REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Mayo•Agosto
de 2011
Volumen XXIV
Número 2
Editorial
Dejad que los niños (y todos los mamíferos) jueguen
Pulp Fiction: las drogas y los tiempos violentos
Con tomates no hay cáncer
La enfermedad de Alzheimer y su costo familiar y social
Historia de la brucelosis
La teoría disidente del sida
El frijol maya del siglo XXI
El copite: una especie forestal maravillosa
El ensilaje: ¿qué es y para qué sirve?
El dualismo de las tecnologías de información en el cambio climático
Si se descuidan, los enfermo; si me presionan, hago plásticos naturales
ENTREVISTA / Teun van Dijk: Las ropas nuevas del racismo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Anna Maria Sibylla Merian: La ciencia de una artista
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
De tabaco, tabaquismo y otras hierbas
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

La enfermedad de Alzheimer y su costo familiar y social

Blanca E. Alcántar Díaz, Claudia Reynoso
Vondrateln, María L. Ramos Ibarra, Belinda C.,
Gómez Meda, Juan M. Miramontes Carrillo
y Abril B. Martínez Rizo

El Alzheimer1 también denominado demencia senil de tipo Alzheimer, es la causa más frecuente de demencia entre las personas mayores de 65 años y, probablemente, la patología cerebral más estudiada desde el punto de vista químico y genético.

Es una enfermedad neurodegenerativa que se manifiesta como un deterioro cognitivo y trastornos conductuales que se caracterizan, de forma más frecuente, por la pérdida progresiva de la memoria y de otras capacidades mentales, a medida que las células nerviosas (neuronas) mueren y se atrofian diversas zonas del cerebro.

Después del diagnóstico, la enfermedad suele tener una duración media aproximada de diez años, aunque puede variar dependiendo de la severidad del daño y el cuidado que se dé al paciente.

Los especialistas coinciden en que es muy difícil diagnosticarla ya que su comienzo es lento, casi imperceptible, y con frecuencia se confunde con otras enfermedades. Afecta el cerebro y borra el conocimiento adquirido a través de los años. “Se olvidan nombres, fechas, lugares; las tareas más simples, como decir la hora o el propio nombre, utilizar los cubiertos, ir al baño, asir las tijeras para cortar un pedazo de papel, etc.; estas actividades se convierten en algo imposible”, señalan los investigadores. En efecto, los principales síntomas de quienes padecen este mal son, a saber: pérdida de memoria, desorientación en el tiempo, lugar y persona, repetición continua de lo que se dice, extravío de objetos o colocación de estos en lugares equivocados, desconocimiento de familiares o lugares y cambios de comportamiento y personalidad; quienes sufren esta enfermedad se tornan agresivos o pasivos. El deterioro cognitivo que causa la demencia, como el olvido de los acontecimientos recientes y la dificultad para aprender cosas nuevas, es muchas veces difícil de definir y detectar en la población en general. Conforme va progresando la enfermedad, se manifiestan dificultades en el habla y movimientos e incapacidad para realizar actividades de la vida diaria, como el aseo personal, la habilidad para comer y se presenta pérdida en el control de las necesidades fisiológicas.

El enfermo muestra también síntomas no cognitivos, llamados síntomas neuropsiquiátricos, que son trastornos de la conducta y las emociones, tales como depresión y euforia (pasan de un estado a otro en pocos segundos), ansiedad, alucinaciones ocasionales, cambios en el ciclo de sueño y vigilia (duermen de día y no de noche), deseos de comer frecuentemente o inapetencia absoluta, desinhibición (se quitan la ropa o usan palabras altisonantes) y dificultades motoras.

A pesar de los problemas que hay para determinar su prevalencia e incidencia, se calcula que cerca de seis personas de cada cien, mayores de 65 años, sufren de demencia, con una ligera, aunque inexplicable, predominancia en el sexo femenino, lo que supone una carga sustancial en nuestra sociedad. En la actualidad, se han postulado varias teorías para explicar la enfermedad y existen infinidad de líneas de investigación para hallar su origen, pese a lo cual aún se desconoce, por lo que los expertos en esta área han concluido que lo más probable es que la enfermedad tenga un origen múltiple.

Respecto al diagnóstico, se recomienda tomar en cuenta los siguientes factores: historia familiar y clínica, factores demográficos, edad avanzada, coeficiente intelectual, nivel educativo y ciertos factores médicos, como depresión, colesterol elevado, obesidad, déficit de vitamina B12, diabetes, tabaquismo, alcohol y posibles traumatismos.

