REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Enero•Abril
de 2012
Volumen XXV
Número 1
Editorial
Químicos vegetales: alternativa contra agentes patógenos
Bt: un insecticida verde en el mercado
Biolubricantes: una alternativa ambiental
Alimentos funcionales, ¿consumidos por gusto o por necesidad?
Los costos de la criptosporidiosis
De los fuegos fatuos al biogás
El altar de muertos: origen y significado en México
Calates, anfibios que cantan para evitar su desaparición
El pez cebra: una especie modelo
Luchar o huir: el papel del sistema nervioso autónomo
Internet en blanco y negro
La herencia de la desigualdad económica
La economía política en la detección y control de plantas invasoras
La historia del microscopio (Primera parte)
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Maria Mitchell: la primera astrónoma estadounidense
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Cuando la basura nos alcance
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

María Mitchell: la primera astrónoma estadounidense

María Angélica Salmerón

El nombre de Maria Mitchell evoca un múltiple registro cuyas vibraciones debemos hacer audibles hoy dentro de la partitura historiográfica de la ciencia. Y esto no solo porque puede ser considerada como la primera astrónoma estadounidense, sino porque, más allá de ello, su nombre se vincula a una serie de sucesos que la proyectan como una verdadera pionera de la ciencia profesional del siglo XIX. Por ello –como ha hecho notar Margaret Alic–, “el florecimiento de la primera científica norteamericana –la astrónoma Maria Mitchell– dio origen a una larga y distinguida línea de mujeres de ciencia norteamericanas que trabajaron dentro de los límites de las universidades femeninas, y esa tradición continuó hasta bien entrado el siglo XX”. Esto, que bien podemos llamar “el efecto Mitchell”, permite afirmar que la significativa trayectoria que marcan la vida y el trabajo de Maria deja tras de sí una estela de luz que alumbra hoy día el camino de todas las mujeres que se aventuran por el territorio de la ciencia.

Maria Mitchell nació el primero de agosto de 1818 en Nantucket Island, Massachusetts, en el seno de una enorme familia, siendo ella la tercera de los diez hijos de los Mitchell, emparentados con Benjamin Franklin, lo que hacía de los hijos del matrimonio primos lejanos del famoso personaje. Dado que los Mitchell estaban integrados a la comunidad de los cuáqueros, o Sociedad Religiosa de los Amigos, la familia entera se regía por valores diferentes de los convencionales, pues estaban inspirados por un ambiente ideológico que entrañaba la igualdad de sexos y la búsqueda de la independencia, cuya fórmula fundamental era que el trabajo y la dedicación conducían por el camino de la realización personal. Respirando, pues, este aire puro de libertad e independencia, William Mitchell y Lydia Coleman alentaron en todos sus hijos el seguir sus propias inclinaciones y superarse constantemente. Así, fueron sus padres los primeros maestros de los que Maria tomaría sus mejores lecciones; de su padre, la pasión por “la astronomía y la navegación”, y de su madre, “la necesidad de trabajar para conseguir independencia en la vida”, de donde resultó que el interés por el conocimiento científico de los cielos y la idea de buscar una identidad propia y autónoma fueron el legado fundamental que la llevaría a dejar la huella de su paso en la historia de la segunda mitad del siglo XIX, pues el nombre de Maria Mitchell está asociado no solo al campo de la ciencia, sino también al de la lucha de las mujeres por la igualdad social y política.

Pero para llegar hasta el sitio que le ha reconocido la historia –y que por desgracia hoy parece olvidado–, Maria tendría que recorrer un largo camino. En efecto, la futura astrónoma y luchadora social habría que dedicar muchos años de su vida al trabajo y al estudio para lograr finalmente sus sueños, sueños que, como las estrellas que noche a noche miraba, parecían lejanos e inalcanzables, y que sin embargo sabía que algún día se harían realidad porque nada le está vedado a un espíritu laborioso y libre. Así, esta autodidacta llegaría algún día a enseñar a sus alumnos que “las estrellas no son solo puntos brillantes”, sino que “también transmiten la grandeza del universo”, pero sobre todo que seguirlas es seguir las trazas del impulso inicial del conocimiento del cosmos y de uno mismo. La observación de los cielos y de la propia condición humana y social serán siempre las herramientas fundamentales con las que Maria lograría finalmente abrir un nuevo camino para el libre tránsito de las mujeres en el mundo y en la ciencia.

