa edad moderna pudiesen haber experimentado respecto a su situación social, política, económica e intelectual, en un momento en que todo parecía anunciar un verdadero cambio de paradigmas y de mentalidad, lo cierto es que no se contentaron con tal inactividad, y a contracorriente y en solitario, cada una a su modo y en la medida de las posibilidades –como siempre ha sucedido en buena parte de la historia– combatieron el sistema tradicional y de muy diferentes modos lograron colarse cada vez más abiertamente en los territorios prohibidos de las ciencias y las artes. Por tanto, sería bueno recordar que pese la invisibilidad impuesta, los nombres de muchas mujeres de esos siglos luminosos brillan hoy con luz propia.

El fulgor de la luz de una dama de la ciencia como Marie de Meurdrac no es un fuego fatuo; muy por el contrario, es posible decir que en la medida en que su obra ha sobrevivido a los embates del tiempo y de la ocultación, da razones de sobra para señalar de nueva cuenta que la feminidad no está reñida con la inteligencia, y que si bien es cierto que los nombres de mujeres no aparecen naturalmente en los manuales de ciencia, no es porque no existan científicas sino porque, como bien han señalado las investigadoras Álvarez, Nuño y Solsona, autoras de Las científicas y su historia en el aula:

La capacidad selectiva de la memoria histórica y la posición periférica que las mujeres casi siempre están obligadas a ocupar en la cultura científica, hicieron que el esfuerzo de Meurdrac no trascendiera a la historia. Los libros que resultan ignorados se pierden y su mensaje es olvidado. En este caso, no ayudó mucho a Meurdrac el haber pertenecido a la tradición alquimista que también ha sido ignorada por la historia de la ciencia. Hasta el siglo XX, la alquimia no ha empezado a ser considerada. A partir de entonces, algunas historias de la química han señalado su carácter de precursora de la química actual.

Tomo la cita anterior porque servirá de marco para señalar las vertientes que me propongo seguir. En primer lugar, intentar que el esfuerzo de Marie Meurdrac trascienda, recuperando para ella un sitio en la historia de la ciencia; en segundo lugar, mostrar el mensaje que subyace en su texto para que sea conocido y recordado, y, finalmente –anudando los hilos anteriores– hilvanar con el relato de su vida el tejido de un momento de la historia de la alquimia y de la química a la que pertenece esta mujer de ciencia. Cabe señalar que esto me remite a los lineamientos generales que pretendo resaltar, pues es necesario dar cuenta, en unas cuantas puntadas, de temas que de otro modo ocupa-rían mucho más espacio del disponible.

Empezaré por señalar que pese a que la biografía de Marie Meurdrac parece diluirse, amenazando con desaparecer casi por completo y dejarnos prácticamente ante un nombre sin historia, su sugestivo y peculiar texto ha podido sobrevivir a esta catástrofe. En efecto, en 1999 se logró hacer una reimpresión de esa obra, y aunque –hasta donde sabemos– no hay en el medio académico estudios relevantes al respecto, dicha reimpresión hará posible que pronto estemos en condiciones de lograr un mejor conocimiento de la misma.

De momento, no queda otro camino que tratar de reconstruir la vida y la obra de Marie Meurdrac con los pocos datos de que se dispone, pero que han sido suficientes para que las historiadoras de la ciencia lleguen a la conclusión de que se está ante la autora de una obra singular e importante. Ya lo afirma Margaret Alic: “El siglo XVII vio aparecer el primer tratado importante de química escrito por una mujer desde María la Hebrea, mil seiscientos años antes…Meurdrac, que no sabía de la existencia de María la Hebrea y otras alquimistas antiguas, creía ser la primera mujer que escribía un tratado de ese tipo”.

El tipo al que pertenece este tratado –ya se ha dicho líneas atrás– se inscribe en la tradición de un saber ancestral, pero también en el nuevo modelo de conocimiento que plantea la ciencia moderna. Así, dentro de las disciplinas en que se mueve el tratado –la alquimia y la química–, refleja a la par tanto el conocimiento teórico de la materia como el procedimiento práctico, de modo que, al igual que sus contemporáneos, Marie asume los lineamientos básicos de la alquimia apuntando que las sustancias están formadas por tres principios, a saber: la sal, el azufre y el mercurio, y cobijándose en el manto del método experimental, la autora se da a la tarea de probar el contenido de sus afirmaciones teóricas mediante la práctica repetida una y otra vez de diversos experimentos, lo que permite decir que fue por ello una científica experimental y que, por lo mismo, debió contar con un espacio propicio para el ejercicio de su ciencia; de hecho Marie Meurdrac bien pudo haber tenido un laboratorio alquímico en cuyo inventario seguramente se encontrarían los artefactos necesarios para elaborar las recetas y pócimas de las que habla en su texto.