El diagnóstico se basa primero en la historia y la observación clínica del profesional de la salud y la de los familiares, basada en las características neurológicas y psicológicas, y en la ausencia de condiciones que las expliquen, esto es, un diagnóstico que permita excluirla. Durante varias semanas o meses se realizan pruebas de memoria y de funcionamiento o evaluación intelectual, así como otros análisis de rutina (por ejemplo, biometría y química sanguínea) y de escaneo para descartar otros diagnósticos alternos. Hasta el momento, no existe un examen pre morten para diagnosticar concluyentemente el alzheimer. Solo se han conseguido diagnósticos con una aproximación de 85%, pero el definitivo solo se realiza mediante exámenes histopatológicos del cerebro del paciente obtenidos en la autopsia. Las pruebas de tomografía axial computarizada, resonancia magnética, tomografía por emisión de positrones o tomografía computarizada por emisión de fotón único pueden mostrar diferentes signos de que existe una demencia, pero es imposible diferenciar su tipo. Las técnicas que aún se encuentran en desarrollo están basadas en el procesamiento de señales electroencefalográficas y pruebas genéticas de laboratorio.

Una vez identificado el diagnóstico de alzheimer, la expectativa promedio de vida de los pacientes es de 7 a 10 años aproximadamente, aunque se conocen casos extremos de sobrevivencia de hasta de 21 años.

Convencionalmente, se le atribuyen tres fases o etapas de deterioro, cada una de ellas perfectamente identificada, interrelacionada y desencadenante. De manera didáctica y, por lo tanto, no exhaustiva, las tres fases de la enfermedad suelen traducirse en una escala de tiempo de diez años, como se aprecia en la tabla 1.

Tabla 1. Fases de la enfermedad de Alzheimer

PRIMERA FASE
1 2 3
Disminución de la autoestima.
Miedo al deterioro.
Cierta confusión.
Torpeza.
Mecanismos de defensa.
Olvidos ocasionales.
Pérdida de vocabulario.
Confusiones espacio-temporales.
Dificultad en actividades mecánicas.
A veces, agitación y nerviosismo.
SEGUNDA FASE
4 5 6
Olvida sucesos recientes.
Apenas realiza actividades.
Ignora gran parte del léxico.
No comprende situaciones nuevas.
No reconoce lugares y tiempos.
Camina cada vez más torpemente.
No se vale por sí mismo para vestirse, comer, caminar, etc.
Necesita una atención constante.
La afectividad es el lazo que le une a la vida.
No reconoce lugares y tiempos.
Camina torpemente.
No se vale por sí mismo para vestirse, comer, caminar, etcétera.
Necesita una atención constante.
La afectividad es el lazo que le une a la vida.
TERCERA FASE
7 8 9
No conoce ni reconoce.
No habla.
Inconsciente gran parte del día.
Inmóvil.
Alterna la cama con el sillón.
Pasa mucho tiempo durmiendo.
Breves momentos de conciencia.
Aparición de problemas respiratorios, alimenticios, etc.
Alterna la cama con el sillón.
Pasa mucho tiempo durmiendo.
Breves momentos de conciencia.
Aparición de problemas respiratorios, alimenticios, etc.

Por otra parte, la búsqueda de un tratamiento eficaz contra la enfermedad dependerá del mayor conocimiento de sus mecanismos biológicos y de la evaluación de cada paciente ante la complejidad de las manifestaciones y causas, por lo que es de comprenderse la dificultad del abordaje terapéutico y la necesidad de que este se lleve a cabo desde una perspectiva global, que incluya los aspectos biológicos, psicológicos y sociales, ya que la neurobiología de esta enfermedad es muy compleja.

De acuerdo a la Guía Práctica de la Asociación Americana para tratar a los pacientes con alzheimer y otras demencias de la vida tardía, los antipsicóticos más utilizados incluyen tioridazina, haloperidol, clorpromazina, clozapina y risperidona, entre otros.

Un estudio clínico protocolizado en pacientes con alzheimer y otros trastornos neuropsiquiátricos se llevó a cabo en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional de Occidente en Guadalajara, Jalisco (México), cuyo propósito fue observar la reacción de los enfermos al haloperidol y la risperidona para mejorar sus funciones adaptativas y calidad de vida, así como también optimizar los recursos humanos y económicos y facilitar el cuidado en casa.

El haloperidol tiene la ventaja de ser un fármaco que se ha empleado durante muchos años en diversas patologías que cursan con síntomas psicóticos y es con el que generalmente se cuenta en los hospitales de salud pública, en los servicios de neurología y en las farmacias, además de que es uno de los antipsicóticos más económicos. La risperidona, independientemente de su eficacia, tiene el inconveniente de su costo, por lo que su abasto es insuficiente en las instituciones de salud; lo anterior dificulta el tratamiento por un largo periodo, pues una vez que se ha indicado y es bien aceptado, lo recomendable es que no se suspenda hasta que se logren controlar los síntomas del trastorno. Es de vital importancia considerar que si estos trastornos no son controlados, pueden llegar a representar una amenaza para la seguridad del paciente con alzheimer, de sus cuidadores primarios o de otras personas.

