REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Mayo•Agosto
de 2011
Volumen XXIV
Número 2
Editorial
Dejad que los niños (y todos los mamíferos) jueguen
Pulp Fiction: las drogas y los tiempos violentos
Con tomates no hay cáncer
La enfermedad de Alzheimer y su costo familiar y social
Historia de la brucelosis
La teoría disidente del sida
El frijol maya del siglo XXI
El copite: una especie forestal maravillosa
El ensilaje: ¿qué es y para qué sirve?
El dualismo de las tecnologías de información en el cambio climático
Si se descuidan, los enfermo; si me presionan, hago plásticos naturales
ENTREVISTA / Teun van Dijk: Las ropas nuevas del racismo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Anna Maria Sibylla Merian: La ciencia de una artista
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De tabaco, tabaquismo y otras hierbas
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Dejad que los niños (y todos los mamíferos) jueguen

Pedro Paredes Ramos,
Miguel Rogelio del Ángel Pérez Pouchoulén
y Genaro Alfonso Coria Ávila

Cuando un niño juega puede hacerlo de forma individual, colectiva, competitiva, cooperativa o heroica. Pudiéramos decir que, al jugar, los humanos desarrollamos nuestra capacidad para cuidar a otros, resolver problemas o experimentar nuevas sensaciones. El juego es un compendio de conductas que preparan y moldean la habilidad del ser humano o de cualquier mamífero joven para las actividades vitales que llevarán a cabo cuando sean adultos. Aunque algunas conductas básicas para la supervivencia, como la agresividad y la cópula, están presentes en todas las especies animales, el juego parece ser un comportamiento único de los mamíferos, las cuales poseen un sistema nervioso más complejo, esto es, un cerebro que, además de que puede responder a las funciones básicas del hambre, el sexo, la agresión y el miedo, está evolutivamente preparado para producir interacciones con otros individuos sin fines sexuales, agresivos ni sumisos.
Radica entonces en el cerebro la explicación de que las crías de los mamíferos jueguen desde los primeros días de vida, mientras que otras, como las de los reptiles y aves, nunca lo hagan.

La trinidad cerebral

Nadie se cuestiona la razón de que un águila vuele y un cerdo no; la causa es bastante obvia. Mientras que la lógica nos dice que solo un animal con alas puede volar, resulta más complicado entender por qué una rata bebé juega, no así una lagartija bebé, siendo que ambas comparten extremidades similares. La respuesta radica en la estructura funcional más importante de todos los vertebrados: el cerebro. Este órgano, al igual que el resto de las estructuras funcionales de nuestro cuerpo, comparte ciertos mecanismos con el de otros animales. La complejidad de los cerebros de los animales que aparecieron en la era mesozoica –como los reptiles– es mucho menor a la de especies de animales nuevas, como los mamíferos que aparecieron en la cenozoica. Dichas diferencias fueron conceptuadas desde el siglo pasado por Paul Maclean como la trinidad cerebral. De acuerdo a ese concepto, el cerebro puede dividirse simplemente en tres capas. A la más profunda y primitiva y, por lo tanto, común en todos los vertebrados, la denominó “cerebro reptiliano”. En dicha estructura, formada por el tallo cerebral y el hipotálamo, se encuentran los grupos de neuronas encargados de las funciones básicas, tales como respirar, así como de las funciones motoras básicas y de emociones primitivas como el miedo, la agresión y la motivación sexual. Como su nombre lo indica, esta capa es la que compone en su mayoría el sistema nervioso central de los reptiles. A la segunda la llamó “cerebro mamífero” y está compuesta por el sistema límbico. La capa de cerebro mamífero está por encima del denominado cerebro reptiliano y en ella se encuentran los grupos de neuronas encargados de la sofisticación propia de las emociones, pero sobre todo se especializa en la generación y regulación de las emociones sociales. Finalmente, la tercera capa es la más externa y la nombró “nuevo cerebro mamífero” o “neocorteza”. Esta región corresponde a la más reciente evolución cerebral (pues solo los animales de la era cenozoica la tienen) y aunque su complejidad varía entre las especies, pertenece únicamente a los mamíferos. La neocorteza se encarga de las habilidades cerebrales superiores, tales como el racionamiento y la conciencia.

