REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2012
Volumen XXV
Número 3
Editorial
Arte y estética en el proceso de creación científica
La cajita feliz (o ¿infeliz?)
Lombricompostador para zonas urbanas
El bosque: elemento fundamental del agu
Cambio climático y ganadería bovina tropical
La interacción entre las plantas y los hervíboros
Xocolatl: antes alimento de los dioses, y ahora...
El huanglongbing: la tristeza de los cítricos
La fibra de la naranja y la salud
La leptospirosis: qué la causa y cómo afecta
¿Es el alzheimer un tipo de diabetes?
¿Cómo superan los fármacos la membrana celular?
Los efectos de la luz ultravioleta
Neurobiología y mutaciones genéticas xalapeñas
Lorenzo Ochoa: un estudioso de la Huasteca
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie Meurdrac: un tratado de química para mujeres
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De la magia y la hechicería a la herbolaria
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

¿Es el alzheimer un tipo de diabetes?

Araceli Vázquez Méndez y Aleph A. Corona Morales

Rosario, que tiene 52 años, últimamente se había sentido muy cansada, con mucha sed y orinaba con mucha frecuencia. Los análisis de laboratorio le dieron la mala noticia: padecía de diabetes mellitus. Por orden del médico, tuvo que olvidarse de las carnitas y chicharrones del fin de semana, del pan con mantequilla y azúcar que comía cuando veía su telenovela de las 8, y hasta de las pastas, que ni siquiera son dulces, para ver si así se le baja el azúcar. “Nomás gustos del médico de amargarme la vida”, dice. Además, debe tomar insulina diariamente para que su nivel de azúcar se mantenga estable. También asiste a clases de baile porque tiene que bajar esa pancita que casi ni se nota cuando se le compara con la de su esposo, pero que, según le dijeron, perjudica su salud.

Su comadre Martina es un par de décadas más vieja. Era antes una gran conversadora y comunicaba a medio mundo las noticias locales del barrio, pero desde hace algún tiempo su plática se ha vuelto algo incoherente y olvida mucho las cosas. La semana pasada se perdió tratando de ir al mercado y su familia tuvo que ir a la radio para reportarla como extraviada. Martina tiene alzheimer,1 una enfermedad que poco a poco va consumiendo la memoria y las facultades mentales hasta que la persona ya no recuerda quién es ni dónde vive y es incapaz de valerse por sí misma.

Tanto la diabetes como la enfermedad de Alzheimer son dos de los problemas de salud que más aquejan a la población mayor de 50 años. Ambas afectan la esperanza y la calidad de vida y, debido a los constantes cuidados que requieren, limitan las actividades de los familiares que llevan a cabo esa tarea.

Quizás usted se pregunte si hay alguna relación entre la diabetes y el alzheimer. Esto mismo se lo ha preguntado la ciencia. Para entenderlo mejor, es necesario conocer lo que ocurre en cada una de estas enfermedades.

Diabetes: cuando ser muy dulce no es bueno

Los alimentos que consumimos nos dan la energía y los nutrientes necesarios para mantener-nos sanos. Para ello, nuestro cuerpo debe procesarlos, absorber las sustancias importantes, como proteínas, azúcares, grasas y minerales, para distribuirlas después a todo el organismo. Los azúcares, también conocidos como carbohidratos, son el combustible del cuerpo: así como un auto necesita gasolina para funcionar, nosotros necesitamos carbohidratos, que nos dan la energía necesaria para realizar nuestras actividades diarias. Existen varios tipos de azúcares, como la fructosa, que es el azúcar de las frutas, o la lactosa, el azúcar que se halla en la leche o el almidón, la papa o las tortillas, pero todos deben ser procesados para convertirse en glucosa, el azúcar que puede entrar a las células y proporcionarles energía, y es justamente esta la que nos miden en la sangre cuando nos hacen análisis de laboratorio. Para que este combustible sea utilizado, se requiere de una sustancia llamada insulina, que es liberada por el páncreas. La insulina es como una llave que se une a una parte específica de la célula y que funciona como cerradura, a la que se llama “receptor”; al unirse a ella, la insulina abre la puerta que permite la entrada de glucosa a las células.

Existen dos tipos de diabetes mellitus, según la causa que la provoca: la diabetes mellitus tipo 1 y la diabetes tipo 2. La de tipo 1 solía llamarse diabetes juvenil ya que generalmente aparece en niños o jóvenes, y quienes la padecen no pueden producir su propia insulina debido a que las células del páncreas que normalmente la fabrican son atacadas por los mecanismos de defensa del propio cuerpo, los que por alguna razón, confunden tales células con agentes extraños, de modo que en poco tiempo pierden por completo la capacidad de producir insulina, apareciendo entonces los síntomas de la enfermedad: la persona se siente cansada, con mucha hambre y sed, orina dulce y frecuen-temente y su aliento tiene un olor a manzana. El tratamiento para este tipo de diabetes consiste en inyecciones diarias de insulina.

