REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 3
Editorial
Los aminoácidos, eslabones de vida
Para la hipertensión, la jamaica
El cerebelo y sus lesiones
Trypanosoma cruzi y endotelio: ¿paraíso o campo de batalla?
¿Síndrome metabólico o nuevas costumbres?
Utilidad de las redes en la prevención de epidemias
Los helechos y el bosque de niebla
Las semillas de la magnolia
La productividad ecosistémica: ¿una estrategia empresarial?
Biomonitores: desenmascarando a los tóxicos
Tecnologías de la información y cambio climático
Y la simetría, ¿qué es?
CUENTO / Legado sombrío
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA / Sofia Kovalevskaya o el camino poético de la matemática
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS / El Camino de la Ciencia en Veracruz
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Sofia Kovalevskaya o el camino poético de la matemática

“Es imposible ser matemático sin tener alma de poeta […]
El poeta debe ser capaz de ver lo que los demás no ven,
debe ver más profundamente que otras personas.
Y el matemático debe hacer lo mismo.
S. KOVALEVSKAYA

La fascinante personalidad de Sofía Kovalevski, delineada por su afición a la literatura y las matemáticas, muestra que así como no hay oposición entre el poeta y el matemático, tampoco la hay entre la matemática y la mujer. Sofía plantea que lo que hermana al poeta y al matemático es su capacidad para profundizar en la realidad y advertir lo que otros no ven, y para ello hace falta el poder creador que se logra a través del esfuerzo, la perseverancia y la imaginación. Y es precisamente por tales características que el espíritu libre de Sofía urbanizará, con su trayectoria vital e intelectual, la vía femenina de la matemática del siglo XIX en su versión académica y profesional, lo que hace posible afirmar que, tal como reza el título del libro de Susana Mataix, Matemática es nombre de mujer, ambos términos remiten perfectamente a su género sin contradicción alguna. La nota femenina en la matemática encuentra en esta mujer rusa una digna embajadora que dedicó su efímera pero productiva existencia a incursionar en un espacio donde fuese posible ser matemática y poeta no obstante ser mujer. Y su búsqueda –como sabemos hoy– la llevó a encontrar un lugar propio en esos dos mundos. Sofía decidió escribir su vida y su trayectoria intelectual con letras y números, dejando así su nombre tallado en la historia de un modo perdurable. Pero siendo que la historia suele ocultar o cuando menos opacar a sus figuras femeninas, es preciso obligarnos a recordar quién fue y qué hizo Sofía Kovalevski.

Sofía Vassilievna Korvin-Krokovskaya (su nombre se translitera como Sophie, Sonya, Sonja o Sonia, cuyo apellido Kovalevskaya, con que después será conocida, significa la “mujer de Kovalevski”) nació el 15 de enero de 1850 en Moscú, en el seno de una familia perteneciente a la nobleza rusa, y murió el 10 de febrero de 1891 en Estocolmo. Su padre, Vasili Korvin-Krukovsky, era militar y llegó a ser general al servicio del zar nicolás I; su madre, Elizaveta Shubert, miembro de la alta burguesía, era hija del astrónomo de origen alemán Fiodor Fiodorovitch Schubert. El hecho fortuito de haber nacido en semejante familia la favoreció en muchos aspectos; sobre todo porque tuvo una educación esmerada que desde su más tierna infancia le permitió determinar claramente sus aficiones e intereses y descubrir la vocación que daría sentido a su vida.

Las mujeres de entonces veían su destino concretado a una vida mediocre y rutinaria y al papel de esposa y madre, pero no fue éste el suyo. Y no lo fue porque Sofía descubrió muy pronto que el universo que deseaba habitar era el del conocimiento, un mundo hecho de letras y de números en que no tenían cabida alguna convencionalismos ni cortapisas; por eso supo también desde pequeña que debía ir a contracorriente y luchar por construirse ese espacio. Y justamente a eso dedicó su vida entera.