Y este camino –es justo recordarlo– lo abrieron inicialmente sus padres, quienes al educarla fuera de las normas convencionales, que establecían como único destino de las mujeres el matrimonio y la maternidad, la impulsaron a buscar formas diferentes de transitar por la vida, por lo que eligió habitar un mundo poblado de estrellas. Iniciada en la ciencia por William, quien la condujo de la mano por el sendero de la ciencia, aprendió pronto los primeros rudimentos de la astronomía, a usar el telescopio y a calcular los eclipses. Así, a los doce años ya ayudaba a su padre “en el observatorio que había construido en el Banco del Pacífico, donde este trabajaba”, y fue a su lado que cronometró “el eclipse anular de sol de 1831, que pasó en su totalidad por Nantucket”; a los trece años las habilidades técnicas de la pequeña eran tales que “fue capaz de pronosticar un eclipse de luna”. Se puede ver desde ahora que Maria, tenaz y disciplinadamente, no solo cumplía con sus labores colegiales en la escuela cuáquera a la que asistía, sino que dedicaba todo su tiempo libre a estudiar astronomía y a observar los cielos en la compañía de su padre. Finalmente, a los catorce años, ingresó a la academia femenina que dirigía Cyrus Pierce, la cual se distinguía de otras instituciones por haber reemplazado “la enseñanza de las labores domésticas y las habilidades sociales con matemáticas y ciencias”. Será por el tipo de educación recibida de sus padres y de Pierce que afirmará después: “El ojo que dirige la aguja en los delicados menesteres del bordado sirve igualmente para bisectar una estrella”. Bajo este régimen educativo, a los dieciséis años terminó su educación formal. Eulalia Pérez Sedeño apunta lo siguiente: “Maria asistió a una escuela privada desde los cuatro años y posteriormente pasó a la de su padre, en la que se insistía en el trabajo de campo: recogida de piedras y minerales, conchas, flores, etc. Cuando su padre dejó de regentear la escuela, Maria pasó a la de Cyrus Peirce para jovencitas. Peirce, quien luego sería director de la primera escuela normal de Estados Unidos, quedó fascinado por las habilidades matemáticas de Maria y la animó a proseguir sus estudios”.

Sin embargo, no pudo continuar una carrera profesional por falta de recursos económicos y de centros académicos adecuados, por lo que siguió estudiando en casa, y fueron entonces sus maestros los autores de los textos que leía, tales como Conic Sections de Bridge, Practical Navigator de Nathaniel Bowditch o Theoria motus corporem celestum de Gauss. También leyó en francés las obras de Lagrange, Laplace y Adrien-Marie Legendre, entre otras muchas. Maria poseía un espíritu tan inquieto y ávido de conocimientos que la llevaba a investigar y estudiar por cuenta propia, y así como la observación del mundo y de sus cielos fueron parte fundamental de su aprendizaje, también los libros devinieron valiosos objetos cuyos misterios había que desentrañar. Veremos que la observación y la lectura reflexiva y crítica habrán de convertirse en Maria en las herramientas que la conduzcan al conocimiento. Y así sucede que la futura mujer de ciencia es ejemplo de cómo una vocación bien alimentada desde la infancia tiende a fructificar, pues, como es su caso, el trabajo disciplinado y el estudio no traen consigo la cancelación de una existencia plena; como solía decir: “Estudia como si fueras a vivir para siempre, vive como si fueras a morir mañana”. Y no hay duda de que siguió fielmente su propio consejo, de lo que su propia vida es prueba fehaciente.

