REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2012
Volumen XXV
Número 3
Editorial
Arte y estética en el proceso de creación científica
La cajita feliz (o ¿infeliz?)
Lombricompostador para zonas urbanas
El bosque: elemento fundamental del agu
Cambio climático y ganadería bovina tropical
La interacción entre las plantas y los hervíboros
Xocolatl: antes alimento de los dioses, y ahora...
El huanglongbing: la tristeza de los cítricos
La fibra de la naranja y la salud
La leptospirosis: qué la causa y cómo afecta
¿Es el alzheimer un tipo de diabetes?
¿Cómo superan los fármacos la membrana celular?
Los efectos de la luz ultravioleta
Neurobiología y mutaciones genéticas xalapeñas
Lorenzo Ochoa: un estudioso de la Huasteca
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie Meurdrac: un tratado de química para mujeres
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De la magia y la hechicería a la herbolaria
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Arte y estética en el proceso de creación científica

Manuel Esperón Rodríguez

Arte, estética y ciencia

El razonamiento científico se basa en observaciones de la naturaleza, siendo esta su objeto de estudio, en tanto que el arte la tomó como una fuente de inspiración y creación desde sus inicios. El razonamiento científico se basa en hechos naturales susceptibles de ser observados o advertidos por cualquier persona, y de la misma forma el artista es susceptible y sensible a la naturaleza, y es de ahí que enriquece su trabajo y obra.

No obstante lo anterior, hay aún más diferencias, entre las que podemos mencionar las siguientes: a) a pesar de que el razonamiento científico nunca genera conclusiones a partir de simples ideas, sino ideas a partir de hechos observables y, de igual manera, las hipótesis solo se revelan si surgieron de hechos observables, el arte puede generarse de la mente misma y con tantas incógnitas como puedan imaginarse; b) en la ciencia, cuando una idea se genera a partir de hechos observables y es verificada como cierta se reserva al plano de las teorías, siempre y cuando haya sido corroborada empíricamente; el arte, en cam-bio, es más libre de fluir y de generarse sin requerir su repetitividad comprobable; c) finalmente, si un argumento generado por el proceso racional no puede ser sometido a verificación o a refutación científica, tal argumento no puede considerarse como razonamiento científico, lo que en el arte no es necesario

Tan evidente es el vínculo entre ciencia-arte en relación con naturaleza, que en algún momento fueron inseparables. A pesar de que la ciencia y el arte nunca se han considerado como rivales, pocas veces nos detenemos a reflexionar en la influencia y beneficios que el segundo ha brindado a la primera, pues hay cualidades y atributos artísticos y estéticos en una teoría, una ley o un concepto científico, y es también es común, especialmente en el arte contemporáneo, percatarnos de la ayuda que recibe el arte de la ciencia y la tecnología para crear obras y piezas novedosas e incluso transgresoras.

Cuestionando la ciencia

La ciencia, según algunos autores como Gutiérrez-Rodilla (1998) y Bunge (2001), se puede clasificar de varias formas dependiendo del objeto, método, afinidad, complejidad o dependencia. Cualquier clasificación de la ciencia tiene la finalidad de vincular o crear relaciones entre diferentes disciplinas o áreas del conocimiento, por lo que una clasificación acertada implica establecer un objeto de estudio, relaciones con otras disciplinas, métodos y técnicas requeridas, así como objetivos y propósitos.

Jaffé menciona que “desarrollar la ciencia requiere de un esfuerzo por parte de los científicos para ampliar su capacidad de evaluar el valor científico intrínseco de un experimento o de una obra científica, en función de la relación idearealidad, sin tomar en cuenta la teoría de moda (main stream)”. Esta es una idea que puede tornarse difícil de aplicar ya que requiere romper paradigmas arraigados; aunque, por otro lado, los grandes logros científicos se consiguen, precisamente, al quebrantar estos.

Horgan escribió el libro El fin de la ciencia (1996), donde fundamenta el título de su libro básicamente con dos argumentos: 1) el desarrollo científico ya ha alcanzado la verdad o está muy próximo a lograrlo, quedando solo futuras tareas de mejorar el conocimiento, nue-vas aplicaciones y corrección de detalles, y 2) tal desarrollo, en el futuro solo puede dar beneficios cada vez menores, por lo que la sociedad perderá interés en apoyar la investigación científica.

Analizando su propuesta, Horgan nos hace creer que la ciencia ya ha alcanzado y descubierto todas las verdades sobre el universo en el que vivimos, llegando a lo que deno-mina Gómez “la gran versión definitiva”. Sin embargo, esta afirmación implica que ya no habría en el futuro cambios en las teorías, leyes o incluso paradigmas que nos rigen actualmente. La imposibilidad de que estos cambios no surjan en los próximos años, e incluso en los próximos meses, parece verdaderamente irreal, y más aún con el desborde tecnológico y multidisciplinario en el que vivimos.

