Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 2
Editorial
El alcance de la mente
La confrontación falaz
humanidad-naturaleza
Darwin y la decoloración del mar: marea roja y FAN
Las catarinas, guardianas de huertos y jardines
Cómo controlan la erosión las las raíces de las plantas
El manejo ecológico de los suelos
Periodo de ablactación en el mono araña
Obesidad: más que un problema de peso
Obesidad y disfunción sexual
El intruso no toca a la puerta
Open acces: ¿conocimiento para todos?
Nanociencia y nanotecnología
Nanorrobótica
Una mirada escéptica al mundo extraterrestre
CUENTO / Clovius en Yusímedes
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Teano y la ciencia pitagórica
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
En contra de nosotros mismos
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Una mirada escéptica al mundo extraterrestre

José Ramón Palacios Barreda

Recuerdo que de niño dedicaba mucho tiempo a divagar acerca del espacio. ¿Qué pasaría si saliera de la Tierra y volara hacia arriba durante mucho tiempo? Me encantaban los programas de televisión al respecto y devoraba los libros de ufología que tenía mi papá en su colección. No obstante, con la edad llega la madurez, y con ella la habilidad para discernir algunas cosas de nuestra peculiar conducta como especie.

Las civilizaciones alienígenas, con tecnología superior, parecían una respuesta lógica a los “misterios” físicos hallados a lo largo de la historia. ¿Quién no fantaseó alguna vez acerca de animales mitológicos? Es probable que el universo esté rebosando de vida, pero hasta ahora solo hemos encontrado evidencia de ello en nuestro planeta. “La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”, decía Carl Sagan. Para los creyentes en los alienígenas a la Hollywood la evidencia es irrelevante: son los científicos quienes no quieren aceptar el hecho.

El tema a tratar aquí, por si no ha quedado claro, es el de los alienígenas o extraterrestres, el estereotipo de Hollywood y lo que probablemente sea cierto al respecto. Para echar a volar un poco la imaginación, doy una lista de argumentos proalienígenas:

a) Los extraterrestres nos han visitado desde el inicio de los tiempos.
b) Ellos son los responsables de grandes construcciones antiguas, como Stonehenge, las pirámides de Giza, los monolitos en la Isla de Pascua, etcétera.
c) Algunos alienígenas habitan entre nosotros disfrazados de humanos y hasta ocupan cargos públicos.
d) Carl Sagan negó la existencia de extraterrestres porque lo amenazaron con cortarle el financiamiento de su departamento en la
Universidad de Cornell.
e) La NASA esconde muchos secretos al respecto.
f) El gobierno estadounidense oculta los restos de tripulantes alienígenas accidentados en el desierto de Nevada, en una área militar conocida como Área 51.

Los alienígenas a los que estamos acostumbrados son personajes de historias de ciencia ficción que se encuentran en la literatura, música, radio, televisión y cine; otros, más elaborados, son producto de las mentes cuasiempresariales de los fundadores de cultos tales como la llamada cientología y Heaven's Gate. Unos son fieles a su origen humano: dos brazos, dos piernas y una cabeza; otros imitan la morfología de los insectos y sus, en apariencia, erráticos movimientos.

Parte de la creencia evoluciona al mismo ritmo que la tecnología. ¿Quién ganaría en una lucha entre los alienígenas de El día de la independencia y los de La guerra de los mundos? Las historias son geniales, pero son solo eso: historias. Algunas de esas narraciones abusan de su lobby relacionando sus historias ficticias con hechos reales: Encuentros cercanos del tercer tipo y su referencia a la desaparición del Vuelo 19, por ejemplo.

Los alienígenas, ¿se parecerán a nosotros?

Para efectos de argumentación, supongamos que el universo está plagado de seres con tecnología superior a la nuestra que merodean por el espacio y que raptan de cuando en cuando a uno que otro Homo sapiens sapiens. ¿Que tan parecidos serán a nosotros? El azar, combinado con las circunstancias de superviviencia, desempeña un papel determinante en la evolución de la vida en nuestro planeta. Si comenzara de nuevo el proceso, difícilmente apareceríamos de nuevo en el mapa. Después de todo, llevamos poco menos de un millón de años habitando la Tierra.