Neurobiología del juego

Si únicamente los mamíferos juegan, se pudiera suponer que la conducta de juego depende de los grupos neuronales presentes en el cerebro mamífero y que, por lo tanto, especies de animales que no juegan no tendrían dichas estructuras nerviosas. Sin embargo, la neurobiología del juego es mucho más compleja. Como a continuación veremos, el juego requiere la participación de áreas cerebrales presentes en las tres divisiones propuestas por Maclean. Los animales procesan información en cada una de ellas a través de los cinco sentidos (la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto), y es el complejo proceso de integración de esta información lo que hace que una escena en la que un infante se esconde y salta repentinamente sobre otro se interprete como juego y no como depredación.

Durante el juego, los individuos utilizan los sentidos para obtener información sobre su posición, el grado de intensidad con el que proveen y reciben estímulos y el interés del otro por mantener o terminar aquel. En el laboratorio, se ha visto que las ratas ciegas o que no pueden oler juegan de manera casi normal; por el contrario, si las ratas son sordas, la duración y frecuencia con la que juegan se reduce sustancialmente. Se cree que la disminución del juego en estas ratas se debe a su incapacidad para detectar las vocalizaciones ultrasónicas (VUS) de sus compañeros; sobre todo las VUS de 50 kHz. En estos animales, tales frecuencias se han asociado con estados de euforia y bienestar, como si fueran una analogía de la risa humana; por lo tanto, es probable que durante el juego las VUS le indiquen al compañero el grado de satisfacción que se está obteniendo y la intención de que el juego continúe.

El tacto es uno de los sentidos más activos durante el juego. Sin importar la especie mamífera, el tacto indica a los individuos el grado de intensidad y fuerza con la que se juega. Se ha visto que si se aplica un anestésico local sobre las áreas en que una rata recibe estimulación durante el juego (nuca, hombros y espalda baja), la duración de este se reduce. También se ha encontrado que si se utiliza un analgésico para amortiguar el dolor, el juego se vuelve más rudo; por el contrario, si se utiliza alguna sustancia que reduzca el umbral al dolor, casi desaparece. Tales hallazgos sugieren que el juego no consiste en vencer o lastimar al compañero; más bien, cuando un episodio de juego se mantiene, es probablemente porque los contrincantes se retroalimentan exitosamente y aquel es equitativo y satisfactorio para ambos.

Aunque la eliminación de ciertos sentidos afecta el juego, se piensa que lo que en realidad se reduce es la capacidad del animal para interpretar las señales del compañero, ya que si bien los animales lesionados muestran una disminución en la duración y frecuencia del juego, manifiestan la misma motivación por iniciarlo. De hecho, cuando una rata es anestesiada en la nuca y la grupa, aumenta el número de veces que solicita jugar con su compañero; así, aunque no es capaz de jugar apropiadamente, se encuentra motivada para hacerlo. Esto sugiere que el deseo por jugar no aparece tras responder a los estímulos del ambiente, sino que en realidad surge de una necesidad endógena del cerebro por obtener recreación y habilidades sociales.

Participación del cerebro reptiliano en el juego

La generación del juego, así como la motivación por realizarlo, son claramente funciones cerebrales. Las áreas cerebrales más primitivas que participan en la regulación neuronal del juego son el área parafasicular y el núcleo posterior talámico –regiones ambas de la capa del cerebro reptiliano–, que son las primeras en recibir la información que proviene de los sistemas sensoriales. Dichas regiones son particularmente sensibles al deseo de jugar ya que su lesión no afecta a otras conductas motivadas, como la búsqueda de alimento y la defensa de recursos, pero sí la motivación por el juego con otros compañeros.

Participación del cerebro mamífero en el juego

El sistema límbico es probablemente la capa cerebral que contiene los grupos de neuronas más importantes en la regulación del juego. Tal es el caso de la amígdala, la base de la estría terminal y el núcleo accumbens. Estas estructuras participan activamente en el control de las emociones negativas o positivas. Por lo tanto, la interacción con otro individuo puede interpretarse como recompensante o aversiva, y en consecuencia una sesión de juego puede prolongarse hasta el cansancio o desaparecer después de unos segundos. Los grupos neuronales que hay en el sistema límbico son en su mayoría los responsables de la capacidad que tiene un animal para aprender de sus experiencias.