Después de concluir los ciclos escolares básicos y sus propios estudios informales de observadora y lectora insaciable, Maria encontró también el modo de realizar su vida personal. Dos acontecimientos dan cuenta de la forma en que, siguiendo su inclinación inicial por la ciencia y el estudio, se inicia en el mundo laboral y comienza a ser económicamente independiente. Ambos son hechos peculiares que colocan a nuestra incipiente científica en la vía hacia la consecución de un futuro más prometedor para mujeres que, como ella, saben que con esfuerzo y tesón finalmente es posible salvar todos los obstáculos.

El primer acontecimiento importante que transformará la vida de Maria es su incursión en el campo de la enseñanza. En efecto, ella se convierte en maestra de un modo característico y también paradigmático, porque esta jovencita de apenas diecisiete años no solo se atreve a dar clases, sino que lo hace fundando su propia escuela para niñas, a las que instruye en ciencias y matemáticas y –podemos agregar– donde dicta las reglas que ella misma sigue. Apunta Sedeño: “Las clases podían comenzar antes del amanecer si había que observar pájaros, o extenderse hasta después de media noche para observar estrellas y planetas”. ¿Quiénes siguieron un estudio tan estricto? No se nos dice, y desgraciadamente tampoco se nos cuenta cómo funcionaba académicamente este centro, pero al parecer tanto Maria como sus alumnas hacían esta labor escolar por el mero placer de aprender cosas nuevas, loable actitud que bien valdría la pena revalorar en nuestra época, tan ayuna de una verdadera vocación por el conocimiento y tan ávida de reconocimientos y títulos de todo tipo. Por ende, la primera lección que nos hereda esta decidida mujer es la de volver a la raíz, al valor del conocimiento, y al entendimiento de que la pasión por el saber es el origen de las instituciones educativas y no a la inversa.

El otro acontecimiento en la vida de Maria sucede un año después y la pone justo en la línea de salida para convertirse en pionera de muchas y muy variadas actividades. A los dieciocho años una oportunidad se abre ante ella, al igual que las puertas del cielo cuando buscaba cometas con el telescopio: entra a trabajar a la biblioteca del Nantucket Atheneum, convirtiéndose así en la primera mujer bibliotecaria. Nuestra joven científica no solo conseguía tener un trabajo oficial que le garantizaba su independencia económica, sino que además, y sobre todo, ingresaba en un mundo atiborrado de libros, donde no podía más que sentirse una protectora y aliada del saber. Su universo de conocimientos se extendía, y así, con los pies bien puestos en la tierra y levantada la vista hacia las estrellas, Maria iniciaba un trayecto que no habría de concluir sino con su muerte.




Estaban pues dadas las condiciones para que, de ser una mera aficionada a la astronomía, se convirtiera en una acreditada astrónoma y maestra universitaria. A partir de 1847, la vida de Maria se convierte en una especie de partitura cuyas notas son el éxito y el reconocimiento, en una escala ascendente que la llevaría a ser una astrónoma teórica y práctica profesional de primer nivel.

Pero fue a los veintinueve años cuando Maria Mitchell entra con todo derecho al mundo de la ciencia al descubrir un nuevo cometa, mismo que lleva su nombre: “Miss Mitchell’s Comet” (el Cometa de la Señorita Mitchell), por lo que fue galardonada con la medalla al mérito otorgada por Federico VII, rey de Dinamarca. Dejemos que Sedeño nos dé los detalles de este acontecimiento: “El 1 de octubre de 1847 Maria observó un nuevo cometa. El rey de Dinamarca había ofrecido un premio […] Maria informó inmediatamente de su descubrimiento, pero la carta […] tardó tres días en salir de su pueblo. Por otro lado, entre el 1 de octubre y el 4, fecha en que salió la carta, un ita- liano y un inglés informaron también del descubrimiento y el reconocimiento del [de] Maria se retrasó un año. A partir de entonces […] fue considerada una gran astrónoma no solo en Estados Unidos, sino también en Europa”. Este hecho la convirtió en la primera persona en América que lo lograra, y su descubrimiento “le dio reconocimiento internacional y contactos con la comunidad de astrónomos estadounidenses”, lo que marcó el rumbo ascendente de una carrera científica profesional, pues un año después fue elegida miembro de la American Academy of Arts and Sciences, siendo la primera mujer en conseguirlo, y solo dos años más tarde, en 1850, formó parte de la recién fundada American Association for the Advancement of Science. Fue así que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el nombre de Maria Mitchell se pronunciara con respeto, y su ciudad natal, Nantucket, “se convirtió en un lugar donde los famosos se dejaban caer y visitaban a Mr. Mitchell y a su famosa hija, la descubridora de cometas”.




