REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Mayo•Agosto
de 2012
Volumen XXV
Número 2
Editorial
Desecho de unos, tesoro de otros: escarabajos del estiércol
Los encinos: un tesoro poco valorado
Dunas costeras: ¿las destruimos o las cuidamos?
El ecoetiquetado: estrategia para la miel melipona
El sistema olfatorio: el sentido de los olores
¿Qué son y para qué sirven los antioxidantes?
La glutamina: suplemento alimenticio estrella
La carne de calidad: cuestión de bienestar
Hacia una genética celular del cáncer
Tuberculosis pulmonar y diabetes: la salud en Veracruz
Bacterias probióticas para la prevención de la caries
Ni ángel ni demonio: la tragedia de Alan Turing
Un mundo profuso e intoxicado
La historia del microscopio (Segunda parte)
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Sophie Germain: la matemática como estrategia de vida
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
No solo de la vista nace el amor
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

No solo de la vista nace el amor

Ariadna Aguilar Duarte
y Heriberto G. Contreras Garibay

Expresar nuestras emociones, sensaciones, opiniones, pensamientos, necesidades o cualquier otra cosa que se nos venga a la mente es primordial en nuestra sociedad, siendo a veces tan necesario que puede llegar a garantizar nuestra supervivencia en el planeta.

Los humanos hemos instaurado códigos orales y gráficos para establecer nuestra comunicación, a lo que hemos denominamos lenguaje. Sin embargo, no somos los únicos seres vivos capaces de comunicarse entre sí; recordemos que la comunicación no solamente se vale del lenguaje para ser exitoso, sino que es necesario establecer una relación entre un emisor y un receptor para enviar y recibir mensajes dentro de un contexto específico.

En la naturaleza existen diversos mecanismos de comunicación que diferentes animales han establecido, los cuales resultan realmente fascinantes por la precisión y la complejidad de las señales con la que transmiten el mensaje.

Los tipos de señales empleados en la comunicación animal (también llamada en general como zoosemiótica) pueden ser físicas o químicas. Dentro de las físicas encontramos las auditivas, las visuales y las táctiles. A su vez, las señales químicas pueden dividirse en aleloquímicas, que permiten la transmisión de la información entre individuos de diferentes especies, y las homeoquímicas, mejor conocidas como “feromonas”, mismas que son percibidas únicamente por miembros de una misma especie.

Tomemos algunos ejemplos, varios de estos provenientes de algunos merecedores del Premio Nobel.

En principio, hallamos a las mariposas, insectos cuyas especies tienen hábitos nocturnos, diurnos y hasta crepusculares, es decir, podemos encontrarlas a lo largo de todo el día. De acuerdo a sus hábitos, la principal diferencia entre las mariposas son las antenas. De manera particular, las mariposas macho nocturnas han desarrollado antenas de gran tamaño y de aspecto plumoso que les permiten percibir con mayor facilidad el olor producido por las hembras, a las que rastrean con fines reproductivos desde varios kilómetros de distancia y a través de la oscuridad.

Aprovechemos esa escena nocturna agregando un poco de calor para conocer la manera en que “platican” unos brillantes y desvelados habitantes veraniegos, que son los escarabajos. Existen unos pequeños escarabajos pertenecientes a un grupo conocido como Lampíridos, cuya gran fama se atribuye a ese abdomen luminoso. Seguramente, estimado lector, ya sabe de qué le hablamos; efectivamente, nos referimos a las luciérnagas. La finalidad para la que emiten el peculiar destello luminoso es el emparejamiento. Pero, ¿cómo ocurre este proceso?

Como anteriormente dijimos, durante las noches de verano los machos emprenden el vuelo en busca de las hembras que se encuentran entre las hierbas, emitiendo una atractiva luz verdosa por su abdomen. El código de comunicación de las luciérnagas consiste en una secuencia de destellos producidos por el macho durante su vuelo, a los cuales la hembra responde con una secuencia de igual o similar patrón al emitido por el macho.

Hasta el año de 1996, en el continente americano se habían registrado 1,134 especies de luciérnagas; cada especie posee una pauta particular y única de emisión de luz, caracterizada por la duración del destello. Dicho destello luminoso se produce al oxidarse la luciferina (compuesto formado por nitrógeno, azufre, carbono, oxígeno e hidrógeno) gracias a la enzima luciferasa, convirtiéndose entonces en una sustancia conocida como oxiluciferina.

Durante el transcurso de la tarde y la noche, otro insecto que recurre a sus habilidades, en este caso sonoras, para atraer hembras y lograr así su éxito reproductivo es el grillo. El canto de los grillos –que no es propiamente un canto sino una estridulación– es producido por sus alas, las cuales frotan contra una tira de dientecillos, de tal forma que al abrirse y cerrarse emiten las vibraciones que producen el potente sonido. El canto que nosotros percibimos, es en realidad solo la pequeña fracción acústica que nuestro oído nos permite captar.

El papel que desempeña el canto dentro de la conducta reproductiva del grillo se conoció en 1913 gracias a los experimentos realizados por el profesor Johann Regen, de la Universidad de Viena. El procedimiento consistió en hacer “cantar” a un macho a través de un teléfono, logrando que del otro lado de la línea una hembra se acercara al auricular, con lo que se descartó así la intervención de las feromonas o de otro estímulo no acústico.