La diabetes mellitus tipo 2 aparece generalmente en la edad adulta, aunque cada vez hay más casos de diabetes entre las personas jóvenes, y es uno de los problemas de salud más importantes en la actualidad. Esta enfermedad se produce porque, si bien el páncreas sí es capaz de producir insulina, esta no se puede unir a las células para permitir la entrada de la glucosa. Es como si la cerradura de un candado estuviera torcida. La glucosa permanece disuelta en la sangre, y el páncreas, al darse cuenta que no ha cumplido adecuadamente su misión, produce aún más insulina; sin embargo, por más que la produzca, la glucosa no puede entrar a las células. El desarrollo de la enfermedad, a diferencia de la diabetes mellitus tipo 1, es lento y progresivo, al grado que la persona puede padecer diabetes sin presentar síntomas hasta mucho tiempo después.

Existen varios factores que pueden contribuir a la aparición de la diabetes mellitus tipo 2, como tener antecedentes familiares o malos hábitos alimenticios; las personas con sobrepeso tienen mayor riesgo de padecerla porque la grasa interfiere con la capacidad del cuerpo para usar la insulina. El consumo elevado de azúcares también favorece el desarrollo de la enfermedad ya que el páncreas se ve forzado a producir más insulina.

Alzheimer: cuando la vida se convierteen un mar de olvidos

La enfermedad de Alzheimer es un trastorno producido por la pérdida de las células del cerebro, conocidas como neuronas. Las neuronas afectadas son principalmente las involucradas en la memoria, el pensamiento y el lenguaje, por lo que los pacientes olvidan las cosas fácilmente y su conducta también cambia paulatinamente. Al principio, se irritan con facilidad por la frustración de que todo se les olvida, pero después sus recuerdos se van borrando involuntariamente, desconocen las calles que antes recorrían a diario y hasta sus familiares más queridos se van volviendo unos extraños; conforme avanza la enfermedad, se hacen cada vez más dependientes porque olvidan cómo comer o vestirse, y en las etapas finales de la enfermedad caen en cama y, finalmente, fallecen por diversas circunstancias ya que no tienen la capacidad de cuidar de sí mismos o de explicar cómo se sienten, lo que dificulta sus cuidados. La enfermedad de Alzheimer ocurre generalmente después de los 60 años, y el riesgo de padecerla aumenta con el envejecimiento o por los factores hereditarios.

Algo que resulta muy interesante es que el estilo de vida afecta el desarrollo de la enfermedad, en virtud de que el cerebro funciona de manera equivalente a un músculo: si vamos al gimnasio, tendremos músculos fuertes y sanos, pero si somos sedentarios, esos músculos se volverán flácidos y débiles; de la misma manera, si no mantenemos activa nuestra mente, el cerebro se hará flojo y el día que queramos usarlo podría ser demasiado tarde.

A pesar de que se ha avanzado mucho en el conocimiento de esta enfermedad, se desconoce aún la causa exacta que la desencadena. Lo que sí se sabe es que en los cerebros de estas personas se forman unas proteínas dañinas conocidas como beta amiloide y tau, las cuales solo pueden identificarse en cadáveres. La dificultad de diagnosticar a tiempo la enfermedad es otro reto de la medicina, pues hasta ahora solo se puede identificar a un enfermo de Alzheimer por el conjunto de síntomas que manifiesta, los que pueden confundirse con otros problemas de salud mental. Recientes investigaciones sugieren que un método de diagnóstico más temprano podría basarse evaluando la capacidad para percibir olores, pues la parte del cerebro que procesa la información olfatoria es una de las primeras en dañarse en estos pacientes.

Ahora que ya sabemos un poco más de estos dos problemas de salud, regresamos a la pregunta original ¿qué tienen en común una y otra enfermedad? Aparentemente son problemas muy diferentes: mientras que el alzheimer es una enfermedad cerebral que afecta la memoria y la personalidad, la diabetes daña varios órganos y sistemas por la incapacidad del organismo para controlar el azúcar. Pues bien, recientes estudios demuestran que la enfermedad de Alzheimer puede deberse a una falta de insulina en el cerebro. Incluso algunos científicos se han aventurado a clasificar esa enfermedad como “diabetes tipo 3”. En vista de lo anterior, podríamos decir que Rosario tiene la diabetes que todos conocemos y que Martina tiene una diabetes cerebral.