Maria no podía estar más satisfecha. Su persistencia y vocación naturales la colocaban prácticamente en un pedestal, pero esto –que ya podría parecer un logro supremo para una joven mujer de la época– no representó para ella sino el comienzo de una larga serie de conquistas en las que a través de su fuerte y decidida figura se reflejaban las aspiraciones de muchas mujeres de entonces. Y hay que recalcar el hecho de que fue justamente por el trabajo de la joven Mitchell que comenzó a generarse una creciente afluencia de las mujeres a la tradición científica estadounidense. La lucha de Maria por construirse un mundo propio alcanzaba así a todas las mujeres que, como ella, buscaban un espacio propio donde pudieran realizar sus potencialidades. Maria abrió puertas selladas e hizo que las nuevas generaciones vieran en las mujeres a seres humanos dotados de una verdadera vocación científica.

Hay que reconocer que Maria abrió asimismo las puertas de las instituciones educativas para que las mujeres finalmente pudiesen tener acceso a una educación formal, y lo hizo del modo más conveniente y convincente, pues en 1865 el recién creado Vassar College de Pougkeepsie, en Nueva York, la nombró catedrática de astronomía, y poco después directora del observatorio. Desde esas aulas, Maria inspiró a sus estudiantes el trabajo disciplinado y constante, alimentando vocaciones y distribuyendo su experiencia y conocimiento. Entre todo lo que Maria enseñó, sobresalen tres cuestiones que consideraba como las piedras de toque para la formación científica, a saber: la observación, la imaginación y el pensamiento crítico; de ahí que se hiciese famosa su pregunta: “¿Usted leyó eso en un libro o lo observó directamente?”. También afirmaba que “Todos necesitamos imaginación en la ciencia”, pues lo que ella gustaba de enseñar era que había que cuestionarlo todo y buscar nuevas y más amplias interpretaciones. Característica fundamental de su enseñanza fue el cuestionamiento constante a sus alumnos: no bastaba con repetir lo leído o lo observado sino que había también que reflexionarlo. En síntesis, María fue “la primera mujer profesora de astronomía en la universidad de Vassar […] En este colegio impartió cátedra por 23 años [logrando además] establecer un departamento de astronomía que se equipara con el de las universidades de Yale y Harvard, con la única diferencia de que en Vassar el estudiantado estaba conformado por mujeres”.


Maria Mitchell fue ciertamente una gran maestra, pero sobre todo fue una mujer comprometida con su ejercicio profesional y una luchadora empedernida; por tales razones, cuando a pesar de la reputación que la precedía se percató de que el colegio pagaba más a sus colegas varones, peleó con uñas y dientes hasta que logró que le igualaran el sueldo. Luchaba así no solo por una mejor educación para las mujeres, sino también por el reconocimiento de su igualdad profesional, social y laboral. Para ella, la mujer no implicaba en modo alguno un ser de categoría inferior. La lucha académica debía pues salir también a las calles. Y así sería. En 1873 Maria haría su parte para fundar un grupo feminista moderado, la denominada Association for the Advencement of Women. Al mismo ritmo en que las mujeres luchaban por sus derechos y lograban el sufragio, “la asociación trabajaba en una gran reforma educativa”. Maria fue su presidenta durante dos años, en los cuales impulsó una serie de propuestas educativas para las mujeres. Luchaba por un sitio digno para la mujer en la sociedad, y lo hacía dentro y fuera de los ámbitos académicos, “dedicándose plenamente a la defensa y práctica de la educación superior de la mujer”. Pero también, manteniéndose fiel a la creencia cuáquera de la igualdad entre los seres humanos, abonó al movimiento antiesclavista una protesta personal: dejó de usar ropa de algodón, ya que era entre los trabajadores de los campos de algodón donde más claramente se manifestaba la explotación de que era objeto la población negra del sur de Estados Unidos.

