REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2012
Volumen XXV
Número 3
Editorial
Arte y estética en el proceso de creación científica
La cajita feliz (o ¿infeliz?)
Lombricompostador para zonas urbanas
El bosque: elemento fundamental del agu
Cambio climático y ganadería bovina tropical
La interacción entre las plantas y los hervíboros
Xocolatl: antes alimento de los dioses, y ahora...
El huanglongbing: la tristeza de los cítricos
La fibra de la naranja y la salud
La leptospirosis: qué la causa y cómo afecta
¿Es el alzheimer un tipo de diabetes?
¿Cómo superan los fármacos la membrana celular?
Los efectos de la luz ultravioleta
Neurobiología y mutaciones genéticas xalapeñas
Lorenzo Ochoa: un estudioso de la Huasteca
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie Meurdrac: un tratado de química para mujeres
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De la magia y la hechicería a la herbolaria
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

La cajita feliz (o ¿infeliz?)

José David Lara González

La cajita feliz es muy conocida en nuestro medio sociocultural. No deja de ser atractiva, pues de ello se trata. Parecería un producto más, ofrecido entre los miles y miles de artículos del mercado global y local. Es más, parecería una mercancía inofensiva, y hasta tierna, que incita a su compra un día domingo, un día de descanso, un cumpleaños o cualquier otro día, ya que su precio no es demasiado elevado. Es una buena mercancía dentro del vigente sistema de producciónconsumo, o sea, existencial, puesto que en los días actuales, en la modernidad tardíaposmodernidad, la existencia ha quedado acomodada y definida en las formas de producir y consumir y nos encontramos sobreviviendo en un sistema economicista del capitalismo del momento: el neoliberal o hipercapitalismo.

Esta cajita feliz tan común está más bien dirigida al consumidor infantil, pero igualmente puede destinarse al consumidor juvenil o adulto, que por el mismo carácter de tal artículo la adquieren con gusto y coleccionan sus regalitos.

La cajita feliz tiene más de una representación, lo que indica más de una interpretación. Se supone que ofrece un pro-ducto que se puede comer, y se cree que es un alimento sabroso. Contiene algún juguetito o cualquier cosa adicional (un “regalo”), que se presume no se puede adquirir de otro modo o que sola-mente es accesible a un precio superior si no va contenida en esa cajita. La cajita brinda la oportunidad de tener un “momento feliz”, de ahí su denominación; es fácil de obtener puesto que se encuentra en numerosos puntos de venta; viene decorada de tal modo que se le puede considerar llamativa, bella, o al menos bonita, atrayente, seductora... A la vez, sirve para aparentar, pues, al adquirirla, el consumidor forma parte de una cierta élite de consumidores puesto que otros muchos se quedarán con las ganas al no poder pagar su precio. Tenerla es un símbolo de modernidad y hasta de posmodernidad. La cajita hace feliz a más de un niño ya que su mamá no tendrá que cocinar ni tendrá que lavar platos cuando aquel termine de consumir la parte comestible del contenido (si es que tiene alguna). Solo tendrá que deshacerse de ella puesto que es desecha-ble, e incluso lo podrá hacer en el mismo punto de venta una vez agotado su contenido o una vez que la magia de tenerla haya desaparecido cuando el niño, digamos, haya destruido el con-tenido adicional (un juguete o lo que sea), se haya aburrido o perdido el interés en el mismo, estando sin embargo presto para la siguiente compra en este mundo volátil del consumismo actual y cotidiano de nuestras urbes.

La cajita feliz es una historia de éxito dentro del sistema mundial de mercado, el mismo de la más alta competitividad y productividad. Tan es así que su historia comporta una fracción de lo que se ha conocido como el “proceso de Mcdonalización” o “McDonalización” a secas, término inventado por George Ritzer allá por 1996 que quiere, en cierta forma, representar al proceso de globalización y que alude a la estandarización de las cadenas y franquicias que tiene como ejemplo notable al popular consorcio mundial de comida rápida que precisamente diseñaba la puesta en el escenario global de la cajita feliz: la cadena McDonald’s (originariamente hamburgueserías), la de los arcos dorados o amarillos y de su seco payaso Ronald. La cajita feliz es una historia exitosa en el sistema capitalista, lo que le ha significado un incremento tremendo en sus ventas y ganancias, al igual que un dominio extremo en las formas monopólicas de los negocios. A la vez, se ha vuelto “un ejemplo a seguir” para las mentes capitalistas. McDonald’s es hoy por hoy más que una megaempresa trasnacional: es un símbolo de nuestra era, un logo, un emblema, todo un icono modernista.