Sofía, luchadora recalcitrante, rebelde y ajena a la pauta que dictaba su época, demostró también tempranamente que la libertad de espíritu nada tenía que ver con su condición de mujer y, por ende, que debía hacerlo prevalecer a cualquier precio. Y si éste era el de ser considerada una “monstruosidad” o una “anomalía de la naturaleza” –como muchos años después dijera de ella August Strindberg–, poco o nada habría de importarle si en cambio alcanzaba su meta. Sofía, que en el nombre llevaba su sino (“sabiduría”), se aprestó a librar su guerra, y podemos decir que venció con las mejores armas: las del intelecto y la imaginación. Tal vez sea por ello que Walter Gratzer no vacila en presentarla del modo siguiente: “Fue una matemática de gran talento. Su nombre aparece en los libros de texto actuales y en el teorema de Cauchy-Kovalevsky de las ecuaciones diferenciales, y también hizo notables contribuciones a la mecánica y la física, especialmente a la teoría de la propagación de la luz en sólidos cristalinos. Su vida es materia de una novela romántica”.

Y quizás esta novela de su vida la constituyan dos circunstancias que diferenciaron su crianza de la de la mayoría de las mujeres de su época y condición, como lo ha señalado Ann Hibnerkoblitz: el hecho familiar inicial que determinó su formación científica, y la atmósfera sociopolítica que hace respirar a Sofía los aires de un tiempo nuevo que, centrado en la filosofía nihilista, habría de llevarla por el camino de la lucha y la reivindicación de los derechos femeninos. Ambas circunstancias han de marcar la trayectoria existencial e intelectual de esta mujer rusa del siglo XIX, que hoy puede representar el papel de heroína de una novela cuya trama instaura con su tejido histórico la realidad última de una mujer que supo vivir y pensar bajo su propio riesgo, convirtiendo así la ficción en realidad. Sofía se muestra ante nosotros como la romántica protagonista de la novela de su propia vida, que termina también romántica y hasta paradójicamente de manera absurda, pues cuando finalmente empezaba a disfrutar los merecidos frutos de su esfuerzo, la muerte canceló sus senderos y la obligó al silencio. Pero habrá que decir que la muerte no acabó con su obra, y que en el colmo de la paradoja fue justamente ella, la muerte, la que descorrió los velos que la encubrían y terminó por lanzarla al reconocimiento y a la fama: “La noticia de su muerte conmovió a todo el mundo. Matemáticos, artistas e intelectuales de toda Europa enviaron telegramas y flores. En todos los periódicos y revistas aparecieron artículos alabando a esta mujer excepcional”.

Ahora bien, digamos que reconocimiento y fama le vienen a Sofía de muchos asaltos que, ganados con denuedo, pronto se convirtieron en cruentas batallas que terminarían por configurar una sola guerra: la del derecho de ser una mujer ocupada en tareas intelectuales –literarias y científicas– en un mundo que sólo otorgaba semejante privilegio a los varones. Por ende, la vida de Sofía se puede ver como la lucha por saber de una mujer rusa, como bien reza el título de la obra de Xaro nomdedeu Moreno. Y en este sentido cabría referirse a ella no sólo por lo que específicamente aportó al campo de la matemática, sino también por su labor en el campo político y social, donde luchó por los derechos de las mujeres desde una trinchera nihilista. En efecto, Sofía, matemática y poeta, afincó sus ideas en las teorías nihilistas de la época, las que “se oponían a todo lo que representaba la sociedad rusa tradicional, cuestionando todas las formas de autoridad y considerando la destrucción del viejo orden como la pr incipal her ramienta de cambio político. Frente al orden patriarcal, [los nihilistas] creían en la igualdad de sexos; frente a la religión cristiana, eran ateos y materialistas; frente a la familia tradicional, reivindicaban las comunas y el amor libre; frente al orden social establecido, creían en la evolución y el progreso rechazando todas las convenciones e ideas preestablecidas. Y, por encima de todo, reivindicaban el papel de la ciencia como fuerza liberadora en la construcción de una nueva sociedad, desterrando la superstición, la ignorancia y los privilegios”. Podemos decir, entonces, que la lucha de Sofía –personal y socialmente– se centró en la reivindicación del papel de las mujeres en el mundo político e intelectual, de lo que ella misma es el mejor ejemplo. Sofía Kovalevskaya fue así una literata y matemática nihilista, abogada de derechos de la mujer en el siglo XIX y “Princesa de la Ciencia”, título con que pasó a la historia.