Enmedio de todo esto Maria seguía trabajando. A partir de 1849 y hasta 1868 se abocó a calcular para el American Ephemeris and Nautical Almanac, publicación que proporcionaba los datos necesarios para navegar mediante la observación de las estrellas. Antes de que se dispusiera de instrumentos más exactos, los almanaques suministraban tales datos usando el método de las distancias lunares para determinar la longitud, un método, técnica y matemáticamente muy complejo. Por esos años trabaja para el United States Coast Survey “haciendo mediciones que ayudaran a determinar con mayor precisión la longitud, la latitud y el tiempo de las costas norteamericanas”. Por otra parte, como parte de su trabajo, Maria comienza a realizar una serie de viajes por Europa, donde tuvo la oportunidad de entablar relaciones con varios científicos famosos, como John Herschel y Alexander von Humboldt, y se dice también que viajó con el escritor Nathaniel Hawthorne y su familia. Uno de esos viajes nos muestra claramente que una de las características fundamentales de nuestra astrónoma fue la de abrir caminos y ser la primera en muchas cosas, pues en 1857, aceptando la oferta del general H. K. Swift –un banquero de Chicago– para que acompañara a su hija Prudencia en un viaje a través del oeste y el sur de Estados Unidos y a Europa, insistió en visitar el Observatorio Vaticano, a lo cual las autoridades pontificias se negaron al principio por tratarse de una mujer; sin embargo, finalmente accedieron y Maria se convirtió así en la primera mujer a la que se le abrían las puertas de ese famoso observatorio.

Nuestra astrónoma viajera cruzó muchas fronteras persiguiendo eclipses y observando las estrellas y planetas. Se dice que estudió las manchas solares y se centró en la observación de Júpiter, del cual avistó sus lunas, señalando que las bandas que circundaban el colosal planeta eran nubes y no los rasgos de una superficie sólida, según se creía entonces. Se ha señalado que en 1878 Maria “viajó más de tres mil kilómetros para seguir el eclipse total de sol que cruzó la parte central de Estados Unidos”, acontecimiento que por su relevancia acaparó las primeras páginas de todos los periódicos estadounidenses, en los que uno de los titulares fue: “Varias expediciones de diferentes partes del mundo viajaron a verlo. El grupo de Maria Mitchell fue parte de este evento”. Ello basta para mostrar de qué manera Maria pensaba que el aprendizaje no podía estar eferido solamente a los libros, ya que, como le gustaba decir, “Viajamos para aprender. En cada país aprendemos a hacer mejor las cosas [y] surge más pensamiento e inspiración”.

En efecto, Maria viajaba, observaba y obtenía con ello materiales para sus escritos, pues fue también una prolífica articulista científica y tuvo la oportunidad de publicar muchos de ellos: “Durante los años que estuvo en Vassar, editó la columna astronómica de Scientific American. Publicó sus registros observacionales en el Silliman’s Journal, multitud de informes en el Nantucket Inquirer y artículos de divulgación en el Hours at Home, Century y Atlantic”, pero también muchos de sus trabajos quedaron inéditos. Vale aquí la pena citar en extenso lo que Sedeño apunta al respecto de unos y otros: «Los trabajos publicados de Maria Mitchell dan una imagen de profesora y astrónoma observacional, en vez de teórica. Sin embargo, sus artículos inéditos dan otra imagen. Sus reflexiones acerca de la ciencia muestran a una Maria Mitchell diferente, que reconoce los límites de la observación y la importancia de la creatividad. Aunque en cierta ocasión dijo que “las fórmulas matemáticas son los himnos del universo, y, por tanto, de Dios”, sus amadas matemáticas no podían explicar el universo; la ciencia necesitaba imaginación, creatividad. Hay que buscar sus contribuciones a la astronomía teórica en las ideas y reflexiones que acompañan las descripciones de los fenómenos astronómicos que más le interesaban: el Sol, Júpiter, Saturno, los cuerpos negros que hay entre esos planetas, las nebulosas o el color de las estrellas. En el caso del Sol, por ejemplo, observó varios eclipses totales […] o las manchas solares, proponiendo explicaciones parciales de su origen y cambios. El modo de explicar sus datos observacionales sobre Júpiter sugiere que le interesaba interpretar, así como la importancia cosmológica de sus registros».