Participación de la neocorteza en el juego

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, la neocorteza tiene poco que ver en la generación del juego. De hecho, se sabe que la actividad en la corteza frontal (responsable del juicio) desempeña un papel que antagoniza con el juego. Cuando un mamífero alcanza la madurez sexual, su corteza frontal se vuelve más activa; paralelamente, el animal pierde interés por el juego y canaliza su energía a otras actividades propias de los adultos, como cazar o buscar pareja. Se ha visto que una rata adulta recupera su motivación por jugar si se le lesiona la corteza frontal. Esto sugiere que la actividad de ciertas regiones de la neocorteza reducen el valor incentivo del juego, asegurando quizá que una vez que el animal aprendió habilidades mediante el juego, ahora las explote en actividades propias de la vida adulta.

La neuroquímica del juego

El juego es muy sensible a los cambios en la química cerebral. Cualquier alteración en el equilibrio neuroquímico puede afectarlo o inhibirlo por completo. Para que un animal juegue, requiere primero haber cumplido sus demandas biológicas básicas, como comida, refugio y salud. Un animal con hambre, asustado o enfermo no jugará a menos que se manipule artificialmente la química de su cerebro. Entre las sustancias que parecen ser más decisivas se hallan los opioides. Estos regulan el sentido del tacto al alterar el umbral al dolor; sin embargo, por encima de su efecto periférico, se sabe que su principal función en el cerebro es la de regular el grado de recompensa que se obtiene al realizar alguna actividad o recibir algún estímulo. El juego, el sexo y el consumo de algunas drogas aumentan la liberación de opioides en ciertas regiones del cerebro, y con ello refuerzan el gusto por dichos estímulos. No obstante, algunos neurocientíficos, como el doctor Jaak Pan-ksepp, de la Universidad de Washington, han incluso sugerido que el exceso de opioides cerebrales pudiera inhibir el interés por jugar e interactuar socialmente, como ocurre en el caso de los niños autistas. De hecho, en el pasado niños con dicho síndrome fueron tratados con ciertos antagonistas de los opioides, como la naloxona o la naltrexona, con el fin de disminuir los opioides circulantes y facilitar así el deseo de jugar e interactuar, pero los resultados no fueron tan contundentes.

Otro neurotransmisor particularmente importante es la dopamina, pues su liberación en ciertas regiones cerebrales aumenta la dependencia hacia algunos estímulos placenteros, como el sexo y las drogas. Aunque la dopamina no regula el disfrute del jugar, sí aumenta la motivación para hacerlo. Al acrecentar la atención y la expectativa de recompensas durante el juego, la dopamina facilita el aprendizaje de ciertas habilidades sociales inherentes a este, tales como la empatía y las normas de interacción. Además de la dopamina, existen otros neurotransmisores involucrados en el procesamiento de la recompensa, como la serotonina y la oxitocina, los cuales, al aumentar, pudieran activar áreas relacionadas con el juego o la recompensa. Asimismo, hay neurotransmisores involucrados en los mecanismos de inhibición de la actividad en la corteza prefrontal, como el ácido gammaamino- butírico (GABA), el cual disminuye la actividad de las áreas inhibidoras del juego, por lo que es posible que los individuos desinhibidos a través de los mecanismos del GABA también aumenten sus niveles de juego, tal como ocurre con los adultos que ingieren ciertas dosis de ansiolíticos o de alcohol.

Aunque los reptiles y las aves también deben de tener mecanismos cerebrales que procesen algunos tipos de recompensa como la comida y el sexo, es probable que no puedan provocar la euforia o el placer de correr, brincar, girar o sorprender de formas no predatorias a un compañero de juego. Las conductas que se observan durante un episodio de juego no son una limitación en ninguna especie, pues en teoría cualquier animal podría jugar. Por lo menos físicamente, cualquier vertebrado está capacitado para abalanzarse y girar sobre otro. Lo anterior sugiere que es el deseo por jugar y la capacidad de experimentar recompensas durante el juego lo que requiere una organización cerebral más compleja, una que, además de cumplir funciones básicas, pueda crear nuevas formas de entretenimiento a fin de que se encuentre en la interacción social del juego una valiosa estrategia para aprender a sobrevivir.