Y de entre toda su actividad, es esta última la que aquí nos interesa por el momento, ya que la presencia de Sofía Kovalevski en las páginas de la historia de la matemática no es de ningún modo ni azarosa ni gratuita. Los hechos muestran que su obra merece ser consignada en ese recuento, pues no hay duda de que –tal como ha sido aceptado por la mayoría de los estudiosos– “fue una gran matemática: creativa, original e innovadora”. Y claro está que en la historia contemporánea de las matemáticas su nombre ha de figurar como el de la primera mujer que logró reconocimiento profesional y académico en esa rama del conocimiento. Sofía fue la primera en adquirir un título de doctora en matemáticas, la primera catedrática de matemáticas en una universidad europea, la primera en obtener el Premio Bordin de Matemáticas y, por si fuera poco, también la primera en ocupar un puesto de editora en una revista científica.

Con semejantes credenciales, tendríamos que hacer gala de mezquindad para regatearle el sitio que le corresponde, pese a lo cual no falta quien así lo haga. Por ello, en lo que sigue trataremos de hacer un retrato de Sofía para mostrar cómo llegó esta rusa a cristalizar su quehacer científico. Y dado que ello daría para un libro completo, nos limitaremos aquí a señalar algunos de sus logros que, en síntesis, se refieren a las investigaciones centradas en el análisis matemático, que han hecho que su nombre pase a la historia con el teorema de Cauchy- Kovaleskaya. Por otro lado, cabe también señalar, para tener una idea clara de la amplitud del horizonte científico de su trabajo, que aquello por lo que fue conocida en toda Europa –su especialización, digamos– fue la teoría de funciones abelianas, que su estudio sobre los anillos de Saturno representa su aportación a la matemática aplicada, que su mayor éxito matemático fue la investigación sobre la rotación de un sólido alrededor de un punto fijo y que su labor última aborda una simplificación de uno de los teoremas de Bruns.

Preguntémonos primeramente cómo fue posible que Sofía fecundara de tal modo el territorio de una ciencia que parece ser impenetrable a la mayoría de las personas. Ya hemos adelantado que este camino lo inaugura a través de las letras; en efecto, sabemos por la propia Sofía que desde pequeña, una vez asomada al mundo del intelecto, se apasionó por la literatura y por las ciencias. La niña rusa se internó así en el mundo de las letras y los números: amaba la lectura, la poesía y el lenguaje de la matemática. Este amor por la lectura le hacía sentir que tenía un alma de poeta, la que al correr de los años la llevaría de la mano por los cauces de la creación literaria, aunque fue ciertamente la matemática el objetivo vital que la guiaba: “Comencé a sentir una atracción tan intensa por las matemáticas, que empecé a descuidar mis otros estudios”; “no entendía el significado de los conceptos, pero actuaban sobre mi imaginación, inspirándome un respeto por las matemáticas como una ciencia excitante y misteriosa que abría las puertas a sus iniciados a un mundo maravilloso, inaccesible al resto de los mortales”. Así pues, se dio a la tarea de emprender por sí misma la aventura de desentrañar los misterios de la ciencia de esos números que tanto la intrigaban, y parece ser que todo ello comenzó durante las discusiones que tenía con su tío Piotr Vasilievch Krukovsky, un apasionado de las matemáticas, quien le explicaba la cuadratura del círculo o la resolución de ecuaciones. Pero junto a ello está también la famosa anécdota del papel tapiz que cubría la pared de su cuarto, pues fue al contemplarlo cómo la niña adquirió conciencia clara de su verdadera vocación. De ambos hechos da cuenta Sofía en la extensa cita que sigue:

