REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2011
Volumen XXIV
Número 3
Editorial
Darwin y el darwinismo social
Desarrollo sustentable, ¿Discurso político o necesidad urgente?
¿Por qué es tan importante conservar la biodiversidad?
Aullidos en la selva
Las arañas jalapeñas
Los platanillos en la península de Yucatán
Blanqueamiento en arrecifes coralinos de Tuxpan
Biorreactores de membrana: una tecnología para el tratamiento de aguas residuales
Inteligencia artificial y simulación
El controversial y contradictorio colesterol
La obesidad: un problema de salud pública
Notas sobre epilepsia: Historia y arte
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Una médica con ropajes de varón: Agnodice de Atenas
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tan amplio y curioso como el mundo
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Darwin y el darwinismo social

José David Lara González

Somos parte de un mundo y una época donde las diferencias entre los seres humanos y los demás sistemas naturales se han agudizado gravemente. Con tan dinámica diferenciación se ha alejado más el equilibrio de ambos sistemas: el humano y el del resto de la naturaleza, dando como resultado una terrible confrontación entre los seres humanos, y entre estos y el mundo natural.

El manifiesto desequilibrio en que nos encontramos tiene como una de sus expresiones actuales la aparición de un estado-sistema de crisis donde coexisten y compiten varias crisis de distintos tipos con variados niveles de intensidad. La conformación del estado-sistema de crisis complica la resolución de cada crisis desde su inicio. Se genera una codependencia de una crisis respecto a las otras, y las soluciones se complican y complejizan haciéndose más inalcanzables.

Hundidos en tales circunstancias, los ecosistemas globales han ido perdiendo sus características y se han ido modificando de un modo que su reconstitución se ha hecho más difícil. La intervención humana sobre los ecosistemas ha repercutido de muchas maneras en la calidad y cantidad de los contenidos ecosistémicos.

Hay agotamiento, contaminación y cambios importantes en los ecosistemas, ya sean locales, regionales o más amplios todavía. Las afectaciones pueden ser muy variadas en cada sitio, pero quizás en el ámbito mundial la peor afectación en lo meramente ecológico y en lo ambiental consista en la simplificación de los ecosistemas.

La intervención humana ocurrida a lo largo de la historia del hombre sobre las áreas de la naturaleza se ha multiplicado y agudizado en la actualidad, de tal manera que hoy la evolución natural ha sido alterada por la mano del hombre, y la historia natural se está combinando con la humana para satisfacer intereses dictados por los humanos dueños del poder, quienes imponen su poderío para prolongar sus anhelos hegemónicos de dominio, por los que hasta la naturaleza ha sido dominada y comercializada.

Así, en resumidas cuentas, la historia natural se está trasformando en una historia de lo humano.

Las consecuencias de tal ejercicio y de esa visión de lo humano por sobre lo natural han contribuido grandemente a crear y sostener el presente estado-sistema de crisis ya mencionado.
Llegan tales consecuencias a ser tan importantes y trascendentes que nos encontramos ante la amenaza de un cambio tan drástico que la vida digna de los seres humanos se vea entorpecida aún más o que la vida en el planeta se extinga. Mínimamente, la calidad de vida de las grandes mayorías humanas puede verse intensamente alterada,  de modo que existe la posibilidad de terminar con la civilización humana tal como la conocemos hoy. Ya hay, de hecho, una fuerte contracción de la urbanidad en muchos grupos humanos, si no es que en todos. La civilidad y la civilización pueden perderse, y el mundo que emergería de ello sería uno peor que el actual. Esto no puede ser satisfactorio para nadie.

Uno de los responsables es el sistema del poder, que domina y dirige las acciones y actitudes de los grupos humanos para así sostenerse y proseguir sus tareas dentro del estado actual de las cosas, un estado sumamente insatisfactorio para las amplias mayorías humanas y para el resto de los elementos y factores que constituyen los ecosistemas globales, que se basa fuertemente en las ciencias y la tecnología como sus pilares fundamentales, que le “aseguran” salir adelante en sus intentos y políticas. Toma todo lo que le es posible de las ciencias y de la tecnología y los aplica directa e indirectamente a los sistemas del orbe; acude a teorías y conceptos científicos para emplearlos a modo en persecución de sus intereses primarios, y hace de las ciencias sus mejores aliadas para incluso de ellas obtener “filosofías” que sostengan los postulados de su poder.