En México hay altos índices de morbilidad y mortalidad a causa del alzheimer, pese a ello es un problema proporcionar el tratamiento adecuado a los enfermos debido a que dicho tratamiento debe incluir el conocimiento y la participación de la familia, que en algunos casos no tiene información acerca de la enfermedad, debido a que desafortunadamente no se le ha dado la difusión adecuada pese a que cada día aumentan las cifras de pacientes que desarrollan esta progresiva y mortal enfermedad que representa grandes pérdidas económicas para la nación.

Nuestro objetivo es dejar de manifiesto que la enfermedad es desalentadora de suyo, pero cuando tiene síntomas neuropsiquiátricos agregados se convierte en una pesadilla para el médico, la familia y la sociedad, razón por la cual es importante seguir investigando sobre las medidas preventivas y los tratamientos accesibles para los pacientes de bajos recursos económicos.

Debe tenerse presente que los pacientes diagnosticados con alzheimer siempre deberán estar bajo vigilancia médica por especialistas en la materia, con la finalidad de que los trastornos neuropsiquiátricos puedan ser controlados y el cuidador primario y la familia puedan realizar sus labores cotidianas dentro del hogar sin que el paciente represente una carga o un peligro

Otro punto importante a considerar es que las instituciones de seguridad social no proporcionan estancias públicas o lugares especiales para pacientes con alzheimer. Aún más, no es posible siquiera pensar en tocar el tema de la fisioterapia, los ejercicios aeróbicos y otras alternativas de tratamiento no farmacológico que se deben dar a estos enfermos, pues no se da información a los familiares acerca de su pertinencia al estar el paciente recluido en casa. Así, los enfermos sin recursos son prácticamente olvidados y terminan siendo una carga para la familia y la sociedad.

Además, es indispensable contar con personal multidisciplinario y altamente cualificado, lo que significa un gran gasto para las instituciones del sector salud; sin duda, habría un mayor control sobre estos pacientes y podríamos estar preparados para afrontar el problema en los próximos años, toda vez que la tendencia –sobre todo en países en vías de desarrollo como México– es el incremento en el número de casos de estos pacientes. De ahí la importancia de tomar en cuenta el abordaje general de esta patología, y particularmente concientizar a la población acerca de la enfermedad y de los costos que implica tratarla, con la finalidad de disminuir los trastornos ocasionados por ella en el propio enfermo y en los demás miembros de la familia, quienes resienten el agotamiento monetario y emocional.

La enfermedad de Alzheimer no respeta condición social, es crónica y degenerativa, desgastante para la familia y más aún para el cuidador primario, al que tampoco en nuestro medio se le presta la atención o se da seguimiento pese a que es el mayor soporte para el enfermo.

Finalmente, aunque existen en el mundo muchas líneas de investigación en todos los sentidos para abordar esta enfermedad, generalmente las noticias, artículos y otras fuentes de difusión acerca de los avances que hay para su tratamiento nos muestran que es aún muy largo el camino por transitar antes de que lleguen la tecnología y los fármacos adecuados, de manera abierta, a toda la población afectada por el alzheimer. Es urgente que el sistema de salud pública la considere como una enfermedad crónica, progresiva y costosa; se requiere asimismo que se hagan ciertas modificaciones a las políticas de salud para que los enfermos y sus familias tengan cabida en los servicios médicos, tal como ha sucedido con otras enfermedades crónico-degenerativas como la diabetes, el cáncer, las cardiopatías y muchas otras.

Para el lector interesado


Muñón Ch., Y. (2003). Demencia, el reto del presente siglo. Acta Médica Costarricense, 45(2), 4-42.
Klafki, H.W., Staufenbiel, J., Jens Wiltfang, K. (2006). Therapeutic approaches to Alzheimer´s disease. Brain, 129(11), 2840-2855.
Bermejo P., F., Benito L., J., Vega, S., Medrano, M.J., Román, G.C. (2008). Incidence and subtypes of dementia in three elderly populations of central Spain. Journal of the Neurological Sciences, 264(1-2), 63-72.
Cummings, J.L., Frank, J.C., Cherry, D., Kohatsu, N.D., Kemp, B., Hewett, L. y Mittman, B. (2002). Guidelines for managing Alzheimer’s disease. Part II: Treatment. American Family Physician, 65(12), 2525- 2534.
1Cuando esta palabra se utiliza dentro de las expresiones enfermedad de Alzheimer o mal de Alzheimer, debe escribirse con mayúscula inicial, respetando la grafía del apellido del neurólogo alemán que investigó esta dolencia. Pero si se utiliza aisladamente para referirse a dicha enfermedad, se convierte en un sustantivo común, por lo que ha de escribirse con minúscula inicial. Aunque la pronunciación etimológica alemana es alts.háimer, en español se pronuncia normalmente como se escribe: alséimer o alzéimer.