REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Septiembre•Diciembre
de 2011
Volumen XXIV
Número 3
Editorial
Darwin y el darwinismo social
Desarrollo sustentable, ¿Discurso político o necesidad urgente?
¿Por qué es tan importante conservar la biodiversidad?
Aullidos en la selva
Las arañas jalapeñas
Los platanillos en la península de Yucatán
Blanqueamiento en arrecifes coralinos de Tuxpan
Biorreactores de membrana: una tecnología para el tratamiento de aguas residuales
Inteligencia artificial y simulación
El controversial y contradictorio colesterol
La obesidad: un problema de salud pública
Notas sobre epilepsia: Historia y arte
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Una médica con ropajes de varón: Agnodice de Atenas
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tan amplio y curioso como el mundo
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Una médica con ropajes de varón: Agnodice de Atenas

María Angélica Salmerón

En el origen de la ciencia médica podemos encontrar el nombre de muchas mujeres dedicadas a este oficio de la sanción. Ciertamente, parece ser este un terreno propicio para crear un espacio propio a la feminización de la sabiduría científica y, sin embargo, los consabidos prejuicios que históricamente han limitado la participación de las mujeres en el ejercicio de sus habilidades intelectuales y prácticas volvieron a rendir lo suyo cuando se trató de aceptar lo inevitable; en otras palabras, que pese a la capacidad e incluso al reconocimiento que por lo general llegaba a tener una mujer que ejercía la medicina, el resultado era siempre el mismo: negarle toda posibilidad de ser aceptada como una profesional. De allí que, cuando nos introducimos en la historia de la medicina, lo más factible es que no figure en ella el nombre de ninguna mujer, y eso habrá que endosárselo de nueva cuenta a la añeja estrategia historiográfica que ha optado hasta fechas recientes por borrar el nombre de las mujeres en cualquier ámbito de la cultura. Las razones de ello son varias y nos llevan por muchos caminos que no vamos a recorrer ahora, pero tal vez cabría recordar aquí lo que Umberto Eco afirma refiriéndose a las filósofas: “No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas”. Cierto, olvidadas y silenciadas, las mujeres han sido prácticamente borradas de todas las historias, pues según parece no han contribuido en modo alguno a la ciencia ni a la filosofía, aunque ciertamente esto es algo que jamás podremos saber con seguridad puesto que casi no contamos con registros de sus vidas ni de sus trabajos. Tal es el caso de la protagonista de esta historia que aquí relatamos, pero es necesario, no obstante lo fragmentarios y hasta inconsistentes que puedan ser los datos que de ella tenemos, reconstruir su pequeña biografía y comprender así el sentido de una vida. Esta vida es la de Agnodice de Atenas.

Ahora bien, para encontrar el sentido de la vida de Agnodice y establecer su relevancia y protagonismo en la historia de la ciencia, partimos del hecho de que actualmente algunas estudiosas del tema han comenzado a considerarla como la primera médica profesional, cuya principal hazaña fue haber sido a la vez protagonista de una de las primeras rebeliones feministas que en la antigua Grecia propiciaron un cambio legal del estatuto profesional de las mujeres dentro del campo de la medicina. Tomando en cuenta esta inicial afirmación, la figura de Agnodice adquiere una relevancia fundamental, puesto que en ella queda representado el origen femenino de la ciencia médica en dos ramas que precisamente se ocupan de los padecimientos femeninos: la ginecología y la obstetricia. Así, este inicial sentido de la vida de Agnodice vendría respaldado por el hecho de haber conseguido que se le permitiese ejercer legalmente una profesión que por principio estaba negada a las mujeres, protagonismo que obviamente la coloca a la cabeza de un movimiento transgresor que, tanto en las convenciones sociales como jurídicas, abona una semilla que quizá pueda considerarse como el punto de partida de una de las luchas más universales y de más larga data que en la historia puedan registrarse: la lucha que las mujeres de todas las épocas han entablado para acceder al ejercicio de una profesión científica, la que hasta hoy sigue siendo motivo de no pocas reflexiones y disputas. La doctora Elena Fosman afirmaba lo siguiente en el Congreso Mundial de Gastroenterología llevado a cabo en Montreal en 2005:

Hoy somos testigos del llamado a la “feminización” de todas las profesiones, incluyendo la medicina. Histórica y tradicionalmente los hombres han dominado todas las actividades y profesiones, y la medicina no ha sido la excepción. Algunos ejemplos interesantes podrían mostrarnos esta situación: en la Escuela de Medicina de París hay una medalla que recuerda a la primera mujer, cuyo nombre era Agnodice (350 a.C.), que quería practicar la medicina y, específicamente, la ginecología. Con el fin de practicar su profesión, ella decidió vestirse como un hombre. Al ser acusada por sus colegas masculinos de la violación de dos jóvenes mujeres, un crimen que se castigaba con la muerte, la única prueba que podía aportar a su defensa era sacarse la ropa en la Corte mostrando que siendo mujer no podía haber cometido tal crimen. La única fuente de información sobre Agnodice es del siglo primero y fue narrada por el escritor latino Hyginus. Es probable que el relato de Agnodice sea más mítico que histórico.

En efecto, esta larga cita nos obliga de nueva cuenta a situarnos en el origen de la reflexión y la disputa respecto de la realidad histórica de la mujer a la que se le ha otorgado el mérito de ser la primera médica profesional, pues la paradoja no podría ser más contundente ya que resultaría entonces que estaríamos afirmando que la primera mujer profesional en la historia de la medicina no existió. Este es, pues, el primer problema que enfrentamos; el otro, íntimamente relacionado, es –tal como queda asentado también en la anterior cita– el hecho de que solo contamos con el testimonio de Higinio, aunque algunos mencionan también a Plinio El Viejo, y cuyos datos relevantes son los que en apretado resumen se concentran en la exposición de la doctora Fosman y que, en términos generales, parecen avalar su afirmación de que Agnodice es más una figura mítica que histórica. Estos son problemas que alcanzan su punto de ebullición justamente en el hecho de que, con los mismos datos, otras estudiosas parecen aceptar la realidad histórica de Agnodice y ni siquiera la cuestionan. Tal parece ser la postura de Eulalia Pérez Sedeño cuando afirma que Agnodice, “nacida y muerta en Atenas en el último tercio del siglo IV, constituye un hito en la historia de las mujeres científicas, por lo que su renuncia a la propia identidad supone el sacrificio efectuado por ella para poder paracticar la medicina”. Planteada así la cuestión entre realidad y mito, hay quienes han afirmado que, bien visto, este asunto no es importante, pues lo que interesa resaltar en la figura de Agnodice como pionera de la esa rama del saber; es decir, ofrecen solo el sentido de este relato sin importar que sea real o ficticio.

Así las cosas, y tratando de tomar al toro por los cuernos, asumimos el hecho de que, colocada entre el mito y la leyenda, llega hasta nosotros la historia de Agnodice de Atenas. Sin tratar de dirimir la cuestión, pero teniéndola presente, en lo que sigue trataremos de bosquejar la figura y la obra de esta ateniense que dedicó su vida a la ciencia médica, obligando prácticamente a sus conciudadanos a aceptarla como una profesional de la materia.Con tales coordenadas, establecemos así el sentido general que damos a este relato haciéndolo consistir, como Pérez Sedeño, en “un hito en la historia de las mujeres científicas”. Por ende, asumimos que la biografía de Agnodice constituye en lo fundamental un punto de partida verosímil para establecer un engranaje que permita mover la maquinaria historiográfica de la ciencia médica. En la medida en que no intentaremos movernos entre la afirmación o la negación absolutas de la realidad histórica de Agnodice, tampoco tomaremos la cómoda vía de saltarnos el problema sin más; más bien, nuestra intención es tratar de apoyar la verosimilitud de dicha posibilidad sin que tal ruta concluya en esta jornada, pues estamos conscientes de las dificultades a las que nos enfrentamos. Por ende, lo que construimos aquí es una suposición o conjetura cuya argumentación lógico-imaginativa habrá de conducirnos a llenar los huecos de una vida que se reconstruye a partir de sus fragmentos y en cuyo conjunto ha de mostrar su certeza, y desde allí otorgar el sentido que tiene dentro de la historia de la medicina.