Más que nada, [mi tío] amaba comunicar las cosas que había logrado leer y aprender en el curso de su larga vida. Fue durante tales conversaciones cuando tuve ocasión de oír por primera vez ciertos conceptos matemáticos que me causaron una fuerte impresión. Mi tío hablaba de la “cuadratura del circulo”, de la asíntota –esa línea recta a la que una curva se aproxima constantemente sin alcanzarla nunca– y de otras muchas cosas que eran completamente ininteligibles para mí y que, pese a todo, parecían misteriosas y profundamente atractivas al mismo tiempo. Y a todo esto, reforzando aún más el impacto que me produjeron estos términos matemáticos, el destino añadió otro suceso completamente accidental. Antes de nuestro traslado al campo desde Kaluga, toda la casa fue repintada y empapelada. El papel de pared había sido encargado a Petersburgo, pero no se había calculado muy bien la cantidad necesaria y por ello faltaba papel para una habitación. Al principio se intentó encargar más papel […], pero con la laxitud campesina y la característica inercia rusa todo quedó pospuesto indefinidamente, como suele suceder en tales situaciones. Mientras tanto pasaba el tiempo, y aunque todos estaban intentando, decidiendo y disponiendo, la redecoración del resto de la casa se concluyó. Finalmente se decidió que sencillamente no valía la pena molestarse en enviar un mensajero especial a la capital, a quinientas verstas de distancia, para un simple rollo de papel de pared. Considerando que todas las demás habitaciones estaban arregladas, la de los niños podría decorarse muy bien sin papel especial. Se podría pegar simplemente papel normal en las paredes, teniendo en cuenta en especial que nuestro desván de Polibino estaba lleno de montones de periódicos viejos acumulados durante muchos años y que permanecían allí en total desuso. Dio la feliz casualidad de que allí en el ático, en el mismo montón que los viejos periódicos y otras basuras, estaban almacenadas las notas de clase litografiadas del curso impartido por el académico Ostrogradsky sobre cálculo diferencial e integral al que mi padre había asistido cuando era un oficial muy joven del ejército. Y fueron estas hojas las que se utilizaron para empapelar las paredes de mi habitación infantil.

Yo tenía entonces unos once años. Cuando miré un día las paredes, advertí que en ellas se mostraban algunas cosas que yo ya había oído mencionar a mi tío. Puesto que en cualquier caso yo estaba completamente electrizada por las cosas que él me contaba, empecé a examinar las paredes con mucha atención. Me divertía examinar estas hojas, amarillentas por el tiempo, todas moteadas con una especie de jeroglíficos cuyos significado se me escapaba por completo, pero que –esa sensación tenía– debían significar algo muy sabio e interesante. Y permanecía frente a la pared durante horas, leyendo y releyendo lo que estaba allí escrito. Tengo que admitir que entonces no podía dar ningún sentido a nada de ello y, pese a todo, algo parecía empujarme hacia esta ocupación. Como resultado de mi continuo examen aprendí de memoria mucho de lo escrito, y algunas de las fórmulas, en su forma puramente externa, permanecieron en mi memoria y dejaron una huella profunda. Recuerdo en particular que en la hoja de papel que casualmente estaba en el lugar más destacado de la pared había una explicación de los conceptos de cantidades infinitamente pequeñas y de límite. La profundidad de esa impresión quedó en evidencia varios años más tarde, cuando yo estaba tomando lecciones del profesor A. n. Strannolyubsky en Petersburgo. Cuando él explicaba esos mismos conceptos se quedaba sorprendido de la velocidad con la que yo los asimilaba y decía: “Tú los has entendido como si los supieses de antemano”. Y, de hecho, desde un punto de vista formal, buena parte de este material había sido familiar para mí desde hacía mucho tiempo.