¿Para qué jugamos?

Las funciones del juego han sido clasificadas en dos grandes categorías: no sociales y sociales. Las funciones no sociales se refieren a los beneficios que obtiene un individuo por el simple hecho de jugar, las cuales incluyen el mantenimiento de una buena condición física, el mejoramiento del uso de herramientas, la resolución de problemas, el incremento de la creatividad y la capacidad de responder a la sorpresa y a estímulos novedosos. Un niño o un cachorro que juega obtiene valiosas habilidades motrices, cognitivas y sociales, especialmente si el juego ocurre cuando el animal es joven y su cerebro está aún en desarrollo. En los primeros días de vida, el juego redefine conexiones neuronales en el cerebro y el cerebelo, que se encargan de regular la postura, el equilibrio y la coordinación del cuerpo. Dado que muchas neuronas del cerebelo alcanzan su maduración hasta pasado un tiempo después de haber nacido, algunos investigadores piensan que el juego durante este periodo es crucial para el correcto control motor de un animal adulto.

Las conexiones neuronales generadas por el juego a edades tempranas no se reducen a beneficios para el control motor. Un niño que interactúa de forma gratificante con otro fortalece emociones secundarias, como la empatía, la simpatía y la capacidad para superar adversidades. El doctor Panksepp ha propuesto que un niño que haya jugado desde los primeros años de vida será un adulto más sensible a experimentar emociones positivas y más capaz de sobreponerse a las negativas, como la depresión. En el mismo sentido, el doctor Marek Spinka ha resaltado el papel simbólico del juego en la vida de los animales. Spinka sugiere que el juego prepara a todo individuo para responder a la frustración de sufrir una derrota. Cualquier animal es susceptible de perder una batalla; incluso los individuos más fuertes pierden un combate cuando se hacen viejos o enferman. Durante un episodio de juego los animales intercambian la posición de vencedor y vencido, simbolismo conductual que puede ser la diferencia entre la capacidad de un animal para superar la derrota o sucumbir ante la frustración.

Las funciones sociales del juego son las que impactan directamente en la habilidad de un animal para comunicarse con otros individuos. Un animal que juega afina los sentidos con los que se expresa e interpreta las señales de los otros. Muchas especies definen de forma no agresiva la jerarquía de cada individuo dentro de un grupo mediante el juego. Este facilita también el reconocimiento grupal. Debido a la recompensa que se obtiene al jugar, los animales crean vínculos sociales muy útiles en la defensa de los recursos, la cacería y la protección mutua. La formación de vínculos sociales a través del juego puede fortalecer los vínculos interpersonales entre los compañeros de juego. En la naturaleza, se ha visto que individuos que jugaron entre sí desde que eran crías mantienen una estrecha y selectiva cooperación en la vida adulta.

Algunos felinos, como los leones y guepardos, mantienen sociedades fraternales de por vida, en las cuales cazan juntos y comparten hembras y territorio. Los vínculos sociales durante el juego pueden incluso moldear nuestras preferencias por ciertas parejas reproductivas. En nuestro laboratorio hemos encontrado recientemente que una rata hembra prefiere copular con machos que tienen características semejantes a las de sus compañeros de juego. Este tipo de preferencias de pareja son mediadas por la acción de neurotransmisores tales como los opioides y la dopamina, los cuales, como ya hemos mencionado, se liberan durante el juego. Dichos hallazgos pudieran indicar el mecanismo por el cual algunas personas se enamoran a una edad temprana, y a veces del compañero de juego de la infancia.

En conclusión, no es la ausencia o el exceso de sustratos neuronales lo que hace que solo los mamíferos jueguen; es más bien el arreglo neuronal de sus capas, así como la conexión entre ellas, lo que hace que un cerebro mamífero busque en el contacto físico el medio para adquirir ventajas biológicas. Si bien no puede considerarse a la evolución cerebral como la única responsable de la particularidad del juego en los mamíferos, es posible afirmar que por lo menos en ellos el cerebro utiliza el juego como la herramienta perfecta con la que moldea las habilidades de determinadas especies y con la que asegura el éxito de las estrategias de supervivencia basadas en la vida gregaria y la interacción social. Si queremos una sociedad sana, dejemos pues que los niños jueguen.