Si consideramos el hecho de que, tras una lucha frontal y constante, fue a partir de los principios del siglo XX y que finalmente las mujeres logran introducirse en los ámbitos profesionales de la ciencia, la historia de Agnodice adquiere sentido y vigor, puesto que sería ella una de las primeras rebeldes en levantar la voz y hacer valer el derecho de todas las mujeres a una instrucción formal. Como habremos de ver más adelante, esta griega no solo violentó a la sociedad de su tiempo con su particular actitud, sino que protagonizó asimismo una de las primeras manifestaciones femeninas que tuvieron frutos, en tanto que –según el relato de Higinio– estas mujeres lograron que se derogase la antigua ley que les prohibía ejercer la medicina, abriendo, por ende, el camino legal del ejercicio profesional de las médicas griegas. Es claro que tal acontecimiento –al menos en teoría– representa ya un gran avance, pues no hay que olvidar que en el siglo XIX un famoso médico se atrevía todavía a escribir aquello de que “Otra enfermedad se ha convertido en epidémica. La cuestión femenina en relación con la medicina es solo una de las formas en las que la pestis mulieribus mortifica el mundo”. Valga este apunte como ejemplo de por qué en la historia de Agnodice se reconoce el origen mismo de la historia de la profesionalización de las mujeres médicas. Por consiguiente, nos corresponde ahora introducirnos en el relato de Agnodice creado por una tradición que parte de Higinio, y considerar así su viabilidad histórica.

Hay un resumen que de tal relato hace el ilustrado español Benito Jerónimo Feijoo, quien en la Carta XVII lo toma como ejemplo para hablar del “Uso más moderno de la arte obstétrica”, avalando así la posibilidad de que las mujeres puedan dedicarse profesionalmente a la ciencia médica. Aparece ahí el nombre de Agnodice al lado del de otras mujeres, y Feijoo jamás se refiere a ella como un mito o una ficción. Por su importancia, lo citamos en extenso:

Un suceso curioso, que refiere Higinio, muestra no sólo la posibilidad, más aun la facilidad de tomar esta providencia. Había en Atenas una ley que prohibía a las mujeres todo ejercicio de la Medicina; de modo que aun el uso del Arte Obstetricio les era vedado, lo que ocasionaba el gravísimo inconveniente de que muchas mujeres, demasiadamente sensibles al rubor de ser auxiliadas por los hombres en las angustias del puerperio, en ellas perdían miserablemente su vida, y la del feto. En esta constitución de cosas, una doncella llamada Agnodice, ya por condolida de esta calamidad de su sexo, ya por sentir en sí una vehemente inclinación a la Ciencia Médica, resolvió violar la ley; para cuyo efecto, vistiéndose de hombre, fue a ponerse en la Escuela de un Médico, llamado Hierófilo, de quien no era conocida. En efecto, se instruyó muy bien en la Medicina; y con especialidad en el Arte de obstetricar; lo cual logrado, se puso a ejercer su habilidad en Atenas, siempre disfrazada con el hábito de hombre, asistiendo a las mujeres, no sólo en los partos, mas en cualquiera dolencias, aunque declarándoles en secreto su sexo, por apartar el estorbo de su pudor. Los Médicos, a quienes Agnodice con la curación de las mujeres quitaba una considerable parte de sus ganancias, se conjuraron contra ella; y como estaban en la persuasión de que era hombre, la acusaron en el Areópago de ilícitas intimidades con el otro sexo; añadiendo que muchas mujeres se quejaban de dolencias, que no padecían buscando este pretexto para lograr su torpe comercio, con el lampiño Mediquito. Compareció Agnodice en el Areópago, exhibiendo ante aquellos Jueces pruebas evidentes de su sexo. Derribada esta batería, en su ruina fundaron los Médicos otra, alegando contra Agnodice la ley que prohibe a las mujeres el uso de la Medicina. Pero sabedoras del caso, las Damas Atenienses, intervinieron en la causa, e hicieron tanto, que lograron se abrogase aquella ley; con que quedó triunfante Agnodice, y se declaró a las mujeres el derecho de ejercer el Arte que ella ejercía.