Nuestro conocimiento científico, sin lugar a dudas, tiene límites, los cuales estamos dispuestos a reconocer y aceptar, pero lo que es difícil de entender es que a pesar de esos límites no haya lugar para teorías nuevas, radicales y controversiales. La ciencia se crea y se regenera constantemente, y es gracias al trabajo multidisciplinario que la ciencia y otras áreas del conocimiento realizan, esto es, se reinventan, rompen paradigmas y límites y expanden sus alcances.

Gómez continúa diciendo que "la ciencia puede tener límites, en el sentido de no poder contestar a todo tipo de problema, pero bien puede crecer indefinidamente dentro de dichos límites". De manera muy similar, Morin señala que “el pensar que el conocimiento es ilimitado limita nuestro universo; sin embargo,pensar que nuestro conocimiento es limitado abre un número de puestas ilimitadas para explorar nuevas alternativas”. El saber los límites del conocimiento abre una serie de posibilidades extras para el mismo conocimiento, extendiéndose indefinidamente dentro de estos márgenes. Es cierto que la ciencia contemporá-nea se ha vuelto incomprensible para la mayoría; lo que podría traducirse en la pérdida de interés por parte de la gente. Aunque Gómez afirma que eso “linda con lo ridículo”, continúa diciendo que siempre y cuando la ciencia pueda ser admirada, respetada y brinde beneficios tecnológicos, de salud o entretenimiento, la gente seguirá apoyando y recurriendo a ella, incluso de manera indirecta. La ciencia no debe aislarse, y no debe permitirse que la gente la pierda de vista, ya que como nos dice Rescher (1978), “la ciencia nunca tendrá fin”. Siempre será posible hacer nuevas preguntas o intentar llegar a nuevas metas y alcances.

Entonces, para que la ciencia continúe creciendo, sin limitar su capacidad para compartir sus hallazgos, debe hacer uso de otras herramientas, como el arte, la estética y la visualidad contemporánea.

La imaginación en la ciencia

Wagensberg (2004) propone que la ciencia es una ficción de la realidad, y que hacerla con-siste, o puede consistir, en darle una forma real a esa ficción que se crea en la mente del científico. Y esto es lo que él denomina “la imaginación científica”. Hay tantas teorías e hipótesis que por su naturaleza abstracta sería sumamente difícil imaginar o visualizar; sin embargo, esta tarea se vuelve mucho más sencilla gracias a la representación científica. Así, Wagensberg propone varios modos de apelar a la imaginación científica: 1) el rompimiento brusco de lo esta-blecido; 2) el inconsciente (poner a la mente en un estado espe-cial donde la conciencia y la existencia perturban menos); 3) la combinación (remover, seleccionar y combinar ideas preexisten-tes para dar una nueva interpretación); 4) la analogía (considerar ideas ajenas a la disciplina en cuestión), y 5) la paradoja (que estimula fuertemente la imaginación científica).

Si Moulines apunta que la pintura representa, con frecuencia, objetos de nuestra experiencia visual ordinaria, las teorías podrían simbolizar objetos abstractos, como hipótesis o sistemas conceptuales científicos, los cuales no forman parte de la experiencia usual, y cuya percepción requiere cierto nivel de abstracción intelectiva, mucho más similar al arte contemporáneo, que tiende hacia la representación de objetos abstractos desligados de cualquier concreción física. Además, ese autor señala que “la ciencia construye sus valores estéticos de acuerdo a sus formas propias, como también lo hacen, por su lado, la pintura y la arquitectura”. Y de esta manera, los componentes estéticos en la producción científica provienen de su carácter reconstructivo.

Sin embargo, al analizar el arte y la ciencia, se debe tratar de alcanzar para esta última el tipo de experiencia que evoca la pintura y otras artes plásticas y visuales para definir y delimitar sus teorías y conceptos científicos. Moulines nos dice que “así como el pintor, el científico nos propone una representación o reconstrucción bajo una luz nueva, más sintética y abstracta a la vez, de cosas que para cualquier estudiante de ciencias pueden ser tan familiares como la mecánica newtoniana o el concepto de entropía”. Y de esta manera, la intensidad o la apreciación de un objeto nada tiene que ver la fidelidad descriptiva del mismo. Así, la pretensión del reflejo fiel es irrelevante para la representación estética, tanto en las artes plásticas y visuales como en la ciencia.