Por consiguiente, en parte por la influencia del tío y en parte por el papel de pared, resultó que Sofía ya no pudo pensar en otra cosa que en estudiar la ciencia misteriosa de la matemática. Pero el padre no gustaba de tales aficiones pues pensaba, con la mentalidad que regía la época, que las mujeres no debían dedicarse a menesteres intelectuales, así que decidió poner fin a las extravagantes aspiraciones de la hija y suspender sus clases, cosa que no sirvió de nada porque Sofía se empeñó en lo suyo y encontró el modo de burlar la prohibición del padre: “Puesto que yo estaba todo el día bajo la vigilancia estricta de mi institutriz, me vi obligada a practicar alguna astucia sobre esta materia. Al acostarme solía poner el libro [el Curso de Álgebra de Bourdon, que ella había conseguido a través de su tutor] bajo mi almohada, y luego, cuando todos estaban durmiendo [con el ogro de una institutriz inglesa al otro lado de una cortina en la misma habitación] leía por la noche bajo la tenue luz de la lámpara o la linterna”. A ello habría que añadir otro suceso: el profesor Tyrtov presentó a la familia un libro de física que había escrito, texto que por supuesto Sofía leyó y en el que se encontró con las funciones trigonométricas, las que no entendía. Preguntó a su autor sobre ellas y éste se dedicó a explicárselas; sorprendido de la facilidad que la chica tenía para comprender todo aquello, aconsejó al padre que permitiera a su hija estudiar matemáticas. Sofía relata este episodio del modo siguiente: “Pero cuando le conté los medios que había utilizado para explicar las fórmulas trigonométricas, él cambió su tono por completo. Fue directamente a mi padre argumentando acaloradamente la necesidad de proporcionarme la instrucción más seria, e incluso comparándome con Pascal”. Podemos asumir la sorpresa del maestro ante la inteligencia de la alumna; la comparación con Pascal no podía ser más clara y, sin embargo, el padre no quiso dar su brazo a torcer. Pero la convicción de Sofía fue más fuerte que cualquier obstáculo y decidió que habría de estudiar matemáticas a cualquier costo, y no como mera aficionada, sino profesionalmente, de modo que decidió ir a la universidad.

Los obstáculos serían aquí más grandes todavía, puesto que, aparte de la negativa familiar, tendría que luchar contra todos los convencionalismos sociales de la época. En efecto, los estudios universitarios no estaban permitidos a las mujeres, de modo que la primera batalla que Sofía debía emprender era la de conseguir ser aceptada como estudiante en una de ellas. He aquí por qué la joven Sofía comulgó de inmediato con los ideales de los nihilistas rusos y se involucró activamente en su movimiento. Para ella, la promulgación de la importancia de la educación y la defensa y emancipación de las mujeres coincidía perfectamente con las ideas con que quería amueblar su propia existencia: romántica y avispada, esta rusa decimonónica se dio a la tarea de convertir su sueño en realidad. Sus años de juventud fueron, pues, años de rebelión nihilista que la llevaron a confrontar todos los valores de su tiempo, y en esta lucha ayudó a pavimentar el camino del feminismo ruso.

Así que nuestra futura matemática convino en celebrar un “matrimonio ficticio” que lograra romper las cadenas familiares y sociales y lanzarse fuera de Rusia en busca de la universidad que diera cabida a su inquietud científica. Un “matrimonio blanco” consistía en encontrar a un hombre que accediera en casarse con una mujer, aunque sin consumar el matrimonio. La idea era simple: se pasaba de la potestad del padre a la del marido para que éste le concediera el poder de ser libre y ocuparse de su propia vida. En el caso de muchas otras jóvenes rusas de ese siglo, como en el de la propia Sofía, ese poder de elección así obtenido fue empleado para dedicarse libremente a los estudios, y las universidades europeas se vieron entonces rodeadas por mujeres eslavas que exigían ser educadas en ellas. Pues bien, si el camino de la libertad había que empezarlo a andar a través de un matrimonio de conveniencia –habrá pensado Sofía–, tendría entonces que casarse, y así lo hizo. A los 18 años se casó con Vladimir Kova-levski.y y pudo entonces abandonar Rusia y empezar así un intenso recorrido intelectual que atraviesa el horizonte científico y social del siglo XIX.