Partiendo de este relato y tomando en cuenta algunos otros datos, podemos así reconstruir la historia de Agnodice, señalando inicialmente que nació y murió en Atenas, que perteneció a la alta sociedad ateniense y que su vida puede situarse en el siglo IV a.C. Parece que tuvo desde pequeña la inquietud por el estudio, y ya de joven se despertó en ella un especial interés por ayudar a las mujeres a enfrentar sus enfermedades, lo que la llevó a tomar la decisión de convertirse en médico. Pese a la prohibición que en aquel entonces enfrentaban las mujeres de incursionar en los territorios destinados a los hombres, la tenacidad y el esfuerzo de la joven encontraron un respaldo en su padre, quien no solo la estimuló a seguir su vocación sino que, según se refiere, la apoyó para que se trasladase a Alejandría a estudiar con el entonces famoso médico Herófilo. Sin embargo, para alcanzar este primer logro Agnodice tuvo que renunciar a su identidad femenina y –tal como será el destino de muchas otras mujeres en esta larga búsqueda de un sitio en las profesiones científicas–, nuestra impetuosa joven se disfrazó de hombre, cortó sus cabellos y cambió sus ropajes por la túnica masculina, logrando así introducirse en la escuela de Herófilo en la que obtuvo los mejores resultados, obteniendo lo que en aquel momento era el equivalente del actual título de médico con especialidad en obstetricia y ginecología. Primera batalla que, aunque ganada a expensas de dejar de perder su identidad femenina, la colocó firmemente en el itinerario que se había propuesto recorrer.

Poco le habrá parecido entonces haber sacrificado su feminidad y vivir bajo el poder de quienes le habían negado su realización personal. Después de todo, no era poca cosa vivir bajo la égida enemiga. Pero protegida por esta, la lucha de Agnodice, por paradójica o grotesca que nos pueda parecer, legitimaba el que la batalla se librara con las mismas armas que el rival le había obsequiado. Si vestida como hombre había accedido al estudio, disfrazada como tal lograría practicar la medicina, lo que hizo sin vacilar.

La historia de Agnodice puede parecernos irreal: ¿cómo es posible que una mujer burle todos los escollos misóginos de su época? Lo cierto es que historias semejantes habrán de repetirse innumerables veces, y que aunque no es la norma, no por ello las vidas de algunas de estas mujeres pierden su realidad histórica. Puede que lo mismo suceda con Agnodice. En su caso, no es del todo descabellado pensar que tal mujer pudo existir realmente y que, respaldada por su posición social y por el hecho de que su padre, cómplice de la estrategia, asegurara con su riqueza y poder la aventura estudiantil de Agnodice, llevara a cabo algunas de las hazañas que se le adjudican. Por otro lado, cabe también conjeturar que es históricamente probable que Agnodice –con disfraz de por medio y todo lo que se quiera– acudiera a Alejandría y estudiara con Herófilo, porque en esa época muchas mujeres acudieron a las escuelas filosóficas y científicas; si bien algunas lo hicieron ocultando su identidad, otras lo pudieron hacer abiertamente; tales son los casos de las pitagóricas o de Laeste y Axiota, discípulas de Platón. Por otro lado, sabemos que algunas escuelas médicas permitían también el acceso de las mujeres, aunque no parece ser este el caso de la escuela de Herófilo; en cambio, podemos tener la certeza de que fue con él con quien Agnodice aprendió su arte. Sabemos asimismo que fue uno de los primeros anatomistas y que a él se debe, entre otras cosas, “la distinción entre cerebro y cerebelo, la descripción de partes del cerebro [y] de otras partes del cuerpo. Distingue las venas de las arterias admitiendo que ambos vasos contienen sangre […] Desde el punto de vista fisiológico, Herófilo reconoce cuatro fuerzas que controlan el organismo: la nutritiva, la calorífica, la perceptiva o sensitiva y la mental o cognoscitiva, cuyos centros ubica respectivamente en el hígado y los órganos de la digestión, en el corazón, en los nervios y en el cerebro, rectificando así el error de Aristóteles, para quien el corazón era el centro de la inteligencia”. Pero –y esto es lo que de momento más nos interesa–sabemos que, como médico, Herófilo “se ocupó de la obstetricia, atribuyéndosele la invención de un embriótomo1 para casos difíciles”. Tomando en cuenta lo anterior, podemos suponer con cierto otorapego a la realidad que el testimonio de Higinio no parece ser un mero producto de su imaginación puesto que tiene en su base un testimonio histórico relevante en relación a los estudios que realizó Agnodice, pues nos la presenta efectivamente como médica obstetra.