Otro animal que tiene una considerable fama por su alto grado de organización y cooperación son las hormigas. Seguramente estaremos de acuerdo que para lograr lo anterior necesitan una excelente comunicación. Pero, ¿cuál es el mecanismo por el que se comunican? Se ha observado que esta sociedad emplea diferentes sistemas de comunicación que proporcionan mucha información, la que va desde señalamientos de alarma, territorio y reconocimientos de compañeras de nido, hasta el reclutamiento, siendo las señales químicas de las feromonas la principal vía de que se sirven.

Una feromona es una sustancia química secretada por un organismo para enviar un mensaje específico y provocar un comportamiento determinado en otro individuo de la misma especie. De pronto, pareciera que las feromonas fueran algo recientemente descubierto, pero no es así; de hecho, se les conoce desde hace mucho tiempo. En la actualidad, se adicionan a los perfumes o desodorantes para hacer a los hombres y mujeres más atractivos, como ciertos productos comerciales prometen, lo que ha tenido resultados más que discutibles.

Otro claro ejemplo de la comunicación a través de feromonas lo presenta la mosca mexicana de la fruta, Anastrefa ludens. Particularmente esta especie es de gran relevancia económica en la fruticultura de nuestro país por los daños que causa directamente a los cultivos al provocar que los frutos se agusanen; además, cuando se sospecha que habrá una infestación, se establecen estrictas restricciones mediante cuarentenas nacionales e internacionales. De hecho, hace algunos años cesaron las exportaciones de fruta mexicana hacia Estados Unidos por “culpa” de esta mosca… pero esto es solo un paréntesis.

Retomando el tema, la mosca mexicana de la fruta tiene cierta predilección por cítricos como la naranja o la mandarina, los mangos y otros frutos para depositar sus huevos, lo que provoca el agusanamiento anteriormente mencionado. Una vez que las hembras inyectan los huevos al fruto mediante una estructura llamada ovipositor, también depositan en aquel una feromona, conocida como feromona de “marcaje de hospedero”, cuando arrastran el ovipositor sobre la superficie, lo que sirve para indicar a otras hembras que ese “nido” ya está ocupado.

Ahora bien, uno de los ejemplos más fascinantes de comunicación animal podrían ser las abejas, gracias a las cuales el zoólogo austríaco Karl von Frisch ganó el Premio Nobel en 1973 al descifrar su lenguaje a través de la danza.

Las abejas recurren a diversas vías sensoriales para comunicarse e indicar a sus compañeras la localización de una fuente de alimento. Todo comienza cuando la abeja forrajera, después de hacer su recorrido e identificar una fuente rica en nutrientes, regresa a la colmena. En ese momento comienza una peculiar danza.

La abeja forrajera comunica su mensaje en las paredes de la colmena con esa danza circular que indica que el alimento se encuentra a menos de cien metros. Posteriormente, dos abejas más siguen a la forrajera danzarina para enterarse de la posición de la fuente nutritiva.

Sin embargo, esta historia no termina ahí, pues la intensidad y duración de la danza indica la distancia y la abundancia del alimento que ha encontrado. Una vez que ha sido comunicado el mensaje, la abeja forrajera sale seguida de las obreras, las que van detrás de ella siguiendo el rastro del olor del que se impregnó, permitiéndoles así conocer el tipo de néctar o polen de que está compuesto el botín.

Para indicar distancias mayores a los cien metros, o incluso recorridos que pueden rebasar los cinco kilómetros, las abejas realizan una danza en semicírculos. Durante ésta, dibujan primero un semicírculo estrecho y cambian súbitamente de dirección marchando en línea recta hasta el punto de partida, y posteriormente completan el círculo con un semicírculo complementario para marchar nuevamente en línea recta, repitiendo esta secuencia varias veces siguiendo el mismo patrón de semicírculos. Lo que permite distinguir esta danza es el acompañamiento de rápidos movimientos laterales de abdomen que le imparten, por lo que también es conocida como “danza de cola” o “danza del abdomen”.

Otra información proporcionada por esta danza hecha con semicírculos es la dirección que deben seguir las obreras para llegar a la fuente de alimento. ¿Cómo es que logran indicar con exactitud la localización del néctar? A lo largo de la danza indican el lugar donde se encuentra respecto del sol, de tal manera que el astro rey cumple la función de una brújula. Así, señalan el ángulo que han mantenido con relación al sol para llegar al alimento, y establecen asimismo la gravedad. Es decir, si las abejas deben dirigirse hacia el lado contrario del sol, la fracción de la danza que corresponde a la línea recta la hacen hacia abajo; si deben volar hacia el sol, entonces largan la línea recta hacia arriba; finalmente, si deben volar con el sol a su derecha, entonces la recta apuntará hacia la izquierda de la vertical, y viceversa.

De este modo, la abeja Apis mellifera nos muestra lo complejos que pueden llegar a ser los mensajes transmitidos por los animales en la naturaleza, al orquestar una serie de señales que son percibidas por diversas vías sensoriales, a lo que se suma la precisión con que comunican aquellos.

Para el lector interesado

  • Cibrián T., J, Arzuff B., R., López C., J., Soto H., M. y García R., M.J. (2004). Preferencia de Anastrepha ludens (Loew) (Diptera: Tephritidae) por volátiles de frutos verdes o amarillos de mango y naranja. Agrociencia, 38(4), 423-430.
  • Chittka, L. y Dornhaus, A. (1999). Comparaciones en fisiología y evolución, y por qué las abejas pueden hacer las cosas que hacen. Ciencia al Día, 2(2), 1-13.

Sitios