Desde que nacemos, experimentamos la realidad física a través de nuestros sentidos y la estudiamos apoyándonos en otras herramientas (la ciencia, por ejemplo). Nuestros sentidos reflejan únicamente lo que están diseñados para transmitir, pero existe mucho más de lo que ven nuestros ojos. Tomemos algo tan simple como el color. El color es arbitrario y depende del observador.
Nuestros ojos son aptos para diferenciar como colores distintos ciertas frecuencias de una onda electromagnética. Nuestro cerebro hace lo suyo para organizarlo en imágenes y darnos una proyección tridimensional del mundo que nos rodea. Esto, desde el punto de vista de la naturaleza, no tiene mayor relevancia. En el universo, el rango de frecuencias que los humanos podemos ver es solo un pedacito del inmenso espectro electromagnético. Algunos animales ven más que nosotros, y otros menos. Muchos de ellos no distinguen ciertos colores o simplemente ven variaciones de brillo, y algunos no usan la luz para “ver”, como nosotros: emiten su propio campo electromagnético y detectan cualquier intrusión en el mismo. Cualquier cualidad que nos parezca lógica o instintiva acerca de la naturaleza tiende a reforzar ese sentimiento de que “todo el universo es como la
Tierra”. La realidad es que el espacio es un lugar tremendamente hostil para el ser humano y que nuestro planeta es solo un pequeño oasis girando en torno al Sol. Somos la excepción, no la norma... al menos en lo poco que hemos alcanzado a observar.

Las condiciones que se dieron en el sistema solar –y en particular en la Tierra– han dado como resultado vida tal como la
conocemos. No hay gran misterio en esto; sin embargo, alterando tenuemente alguna de las variables podemos terminar con un
guisado totalmente distinto. Aun si todos los sistemas planetarios de la galaxia fueran idénticos al nuestro, la vida sería distinta en cada uno; basta con ver el número estimado de especies que ha habido a lo largo de la historia –de las que hay evidencia– y considerar que más del 90 por ciento de ellas ya se extinguió. No olvidemos a los dinosaurios. Reinaron la tierra por más de 200 millones años y se fueron en unas cuantas noches. No hay mucho de especial en nosotros desde un punto de vista estrictamente biológico. Existen cientos de especies con características similares a las nuestras y hay suficiente evidencia para entender que la vida converge en un solo punto en el pasado.

Los ingredientes básicos de nuestra biología son un grupo de proteínas conocidas como aminoácidos. Estos compuestos orgánicos se encuentran en planetas, cometas y meteoritos que vagan por el espacio interestelar. Los ingredientes están por todas partes. ¿Por qué creer que somos lo únicos? Sería inocente de nuestra parte asumir que solo hay un panadero en el Reino de la Harina.

Sin entrar en el terreno filosófico para discutir la relevancia del hombre en el universo, me basta con saber que somos parte de la naturaleza y que tenemos la habilidad de aprender cosas acerca de ella. No somos el epítome de la creación. Si no están convencidos, los invito a pasar un rato frente a chimpancés o gorilas en algún zoológico.

La naturaleza utiliza todas las posibilidades a la mano. Es tan variada la gama de opciones que difícilmente se repiten los patrones, sin importar el momento en el tiempo ni su duración. Raro será que una forma de vida alienígena se parezca a algo que
conozcamos.

Entonces, ¿existen o no?

Esta es una pregunta que aún no tiene respuesta definitiva. La evidencia apunta a que eso es altamente probable debido a una serie de razones que exploraremos con calma. Esas mismas razones socavan la teoría popular acerca de los hombrecillos grises y ojones.

Nuestra galaxia tiene al menos cien mil millones de estrellas. Nuestro Sol es una de ellas: un sistema de segunda o tercera
generación que nació de las cenizas de otros soles. Las primeras estrellas estaban formadas por elementos ligeros (hidrógeno y
helio, principalmente), que cuando llegaron al final de su vida reventaron en colosales explosiones conocidas como supernovas. Una supernova, entre otras cosas, expulsa cantidades inimaginables de distintos materiales al espacio. Para ayudar a esa imagen mental, diremos que una sola supernova puede brillar por breves instantes más que la galaxia que le ha servido de hogar.
Los elementos químicos más pesados y menos comunes se forman durante estas explosiones. De la nube resultante de moléculas de hidrógeno, helio y otros elementos más pesados se forman estrellas como la nuestra.