Darwin causó una revolución tan importante en el pensamiento individual y social como la causó Einstein con su teoría de la relatividad. Darwin abrió la manera de ver el mundo, la historia y la historia natural. Aunque no fue el único que hizo planteamientos en tal sentido, sí fue el que mayor impacto causó y ha causado: la historia puede ser cruel o simplemente sesgada, y por ejemplo Lamarck o Wallace no tienen el mismo reconocimiento que Darwin. No entraremos a dilucidar las “crueldades” de la historia humana que determinan la fama de uno y el “olvido” de los otros porque no es nuestro punto; además, las crueldades humanas son más vastas que esto y lo rebasan con suma facilidad.

Darwin habló de la evolución, de la selección natural, de la lucha de las especies, de la prevalencia del más fuerte ante los más débiles. Mostró y demostró las formas en que la vida ha seguido sus caminos, los puntos de quiebre, las continuidades y discontinuidades en el proceso evolutivo. Fue un pensador serio pero humano; como humano, no fue perfecto, y dio bastantes pruebas de la lucidez de su empeño científico naturalista, que incluso lo llevó a hacer algunas aseveraciones erróneas. El joven Darwin, en su madurez física-mental, sostuvo ciertos prejuicios pese a esa madurez. Fue un buen científico de su tiempo y una buena persona.

Sin embargo, su pensamiento y varios de sus conceptos y propuestas han sido retomados por los detentadores del poder global y utilizados para acomodar dentro de un patrón que pretende ser científico varias de las tesis que quiere imponer, así como leyes que intenta por todos los medios –incluso los inmorales y hasta los ilegales– hacer creer y asentar en definitiva en todo el mundo.

Aparece así, el darwinismo social, una tesis falaz que ha orientado el quehacer humano en todo el globo y que ha coadyuvado gravemente al actual estado-sistema de crisis en que nos hallamos. El sistema operado así toma de las concepciones darwinianas solamente lo que le acomoda, y si Darwin habló de la evolución por medio de selección natural, el sistema la desvirtúa y la lleva a aplicarla como selección social. Así se “justifica” y legitima por “natural” que existan seres humanos de primera clase y seres humanos de quinta. Aquellos tienen que ser los gobernantes y dueños, mientras que el gran resto de la humanidad tiene que someterse a los designios de los “seleccionados”, puesto que la selección natural “también” actúa sobre los humanos. En una selección así, los “perdedores” han sido “seleccionados naturalmente” para ser tales.

Si se apuesta que hay humanos inferiores y superiores, se termina aseverando que hay razas superiores e inferiores y grupos privilegiados y oprimidos, esto es, seres humanos valiosos y seres humanos degenerados.

Pero el darwinismo social es más diverso y sostiene ciertas ideas para controlar las poblaciones, no solo de otras especies sino del ser humano mismo, y entonces propone y ejecuta proyectos de eugenesia o de eutanasia muy selectivos. Así la selección natural deja de serlo para volverse una selección social. Realiza prácticas genéticas para modificar especies animales y vegetales y asistir a la verdadera apropiación de la naturaleza, donde las propias especies detentan una etiqueta, una marca registrada y una patente. En efecto, la naturaleza se ha ido patentando, y son los grupos del poder los beneficiarios, ignorando que aún se desconocen las consecuencias ambientales-ecológicas que esos “nuevos” organismos traerán al medio.

Decía Darwin en determinado momento sobre lo que observaba en Tahití:

Los sacrificios humanos, las guerras más sangrientas [...], el poder de los cultos idólatras y un sistema impregnado de una lujuria sin parangón en los anales del mundo; todo ello ha sido abolido. La hipocresía, el libertinaje, la intemperancia, se han visto muy reducidos gracias a la introducción del cristianismo.