Pero si, como afirma el relato, existía en Atenas una ley que prohibía el ejercicio de la medicina a las mujeres (lo que parecen avalar los registros históricos puesto que sabemos que cualquiera, aun sin estudios, pero siempre que fuera hombre, podía ejercer el oficio de la medicina), es posible que Agnodice, oculta siempre bajo su falsa identidad masculina y ejerciendo hábilmente su profesión, lograra hacerse de un buen número de pacientes que confiaran en ella y que tuviera un éxito tal que –según se dice– sus compañeros de profesión empezaran a sentir celos de que su consulta fuese tan abundante, por lo que se unieron para comenzar una especie de campaña de desprestigio en su contra. Así, la envidia, los celos profesionales o el sentimiento tan humano por mezquino de no aceptar la capacidad de los demás, de no sentirnos en desventaja ante quienes parecen o son mejores que nosotros, los llevaron a propagar en torno de uno de sus propios miembros una serie de acusaciones que, como sería después evidente por las pruebas aducidas, eran por completo absurdas. El caso es que hicieron correr el rumor de que este médico –Agnodice–, aprovechándose de su estatus profesional, seducía y corrompía a las mujeres que acudían a su consulta. Mal atinaron con semejante acusación, pues al querer convertirla en un violador no le quedó más recurso a nuestra ginecóloga que defenderse públicamente del único modo que podía ser efectivo para acallar semejantes desatinos: revelar su condición de mujer.

Otra batalla abonada a la cuenta de Agnodice fue esta, en la que la humana naturaleza de aquellos médicos se mostró en toda su bajeza y en donde la revancha fue también natural: dadas las pruebas de descargo, la ciudanía entera pudo darse cuenta de cuánta envidia despertaban en estos hombres los logros médicos de una simple mujer. En efecto, parece que el relato de estos hechos sucedió del modo siguiente: Agnodice, acusada ante la autoridad, se ve obligada a revelar su identidad, lo que pone en ridículo las pruebas aducidas por sus acusadores. Pero por haber ejercido en una profesión prohibida a las mujeres, enfrenta ahora la condena a muerte. Así las cosas, parecería que después de todo los enemigos se levantarán con la victoria final, pero hete aquí que ella ya no está sola en esta lucha, pues ahora la acompañan sus pacientes. Las mujeres unidas hacen frente a la condena amenazando a los magistrados con morir todas ellas al lado de su médica, y la presión surte su efecto: es absuelta. La balanza se inclina nuevamente de su lado y los médicos acusadores terminan burlados. Pero la historia no concluye aquí y la rebelión de las mujeres rinde un fruto aún más jugoso, pues no solo evita la muerte de nuestra heroína sino que hace posible que, por fin, Agnodice lleve a cabo el sueño de toda su vida en cuanto que consigue que se le permita recuperar su identidad y continuar ejerciendo la profesión. Y más aún –concluye el relato–, ella y sus seguidoras logran que un año después el propio consejo ateniense derogue su antigua ley y autorice a las mujeres a estudiar ypracticar la medicina.

Este último acontecimiento en su vida es quizás el menos factible históricamente puesto que nada parece indicar que el derecho a tal práctica fuera efectivamente protegido por una ley; lo que sí continuó permitiéndose fue el ejercicio del oficio de comadronas, aunque casi siempre de manera clandestina, hasta la decadencia del Imperio Romano. Así, este final parece otorgar la razón a quienes piensan que este relato no es más que una fábula.