La Mcdonalización es un modelo de producción y consumo que en parte proviene de una aplicación de la racionalización de la burocracia de Max Weber, pero asimismo, en una cierta proporción, de Taylor y su teoría de la productividad. Es un elementofactor de la modernización con su eterna búsqueda de la utópica mejoría (“perfeccionamiento”), asumiendo la ley del progreso como destino ineluctable del ser humano, pero igualmente comprendiendo (en su entender metarracionalista) al mismo progreso como el cambio necesario para “vivir bien”, “vivir mejor”, e ignorando que el azar, siempre presente en todo lo natural, y por lo tanto en lo humano, conlleva cam-bios. La vida y el mundo cambian, sí, pero no obligadamente hacia un estado mejor, sino a uno que puede ser peor o simplemente distinto; ni mejor ni peor, sino solo diferente al presente o al proyectado.

La Mcdonalización es, a la vez, un fenómeno del mundo economicista, y un problema tanto para la sociedad como para los ecosistemas humanos y no humanos. Puede verse como un modo en que el estilo estadunidense de vida se va extendiendo por todo el mundo; así, es parte del proceso mayor de “occidentalización” (muchos los consideran sinónimos). Consiste, en esencia, en vida rápida, acceso ilimitado y pronto a los bienes y servicios, homogenización sociocultural, cosificación de todo, esfuerzo mínimo, conciencia mínima, competitividad máxima, producción maximizada, exaltación del consumismo, egoísmo e individualismo, vida en presente continuo y otros componentes más, igual de pesados que los aquí enlistados. Reduciéndonos al asunto de la cajita feliz, anotamos que forma parte de la comercialización y facturación de la “comida rápida” que ahora, en diversas fuentes y emergiendo de muchos sitios, es calificada como “comida chatarra”, intentando con ello describir sus pro-piedades: sí, comida, pero de baja calidad, “chatarra” al fin.

Del mundo de la Mcdonalización es parte y de ahí parte la cajita feliz. Hoy, varias cadenas trasnacionales ofrecen variadas presentaciones de dicha cajita. Cierto grupo de gente, cierta parte de la sociedad tiene acceso a la cajita. El cliente paga su cajita y “hace feliz” a alguien. O cuando menos esa es la suposición ordinaria que el sistema hace. El grupo que accede a la cajita paga el precio y cierra el circuito de compra y venta. Hasta aquí todo puede ser “feliz”. Sin embargo, puede no quedar cerrado dicho circuito y arrancar otro que la empresa o las empresas implicadas ya no observan, que pretenden bloquear y que hasta sepultan: el precio pagado por la cajita es diferente, muy diferente, del costo de la cajita. El precio cubre los complejos gastos de tal mercancía y del servicio del restaurante, y por supuesto implica la plusvalía para el comerciante, es decir, su ganancia, que es un porcentaje muy alto del precio de venta. Así, las ganancias son asombrosas ya que los gastos son sumamente reducidos, comenzando por los bajos salarios que se les dan a los empleados de estas empresas-franquicias presentes prácticamente en todo el mundo. Pero el precio pagado no cubre el costo de la cajita. El costo va más allá del precio, pues refiere a con-sideraciones que el empresario vendedor no tiene en cuenta. Hablaremos mejor del costo socioambiental o ambiental de la cajita.

Aparentemente, la relación comprador-vendedor termina con el “feliz” intercambio de dinero y cajita, pero no es así. Una vez que tal artículo se halla en manos del consumidor, este apurará el contenido alimenticio y podrá jugar entonces con el “regalo” incluido en la caja. Nos reduciremos a observar tres cuestiones (pero sería posible desgranar más). El alimento con-sumido no es precisamente un alimento de lo más sano posible. El contenido de la cajita no se caracteriza por ser un alimento recomendado por los nutriólogos y otros expertos.