Azúcar alta = memoria baja

Se ha observado que los pacientes con diabetes mellitus tipo 2 sufren, con mayor frecuencia, una pérdida gradual de la memoria que las personas no diabéticas. La prevalencia también aumenta en las personas obesas, hipertensas o con problemas cardiovasculares; sin embargo, el factor que conlleva un mayor riesgo de favorecer la enfermedad de Alzheimer es la diabetes. En general, se ha visto que todas estas enfermedades pueden tener un origen común, pues un estilo de vida sedentario y una dieta rica en grasas y carbohidratos como la de Rosario favorece el desarrollo de uno o más de tales problemas. Los factores hereditarios también tienen una repercusión importante: así como heredamos el color de ojos, el tipo de cabello o el temperamento de los padres, también podemos heredar el riesgo de padecer sus enfermedades, por lo que si usted tiene uno o más parientes con estos trastornos debe cuidar aún más su salud. Desgraciadamente, nuestros genes nos predisponen a padecer tanto diabetes como alzheimer.

Y para quienes tienen alergia al ejercicio, les damos aquí una razón más que suficiente para ir al gimnasio: se ha observado que también hay una relación entre el sobrepeso y el alzheimer. Las personas con un índice de masa corporal (IMC) que indique obesidad tienen más probabilidad de desarrollar demencia, en comparación con quienes tienen un peso adecuado. Calcular nuestro IMC es muy fácil, sólo se debe dividir el peso entre el cuadrado de la estatura. Por ejemplo, si el lector mide 1.70 metros y pesa 70 kilos, solo tendrá que dividir 70 / 1.702 = 24.22, lo que indica que tiene un peso ideal. Un valor abajo de 18 indica desnutrición, arriba de 25 sobrepeso, y arriba de 30 obesidad. También puede calcularlo consultando la página http://www.indicemasacorporal.org.

Pero más que la obesidad repartida en todo el cuerpo, lo que más afecta es la grasa acumulada en el abdomen: esa pancita chelera nos puede traer problemas más graves que el no tener un cuerpo de 10. Los médicos dicen que si el exceso de grasa se encuentra repartido en la cadera y los muslos, de manera que la silueta semeja una pera, la persona será propensa a las várices y el dolor de rodillas; pero si el cuerpo tiene la forma de una manzana, es decir, si la grasa está acumulada en el abdomen, entonces tendrá problemas serios. Así que si quiere el lector saber qué tan saludable se encuentra, una cinta métrica para medir la cintura le puede dar más información que la báscula. Solo coloque la cinta alrededor de su cintura a la altura del ombligo y sin apretar. En el caso de las mujeres, no debe rebasar los 80 centímetros, y en los hombres no ser mayor a 90 centímetros.

¿Cerebro diabético? ¿Ratas olvidadizas?

Hasta hace poco tiempo se creía que la insulina no tenía ninguna acción en el cerebro, pues las neuronas, a diferencia de las células de los músculos o de otros tejidos del cuerpo, tienen otros mecanismos para captar glucosa; pese a ello, la insulina tiene otras funciones muy importantes en este órgano: nos ayuda a tener una buena memoria y a evitar la muerte neuronal. La relación de la insulina con la enfermedad de Alzheimer se ha comprobado en los cerebros de pacientes que han muerto por esta enfermedad; en efecto, en las autopsias se observa que sus cere-bros tienen niveles bajos de insulina en proporción directa con el desarrollo de la enfermedad. Por otro lado, recientes investigaciones han demostrado que las placas tóxicas de proteínas beta amiloide aparecen en el cerebro de personas con diabetes mellitus tipo 2.

Los científicos generalmente utilizan animales como ratas, ratones o conejos para estudiar varios problemas de salud que aquejan al hombre. Aunque los animales no enferman exactamente igual que los humanos, se puede producir en ellos algunos síntomas representativos de alguna enfermedad. Por ejemplo, podemos criar ratoncitos con niveles altos de glucosa para semejar a un animal con diabetes. La enfermedad de Alzheimer es un poco más difícil de producir en los animales de laboratorio. Para ello, el cerebro de los ratoncitos debe ser dañado, pero solo en las regiones implicadas en la memoria. Podemos comprobar que los ratones tienen problemas de memoria porque, si los colocamos en un laberinto, veremos que los pobres andan tan desorientados como Martina en el mercado.

En un estudio realizado por científicos japoneses, se comparó la salud física y mental de cuatro grupos de ratones: sanos, con un modelo animal de diabetes mellitus, con un modelo animal de Alzheimer y con ambas enfermedades. El resultado fue que los ratones que tenían ambas enfermedades tenían niveles de azúcar más altos que los que solo tenían diabetes, y estaban más desorientados que los que sólo tenían alzheimer. Esto podría indicar que hay una relación entre ambas enfermedades, de tal manera que sufrir alguna de ellas pudiera hacernos más propensos a padecer la otra o a empeorar sus síntomas.