Lo que habla muy claramente de superioridad del modelo occidental europeo de existencia por encima del correspondiente a, digamos, los bárbaros tahitianos.

Pero el mismo Darwin no pudo evitar una sensibilidad racista. Escribe en 1871: “Las razas difieren también en constitución, aclimatación y en su propensión a ciertas enfermedades. Sus características mentales son asimismo muy distintas, sobre todo en lo que se refiere a sus sentimientos, pero también, en parte, a sus facultades intelectuales”. Con este tipo de apreciaciones no es muy difícil entender el por qué en muchos momentos ciertas ideologías hayan recurrido a ellas para plantear “tesis” tan absurdas e inhumanas como la de la supremacía aria propia del nazismo. “Tesis” que pudieron alimentarse de la siguiente anotación de Darwin: “En algún momento [...] no muy lejano [...] las razas humanas civilizadas exterminarán y reemplazarán, casi con toda seguridad, a las razas salvajes de todo el mundo”, valoración muy a tono con los ideólogos del fascismo, el antropocentrismo y el economicismo-capitalismo liberalista de diferentes épocas y lugares.

En sus prejuicios, Darwin exhibió un llano paternalismo: “Resulta imposible ver a un negro y no sentir una inmediata simpatía por él; expresiones tan risueñas, francas, honestas, cuerpos tan hermosos y musculosos”, paternalismo que puede tomar más de una tonalidad y donde asoma su filiación religiosa: “Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado”.

Pero igualmente mostró desdén. Refiriéndose a los habitantes de la Tierra de Fuego en Sudamérica dijo: “Creo que si el mundo fuera explorado exhaustivamente, no podría hallarse una clase más baja de hombre”, agregando también: “Al observar a tales hombres, uno apenas puede creer que sean criaturas como nosotros, nuestro prójimo puesto en nuestro mismo mundo”.

Darwin no pudo sustraer su ser y pensamiento a los modos de su época y cultura, y junto a su paternalismo, desdén y racismo mostraba rasgos sexistas en que la mujer era inferior al hombre:

La diferencia fundamental entre el poderío intelectual de cada sexo se manifiesta en el hecho de que el hombre consigue más eminencia en cualquier actividad que emprenda de la que puede alcanzar la mujer (tanto si dicha actividad requiere pensamiento profundo, poder de raciocinio, imaginación aguda o, simplemente, el empleo de los sentidos o las manos).

Es un sexismo que se refuerza con la siguiente anotación: “De otro modo, es probable que el hombre hubiera adquirido tanta superioridad en capacidad mental sobre la mujer como la del pavo real sobre la pava en relación con su plumaje ornamental”. Sobre las mujeres de Tahití apunta: “Me decepcionó mucho la apariencia física de las mujeres; son muy inferiores, en todos los aspectos, a los hombres”. Con semejante visión de lo femenino por parte de un científico tan prestigiado, no es gratuito el que haya tantos problemas de interrelación entre los sexos y tantos movimientos y manifestaciones profeministas.

Pero el propio Darwin fue un “cultivador” del darwinismo social. Veamos sus palabras a continuación, donde se opone a la igualdad social: “[...] porque esto puede beneficiar a los débiles y conducir a la degeneración”. Para añadir:

Los sindicatos también se oponen al trabajo a destajo (en suma a toda competición). Me temo que las sociedades cooperativas, que muchos ven como la principal esperanza para el futuro, igualmente excluyen la competición. Esto me parece un gran peligro para el futuro progreso de la humanidad. No obstante, bajo cualquier sistema, los trabajadores moderados y frugales tendrán una ventaja y dejarán más descendientes que los borrachos y atolondrados.

