REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Mayo•Agosto
de 2012
Volumen XXV
Número 2
Editorial
Desecho de unos, tesoro de otros: escarabajos del estiércol
Los encinos: un tesoro poco valorado
Dunas costeras: ¿las destruimos o las cuidamos?
El ecoetiquetado: estrategia para la miel melipona
El sistema olfatorio: el sentido de los olores
¿Qué son y para qué sirven los antioxidantes?
La glutamina: suplemento alimenticio estrella
La carne de calidad: cuestión de bienestar
Hacia una genética celular del cáncer
Tuberculosis pulmonar y diabetes: la salud en Veracruz
Bacterias probióticas para la prevención de la caries
Ni ángel ni demonio: la tragedia de Alan Turing
Un mundo profuso e intoxicado
La historia del microscopio (Segunda parte)
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Sophie Germain: la matemática como estrategia de vida
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
No solo de la vista nace el amor
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Ni ángel ni demonio: la tragedia de Alan Turing

Manuel Martínez Morales

Pafraseando a Bertold Brecht, podemos decir que un matemático es un hombre como cualquier otro. No hay nada especial que distinga a un científico –hombre o mujer– de un obrero, un oficinista o una ama de casa. En este sentido, el hombre o la mujer de ciencia experimentan las mismas pasiones, alegrías y temores que cualquier otro ser humano. Igualmente están expuestos a los avatares propios de su época y circunstancia.

La vida personal del matemático Alan Turing, precursor de la teoría de la computabilidad, estuvo marcada desde muy tempranamente por su asumida homosexualidad en un tiempo y lugar en que esta preferencia era considerada no solamente inmoral, sino además un delito que era castigado con severas penas.

No obstante, dado el gran talento mostrado por el joven Turing, el gobierno británico lo reclutó durante la Segunda Guerra Mundial para servir en una división de inteligencia militar dedicada al análisis y desciframiento de los códigos secretos empleados por los alemanes para dirigir los ataques de sus submarinos contra las embarcaciones norteamericanas y británicas.

En un tiempo razonable, Alan Turing, al frente de un equipo de especialistas, pudo descifrar el código de Enigma, la máquina encriptadora empleada por los alemanes, desciframiento que fue crucial para decidir la guerra a favor de los aliados.

Al tiempo que trabajaba en ese problema, también desarrollaba los aspectos teóricos relacionados con la naciente ciencia de la computación, especulaba sobre la posibilidad de construir máquinas inteligentes y participaba en el diseño de Colossus, una de las primeras computadoras digitales que se construyeron. Así que podemos referirnos a Turing –al igual que lo hace Eduardo Galeano en su libro Espejos– como “el papá de las computadoras”.

Por su carácter y posición ideológica independiente (no le agradaba estar bajo el mando de militares), Alan Turing se volvió sospechoso para el Servicio Secreto británico, de tal manera que fue objeto de espionaje y marginación aun al finalizar la guerra.

Algunos de sus biógrafos sostienen que, conocida su homosexualidad, los militares aprovecharon ese conocimiento para tenderle una trampa. Según esta versión, un hombre de paja, haciéndose pasar por homosexual, se acercó a Turing, con quien llegó a sostener con él una relación amorosa que “casualmente” fue descubierta por la policía, que arrestó de inmediato a la pareja. Sobra decir que el sujeto aquel testificó contra Turing, haciendo que a éste se le impusiera como pena, además de varios meses de cárcel, la castración química, lo que lo deprimió profundamente y, a la postre, lo condujo al suicidio.

Dejemos que sean las palabras de Eduardo Galeano las que describan la conclusión de su trágico destino:

Para que a Turing lo dejaran libre, aceptó someterse a un tratamiento de curación. El bombardeo de drogas lo dejó impotente. Le crecieron las tetas. Se encerró. Ya no iba ni a la universidad. Escuchaba murmullos, sentía miradas que lo fusilaban por la espalda. Antes de dormir, era costumbre, comía una manzana. Una noche inyectó cianuro en la manzana que iba a comer.

El suicidio de Alan Turing a los 42 años nos hace pensar que, fuera de su trabajo especializado, el científico está expuesto a los mismos vaivenes de la vida como cualquier otro ser humano, y que por ello hay que comprenderlo en su íntegra condición humana: ni ángel ni demonio.

Para el lector interesado

  • Hodges, A. (2012). Alan Turing: the Enigma. Princeton, NJ: Princeton University Press.
  • Galeano, E. (1998). El papá de las computadoras. En Espejos: una historia casi universal. México: Siglo XXI.