En este rincón de la galaxia se acumularon cantidades apropiadas de ciertos elementos naturales que hicieron posible que se conjugara la vida basada en el carbono. El carbono es un elemento que tiene una larga lista de enlaces estables: cerca de 15 millones de combinaciones, entre las que destacan los aminoácidos, carbohidratos, polímeros y nanotubos. Si bien esto no obliga a que toda la vida esté basada en el carbono, le da fuerza al argumento de que la vida cimentada en este elemento puede ser muy común en el resto del universo. Pero el carbono no es la única opción; el silicio, por ejemplo, comparte ciertas propiedades químicas con aquél y lo hace casi igual de competente en sus combinaciones y posibilidades.

La vida es persistente, y siempre que haya posibilidad la encontraremos: en una fosa marina a una profundidad de 5 mil metros (lo que equivale a cargar media tonelada en cada centímetro cuadrado de piel de nuestro cuerpo), en la boca de un géiser, en el fondo de una mina de varios kilómetros de hondura o en el cráter de un volcán. Existiendo tanta variedad geológica en el universo, no debiera sorprendernos que contenga algo más que la simple vida en la Tierra. Tan solo en nuestro sistema solar existen lugares que son similares a nuestro planeta y que tienen condiciones que se hallan en la escala de lo habitable para el ser humano. Europa, una luna de Júpiter, es un lugar cubierto por una gruesa capa de hielo que esconde un océano que abarca la superficie completa del satélite. Titán, luna a su vez de Saturno, experimenta procesos geológicos similares a los de nuestro planeta, con algunas extravagantes variantes, como temperaturas bajísimas y aglomeraciones de hidrocarburos por todas partes. Marte, el planeta vecino, muestra evidencias de actividad geológica muy semejante a la de la Tierra: valles, montañas y erosión, tan comunes en este rincón de la galaxia.

Existe un mecanismo formal para evaluar la posibilidad de vida extraterrestre, inteligente y con acceso a la tecnología: la ecuación de Drake, llamada así en honor de Frank Drake, un distinguido astrónomo. El fin de esta ecuación es estimar el número de civilizaciones tecnológicamente aptas en una galaxia. Vale la pena detenernos un segundo y revisar las variables involucradas:

ecuación

N = Número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas.
R = Número total de estrellas en la Vía Láctea.
fp = Fracción de esas estrellas que tienen sistemas planetarios.
ne = Número de planetas apropiados para la vida por cada sistema planetario.
fl = Fracción de esos planetas donde se desarrolla vida.
fi = Fracción de esos planetas donde se desarrolla inteligencia.
fc = Fracción de esos planetas capaces de comunicarse mediante señales de radio.
L = Fracción de tiempo de vida del planeta durante la cual vive la civilización.

Algunas de las variables se prestan a discusión, es decir, no conocemos suficiente acerca del universo como para afirmarlas con certeza. Mi intención no es hacer el ejercicio, sino mostrar la variedad de opciones que se pueden desarrollar a partir de un sistema solar recién nacido. La mayoría de sistemas conocidos poseen dos o más estrellas; dependiendo de la órbita del planeta, la noche podría ser un lujo desconocido para una civilización extraterrestre; sin embargo, ese hecho podría propiciar un clima menos cambiante (un verano perpetuo, por ejemplo) y formas de vida que no tuvieron que aprender a lidiar con los inviernos típicos de un planeta que viene y va.

La pregunta obvia es la siguiente: si el universo está tan lleno de vida, ¿dónde se oculta?