Por otra parte, cabe señalar que la base fundamental del tratado postula la idea de que el ámbito del conocimiento debe ser un camino abierto para todos aquellos que se interesen en él, sin limitarse a unos cuantos elegidos. Para Meurdrac, es claro que el libre acceso al conocimiento incluye a las mujeres, y de ahí que su trabajo esté expresamente dedicado a ellas: “El libro está destinado de forma directa a su lectura por parte de las mujeres, intentando así romper su aislamiento de los mundos del saber”. Esta idea revolucionaria e ilustrada antecede considerablemente al gran proyecto del siglo siguiente, pues romper el aislamiento de los mundos del saber será la obra magna del siglo XVIII, cuyo sentido estriba en buscar por todos los medios acercar la ciencia y las artes a todos por igual, si bien los fulgores de la Ilustración no alcan-cen a iluminar a las mujeres. De ahí que la premisa de la autora adquiera una clara significación y alcance: no es posible que la mujer siga siendo una excepción cuando se trata de poner el conocimiento al alcance de todos. Haciéndose eco de una olvidada genealogía, ya lo dice la propia Marie: “las almas no tienen sexo”.

Sin embargo, el solo hecho de haber sido mujer la mantuvo al margen de una instrucción formal, razón por la cual confiesa haber adquirido sus conocimientos con mucho trabajo y casi de manera autodidacta; así, lo que en el comienzo fue simple inquietud y vocación personal, se convirtió con los años no únicamente en un ensayo de vida y experimento existencial, sino que se materializó en un tratado científico, del cual dice la autora: “Estuve indecisa de publicarlo, ya que la enseñanza no era profesión de mujer, que debería estar callada, escuchar y aprender sin desplegar sus conocimientos”. Nada debe extrañar que Meudrac pensara de semejante modo; a pesar de sentirse satisfecha con los conocimientos adquiridos y los experimentos realizados, tenía una clara conciencia de que su trabajo era fruto de un autodidactismo y que difícilmente competiría con los trabajos científicos realizados por profesionales. Encima de todo, sabía que esta inicial descalificación se vería reforzada por su condición de mujer, pues que una mujer sabia escribiese libros e intentara publicarlos era ciertamente una provocación. De ahí su temor, ya que semejante osadía sería motivo de desaprobación e incluso de burla. Pese a todo, y quizá convencida de que no era la primera ni la última mujer que habría de arriesgarse a ser vista y mostrada como un fenómeno, Marie Meudrac asumió el riesgo, y en el año de 1666 su tratado salía de las prensas.

Para hacerse una idea de tan singular texto, digamos en breve cuáles son sus temas y sus asuntos. El texto dividido en seis partes: 1) de los principios de laboratorio, aparatos y téc-nicas: “principios, operaciones, vasos, hornos, fuegos, símbolos y pesos; 2) de las virtudes de los cuerpos simples, preparaciones y formas de extraer sales, tintes, aguas y esencias”; 3) de los animales; 4) de los metales; 5) de las propiedades y preparación de medicinas simples y compuestas con remedios experimentados, y 6) de los métodos para aumentar la belleza: cosmética, consejos y métodos para el embellecimiento, en donde aparecen también los “aparatos alquímicos necesarios para formar sus productos cosméticos”. La obra incluye una tabla de pesos, 106 símbolos de alquimia y operaciones químicas, y asimismo aparecen en ella diversos conceptos y definiciones. Por ejemplo, dice que la química “tiene por objeto el estudio de los cuerpos mixtos divisibles y solubles sobre los cuales se actúa para extraer los tres principios que son sal azufre y mercurio, y se hace por medio de dos operaciones generales: disolución y congelación”; señala además que “hay tres especies de sales: fija, nitro y amonio”, y tres especies de azufre: “grosero, medio y sutil”; habla también del mercurio y de cómo preparar sales y describe “la preparación del cristal mineral (sulfato potásico) y de los medicamentos a base de antimonio (vino emético)”; entre otras cosas, afirma que “el vino es como el oro potable que puede curar todas las dolencias”.