En busca del remedio

Hasta la fecha no existe ningún tratamiento que cure la enfermedad de Alzheimer. Los tratamientos actuales consisten en fármacos que retrasan el progreso de la enfermedad o que controlan otros problemas asociados, como la ansiedad, la depresión, los delirios y las alucinaciones que el paciente exhibe en las etapas avanzadas; sin embargo, los beneficios son con frecuencia poco notorios, sobre todo por el hecho de que es difícil diagnosticar la enfermedad, y para cuando se hace, el daño producido en el cerebro ya es considerable.

Por esta razón, científicos de todo el mundo se han dedicado a la ardua tarea de encontrar una forma de curar o prevenir este problema y han intentado desde tratamientos tan complejos como la inyección de células en el cerebro que reemplacen a las que ya se han perdido, hasta los más extraños, como someter a los pacientes a radiaciones electromagnéticas como las que producen los teléfonos celulares. Estas investigaciones están todavía en fase experimental, lo que quiere decir que aún no se puede confirmar con toda seguridad su eficacia, toda vez que muchos de ellos solo se han probado en animales de laboratorio o en un reducido grupo de pacientes. También se debe asegurar que el tratamiento no produzca efectos secundarios severos.

Sin embargo, podría haber una nueva esperanza para la enfermedad de Alzheimer si es que, en efecto, se trata de una forma de diabetes. Ya se ha mencionado que sufrir diabetes puede predisponer a una persona a desarrollar alzheimer pero, si ese es el caso, ¿podrían los tratamientos antidiabéticos prevenir, retrasar o curar este terrible mal? Analizando los casos de pacientes diabéticos, se ha observado que quienes toman sus medicamentos para controlar el azúcar conservan mejor sus facultades mentales, en comparación con pacientes diabéticos que no siguen bien el tratamiento. Por esta razón, hay grupos de investigadores que están analizando la posibilidad de administrar insulina o ciertos fármacos para combatir la enfermedad de Alzheimer. Los estudios preliminares demuestran que el uso de la insulina administrada por medio de un inhalador a pacientes con enfermedad de Alzheimer retarda el deterioro de las facultades mentales.

Más vale prevenir

Ya de por sí, los mexicanos tenemos la predisposición genética a padecer diabetes tipo 2. No por nada México es uno de los países con mayor índice de diabetes y obesidad en todo el mundo. Esto también nos hace susceptibles de padecer alzheimer. Aunque en ambas enfermedades hay factores hereditarios implicados, no podemos culpar del todo a nuestros genes, pues el estilo de vida también representa un factor importante de que la diabetes, el alzheimer y muchas otras enfermedades que nos aquejan en la actualidad se desarrollen. La falta de ejercicio y las dietas ricas en grasas y azúcares son los responsables de que la frecuencia de estas enfermedades haya aumentado exponencialmente durante los últimos años. Si no cambiamos nuestro estilo de vida y hacemos caso de algunas medidas preventivas, dentro de escasamente diez años el sistema de salud del país no se dará abasto para tratar estos males.

Un factor que también ha contribuido a que aumenten los casos de alzheimer es que ahora las personas viven más. Según las estadísticas, esta enfermedad aparece en una de cada diez personas mayores de 65 años y hasta en la mitad de las mayores de 85 años. La probabilidad se duplica cada cinco años a partir de los 65. Si antes el problema del alzheimer no era tan común, era porque incluso las personas con riesgo de padecerlo por causas genéticas o por su estilo de vida no vivían tanto tiempo como ahora. Otro aspecto preocupante es que cada vez es menor la edad de las personas con diabetes, por lo que también cabe la posibilidad de que la enfermedad de Alzheimer aparezca cada vez más entre los jóvenes.

Pero no debe alarmarse el lector a pesar de lo negativo que pueda parecer todo lo anterior porque es todavía posible prevenir o al menos retrasar el curso de estas enfermedades. Lo único que hay que hacer es llevar un estilo de vida saludable. El ejercicio físico y mental, así como una dieta rica en vitaminas C, E, B12 y ácido fólico, que se encuentran en alimentos como las nueces, el pescado, las verduras, las frutas y el aceite de oliva, reducen el riesgo de sufrirlas. Debe igualmente reducirse el consumo de productos muy grasosos o azucarados, y evitar a toda costa la comida chatarra y los refrescos.

Tomar en cuenta todas estas medidas de salud requiere todo un cambio de actitudes individuales y sociales, lo que suena muy difícil de lograr, pero que debemos intentar por nuestra salud y la de nuestra familia, sobre todo la de nuestros hijos, pues es preocupante que nuestro país tenga el nada honroso primer lugar en obesidad infantil.


1 De acuerdo al uso común, se escribe alzheimer con a minúscula, o bien enfermedad de Alzheimer, en este caso con mayúscula (N. del E.)