Cabe resaltar también que Maria se consagró igualmente a divulgar la ciencia, intentando que el conocimiento que proporcionaba la astronomía combatiera los mitos populares que tendían a propagar falsas creencias, como las conexiones mágicas y extravagantes entre los astros y las vidas personales que proporcionan los horóscopos, así como otras cuestiones por el estilo. Había entonces que señalar la diferencia entre el estudio serio de la ciencia –la astronomía– y esa especie de charlatanería con la que por lo regular se con- funde y que tan común y socorrida ha sido en todas las épocas: la astrología. Una anécdota da cuenta de esta situación: «Una vez, cruzando el Atlántico, una mujer irlandesa se me acercó y me pidió que le leyera la fortuna. Cuando le contesté negativamente, ella me preguntó qué era lo que hacía una astrónoma. Entonces le expliqué que podía decirle a qué horas salía la luna, se acostaba el sol, el movimiento de los planetas y demás. Ante eso, me miró con desdén y exclamó: “¿Sólo eso?”. Sí, únicamente eso». La ciencia observacional y teórica respecto al mundo celeste era para nuestra astrónoma más que suficiente. Y quizá también lo sea ahora para todos nosotros.

Maria Mitchell, simple y sencillamente una astrónoma; y, sin embargo, más allá de como quiera llamársele, la vida de esta mujer, al igual que la ciencia que practicó y divulgó, nos permite descubrir nuevos modos de relacionarnos y de habitar el mundo. Quizá por ello fue tan apreciada en su tiempo, cosa extraña tratándose de una mujer, pero de lo cual nos congratulamos porque ciertamente fue mucho lo que logró.

En efecto, el cielo que tanto observó le destinó un cometa y un cráter lunar, los que llevan su nombre. Además, en reconocimiento a sus trabajos, recibió tres o cuatro grados de doctorado. En su honor, el observatorio en Nantucket se llama ahora Maria Mitchell Observatory, y su casa es hoy día un museo de historia natural y una biblioteca científica. Más aún, en 1902 se fundó en su memoria la Maria Mitchell Association, que entre otras finalidades tiene la de promover el premio anual “Maria Mitchell Women in Science Award”, que otorga diez mil dólares a personas o programas que promuevan la participación de las mujeres en la ciencia y la tecnología. Por si todo lo anterior fuera poco, se le incluyó asimismo en el Salón de la Fama de Grandes Americanos en 1905, y un barco de guerra de la Segunda Guerra Mundial fue bautizado como SS Maria Mitchell. Otros homenajes y reconocimientos se nos quedan en el tintero, pero es tiempo ya de despedirnos de esta ejemplar mujer que al vivir atisbando los cielos, construyó una existencia en esta tierra, gracias a cuya huella muchas otras mujeres lograron abrirse paso con decisión y libertad. Maria Mitchell murió a los 71 años el 28 de junio de 1889, dejando tras de sí una estela de luz que todavía hoy podremos admirar si somos capaces de seguir su sueño de habitar un mundo lleno de estrellas que, como pequeñas y fulgurantes llamas, nos guíen a nuestra meta.

Para el lector interesado

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. México: Siglo XXI. Sedeño P., E. (2006). Buscadoras de estrellas… y con la cabeza bien alta. Albacete (España): Universidad de Albacete.