Al leer esto hemos de reflexionar sobre lo distante que se halla la apreciación del espectador, en general, entre el arte y la ciencia. Muy difícilmente una persona tendrá una experiencia igual de placentera al observar una obra de arte que al leer una teoría científica. A pesar de esto, los trabajos multidisciplinarios y la expansión de las áreas de conocimiento ayudan a que estos límites sean menos estrictos, y nos permite jugar y movernos libremente.

El arte proporciona conocimiento, y este presenta vías de acceso distintas a las del lenguaje descriptivo, ya que son estéticas. Cabe señalar que la función principal del arte es compartir dicho conocimiento, y según Moulines, tal cargo es fundamentalmente epistémico; de igual forma, la ciencia no debe dejar del lado los principios estéticos para explicar sus conceptos ya que es gracias a ellos que la ciencia puede ser mejor entendida.

La estética en la ciencia

El Shorter Oxford Dictionary define la palabra estética como “una apreciación del sentido de la belleza de acuerdo con los principios de buen gusto”. Nuestros cinco sentidos (vista, olfato, tacto, gusto y oído) están relacionados con la calidad estética del ambiente y el mundo que nos rodea. A pesar de vivir en un mundo lleno de información, donde las opiniones y antecedentes se encuentran a un clic de distancia, nos encontramos aún en la posición de definir o nombrar los objetos, teorías u obras artísticas con los criterios subjetivos como “feo/bonito” o “bueno/malo”. Debemos entender que el principal desafío en nuestros tiempos es el de innovar, transformar, crear, competir y compartir la generación del conocimiento y de la investigación.

Rosenblueth (1981) enlista una serie de criterios que permiten clasificar o calificar los trabajos científicos en distintas categorías, según sus características: 1) verdaderos y falsos (depende si la producción científica es concordante con los hechos o no); 2) importantes o banales (determinado por la generalidad de sus teorías o conclusiones y su poder de sugestión); 3) claros y precisos o confusos y difusos (se refiere a la confiabilidad de acuerdo a las mediciones de una variable y su comprobación); 4) complicados o sencillos (tomando en cuenta los fenómenos estudiados y la relación directa con sus hipótesis); 5) buenos o malos (si la investigación es deseable), y 6) elegancia y belleza o fealdad (depende de la solidez y belleza de la proposición científica).

Para este autor, entre el artista y el científico existen diferencias, pero también semejanzas, y una de ellas es interpretar y explicar el universo desde su perspectiva y, al mismo tiempo, expresarse a sí mismos, aunque esta interpretación debe llevarse a cabo de manera que sea entendible y estética, o que lleve las características requeridas para ser apreciada como el autor quiere que sea entendida.

La estética debe ser una característica de la ciencia, reflejada tanto en sus trabajos visuales como escritos, pero sin tratar de confundir el término estético con la idea subjetiva de belleza. Es por ello que evocaré la definición que nos dice que lo estético es todo “lo referente a las sensaciones”, “las cosas que se perciben por los sentidos y por los sentimientos”. Bajo este concepto, es más fácil entender el arte y la ciencia como gene-radores de sensaciones, sin importar si lo que percibimos lo consideramos “bonito” o “feo”. Así, tanto el arte y la ciencia usan preceptos y conceptos similares y se ayudan mutuamente basándose en sistemas similares para generar y compartir sus invenciones y descubrimientos.

Mientras haya espacio para hacer preguntas, y mientras haya intentos para responder estas, la ciencia continuará existiendo, y más aún considerando que se está aliando con la tecnología, el arte y la estética, lo que le permite expandir sus límites para dar respuestas más holísticas y completas. De esta manera, el arte y la ciencia son grandes aliados contemporáneos de nuestro mundo posmoderno

Para el lector interesado

  • Bunge, M. (2001). La investigación científica. México: Siglo XXI.
  • Gómez, J.R. (2003). Epistemología: el fin de la ciencia y la anticiencia. Herramienta. Revista de Debate y Crítica Marxista. Disponible en línea:http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-20/el-fin-de-la-ciencia-y-la-anticiencia (11 de diciembre de 2011).
  • Gutiérrez R., B.M. (1998). La ciencia empieza en la palabra. Madrid: Ediciones Península, S.A.
  • Horgan, J. (1996). The end of science. New York: Broadway Books.
  • Moulines, C.U. (2004). La metaciencia como arte. En J. Wagensberg (Ed.): Sobre la imaginación científica. Qué es, cómo nace, cómo triunfa una idea. Madrid: Tusquets Editores.
  • Rosenblueth, A. (1981). El método científico. México: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
  • Wagensberg, J. (Ed.). (2004). Sobre la imaginación científica. Qué es, cómo nace, como triunfa una idea. Madrid: Tusquets Editores.