Mediante este breve recorrido hemos querido dar una muestra de cómo es posible la cohabitación dentro de un mismo ser humano de planos muy distintos entre sí, cuestión que no solo no es irregular sino muy frecuente. Pero más que eso hemos querido mostrar, aunque muy escuetamente, que las concepciones, propuestas y consideraciones de una persona del mayor reconocimiento mundial e histórico, de una brillante mente analítica, de un hombre moralmente intachable con una capacidad científica sobresaliente, pueden lo mismo ser empleadas para el beneficio de los grandes colectivos humanos que para someterlos a la explotación y el engaño, tal como ha sucedido para que nos encontremos en el actual estado-sistema de crisis, donde la vida humana se encuentra amenazada, así como el sistema natural que sostiene toda la vida en el planeta.

Es tendencia del ser humano disponer de una memoria selectiva. Se alojan en esta los hechos más sobresalientes en los cuales se insertan las acciones y actitudes. La selectividad de la memoria desdeña lo más común, y por tanto lo más cotidiano. Así, los cambios que percibimos sobre los demás, sobre nosotros mismos y sobre el resto de la realidad se ven coordinados por una percepción más directa, apuntalada por la memoria selectiva. Junto a esto, aparece otra parte de la manera con la que retenemos las cosas, ahora dada por la percepción de lo malo y lo bueno.
Conjuntando lo malo con lo drástico, ocurre una acumulación parcial de la información en nuestra memoria. Poco recordamos lo común y escasamente evocamos también lo bueno. Parecería que el “así deber ser”, por su transcurso que se pretende como obligado u obligatorio, la mente retiene más lo malo y lo modificado bruscamente, y llegamos a “sentir” que la vida y la evolución en general ocurren más por saltos y golpes que por medianías, lentitudes y contigüidades. Entonces, recordamos que tal sujeto cometió un asesinato, pero no recordamos quién fue quien techó la parada del autobús con sus propios recursos.
Podemos decir el nombre del huracán que azotó tal zona y la afectó seriamente, pero no nos acordamos de si llovió el viernes de la semana pasada: memoria selectiva.

Podemos hacer algunos señalamientos acerca de la obra de Darwin, pero no muchos pueden señalar igualmente sus limitaciones como persona, aunque estén enterados de ellas. Es importante balancear –o al menos intentar balancear– nuestra memoria para no retener en ella solamente lo más drástico y malo y para equilibrar la memoria con cuestiones menos malas y más cotidianas. Este equilibrio puede ayudarnos a observar mejor las cosas y los problemas, las personas y los personajes; es una ayuda para comprender mejor el mundo y para explicárnoslo lo mejor posible, ayuda que podrá darle a Darwin un reconocimiento más humano de su propia humanidad y que nos hará más sólidos ante el darwinismo social que no es un buen vector de la evolución ni tampoco de la historia humana.

Por supuesto que está en nosotros como una tarea diaria hacer nuestra propia “selección” de las cuestiones darwinianas para no repetir errores y así entender, atender e intentar resolver los asuntos y problemas que nos aquejan dentro del estado-sistema de crisis que hemos conseguido instalar en el orbe y que tanto atenta contra la vida misma, nuestra vida, los ecosistemas todos y lo más humano de la humanidad. Conciencia y responsabilidad, conocimiento y sentimiento, esfuerzo y dignidad, libertad y equidad, justicia y solidaridad son elementos del árbol de la vida de fuerte raíz darwiniana para el saber ambiental que alumbra la senda a seguir para hacer posible una existencia sana y con una vigorosa relación con los entes ecológico y el natural, que son nuestras sedes primordiales e irrenunciables.

Para el lector interesado.

  • Darwin, C. (1980). El origen de las especies. Barcelona: Bruguera.
  • Darwin, C. (1980). El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Barcelona: Bruguera.
  • Darwin, C. (1985). El viaje del Beagle. Madrid: Alhambra.
  • FitzRoy, R. y Darwin, C. (1836). A letter containing remarks on the moral state of Tahiti, New Zealand & c. South African Christian Recorder, 2(4).
  • Gould, S.J. 2006. Ocho cerditos. Reflexiones sobre historia natural. Madrid: Crítica.