El espacio es grande, muy grande. Parafraseando a Carl Sagan: “En términos de exploración y descubrimientos, apenas nos hemos sumergido a la profundidad de los tobillos en el infinito océano del cosmos”. Físicamente, hemos explorado muy poco: solamente nuestra Luna, para ser precisos; nuestras naves atraviesan el sistema solar y se dirigen velozmente al espacio interestelar, y con extensiones robóticas y telescopios hemos llegado hasta la orilla del universo observable, con la resolución suficiente como para discernir las poderosas galaxias primitivas como minúsculos puntos de luz.

¿Qué tan lejos es lejos?

Nuestra nave más distante y veloz no ha salido aún del sistema solar, y lleva más de treinta años viajando. Le quedan baterías para otros siete u ocho años. A esa velocidad, no llegará al siguiente sistema planetario con las luces prendidas; en cambio, será presa de su inercia y de la gravedad de otros sistemas planetarios distintos al nuestro. Nuestra galaxia tiene unos 100 mil millones de estrellas. La estrella más cercana a la nuestra se llama Próxima Centauri (en realidad, un sistema de varias estrellas). Se encuentra a la modesta distancia de ~40,208,400, 000,000 kilómetros de aquí. Viajando en un jet a mil kilómetros por hora tardaríamos aproximadamente 4.5 millones de años en llegar allá. Si las civilizaciones extraterrestres son igual o menos avanzadas tecnológicamente que nosotros, no podrían haber hecho contacto con nosotros. Aún no conocemos la manera, si es que hay alguna. La vida tiene formas hábiles de protegerse para sobrevivir, y tal vez el aislamiento sea otra característica más de la cadena.

¿Habrá quién pueda cruzar esas distancias?

Igual que nuestras mascotas, habitamos en el mismo universo que los extraterrestres avanzados. Existe la limitante ya expuesta de la distancia. Cubrirla no es un problema desde el punto de vista teórico; la mejor teoría disponible acerca del tiempo-espacio y la gravedad lo permite. Sin entrar en demasiados detalles para no desviar el tema, el universo posee una característica que nosotros rara vez experimentamos: la dilatación temporal que manda que los relojes corran a diferentes velocidades; en particular, que corran más lento entre mayor sea el campo gravitatorio presente. La mejor prueba de esto son los relojes de los satélites de los sistemas GPS, cuyos relojes están calibrados para correr un poco más lento que los de la Tierra.

Realmente, la distancia no es siquiera la mitad del problema... ¡Acelerar hasta alcanzar la velocidad necesaria! Veamos el problema desde distintos ángulos, ignorando el hecho de que nuestros motores y fuentes energéticas portátiles aún no son adecuados para los viajes interestelares. Se acelera gradualmente, facilitando así la adaptación al movimiento y evitando eso que les pasa a los pilotos de los jets que hacen descensos en picada. Aun así, ¿de cuanto tiempo disponemos para acelerar? Para que los efectos de dilatación temporal se hagan presentes debemos movernos a una velocidad cercana a la de la luz (300 mil kilómetros por segundo); solo de esta manera podríamos viajar durante cientos de años terrestres como si solo fueran segundos en nuestro calendario a bordo. Debido a la dilatación del tiempo, todos nuestros parientes y sus tataranietos estarán muertos para cuando regresemos. Supongamos que queremos viajar a un sistema que se halla a 25 años luz de distancia a 95% de la velocidad de la luz (c de ahora en adelante, para abreviar). Ese porcentaje de c equivale a un viaje redondo de ~52.5 años. Viajando a 0.95c, los relojes de la Tierra y la nave estarán desfasados unos cuantos años. En la Tierra habrán pasado 235 años, pero sus habitantes se hallarán esperando el regreso de un astronauta apenas septuagenario.

Cuanto más cerca de la velocidad de la luz viajemos, más dramático será el efecto de la relatividad. Nuestra galaxia tiene ~50 mil años luz de radio. Un tour a lo largo de su circunferencia, al 99.9999% de c, nos tomaría unos 300 mil años, mientras que en la Tierra habrán pasado cerca de 300 millones de años. La galaxia más próxima está a un par de millones de años luz de distancia, así que... No cabe duda: el espacio es grande, muy grande.