Del texto en su conjunto afirma Tossi:

Dos aspectos importantes distinguen su obra de los tratados similares de sus contemporáneos. En primer lugar, la importancia que la autora da a las hierbas medicinales, a sus propiedades, y a la preparación de remedios y cosméticos a base de las mismas. Además, un capítulo especialmente dedicado a las mujeres, que trata de cosmetología. Esas técnicas constituyen, en verdad, una parte esencial del saber milenario atribuido a las mujeres, saber practicado tanto por Trótula como por Hildegarda en la Edad Media, quienes fueron víctimas en el período de la “caza de brujas”, al atribuirse ese saber a un pacto demoníaco.

Tenemos así una obra: La química caritativa y fácil a favor de las mujeres, en cuyo conciso resumen es posible ver la variedad de asuntos y preocupaciones que llenaban la mente de esta dama de ciencia, así como el modo en que cuidadosamente ordenaba sus conocimientos y experimentos. Está también el nombre de su autora: Marie Meurdac, pero de su biografía sabemos bien poco: “Hasta ahora, nada se conoce sobre la autora de este pequeño tratado (introducción, índice y 364 páginas de texto), a no ser lo que la propia autora afirma en el prefacio”.

Algunos datos confiables señalan que era francesa y vivió en París, que fue autodidacta y que asistió a los Talleres de Química y Farmacia que impartió Jean Beguin, donde al parecer era ella la única mujer, y que Moliére la satiriza, en su comedia Las mujeres sabias, poniendo en boca de uno de sus personajes algunos pasajes de su libro. Poco más podría agregarse a lo anterior mientras no se emprendan estudios serios a cuyos datos podamos remitirnos sin violentar la verdad y la figura histórica de Marie Meudrac.

Así, dentro de este hueco histórico, quedan dos rastros seguros: su nombre y el famoso libro que publicó en 1666, del que se sabe que la primera edición fue autorizada por el rey Luis XIV el 20 de diciembre de 1665 y que está dedicado a la con-desa de Guiche, biznieta de un ministro de Enrique IV, quien posiblemente fue su protectora y financió la edición. De tal obra hubo otras dos ediciones: una de 1680 y otra de 1711; cuando apareció esta última Marie ya había muerto, pues el editor hace una semblanza de ella y da cuenta de su fallecimiento:

Sería inútil proclamar los méritos de esta obra; las impresiones ya hechas son prueba de su utilidad. Basta decir que la señorita que lo hizo fue uno de los más bellos espíritus que aparecieron en nuestro siglo. Las personas que disfrutaron de sus sabias conversaciones rinden testimonio a su memoria. Pero la muerte demasiado precipitada que nos la ha arrebatado nos privó de otros tratados que ella prometía y que no fueron encontrados. Por mi parte, conseguí recuperar el ejemplar que ella había revisado y ampliado en varias y nuevas preparaciones que presento en esta tercera edición.

Ahora bien, agréguense a estos escuetos datos y a la semblanza del editor una parte del prefacio que escribió Marie a su libro, y quizá pueda con ello recuperarse un poco del espíritu emprendedor de esta mujer:

Cuando empecé este pequeño tratado, lo hice sólo para mi propia satisfacción y para conservar los conocimientos que he adquirido por medio de mucho trabajo y de varios experimentos hartas veces repetidos. No puedo ocultar que al verlo terminado mejor de lo que había osado esperar, tuve la tentación de publicarlo; pero si bien tenía razones para sacarlo a la luz, también tenía razones para mantenerlo oculto y evitar exponerlo a la crítica general. Estuve indecisa en esta lucha interna durante casi dos años; me hacía la objeción de que la enseñanza no era profesión de mujer; que debe-ría quedarse callada, escuchar y aprender, sin desplegar sus propios conocimientos; que no está bien en ella el ofrecer una obra al público y que la reputación que se gana de esta manera no le es ventajosa, puesto que los hombres siempre desprecian y censuran los productos del ingenio de una mujer […] Por otra parte, me aseguraba que no soy la primera mujer que hace publicar algo; que las mentes no tienen sexo y que si las mentes de las mujeres se cultivaran como las de los hombres, y si se usara tanto tiempo y energía para instruir las mentes de aquéllas, igualarían a las de estos.