Mucho se ha tejido acerca de lo nocivo que esos productos son, o pueden ser, para el consumidor, y más cuando los principales consumidores son los niños. De esta suerte, resultará bastante más sano el comer en casa comida casera, tradicional, doméstica, que comer estos productos de naturaleza incierta y elaborados industrialmente, que por lo común son más caros. Los menús de la cajita no terminan haciendo más felices a quienes los consumen. Es frecuente que los menús contengan demasiadas calorías, que sean excesivamente ricos en grasas, azú-cares, sal y otros componentes que no los hacen adecuados para el consumo humano. Pueden generar problemas de sobrepeso u obesidad y otros ligados al desarrollo de una serie de trastornos de la salud. Las cadenas de comida rápida han contribuido a la mala alimentación de la población y a provocar problemas crecientes de salud pública.

Por otro lado, cuando el comprador ha dado cuenta del menú adquirido, viene el asunto de lo que ocurrirá con el resto de la cajita feliz. Los restos de la comida y la propia cajita son biodegradables, pero el “regalo” incluido en ella y las envolturas que comúnmente lo cubren no lo son; por lo general, son plásticos, enseres electrónicos y otros que no se degradan libremente. Estos materiales residuales tendrían que someterse a un proceso apropiado para su disposición final, asunto que al menos en nuestro medio no es de lo más común y tampoco económico. Así, la cajita feliz culmina transformándose en un problema de contaminación que se tendría que atender debidamente. Para hacerlo, hay que invertir materia y energía que no son gratuitas y que ya no están incorporadas al precio de venta. Son las sociedades las que tienen que hacer tal gasto, mientras que las empresas causantes nisiquiera se enteran. Esto es parte del costo ambiental que se ha de pagar por adquirir la cajita feliz, que ya no va siendo tan feliz.

El otro punto es el costo socioambiental o ambiental de la cajita feliz (aparte de lo ya mencionado), costo que tampoco es cubierto en su compra. Para que las cadenas trasnacionales de comida rápida puedan satisfacer la demanda mundial de sus productos, el manejo que se hace de la situación (business) ocurre dentro del mundo de la más elevada productividad- competitividad, esto es, al modo capitalista más actualizado. Para ello, los ecosistemas rurales y urbanos se ven sometidos a regímenes muy estrictos de explotación a corto plazo. Los productos de tales cadenas se elaboran en serie y sus cualidades se estandarizan al máximo. Ello implica un desborde de los límites naturales y humanos de la producción, lo que rompe el equilibro ser humanonaturaleza y ser humano ser humano, pues los ritmos y formas de producción y disposición de las materias primas y de los mismos productos son distintos a los que la propia naturaleza posee. Ocurre un creciente proceso de acumulación capitalista y una reducción de los ecosistemas que sostienen la vida en el mundo. Los ecosistemas se van homogeneizando y simplificando, lo que es contrario a los procesos naturales evolutivos del ecosistema llamado planeta Tierra. Se modifican drásticamente los ecosistemas para hacer posible la producción de carne que surtirá las cadenas de comida rápida. Se consumen cantidades enormes de agua para alimentar el ganado y se devastan campos enteros para albergar a este, de donde provendrá la carne y otros derivados del proceso. Los terrenos agrícolas sufren cambios y dejan de producir cosechas más tradicionales para dar paso a la implantación de sistemas de producción industrializados de muy alta exigencia ambiental. No se diga de las personas que tienen que trabajar en estos sistemas productivos, los que no se ven beneficiados por su labor. Mediante estos tres considerandos damos una idea de lo que rodea a la cajita feliz, si bien es una mirada rápida y somera de un fenómeno mucho más extenso y complejo.

En San Francisco, California ya se han tomado cartas en el asunto, y legalmente está prohibida la incorporación de “regalos” en los menús infantiles de las cadenas, que son los anzuelos que sirven para atrapar a los potenciales compradores y retener a los que ya son clientes. Ahora mismo hay en Nueva York un movimiento para elaborar una ley semejante que prohiba lo mismo. Si el propio país de origen del fenómeno “Mcdo-nalización-cajita feliz” está tomando medidas correctoras para el caso, sería muy meritorio que por lo menos los latinoamericanos nos diéramos a la misma tarea para, por lo menos, evitar a la familia en general, y a nuestros hijos en particular, verse afectados por el consumo de la cajita feliz en cualquier modalidad. Su salud y nuestro bolsillo lo agradecerán.