Una vez casada, se instaló con su marido en Heidelberg, donde se le permitió asistir a la universidad como oyente, y después, en Berlín, tuvo oportunidad de estudiar con Karl Weierstrass (1815-1987), catedrático de matemáticas en dicha institución, quien no obstante ser también uno de los que se oponían a que las mujeres ingresaran a las aulas universitarias, después de su experiencia con Sofía se convirtió en su mayor protector y defensor. Y no era poca cosa que Weierstrass, reconocido en su tiempo como el padre del análisis matemático, fuese justamente quien, descubierto el genio matemático de su alumna, se diese a la tarea de promoverla de tal modo que logró que finalmente le fuese otorgado a Sofía un título académico. Así, aunque el maestro no logró que Sofía fuera aceptada formalmente como estudiante en la Universidad de Berlín, accedió a ser su profesor de matemáticas, de manera que Sofía recibió la enseñanza del mejor matemático de la época, quien además la incluyó en su círculo y la apoyó en sus investigaciones. En el año de 1874 decidió que su alumna estaba lista para obtener un doctorado, pero viendo que Berlín no era el sitio propicio para ello, la recomendó a un ex alumno que se encontraba en la Universidad de Gotinga para que, en ausencia y tras la sola presentación de sus trabajos, se le concediera el grado. Haciendo peripecias aquí y allá, logró finalmente que una de sus investigaciones –la disertación sobre la teoría de ecuaciones en derivadas parciales– fuese aceptada como trabajo de tesis. Sofía obtuvo así su doctorado en matemáticas summa cum laude, tenía 23 años y fue el primer doctorado en matemáticas que se concedía a una mujer en la historia.

Hay que hacer notar que este triunfo de Sofía marcó un hito fundamental en su carrera, y también constituye una de las páginas más memorables de la historia de la matemática puesto que, para alcanzar semejante reconocimiento, no escribió una tesis sino tres, cada una de las cuales tenía el carácter de disertación; las dos primeras versaban sobre temas de matemáticas (Sobre la teoría de ecuaciones en derivadas parciales y Sobre la reducción de una determinada clase de integrales abelianas de tercer orden a las integrales elípticas) y la tercera sobre astronomía (Suplementos y observaciones a las investigaciones de Laplace sobre la forma de los anillos de Saturno). Según dijo Charles Hermite en 1889, uno de tales artículos “es considerado como el primer resultado significativo de la teoría general de las ecuaciones diferenciales parciales”. En otro de estos trabajos “hizo una generalización del trabajo del francés Augustin Cauchi, que ahora se conoce como teorema de Cauchy-Kovalevski, elemento básico en ecuaciones con derivadas parciales”. Y se ha dicho que “sus artículos publicados en 1884 recibieron elogios incluso de Henri Poincaré”.

A pesar de estos logros, sobreviene después un vacío en su vida profesional, cuando regresa a su país y pretende dar clases en la universidad sin conseguirlo. no es sencillo ahí obtener un puesto y trabajar profesionalmente; pero además sucederá que, consumado el matrimonio con Vladimir, en 1878 nacerá su hija y nuestra matemática, abandonando de momento su vocación, se dedicará a su familia. En esta época escribe algunos relatos de ficción, teatro y artículos de divulgación científica y crea un salón literario, pero nuevas circunstancias la devolverán a sus trabajos matemáticos: su marido se suicida y ella reinicia su relación con los antiguos colegas, lo que finalmente la pondrá en el camino de lograr un puesto en la universidad.