He aquí a Marie Meurdrac: científica autodidacta, dedicada al estudio y al experimento, temerosa de dar a conocer los conocimientos descubiertos con tanto tesón y trabajo porque tenía muy claro que las críticas irían dirigidas a su condición de mujer y no a su ciencia. Empero, a partir de la pequeña semblanza que hace de sí misma, se logra también percibir en ella a la mujer que, satisfecha del trabajo realizado con tanta dedicación, proclama con orgullo que ser mujer no obliga en modo alguno a ser ignorante y zafia. Señalar claramente la igualdad de los sexos en relación con el intelecto obliga en cierto modo a que las mujeres asuman la tarea de elevarse por encima de los prejuicios que pretenden anclarlas en un mundo de ignorancia y sojuzgamiento. Apunta Tossi:

La afirmación de que ambos sexos poseen una misma capacidad intelectual, pudiendo realizar, por lo tanto, los mismos estudios científicos y técnicos, revela en Marie a una auténtica feminista. En la segunda mitad del siglo XVII, cuando la Querelle des femmes retomara nuevo impulso, aún se debatía la cuestión de dar a las jóvenes una educación destinada a hacer de ellas buenas esposas y buenas madres. No se imaginaba proporcionar a las mujeres alguna formación técnica y, menos aún, científica. La argumentación de Marie es sorprendentemente moderna, ya que tocó la cuestión crucial de los medios que se deben emplear para dar a las mujeres la misma educación que a los hombres.

Y ciertamente es este el principal y definitivo argumento con el cual la tímida científica termina por convencerse a sí misma de que bien vale la pena mostrar su trabajo y publicar su obra; después de todo, si se trata de arremeter contra las falsas concepciones imperantes, habrá que hacerlo desde la trinchera de lo público y obligarse a asumir con donaire el desprecio y la burla. Y dado que la premisa fundamental del libro es que el conocimiento debe ser de libre acceso para todos, Marie Meurdrac mostró que su saber dejaba una impronta en la ciencia y que con su paso abría brecha en un camino que pronto habrían de continuar otras mujeres, mujeres que al igual que ella habrían también de estar expuestas al escarnio y el sarcasmo, pero que hoy –un poco más libres de prejuicios y a distancia de los siglos que de ellas nos separan– podemos apreciar y valorar de otra manera.

Bien sabemos hoy que en el curso de nuestra historia ese ha sido y será siempre el trabajo de los pioneros en cualquier ámbito del saber. El pionero es siempre un ser extraño y un fuera de la ley, un “loco” al que la normalidad epocal no logra jamás ubicar ni comprender; por ello, el pionero está siempre expuesto, e incluso es expulsado del sitio que debiera serle propio. Sin que le importe lo cruel que pueda ser el trato que se le dé, el pionero sigue adelante con su sueño y está siempre dispuesto a ofrecerse en sacrificio: entrega su vida y su obra al comentario burlón y al menosprecio y se resigna a pagar al costo de su propio prestigio y aun de su vida el hecho de ser diferente del mediocre resto de la humanidad. La lista de los pioneros ilustres que han allanado el camino hacia los nuevos conocimientos en todo tiempo y lugar, y para quienes guardará siempre la posteridad un sitio en su memoria a pesar de las tormentas desatadas por sus excentricidades, ha sido igualmente mezquina con los nombres de mujer. Sirva pues está breve alusión y este espacio para recordar a una de las muchas mujeres proscritas de la ciencia del siglo XVII.

En efecto, la historia no ha recogido aún el nombre de Marie Meurdrac, feminista y alquimista paracelciana, como una pionera y precursora de la química moderna, quien con su trabajo ha legado una obra que bien vale la pena reconocer como perenne, no solo por el hecho de que muchas de sus recetas cosméticas son aplicadas actualmente, sino además, y sobre todo, porque la importancia de su obra ha quedado manifiesta en nuestro propio siglo, pues la nueva y feliz reimpresión de La química caritativa y fácil a favor de las mujeres de 1999 puede mostrar con más detalle el talante y la fuerza de su influencia. No en vano esa obra es considerada actualmente como el primer libro de química escrito por una mujer.

Quede de momento la huella indeleble del paso de Marie Meurdrac por el terreno de la ciencia a través de esta obra para darle voz a una científica que, habitante del ya lejano siglo XVII, hoy, en el nuestro, debiéramos reconocer y escuchar.

Para el lector interesado

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI.
  • Álvarez L., M., Nuño A., T. y Solsona P., N. (2003). Las científicas y su historia en el aula. Madrid: Síntesis.
  • Tossi, L. (2002). Por la puerta del fondo. Perspectivas. Publicación Trimestral de Isis Internacional, 25, 19.