Y sí, este final puede con todo derecho ser una fábula ya que la moraleja también parece provenir de un cuento: el valor, la vocación y la resistencia organizada pueden conseguir lo que en principio parece imposible y colocar a cada cual en su sitio, justicia poética que parece siempre colocarnos en un mundo ideal. Sin embargo, también vale la pena recordar que la fábula, el mito y la leyenda tienden a encarnar una especie de verdad esencial que permite describir y comprender algo acerca del mundo en que habitamos y de la vida que vivimos en un universo real e histórico. Sobre todo, no debiéramos olvidar que muchos de estos relatos albergan en su núcleo acontecimientos reales que, retocados por el paso de los siglos, tienden a magnificarse de una manera tal que terminan pareciendo meras invenciones de la imaginación. Bien vale señalar aquí –tal como han dicho algunas investigadoras– que en sus inicios la historia de Agnodice fue considerada verídica, valiéndole el título de primera médica de la historia; aun así, como es costumbre inveterada, algunos historiadores posteriores han determinado que un relato con tales características parece ser más un mito que una historia real.

Sea como fuere, el caso es que todavía hoy no se puede deshacer el entuerto y tenemos que aceptar que el enigma envuelve la figura de nuestra médica, toda vez que ante tales circunstancias no es posible afirmarla ni negarla de manera contundente. Sin embargo, es preciso reconocer –según decíamos antes– una tercera vía, y asumir que, dado que un acontecimiento tan lejano en el tiempo no siempre es factible de ser probado contundentemente, sí lo es cuando menos de ser mostrado conjeturalmente. Es probable que atendiendo a ciertos vestigios, haya existido una mujer que a través de artimañas y disfraces se introdujera en la escuela de Herófilo y estudiase medicina, y que después la practicara en un amplio núcleo de pacientes que, siendo también mujeres, podían guardar en secreto su identidad; es también factible que haya habido tal resistencia por parte de esas mujeres, aunque no rindiese los frutos esperados. Estos acontecimientos bien pudieran ser reales y que la historia de otras mujeres reconocidas históricamente en tiempos parejos a los de Agnodice o aun anteriores avale estas conjeturas. Por ello, es factible asumir que pese a la idealización con que se nos presenta la figura de Agnodice, puede tener como fundamento un hecho real que, como otros tantos, ha sido borrado de los anales históricos.

De cualquier forma, y aun cuando el relato sobre la médica Agnodice oscile siempre entre la ficción y la realidad, su figura constituye un prototipo de la vocación científica de las mujeres. Agnodice se presenta ante nosotros y, abriendo brechas entre la bruma del lejano pasado, la vemos como lo que realmente pudo haber sido: una mujer determinada a romper con las convenciones establecidas y dispuesta a quebrantar las leyes por un ideal, simbolizando con ello el hecho contundente de que hay leyes más imperiosas y superiores que las humanas; una mujer valiente que en buena medida se adelanta a su época, que acepta enfrentar el reto de ser ella misma sin importar que con su actitud se coloque al margen de lo social y políticamente correcto, pues no siempre son justas las leyes, ni convenientes las normas sociales. Agnodice parece en todo momento argüir que elegir el propio modo de vida y vivirlo a plenitud son argumentos mejores que cualquier verdad determinada por decreto. Esta es su enseñanza, y si queremos leer su moraleja, digamos que su vida nos muestra el modo en que una mujer, solidarizándose con su sexo, decide curar sus males, y que este, solidario con ella, la recuerda hoy como la primera mujer ginecóloga y obstetra, mientras la médica Agnodice nos mira a todos desde el fondo del medallón que pende en la pared de la Facultad de Medicina de París.

Para el lector interesado

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. México: Siglo XXI.
  • Babini, J. (2000). Historia de la medicina. Barcelona: Gedisa.
  • Feijoo, B. J. (1740/2007). Cartas eruditas y curiosas (t2). Proyecto de Filosofía en Español.
    Disponible en línea: http://www.filosofia.org

1 Instrumento que sirve para aplastar o fragmentar la cabeza del feto para facilitar su extracción.