Sucede que en 1885 es designada catedrática en la Universidad de Estocolmo gracias a las diligencias de Gosta Mittag-Leffler (1846-1927), alumno también de su antiguo profesor Weierstrass, lo que la convierte en la primera profesora universitaria en toda Europa. «El puesto docente que se le ofrecía no era oficialmente remunerado; le pagaban sus alumnos a través de una suscripción popular. Aun así, su llegada fue un acontecimiento que apareció en la prensa. Un periódico le dio la bienvenida llamándola “Princesa de la Ciencia”, a lo que ella replicó: “¡Una princesa! ¡Si tan solo me asignaran un salario!”». Durante el curso siguiente fue oficialmente nombrada profesora por un periodo de cinco años, y en 1889 fue nombrada, al fin, profesora vitalicia. Sofía había mostrado su competencia y abría así las puertas de la enseñanza a otras mujeres.

Más logros la esperaban. En 1888 es premiada por la Academia de Ciencias de París con el Premio Bordin de Matemáticas por su trabajo intitulado Problemas de rotación de un cuerpo sólido sobre un punto fijo, problema ante el que habían fracasado los más notables matemáticos y en el cual ella logra resolver las famosas ecuaciones de Euler. Éste fue el reconocimiento científico de más nombradía que se le podía conceder por sus investigaciones, y Sofía fue la primera mujer en recibirlo. Lo mismo cabe decir del reconocimiento que la Academia Rusa de las Ciencias le otorga el 2 de diciembre de 1889 al nombrarla miembro de dicha institución, y sería también la primera mujer en merecer tal distinción. A lo largo de esa extraordinaria ruta fue amiga y colega de los más grandes matemáticos de la época, como Weierstrass, Poincaré, Chevichev, Hermie, Picard o Mittag-Leffler, así como de científicos como Charles Darwin y Thomas Huxley, la novelista George Elliot, el dramaturgo Heinrich Ibsen, los químicos Dimitri Mendeleyev y Alfred nobel, el explorador, científico y diplomático noruego Fridtjof nansen, el naturalista, filósofo, psicólogo y sociólogo británico Herbert Spencer y muchos otros personajes. La relación con ellos da cuenta de la relevancia que Sofía adquirió en los círculos intelectuales de la época.

Desgraciadamente poco pudo disfrutar Sofía de semejantes triunfos. El 10 de febrero de 1891 muere de neumonía en Estocolmo. Sofía tenía entonces 41 años y, según se dice, sus últimas palabras fueron: “Demasiada felicidad”. Y ciertamente no podemos sino creer que la tuvo, puesto que Sofía había logrado convertir su sueño en realidad. Romántica y poéticamente, esta rusa del siglo XIX transitó por todos los itinerarios que hasta entonces habían sido un privilegio masculino y escribió con letras y números el sentido de su propia existencia, mostrando que la fuerza y la libertad del espíritu se delinean también a través de una figura femenina capaz de dejar impreso en las páginas de la historia de la matemática un nombre de mujer: Sofía Kovalevskaya.

Para el lector interesado

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. México: Siglo XXI Editores.

Clark K., P. (2005). Change is posible. Stories of women and minorities in Mathematics. Provence, RI: American Mathematical Society.

Gratzer, W. (2004). Eurekas y euforias. Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas. Barcelona: Crítica.

Hibnerkoblitz, A.(1992). Sofía Kovalévskaia: una matemática rusa. Ciencias. Disponible en línea: http://mujeresriot.webcindario.com/ Kovalevskaya.htm (Recuperado el 26 de abril de 2010).

Mataix, S. (1999). Matemática es nombre de mujer. Barcelona: Rubes Editorial.

Nomdedeu M., X. (2004). Sofía. La lucha por saber de una mujer rusa. Madrid: nivola Libros y Ediciones, S.L.