La megaempresa McDonald’s es un emporio típico del capitalismo. Se le designa como el “gigante de las hamburguesas” y, al igual que otras muchas empresas capitalistas, ha recibido acusaciones muy graves: trabajo infantil, explotación y condiciones desastrosas en sus empresas proveedoras, excesivo procesamiento de carne en condiciones ecológicas y sociales negativas, uso de cultivos transgénicos (modificados genéticamente) cuyas consecuencias aún se ignoran, entre muchas otras. McDonald’s es la cadena más extensa, el comprador número uno de carne vacuna y tiene el record de velocidad mundial de apertura de nuevos restaurantes en todo el orbe, todos ellos iguales. Una parte de la carne para sus decenas de miles de restaurantes proviene de países en los que se padece hambre. La cajita feliz de la empresa es “alimentada” con juguetes-regalos de algunas empresas subsidiarias de McDonald’s en los que se ha demostrado explotación del trabajo infantil avalada con documentos falsos. Paga salarios extremadamente bajos y programa jornadas laborales excesivas, de hasta de 15 horas diarias y, en ocasiones, sin días de descanso. La empresa niega semejantes acusaciones, pero hoy son un secreto a voces.

A manera de ejemplo, y pese a no ser un documento científico, puede uno ver la película-documental Super size me, de Morgan Spurlock, un cineasta estadunidense, hecha en 2004, titulada en español como Súper engórdame, en la que el propio Spurlock se somete a un experimento en el que se alimenta durante un mes exclusivamente con productos de los restaurantes McDonald’s. Los resultados de ese experimento son, como se comprenderá, desastrosos: en ese mes aumentó once kilos, padeció de disfunción sexual y daño hepático. La obra de Spurlock fue nominada por la Academia de Artes y Ciencias Conematográficas en ese año como mejor documental.

La gente puede decidir y reclama ese derecho. Pero cuando ha sido sometida perma-nentemente a un complejo proceso de estupidización aportado por el sistema de poder, la toma de decisiones ya no es tan propia (endógena) y sí más compleja. En efecto, puede decidir comprar o no su cajita feliz, pero sobre un trasfondo que ha debilitado sus criterios y capacidades pensantes más íntimas y hasta primarias, y entonces sus decisiones, sean conscientes o inconscientes, estarán revestidas por el tinte propio que el sistema les ha impuesto. El sistema ofrece opciones, a veces muy numerosas, pero es la persona la que debe generar sus propias alternativas, que aquel no le dará e incluso combatirá. El sistema es homogeneizador y sobresimplificador, reduce las dimensiones de la gente y del mundo, es totalitario y absolutista y no permite la disensión, mata y remata la diversidad para generar a los sujetos unidimensionales de la gran Aldea Global. En esa “cultura”, la Mcdonalización es un hecho que proseguirá.

En el medio ha aparecido lo que se ha denominado “consumo responsable”, un modo de adquisición que reconoce otra forma de consumir y por lo tanto de producir, un modo de hacer las cosas de forma más responsable hacia el medio, el consumo ambientalizado y el que genera menos efectos negativos para la sociedad-naturaleza. La compra de la cajita feliz no es parte de ese consumo responsable. Usted decide si la adquiere o se abstiene de hacerlo, si contribuye al proceso antinatural de la Mcdonalización o, por el contrario, simplemente con no comprar, contribuye en los procesos orientados hacia un mundo más sustentable. La cajita (in)feliz tiene su historia, y una grande. Lo sabemos.

Para el lector interesado

  • Bauman, Z. (2007). Vida de consumo. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Klein, N. (2001). No Logo: el poder de las marcas. Buenos Aires: Paidós.
  • Ritzer, G. (1996). La McDonalización de la sociedad. Un análisis de la racionalización en la vida cotidiana. Barcelona: Ariel.
  • Veraza, J. (Comp.) (2007). Los peligros de comer en el capitalismo. México: Itaca.
  • Werner, K. y Weiss, H. (2004). El libro negro de las marcas: el lado oscuro de las empresas globales. Madrid: Mondadori.