Recurramos al hada mágica por un momento. Podemos asumir que tomamos el agujero negro más próximo con destino a la galaxia de Andrómeda. Esta opción es explorada ampliamente en la ciencia ficción. La especulación tiende a ser mala evidencia para sustentar una hipótesis, y en este debate los alienígenas que utilizan agujeros negros para viajar es un intento no menos respetable que explicar las cosas mediante gnomos y lepprechauns, que, sépalo usted, no son la misma cosa.

Dejando las maletas guardadas

Considerando que la distancia y el tiempo de viaje son un problema difícil de sortear, entremos en los terrenos de la comunicación a distancia. Llevamos varios años utilizando la radio en diferentes presentaciones: radio convencional, televisión,
celulares, internet inalámbrico y demás. Nada puede viajar más rápido que la luz, y para nuestra suerte las ondas de radio viajan exactamente a esa velocidad. Van tan rápido como es posible en este universo. Mejor imposible, ¿no? Insisto: el espacio es enorme. Ni siquiera para la luz es posible recorrer la Vía Láctea en el tiempo de mil vidas humanas consecutivas. Las emisiones
de radio más antiguas se emitieron hace poco más de cien años, y sus datos han irradiado tan solo a una docena de estrellas. Dicho está que la vida es común, pero el espacio es muy, muy grande. Una docena de estrellas representa una muestra pequeñísima de lo que la galaxia tiene para ofrecer.

Radiovni

Para asumir que los extraterrestres más viejos de la galaxia podrían estar enviando señales de radio, hay que considerar al menos lo siguiente:

a) Las variables de la ecuación de Drake; b) El tiempo en que una civilización utiliza radiocomunicaciones; c) Que exista comunicación, pues tiene que haber otra civilización dentro del rango de alcance y con acceso a la tecnología de radio; d) Que las civilizaciones que escuchen sintonicen las frecuencias apropiadas; e) Que el receptor tenga capacidad para interpretar el mensaje (desde la Tierra se han enviado mensajes codificados al espacio para cualquier alienígena atento).

No es imposible, por supuesto, pero son bastantes filtros como para coincidir en los primeros intentos de comunicación. Aun y si
lográramos comunicarnos, la latencia de intercambio de datos podría llegar a ser impráctica; es decir, el tiempo de ida y vuelta de un mensaje a la velocidad de la luz podría tomar desde decenas hasta cientos de miles de años... tan solo dentro de nuestra galaxia. Desde la perspectiva del conocimiento, no veo esto como una desventaja; de hecho, hay gente que juega ajedrez por correo postal entre los continentes.

El SETI

El SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) es una organización estadounidense fundada en los años 60 por científicos de la talla de Frank Drake y Carl Sagan; su objetivo: la búsqueda de vida inteligente fuera de la Tierra. El medio de comunicación elegido fue el electromagnetismo. Las ondas electromagnéticas abundan por quintillones en el universo, y ciertas frecuencias son inmunes a los filtros naturales que tienen las diferentes atmósferas planetarias. Es poco probable que una civilización tecnificada se brinque esta etapa de la tecnología, pues el electromagnetismo es del mismo color y sabor en todas partes del universo. El SETI es ciencia pura y sus métodos son bastante creativos. Algunos de sus canales de búsqueda coinciden con las frecuencias de emisión de ciertos materiales básicos para la vida de nuestro tipo, basada en el carbono y el agua, una manera bastante poética de contactar seres con una composición química similar a la nuestra.

Establecer contacto con una civilización más avanzada sería un parteaguas en nuestra forma de pensar, sin considerar todo lo que podemos absorber de su conocimiento. A menos que ellos nos absorban a nosotros. Realmente no sabemos nada acerca de la vida alienígena en este sentido abstracto. ¿Cómo son sus sociedades? ¿Tienen acaso? Tal vez la agresividad y la violencia sean un factor determinante en la supervivencia de las especies como nosotros y la mayoría terminen aniquilándose a sí mismas. O tal vez, de forma menos mórbida, encontremos el camino hacia la armonía a través de la ciencia y la razón.

Para el lector interesado

SETI Institute - http://www.seti.org/
SETI@Home Berkeley - http://setiathome.berkeley.edu/
SETI@Home México - http://www.setimexico.com/